Es la hora habitual de comer, pasadas las 13:30, cuando Eva María entra por la puerta del comedor social “La Divina Pastora”. Siempre va acompañada y cogida de la mano de David, su hermano mediano; bien fuerte, tan fuerte que sus manos amoratadas forman el eslabón de una esclava de plata. Y es que Eva María, de trece años, pizpireta, con sus dos coletas que recoge su larga melena morena y con dos coleteros rojos -su color preferido-, protege a sus hermanos como una loba a sus cachorros; David el mediano, ocho años, de baja estatura para su edad, rubio como un Adonis y de ojos vivarachos y curiosos. Carmen, la más pequeña, apenas sabe decir su nombre; dos años de edad. Un rayo de luz desprende su sonrisa tatuada en su rostro. Oxígeno para su madre, que siempre la lleva colgada de su cuello. Pues la cosa no está para comprar la sillita de paseo, así que María, la madre de los pequeños, la pasea, como una medalla a la heroicidad.
Cada día, desde hace quince meses, acuden a La Divina
Pastora, el único lugar que les trata decentemente y con dignidad. Un plato de
comida y poder sentir el calor de la calefacción, en este invierno que tan
crudamente azota los cuerpos, devuelve una pizca de ilusión a sus rostros. Eva
María, siempre dispuesta a ayudar a su madre con los más pequeños, observa cada
uno de los rostros, que, como ellos, buscan un pequeño lugar donde refugiar sus
desdichas y encontrar una mano amiga.
-Hoy es jueves, piensa Eva María- Para comer, seguro que
hay arroz a la cubana, filete empanado y una mandarina, ¡buen manjar!,
»Me pondré las botas, así tendré energía para chutar con
el balón y colarle un gol a Jorge, el creído. Le tengo ganas para demostrarle
que con un pase de tacón me haré dueña de su portería.
»¡Vaya! Veo caras nuevas en las mesas. Parece Pol aquél
del fondo; muy raro que se encuentre aquí. En clase, siempre presume de los
juegos de la Ps4, ¡menudos nombrecitos! ¡Ni los recuerdo! Cuando acabe de comer
me acercaré y le preguntaré. Mi madre hoy está más triste que otros días,
seguro que es por la carta que le ha traído el cartero. He escuchado cómo le
decía que era con “acuse de recibo”. ¿Qué será eso? Después se ha encerrado en
su habitación, y lloraba, porque oía sus sollozos; igual que hace un mes,
cuando nos cortaron la luz.
--David, anda, come, --le dice Eva María a su hermano, --Después
sabes que solo tenemos un vaso de leche para ir a dormir, y la noche es muy
larga.
--No quiero arroz blanco, tengo ganas de pollo al horno como
el que nos hacía mamá, --le dice David a su hermana, mientras, cabizbajo, las
lágrimas le resbalan por su cara llena de churretones.
--Escucha, David, --le dice Eva Mª, asiéndole por los
hombros, --: somos pobres desde que papá se marchó y mamá perdió su trabajo.
Debemos estar contentos porque los vecinos del barrio nos ayudan a que no nos
falte algo que llevar a la boca. ¿Quién piensas que te ha comprado las bambas
que llevas?, María la panadera. Y aquí el padre Ángel nos acoge para comer, así
que ya te puedes comer el arroz o te doy una colleja. Tú mismo.
A regañadientes, David hace caso a su hermana, mientras
las lágrimas se agolpan en sus ojos; y no es por el arroz, ¡para nada! Reflexiona
sobre todo aquello que Eva Mª le ha explicado. Somos pobres, piensa.
Eva Mª fija su mirada en Pol, y se pregunta ¿qué hará
allí, si siempre lleva sudaderas DC y zapatillas Nike? Sin pensarlo, se pone de
pie y se acerca a la mesa donde Pol come junto a su abuela.
--Hola, Pol, --le espeta Eva María. —¿Tú por aquí?
--Hola, Eva. Sí acompaño a mi abuela. Está enferma y mis
padres están trabajando.
--¡Ah, me extrañaba!, tú que siempre presumes de tus
cosas de marca.
--Bueno, sí. Ya te digo que es por mi abuela. Me
necesita.
Juana,
la abuela de Pol, lo mira con cierto desdén, con un tono de voz alto, bastante
afónico y, con una mirada de lástima, le dice: --deberías saber, Pol, que si
venimos aquí es porque no tenemos nada que comer. Sabes muy bien que tus padres
no están trabajando, se encuentran en la cárcel de Quatre Camins.
--Yaya, pero, ¿qué dices? –Pol sale corriendo, tirando
por el camino vasos y platos.
Eva Mª no sabe qué hacer, pero una idea le gira en la
cabeza: Pol, necesita un abrazo de amigos, de niños. Tras él, sale disparada a
la calle. Una vez en ella, agudiza la mirada, husmea a derecha e izquierda, pero
no ve a su amigo. Frente a La Divina Pastora, se extienden los jardines de Can
Jomira, un bosque mediterráneo en medio de la ciudad. En un banco, agazapado y con la cara entre las
rodillas, descubre a Pol, entre sollozos.
--Pol, amigo, no llores, - le dice.
--Déjame en paz, no quiero hablar con nadie. Vete, --le
grita el niño, lloroso y con rabia.
--Escúchame: no es una deshonra asistir al comedor
social, ni siquiera recibir la ayuda de los demás.
--Tú no sabes ni una mierda, --chilla el niño, --Mis
padres me dejaron con mi abuela porque se encuentran en la cárcel.
--A pesar de ello, Pol, no es una vergüenza. No sé qué
han hecho tus padres, pero veo a quien tengo delante: a un niño
Eva Mª, con sus coletas danzando al frío viento de febrero,
se acerca despacito a Pol, le toca el brazo derecho y le dice: --¿jugamos a la
pelota?, es mejor que la Ps4.
--No tienes balón, Eva.
--No te preocupes, sé dónde podemos jugar.
Pol accede, se pone de pie, sorbe los mocos y, dirigiéndose
a Eva Mª, le propone:
--Si gano el partido, me das un beso.
--Si pierdes, --contesta la niña, --me lo das tú.
--Trato hecho.
Juntos caminan hacía el campo de tierra abandonado, donde
los restos de botellón se acumulan; jeringuillas de los yonquis del barrio, los
condones de las prostitutas que en ropa interior se pasean por la noche. Un mar
de escombros, restos de podredumbre y miseria que la crisis que fustiga desde
hace años un barrio de trabajadores sin más objetivo que ir viviendo. Un barrio
castigado por la indiferencia estatal.
Pero en ese campo de porquería, se reúnen los niños,
inocentes ante tanto desvarío, para chutar el balón y darle pasos de alegría a
los lunes al sol.
Eva Mº, con sus coleteros rojos, olvida todo por un
momento. Se gira a Pol,
--Oye, Pol. Te voy a dar la paliza de tu vida para que
cumplas tu promesa.
--Lo dudo, Eva, soy muy bueno y no creo que puedas
robarme el balón.
Eva mira al frente. Comprueba que están los demás y coge
de la mano a Pol. Corriendo, se dirigen al grupo de chiquillos que en carreras
de confusión driblan el balón.
--Te presentaré a los chicos, Pol --Señala Eva mientras
grita al grupo --: ¡Ey! ¿Podemos jugar?
Rahid, el jefecillo, se acerca. Sus rasgos árabes se
acentúan con su tez morena.
–Hola, Eva, ¿qué queréis?.
--Queremos jugar. Cada uno con un equipo.
--Está bien, pero tú con los otros. No me fío de ti,
--replica Rahid.
--Trato hecho. ¿Empezamos?
Los chicos juegan, carreras arriba y abajo. Se roban la
pelota, evitan pases, se ríen, caen, se levantan, chutan y marcan gol. Pasan la
tarde ajenos a las sirenas de policías, que en estruendo, se acercan al barrio,
sumido en la tristeza de sus gentes castigadas por la vida: refugiados sin
zapatos, mendigos sin abrigo, parados sin casa, proxenetas maltratadores,
traficantes de polvo, parejas desavenidas, niños sin derechos…
Eva Mª, con sus coletas danzando, mete gol mientras un
grito de dolor emite.
Se
escucha un disparo.
¡Qué triste, Dolors! Pero hermoso, como todo lo que escribes.
ResponderEliminarMuchas gracias, Laura.
ResponderEliminarJolines, es precioso pero algo triste, aunque tengo que reconocer que me encanta como escribes, un besite
ResponderEliminarGracias. Besos
EliminarDuro relato...
ResponderEliminarUfff un poco, pero creo que puede ser muy real.
EliminarMuy duro y triste, Dolors, pero es la cruda realidad. Un abrazo.
ResponderEliminarGracias, así lo creo.
EliminarUn relato que muestra la cruda realidad, ni más, ni menos. Bravo por ponerle letra.
ResponderEliminarGracias, Sandra, por desgracia ocurre.
EliminarQue bueno te felicito
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