lunes, 17 de abril de 2017

Un trabajo insólito (Pedro Marín) Grupo C


                                                                 

Era un regalo para mí la oportunidad de perseguir el viento con energía y determinación cada mañana.
Sentía los pedales como si fueran una parte más de mi cuerpo. Salir en bicicleta era lo único que me llenaba en aquellos momentos tan miserables. Después de casi diez años trabajando, me habían despedido sin ningún tipo de contemplación. Tenía veintiocho años y sólo había estado en esa asesoría desde que terminé la universidad. Supongo que no sabía hacer otra cosa.
Hola, cariño. Qué pronto has vuelto.
Ella era mi novia, Laura. Vivíamos juntos desde hacía unos tres o cuatro años. Siempre tan agradable y alegre que me entristecía no poder darle estabilidad económica. Decía que no importaba, que ya encontraría algo. Mientras tanto, ella se dedicaba a la enseñanza de niños y con eso íbamos tirando.
Cuando llegué de mi salida, la besé profundamente, acariciando su pelo largo y castaño, y agarrando su cuerpo atlético con firmeza. Ella se sorprendió un poco, pero no puso ninguna objeción.
―Anda, ve y dúchate. Me voy ya al colegio ―Se despidió, no sin antes decirme―: No sé cómo viviría sin tus ojos verdes y tu increíble sonrisa, Pedro. ―Abrió la puerta, y estando a punto de cruzarla, se giró para mirarme y morderse los labios con sensualidad.
Al final, se fue y yo me quedé embobado con la imagen de su figura en mi mente. No me explicaba la suerte que tenía de compartir la vida con una mujer así. Por si fuera poco, yo no podía darle un salario decente. Aquello me enfurecía tanto que no atendía a razones.
Cuando ya me había duchado y relajado, me ponía un rato frente al ordenador para presentar solicitudes formales de empleo. Sin embargo, no conseguía estar sentado mucho tiempo seguido, por lo que no tardaba en salir a la calle con cartas de presentación en la mano a patearme la ciudad en busca de un trabajo soñado.
Fue en uno de esos largos paseos sin descanso cuando la suerte me llamó por mi teléfono móvil.
―Disculpe, ¿este es el teléfono de Pedro?
―¡Sí! Soy yo. Dígame.
Al otro lado sonaba una voz femenina y dulce que me prometía lo que estaba deseando:
―Tenemos un trabajo para usted.
Le pregunté, lo primero de todo, si podía concertar una entrevista con ellos, pero la chica me dijo que no hacía falta. Que lo único es que tenía que realizar una pequeña prueba y superarla. Me comentó la dirección en la que tenía que estar y la fecha indicada, lo cual apunté con rapidez en un papel que tenía a mano.
Estaba contento. Cuando se lo conté a Laura también se alegró mucho. Sin embargo, me parecía algo extraño. ¿Una prueba? ¿Sin entrevista? ¿Qué clase de trabajo era? No quise pensar un segundo más.
Mientras llegaba el día, intentaba tranquilizarme y ganar confianza intentando prever cualquier tipo de situación. La prueba probablemente mediría mis capacidades como profesional y mi actitud, por lo que me tomé en serio la preparación. Si era un puesto para liderar, estaba listo. Si era algo más técnico, también. De verdad necesitaba ese trabajo.
Llegó el día y me sentía muy capacitado para sobrepasar cualquier test, obstáculo o problema que me pidieran solucionar. Me comía el mundo. Era como cuando iba en bici. De camino al sitio indicado me venían esas sensaciones de libertad que sólo salían haciendo ese deporte. Mi espíritu se superaba a cada paso que daba. Cuanto más cerca, más ganas tenía que llegara el momento.
Sin embargo, algo no salió como esperaba. Mi predicción era que me meterían en una oficina a hacer cualquier tipo de prueba psicológica o de las habilidades que podían requerir de mí. Incluso estaba dispuesto a competir con otros candidatos. Pero el lugar no era una oficina. No era nada. No había nadie.
Esperé. Había llegado cinco minutos antes y lo correcto, desde mi punto de vista, era aguantar hasta después de un rato de la hora acordada. Así que eso hice. Esas esperas eran las que me ponían enfermo. Los nervios iban creciendo cada minuto en el que no aparecía ninguna persona, aunque no había ciertamente motivos para ello. Lo peor que podía pasar es que me largara de allí y que me hubieran tomado el pelo. Intenté descartar ese pensamiento.
―¿Pedro?
―¿Sí?
Me giré y vi un chico bajito, escuálido y con la cara redonda. Vestía un chándal y una sudadera con capucha. Me tendió una bolsa de papel marrón que contenía algo que no se podía ver desde el exterior. Estaba cerrada y sellada.
―Toma. Tienes que llevar esto a esta dirección ―dijo, dándome con la otra mano, un papel con una ubicación escrita.
―¿Cómo? ¿De qué hablas?
―Es tu prueba.
Dudé. Todo aquello me parecía irreal y desconcertante.
―¡Cógela! ―gritó el individuo―. ¡Ah! ¡No mires lo que hay dentro! ¡Por tu bien!
No me quedó más remedio que hacer lo que me ordenaba. Cuando cogí la bolsa el muchacho se dio la vuelta y echó a caminar. Yo observé cómo se alejaba, atónito porque no terminaba de entender la prueba.
Me subí al coche con la susodicha bolsa y la dejé en el asiento del copiloto. Tenía que abrirla, saber qué contenía y por qué querían desplazar su interior. Decidí conducir a casa y averiguarlo de una vez por todas.
Cuando llegué, el corazón me latía fuerte y contundente. Ciertas gotas de sudor brillaban sobre mi frente. Rápidamente, eché la bolsa en una mesa y cogí unas tijeras de cocina para cortar el sello que me impedía acceder al contenido. Lo cierto es que me costó vencer el sistema de cierre. Las tijeras no cortaban lo suficiente. Los cuchillos no valían. Con desesperación, intenté cogerlo con mis propias manos e intentar romperla como si me fuera la vida en ello. Se abrió de golpe y el interior cayó en toda la mesa de la cocina, impregnándola.
Cocaína.
Mis ojos no daban crédito. ¡Había metido droga en mi casa! Tenía que deshacerme de ella lo más pronto posible. Las manos me temblaban como nunca antes. Aun así, recogí con cautela todo aquel polvo blanco y lo volví a meter en la dichosa bolsa. En ese mismo momento, el móvil me sonó y salté del susto. No estaba para muchos trotes. Me estremecí mucho más cuando observé que la llamada era del número que me había dado la oportunidad de hacer la prueba. Contesté. Era la misma voz femenina y dulce de la anterior llamada.
―¿Señor? Mi jefe necesita que lleve el paquete a la ubicación que le hemos proporcionado lo antes posible. Si lo hace, él será tan amable de ofrecerle un trabajo en nuestra empresa y…
―¡No pienso transportar droga para vosotros! ―la interrumpí y colgué con rabia.
Tiré el móvil al sofá. Cerré la bolsa con un trozo de cinta aislante y me dirigí corriendo hacia el coche con ella en brazos. Aceleré lo máximo que pude y llegué exhausto hasta el cuartel de policía. Cuando hablé con un agente, este me llevó a su despacho. Le conté con pelos y señales lo que había pasado. Él fingió tomar notas, pero supe perfectamente que no escribió nada coherente.
―Vamos a hacer una cosa ―habló el guardia, tras escuchar toda mi anécdota―: nosotros nos quedamos con la bolsa, la cual es cierto que contiene unos cuantos gramos de cocaína. Y, a cambio, nosotros no presentaremos cargos por posesión de drogas.
―¿Cómo dice?
Me miré a mí mismo. Iba sudando, resoplando y con malas pintas por las prisas y los nervios. Parecía un drogadicto.
―Dejaremos pasarlo por esta vez. ―Se levantó de su silla y se puso cerca de mí―. Pero que no ocurra de nuevo. Busque ayuda, amigo.
El agente se quedó con la bolsa y me condujo hasta la salida de una manera muy brusca. Ahí fue cuando pensé que no me tendría que volver a preocupar por el asunto de la droga. Me equivocaba.
Cuando volví a casa vi un montón de llamadas perdidas en el móvil. Bloqueé el maldito número y me despreocupé. Lo dejé pasar. Hice otras tareas para no pensar en ello.
Le mentí a Laura, diciéndole que había ido mal la prueba y que ya me habían rechazado para el puesto. Ella se apenó, pero me animó todo lo que pudo. Por suerte, no se percató del estropicio de antes.
Aquella noche decidí que era el momento perfecto para salir en bicicleta y sacar de mi mente esos infernales acontecimientos. Di un paseo largo, pero no debí haberlo hecho. Lo que ocurrió después cambió mi vida para siempre.
Me bajé de la bici en el tramo de carretera que daba a mi casa para descansar y estirar un poco las piernas. Fue entonces cuando divisé a unos hombres a lo lejos saliendo de mi casa. Llevaban tapada la cara. Me estaban robando, o eso pensé. Me subí a pedalear y, habiéndome acercado lo suficiente, vi algo que me heló el corazón. Cargaban a Laura entre dos tipos. Ella se resistía, pero no pudo evitar que la metieran en un coche negro por la fuerza. Yo, mientras tanto, intentaba llegar, pero demasiado tarde. El coche arrancó.
―¡Alto! ¡Deteneos! ―grité, pero mi voz ni siquiera les llegó.
No me rendí. No me daba tiempo a coger mi coche y perseguir a los secuestradores, así que me armé de toda mi fortaleza física y los seguí pedaleando. Me acerqué lo suficiente como para ver que tenía la matrícula completamente tapada. Yo no dejaba de gritarles.
―¡Soltad a mi novia! ¡Cobardes! ¡Meteos con quien os ha fastidiado el negocio!
Por desgracia, el cansancio empezó a mermar mi resistencia y mi velocidad menguó. Intenté sacar fuerzas del interior de mi mente, de mi espíritu y de todo mi ser para no perder de vista el vehículo. Y, sin embargo, este iba más veloz. Era casi imposible que yo le diera caza.
Antes de quedarme exhausto, el vehículo se detuvo en un semáforo. Di el último empujón. Un poco más… Sólo unos metros más.
Una furgoneta chocó conmigo y me tumbó. Yo iba bastante rápido, más de lo que debería, pero aquel conductor imprudente se saltó una señal de STOP en un cruce anterior al semáforo donde estaba Laura secuestrada.
No sabía si me dolía más mi pierna rota o el saber que había perdido a Laura. No la volví a ver nunca más. El coche de los secuestradores se alejó sin dejar rastro alguno.
Desapareció al otro lado de nada.

jueves, 13 de abril de 2017

Si el corazón me pides (Héctor. H. López) Grupo C


                         
                                                               
       




El  joven comprueba con impaciencia el lector de la parada mientras, con el faldón de su gabardina, protege un maletín abierto de la lluvia que cae a raudales. Según la pantalla, su autobús no debería tardar más de diez minutos. No para quieto bajo la marquesina, a pesar del aguacero. A cualquiera que le viese le asombraría su habilidad para mantener encendido el pitillo que cuelga de la comisura de sus finos labios y que ha prendido con la brasa de su predecesor. Llevaba apenas cinco minutos esperando cuando una lucecita verde enfila la calle. Su brazo se dispara y, a pesar del grito, la colilla permanece en su sitio. Conforme el taxi se detiene, Ernesto aspira varias caladas ansiosas antes de lanzarla al arroyuelo que ya corre junto al bordillo tras abrir la puerta del vehículo.


- Al campus universitario, buenos días. Si pudiese apresurarse, se lo agradecería.


- Buenos días. Se hará lo que se pueda, descuide. Con este agua no le prometo nada. Cuando llueve todo el mundo saca el coche y se montan unos zapatiestos de cuidado. ¡Vamos a ello!


El taxista mira varias veces por el retrovisor en un vano intento de pillar a su cliente distraído e iniciar una conversación; pero Ernesto está enfrascado en desordenar el mar de papeles húmedos que asoman por la embocadura de su cartera, intentando localizar el paquete de Winston que mantiene como reserva de emergencia, pues el del bolsillo de su camisa apenas contiene un par de cigarrillos. Dosis suficiente para su recorrido a pie desde el acceso del campus hasta la puerta del Centro de Investigación Biomédica, donde le esperan en apenas treinta minutos; aunque no para calmar la ansiedad que la falta de nicotina, o más bien de acceso a ella, irremediablemente le provocaría.


Ansioso, mira por la ventanilla para intentar calcular cuánto le queda. Esperanzado porque la densidad del atasco sólo ralentiza la marcha, realiza mentalmente la "checklist" de lo que necesitará para la presentación: memoria flash, cd rom de respaldo, puntero laser, fichas, listado de datos y dos copias del artículo que desea presentar como ponencia en el Congreso Anual de la Sociedad Española de Ingeniería Biomédica, convocado para el mes próximo. Todo en orden. Cierra el maletín y comienza a comprobar el correo electrónico en su Blackberry. Metódicamente, elimina el spam tras etiquetarlo, responde algunos y mueve otros a sus correspondientes carpetas.


-¿Dónde le dejo? -La pregunta le devuelve a la realidad.


-Ahí mismo. No hace falta que entre. Junto a la caseta del vigilante estará bien, gracias. ¿Qué le debo?


-Son nueve con cuarenta.


-Aquí tiene. Déjelo, ya está bien así. -Renuncia al cambio-. Que tenga un buen día.


-Igualmente, muchas gracias.


-¡Ernesto, por Dios, te vas a empapar! Deja que te ayude. -El guardia de seguridad acude en su socorro, paraguas en mano-. Ven, anda. ¿Dónde vas?


-Al rectorado, gracias. Tengo que verme allí con el vice de política de investigación y creo que voy tarde.


-Te acompaño. Así echamos un pito -Le ofrece un cigarrillo de un paquete que extrae del interior de la torera-. ¿Ha entrado Luis Contreras? -pregunta al compañero del control-. Tranquilo, Ernesto. Aún no ha llegado. Tenemos tiempo- le tranquiliza.


Mientras salvan a buen paso la distancia que les separa del edifico administrativo, ambos comentan las novedades muy animadamente. La charla es insustancial, mas revela un grado de relación que extraña incluso a los funcionarios apiñados en torno al cenicero bajo el porche. Él se queda apurando un nuevo cigarrillo en tanto su acompañante se adentra en el edificio para hacer la ronda. El apretón de manos ha provocado, incluso, algún recriminador cabeceo. A Ernesto le da igual. No se cree superior a pesar de ser ya profesor titular y, de hecho, ni se le ocurre ocultar una actitud que le ha granjeado el rechazo de parte de la comunidad universitaria pero que a él le satisface sobremanera.


Consulta su reloj. Tras un susurrado e impersonal "buenos días", recorre los pasillos que le separan del despacho donde le han citado. En la antesala le recibe Julia, la secretaria del vicerrector.


-¡Ah, Ernesto! Buenos días. ¿Te apetece un café? El doctor Contreras me ha pedido que le disculpes. Ha llamado y dice que llegará con un poco de retraso a causa del tráfico.


-No, gracias, Julia. ¡Lo que me faltaba, cafeína! ¿Puedo dejar mis cosas aquí? Salgo a tomar un poco el aire.


-Ve a fumar, anda. Aunque deberías dejarlo. ¡Te acabará matando!


-¡Ojalá pudiese! No creas que no lo he intentado. ¡Son estos malditos nervios!


-No te preocupes, anda. ¡Todo saldrá bien! Tira. Yo te guardo las cosas. En que llegue don Luis yo te aviso. Me ha pedido que no convoque a la junta hasta que hayáis hablado. Estoy segura de que todo irá sobre ruedas.


Si Ernesto se fijase en esas cosas, igual las insinuaciones de Julia no caerían en terreno baldío. Pero él está a otra cosa. De hecho, el comentario sobre la intención de una conversación previa ha disparado todas las alarmas. A sus veintiocho años, con la tesis recién leída y la plaza ganada, nadie duda de su capacidad. De hecho, nadie duda de ella desde los siete años, cuando fue reconocido por Mensa como superdotado. Desde entonces su currículo se adaptó a sus necesidades y todo se aceleró en su vida. Tuvo que luchar, sí. Tuvo que demostrar muchas veces que lo que decía su expediente era acorde con la realidad. Por fortuna, su familia estuvo ahí, a su lado. Y, donde ellos no llegaban, estuvo Luis, el profesor de secundaria que tanto le protegió y le estimuló. Así que tenía que lograrlo. Su proyecto contaba con un impecable soporte teórico y su utilidad era incontestable. Aún así... ¡Había visto tantas cosas en aquel críptico mundo! No, no podía fallar ahora que estaba tan cerca.


Un whatsapp le indica que su anfitrión ha llegado. Apaga la sempiterna colilla y se dirige de nuevo al despacho, donde le espera la solícita Julia.


-Acaba de entrar y está de muy buen humor -le dice mientras, zalamera, le arregla el nudo de la corbata-. Así está mejor. No te preocupes, todo saldrá bien. ¡Venga, venga! ¡No le hagas esperar! ¡Suerte!


Mas la reunión no va bien. No contesta a su superior; aunque sus pensamientos se revelan en su enrojecido rostro, haciendo destacar el blanco trazo de la cicatriz que parte su ceja derecha. ¡Malditos cobardes! ¡Acojonados, estrechos de miras! Esas excusas no convencerían a un colegial. Esconden su mediocridad tras frases grandilocuentes. ¡Ni siquiera se ha mirado la documentación, el muy lerdo! Políticos preocupados únicamente por los presupuestos. ¡Eso es lo que son! ¡Renuncio! ¿Cómo se puede ser tan obtuso? ¡A la mierda con todo! El portazo confirma este último pensamiento. Abandona el edificio seguido por las miradas inquisitivas de unos pocos y reprobatorias de la mayoría. Una mano se apoya en su antebrazo. Se gira con brusquedad. Un insulto trepa por su garganta. La mirada que le dirige le desarma. O quizá son los entreabiertos labios que insinúan tanto, que sugieren...


-No he podido evitar escucharle. ¡No es justo! –Protesta Julia con un mohín. Está realmente enfadada-. Tú trabajo se merece mucho más. Tú te mereces...


No se reconoce a sí mismo cuando descubre su brazo rodeando la espalda de la joven, su boca buscando la de ella, sus ojos suplicando un permiso que no espera. Y menos aún cuando ella le responde con idéntica ansia, cuando se le entrega sin reservas.


-¡No! ¡No podemos! ¡No puedo...! –Ella le separa empujando con ambas palmas su pecho mientras llora y sacude la cabeza. Él la mira sorprendido, indefenso, como un niño al que separaran de su madre-. No es culpa tuya, es que, es que... ¡Ojalá pudiera! ¡Ojalá pudiera!


Ella se gira para salir corriendo y, por fin, Ernesto reacciona. La atrapa y la obliga a volverse. De nuevo sus miradas se pierden la una en la otra y Julia, encogida, se refugia en su torso y llora desconsolada. Delicadamente la conduce fuera del campus, intentando protegerla de la lluvia. Pasan la mañana hablando, contándose secretos envueltos en el juego de una timidez que ya no se atreven a vencer, a pesar de cuánto lo desean. Cuando se despiden, él la incluye como contacto con la promesa de llamarse pronto. Al activar la pantalla destaca un sobrecito con una frase en negrita debajo: “Radcliffe   La oferta sigue en pié•555 34 34 34". Nunca lo había vuelto a abrir; pero ahora su dedo golpea el vidrio y lleva el terminal a su oreja.


-¿Podemos vernos esta misma tarde?


-....


-Voy para allá.


 


*****


 


Ernesto se adentra en la esclusa y se coloca el gorro esterilizado. Ha pasado aquí los últimos cinco años, repitiendo todos los días idéntico protocolo para acceder a la sala blanca. Desde el otro lado del cristal, una ilusionada Julia le sonríe a pesar de la parafernalia que la rodea. Porque hoy es un día muy especial. Minuciosamente, con la soltura de la práctica cotidiana, se envuelve en los plásticos que preservarán el laboratorio de cualquier contaminación, en cada uno de los cuales destaca el brillante y egocéntrico y omnipresente logotipo de la Radcliffe Corporation. Sólo entonces le devuelve la mirada. Cuando nada más que sus ojos son visibles, oprime el botón que desencadena el gas desinfectante. La puerta enfrentada se abre.


No puede evitar una cierta tristeza al ver su santuario invadido. Cuatro manchas verdes revolotean comprobando el material y otras dos se afanan con tubos, jeringas y bolsas. Al percatarse de su presencia, uno de ellos se le acerca.


-Bueno. Hoy es el gran día. ¿Todo preparado, doctor Sempere?


-Por supuesto, doctor Radcliffe. –Ernesto se gira hacia una mesa de trabajo y saca de un contenedor un pequeño artefacto, que manipula con extremo cuidado y coloca en el centro de una placa metálica. Con la mirada señala la camilla-. ¿Nos da un momento mientras efectúo una última comprobación?- Se acerca sin esperar la solicitada aprobación y toma la mano de la paciente.


-¿Estás convencida de esto, Julia, querida? Aún podemos echarnos atrás. Si tú no crees que...-Se le quiebra la voz.


-¿Lo estas tú, Ernesto? –Él asiente con un nudo en la garganta-. Porque yo no voy a renunciar. No pienso dejar que ese maldito tumor me aleje de ti más de lo necesario para extirparlo. Sé que hay muchos riesgos, que mi vida está en juego. Con todo, merece la pena intentarlo.


-Pero tengo tanto miedo, Julia. Está tan agarrado que el trasplante resultará inevitable. Y no sabemos si... Aún podríamos esperar...


-Estamos todo lo seguros que podemos estar, ¿no es cierto, cariño? Y esperar ¿qué, un donante? No. Noto cómo se me acaba el tiempo. ¿Lo tienes preparado? Quiero verlo antes de que me lo implantes, quiero ver tu regalo.


Él se dirige de nuevo al escáner y, tras comprobar que todo está en orden, lo toma y vuelve junto a la camilla. Julia le mira y le sonríe. Toma las enguantadas palmas en las que él sostiene el artefacto


-Gracias, mi amor. Gracias por lo que me has dado, por lo que me das. Pase lo que pase, recuerda que... que te quiero.


La besa en la frente, incapaz ya de decir nada. Ella comienza a ceder a la anestesia. Una beatífica sonrisa ilumina su rostro mientras echa una última mirada a su nuevo órgano. Así fue como se enfrentó a su corazón.


miércoles, 12 de abril de 2017

Llegaron (Isabel) Grupo C


                                                     

Elio abrió la puerta del apartamento dejando la linterna en la mesa. La idea estaba en marcha. Solo tenía que esperar a la noche para tener el dinero en sus manos y coger el avión.

Entró directo a su habitación, abrió el armario y empezó a sacar algo de ropa para varios días, aunque no pensaba regresar, ya se compraría lo que necesitase. Las órdenes eran claras, pero existía alguien que le retenía: Daniela. Tenía que volver hablar con ella para convencerla de que se fuese con él; no quería dejarla, la necesitaba a su lado.

Sin retrasarlo más fue a llamar por teléfono. Salió de la habitación y se sentó en el sofá, levantó el auricular del aparato que estaba en la mesita, marcó de uno en uno los números y escuchó varios tonos hasta que se oyó su voz a otro lado de la línea.

Sí, ¿Quién es?

Cielo, soy yo La línea quedó unos segundos en silencio.

Nena, ¿sigues enfadada? ¿Te lo has pensado ya? Estaba ansioso por saber. Con ella no le importaba dejar su ciudad.

Recordó el día que la vio por primera vez, en el bar donde quedaba con Alberto: su líder. Preparaban las asambleas donde se implantaría la trayectoria del partido. Allí estaba ella sentada con sus amigas. Se quedó prendado por el color de pelo chocolate, pero lo que más, fue cuando quedaron fijas sus miradas. Ese verde jade tan enigmático lo dejó hipnotizado. Así fue el día que marcó el inicio de la relación, que duró casi dos años.

Daniela tenía veintiséis años, deseaba tener hijos y los quería con Elio, pero siempre le decía que esperara, que no era buen momento, que el partido necesitaba de su ayuda. Siempre había sido paciente, pero se cansó de esperar y rompió su relación. Elio decidió ir a verla para pedirle que se fuese con él, que tras terminar un trabajo abandonaría la ciudad.

Daniela, di algo suplicó. La opresión que sentía por perderla le dolía tanto… Necesitaba tenerla a su lado.

Elio, yo… —Y rompió a llorar.

Nena, no llores.

, me voy contigo.

Elio se quedó en silencio. Sonreía al mismo tiempo que su corazón palpitaba con fuerza. Había recibido una doble inyección de sangre por miedo a que le dijese que no.

Escucha bien: prepara una maleta pequeña con lo necesario para un par de días. Te recogeré en la noche para tomar el avión. Sale a última hora. No se lo cuentes a nadie. ¿Me has entendido?

Lo he entendido. Estaré esperándote —Su llanto fue desapareciendo a medida que hablaba.

Ya verás como todo cambia. Seremos felices, Nena. Nos vemos en unas horas —Su tono de voz cambió. Se sentía afortunado.

Vale. Te quiero, Elio Daniela colgó.

Dejó el teléfono en su lugar. A pesar de la circunstancia que le rodeaba iba a sacar algo positivo: empezar una nueva vida, y con ella. Miró su reloj. La hora se acercaba. Alberto llegaría para recogerlo, llevarían a cabo por fin esa idea, le darían el dinero y abandonaría la ciudad.

Volvió a su habitación. Al cerrar la maleta escuchó el golpear de unos nudillos en la puerta. Fue abrir.

—¿Qué te queda? Hay que ponerse en marcha Alberto entró y cerró.

Daniela se viene conmigo. Me hace falta otro billete.

Eso no es un problema. Repasemos todos los pasos para asegurarnos que no se nos escapa nada.

No hace falta, lo tengo todo bien estudiado. Tú déjame en el lugar acordado y ese periodista dejará de existir. ¿Trajiste el arma? Elio hizo una mueca de fastidio. No deseaba matar a nadie, pero era necesario si quería que todos sus esfuerzos por sacar adelante el partido no cayese en saco roto, si no los trapos sucios saldrían a la luz y todo el trabajo de esos años no habría servido para nada.


Elio cogió su maleta y salieron del apartamento. Le dio la llave del mismo a Alberto. El coche estaba aparcado cerca. Nada más subirse Alberto sacó de debajo del asiento del conductor una bolsa pequeña, y se la dio. Dentro estaba el arma.

Me esperarás en el callejón, me llevarás a casa de Daniela y de ahí a coger el avión Miraba fijamente a Alberto, quien conducía atento a la carretera.

Eso es, hazlo con calma y asegura que salga bien Llevarían cerca de diez minutos en la carretera cuando divisaron la plaza.

El coche paró. Los hombres se miraron pero no se dijeron nada. Elio bajó, llevándose la bolsa donde estaba el arma. Los nervios no le dejaban respirar con tranquilidad, pero se encontraba seguro; sabía lo que tenía que hacer: esperar a que el periodista saliera del edificio donde trabaja, acercarse a él y disparar.

Vio cómo Alberto se iba. Aparecería varías calles más alejadas: en el callejón.

Llevaba esperando más de una hora cuando lo vio salir; eran las nueve de la noche, y poca gente andaba por la zona. Elio estaba sentado en uno de los bancos que gracias a un árbol le proporcionaba la intimidad suficiente para no ser visto. El periodista se acercaba. Se levantó sacando el arma de la bolsa, y se puso a caminar justo cuando pasaba por su lado. Iba detrás de él. Aceleró el paso para ponerse a su altura, levantó el arma y disparó.

Alberto se sobresaltó tras escuchar el estruendo. Pudo ver algunas personas corriendo mientras gritaban, pero no más.  Miró el reloj. Se estaba poniendo nervioso al pensar que los planes podían haber salido mal, que hubiesen atrapado a Elio.

 Oyó el sonido de sirenas que se acercaban. Alguien entró al callejón. Arrancó el coche por si tenía que salir de ahí. Venía corriendo. Era Elio. Subió y pisó el acelerador, dejando atrás el caos que se estaba formando.

Estuvieron en silencio mientras dejaban atrás todo el tumulto. Se veía la confusión en los rostros de los caminantes. Algunos corrían, otros solo miraban de una lado a otro, desconociendo lo que había pasado. Varios coches de policía pasaron por su lado, y detrás una ambulancia. Ambos se miraron. El miedo era visible en sus rostros. Ya estaba hecho.

—¿Lo has conseguido? Alberto paró el coche al lado de la vivienda de Daniela.

Misión cumplida. No causará más problema.

Venga, date prisa. Ve por Daniela. Debes de salir rápido de la ciudad —Cogió un cigarrillo del paquete que sacó de su chaqueta. Necesitaba tranquilizarse.

Elio se bajó del coche y corrió a buscarla. La excitación del anterior acto le tenía angustiado y preocupado por si no conseguía escapar. Dudó de si la idea de que Daniela fuera con él fuese seguro para ella, pero la necesitaba tanto... Se paró en la puerta al escucharla cantar. Tenía una voz preciosa. Siempre que lo hacía era porque estaba feliz. Eso le animó a llamar a la puerta, borrando cualquier indecisión al respecto. Sus pasos se acercaban, la puerta se abrió y apareció con su maleta en la mano. Elio la atrajo hacia él; le abrazó con fuerza, recibiendo la misma respuesta. Se miraron con pasión y se fundieron en un profundo y ardiente beso. El tiempo se paró. Solo existían ellos dos, pero el sonido de una sirena les sacó de su mundo privado.

Vamos, no perdamos el tiempo. Tenemos que irnos La cogió de la mano, tirando de ella.

—¡Espera! ¿Por qué tanta prisa? Sintió su nerviosismo después de escuchar la sirena.

Nos están esperando para llevarnos al aeropuerto —Salieron a la calle.

El trayecto transcurrió en un gran mutismo. Daniela iba sentada detrás, observado por la ventanilla. No se veía a mucha gente en la calle, pero sí había más policías de lo normal pateando las calles. Eso le extrañó y le preocupó. Le hizo sospechar que Elio tenía algo que ver, pero no quiso saber más, solo quería ser feliz y haría todo lo que estuviese en sus manos para conseguirlo. Había tomado una decisión y ya no se echaría para atrás. Abstraída en sus pensamientos, no se dio cuenta que el coche paró. Fuera estaban hablando Elio y Alberto. Se les veía inquietos. No paraban de vigilar mirando para una lado  y al otro. Elio subió al coche, sentándose junto a ella. La tomó de la mano.

Ya queda poco. Ha ido dentro a por los billetes. En menos de unas horas estaremos lejos y empezaremos de cero.

Daniela le estrechó entre sus brazos. Deseaba creerle, pero tenía desconfianza. Le parecía todo tan perfecto... No habló, solo movió su cabeza dando confirmación a sus palabras. Y le besó con frenesí. Sus sueños iban en él.

Alberto apareció y le hizo señas para que saliese del coche. Se bajaron sacando sus maletas. Elio tomó los billetes que le ofreció.

Aquí tienes lo prometido, con ello podrás empezar una nueva vida. Será suficiente —Le dio un sobre que contenía una importante cantidad de dinero.

Elio estaba satisfecho. Había conseguido el objetivo: ayudar a su partido y ser feliz con la mujer que amaba.

Gracias, Alberto, sin ti no se hubiese conseguido. Espero que a partir de ahora las cosas sean más fáciles para vosotros —Se fundieron en un abrazo. Ambos hombres se tenía un gran aprecio. Habían compartido tantas cosas...

De repente el sonido de una sirena se escuchó a lo lejos, sin embargo, cada vez oía más cerca, ambos hombres se miraron alarmados.

Daos prisa. Entrad dentro. No buscarán a una pareja.

Alberto subió a su coche, y lo arrancó. Sin decir más, con solo una sonrisa se alejó, dejándolos solos. Cogieron sus maletas y en silencio entraron dentro. Se dirigieron al mostrador para entregar sus billetes de embarque. Solo le faltaba eso: subir al avión y volar.

Por el rabillo del ojo Elio pudo ver cómo dos coches de policía aparcaban. La angustia se

apoderó del momento. No quería inquietar a Daniela. Intentó serenarse y ser natural. No pasó nada. Consiguieron embarcar y subir al avión.

El viaje fue largo y silencioso. Elio no paraba de recordar los acontecimientos de las últimas horas mientras observaba a Daniela, que dormía desde que despegaron. Le tocó la mejilla. La tenía tan suave…

El silencio fue irrumpido por la voz de la azafata, dando indicación de que en pocos minutos aterrizarían. Por fin llegaron.