sábado, 24 de junio de 2017

Conversando (José Losada)


—No sé, yo no lo veo así, Soledad —dijo Nuria—. Al principio sí, pero después todo ha cambiado; quizá de repente, un buen día del que no quiero o logro acordarme, como el comienzo del Quijote. Puede. Tal vez… —Sonrió. Sus labios fueron dando mayor profundidad a la sonrisa, muy poco a poco; pero tanto, que la mujer notaba tirantez en las sienes. El esbozo se antojó como un globo que se va ensanchando a medida que recibe aire—. Sí. —La afirmación sonó empobrecida, como sin ganas de que fuera escuchada; un ligero susurro. La sonrisa se fue unas décimas de segundo, pero después regresó, y más viva que nunca—. Qué buena novela, ¿eh? —Sonrió más. En sus ojos —negros como piezas de carbón— refulgían una serie de puntitos, igual que estrellas titilando en lo alto del firmamento a altas horas de la madrugada—. La de veces que la releí de pequeña… —Ocho de los diez dedos de sus manos se entrelazaron, excluyendo a los dos pulgares. ¿Por ser gorditos? No; no había discriminación. De ser así perderían los restantes, tan flacuchos como pajitas y rellenos de una ligera capa de piel. Más bien, estos dos se acariciaban, como si las rayitas de las yemas formasen el rostro de dos enamorados besándose, juntándose con pasión, totalmente embelesados, como el amor de Don Quijote de la Mancha pensando en su querida Dulcinea… Pero cuando Nuria se dio cuenta de que no era más que una historia, que no había amor por ninguna parte, la felicidad de su acalorada tez volvió a esfumarse, y con ella, la preciada sonrisa. Los pulgares pasaron del amor a simular un pulso chino—. Una historia preciosa, sin duda: un pobre y viejo loco que solo ve lo que él quiere ver y ansía tener. Al mismo tiempo, es muy triste. Tiene que serlo, ¿verdad, Soledad? Déjame terminar —ordenó a su acompañante—. Si me respondes ahora, se me va el santo al cielo, pierdo el hilo y luego todo lo importante deja de serlo porque solo pienso en recuperar lo que ya no me será posible contarte gracias a que tu respuesta interrumpe el tema de conversación del que tanto quiero y deseo hablarte… —Respiró. Volvió a sonreír, apiñando los párpados hasta parecer que los inferiores se juntaban con el esbozo que formaban los labios; después, añadió—: ¿vale, corazón?

»Tú lo tienes todo, Soledad. Eres privilegiada, así que prohibido quejarte. Chitón —Simuló cerrar una cremallera en los labios, señalando a quien se refería para que hiciese lo propio—. Desde pequeña lo has tenido todo: padres, abuelos, primos, tíos y de más familia, y que rogarán una oración por tu alma el día que pases a mejor vida. ¿Te das cuenta? “A mejor vida”. Lo tienes todo, Soledad, pero hay gente que no tiene nada de nada; por ello, el que no tiene nada, quiere pasar a mejor vida. Tú no quieres eso, ¿verdad? —Se incorporó—. ¿Qué sería de tu marido, Soledad? Él solo, ahí tirado como un perro mientras la perra de su esposa decide darse el capricho de vivir una vida mejor… Nononó, amiga. —Negó con el índice—. Él es un inútil que no sabe ni freír un huevo, ni siquiera utilizar bien los suyos…Te necesita. ¿Qué sería de tus hijos, eh? ¿Qué sería del mayor? Toda la vida entre las bragas de mamá, pidiéndote permiso hasta para tirarse un pedo; y es que le faltan cojones, Soledad, perdona que te lo diga. Sí sí —Afirmó con la cabeza—, siento si te duele, pero es así. A mí me gusta decir las cosas como son, y tu hijo es muy pero que muy cortito y consentido, y la culpa la tienes tú. —La acusó señalando con ojos diabólicos—. ¡Más mano dura y menos caprichos! —Tras el grito, se calmó. Regresó la sonrisa dulce a su rostro, y con ella, como si hablase con tirantez al llevar una mascarilla en la cara, añadió—: pero claro, habiéndolo tenido todo en la vida, ¿cómo no iban a salir así de gilipollas tus hijos? —La afirmación sonó falsa, por medio de ese esbozo irritante y a la vez malévolo, aunque de puertas para adentro. Por fuera representaba a la mujer más cariñosa del mundo—.  No te ofendas —Regresó el tono elevado; la mujer modosita se esfumó—, pero las cosas claras y el chocolate espeso. ¿Que el mayor es guapo? Pues sí, lo es, no voy a mentirte. ¿Que eso tiene de bueno? Pues también, no lo voy a negar. Tiene a todas las niñas locas con esas camisitas de pordiosero, ese escaso cabello de punta como si fuera un erizo, y que si se inclina con clemencia para saludar a alguna de ellas puede salir perjudicado alguno de sus ojos, sí, muy guapo el muchacho; y claro, su punto fuerte: los pantalones cagaos, los que se va pisando a cada paso que da… Está muy bueno tu crío, sí señor. Muy bien hecho —Levantó el pulgar a la vez que giñaba un ojo—; sin embargo, le falta mucho por saber de la universidad de la vida, y eso, no hay guapura que lo supere, Soledad. Ahora ya no hay remedio porque tiene los huevos muy negros y no se le puede hacer nada. No obstante, al pequeño aún lo puedes meter en vereda. Está muy verde también, y se rompe de pijo. Cuando le veo la cara me dan ganas de partírsela para que escarmiente. Y que conste que todo esto te lo digo desde el cariño, amiga; todo es por tu bien, ¿de acuerdo, cielo? —Volvió a sonreír—. Aun así, le daría de hostias. —Serió el rostro una vez más. Las últimas palabras salieron abruptas, en un rostro muy diferente al que mostraba a la hora de parecer encantadora—. A ti también —continuó—. ¡Es que me jode mucho! —Se sentó, malhumorada—. ¿Qué nos enseñaron de pequeñas? Repítelo conmigo, venga. —Se colocó las manos en las orejas—. Que tenemos que ser buenas madres y educar bien a nuestros hijos. ¿A que nos lo dijeron, eh? No te oigo, Soledad, y te estoy hablando —puntualizó—. ¡Estoy perdiendo mi tiempo para resolver el problema que tienes en tu casa! ¿Así me lo agradeces? —Volvió a incorporarse—. Tengo muchas cosas que hacer, ¿sabes?, y ya eres mayorcita para cuidarte sola. Muy mal, sinceramente. ¡Fatal! ¿Qué haces tú, eh? ¿A qué te dedicas? Nononó. —Puso las manos como si quisiera frenarla—. Ahí quietecita. Escucha, escucha bien lo que tengo que decirte, aunque te duela. No todo en la vida es pasión y desenfreno. Ahora te toca apechugar, y criar a tus hijos. Claro, te tumbaste en la cama y pensaste que todo sería así de sencillo y maravilloso. —Volvió a negar con el dedo índice—. No, bonita. Fuiste una pardilla estúpida y antojada, como lo fue siempre tu madre. Sí, siento tener que decírtelo también. Las dos os dejasteis hacer dos bombos, y los dos en invierno, que parece que solo sabéis follar cuando hace frío, así el cuerpo entra en calor. Y luego, ¡toma jodienda! Así no, Soledad, la vida no es así.

»¿Qué hice yo con mi marido? ¿Ya no te acuerdas? ¡Claro que te acuerdas! Me aseguré de recortarle bien la barba, con piel incluida. Y, ¿por qué?, pues porque una mujer es de armas tomar, y de armas blancas. Siempre fue un cochino, y por ello, sangró como tal. Un cochino nace para morir en el matadero. Estaba escrito que mi marido tenía que morir así. ¿Me arrepiento de ello? Pues no, porque ese era su destino, Soledad. Hice lo que tenía que hacer, y ahora que lo pienso, tú deberías hacer lo mismo con el tuyo. No puedes llegar a imaginar lo bien que se siente una mientras ve que ha hecho lo correcto. Yo sabía que mi Adolfo se marchaba, y gracias a mí. ¡¿No te das cuenta?! —vociferó—. Seguro que desde el cielo me lo agradece, y que cuando nos encontremos allá arriba me volverá a agradecer que lo matara. Lo envié a mejor vida, Soledad, ¿sabes? No me lo pidió, pero una mujer tiene que hacer siempre lo mejor para su marido. Tú te abriste de piernas a destiempo, la bebida te las abría; pero nunca es tarde para cerrarlas.

»Mátalo, Soledad. Si tú pasas a mejor vida él solo será un pobre desgraciado que no sabrá hacer nada ni valerse por sí mismo porque un hombre no es nada sin una mujer ya que nosotras valemos mucho y somos necesarias en la vida de este, nuestro planeta Tierra. El mundo nos adora, ¡somos una campeonas! ¡PODEROSAS! —Gritaba, cada vez más entusiasmada, con los brazos en alto—. ¡SOMOS LA VIDA! ¡LAS QUE MEJOR HECHAS ESTAMOS! ¡LAS MÁS GUAPAS Y VALIOSAS! —Se detuvo. Dejó caer los brazos y, con la cabeza gacha y el cabello arremolinado, bajando hasta cubrir su mirada letal, añadió—: tú, no —El tono volvió a ser ronco y seco, más que nunca. Daba miedo verla así: de pie, con la pesarosa presencia de un zombi, dando la sensación de tener los hombros dislocados y, sobre todo, dejadez—. Tú no eres poderosa. —La miró. Su cabeza se giró de golpe, como un futbolista a la hora de rematar con la frente. El cabello dejó un reducido hueco entre sus ojos, lo justo para ver en ellos un brillo terrorífico al mismo tiempo que las mejillas ascendían gracias al esbozo macabro de sus labios. Sus podridos dientes, en ese habitáculo reducido y oscuro, se tornaban como si lo único con algo de vida fuesen fichas a la espera de desencajarse tras pronunciar una palabra con fuerza. Parecían ir a saltar como cáscaras de pipa estorbando en el cielo de la boca—.  No estás bien hecha, y ni siquiera eres guapa. —La aguda voz hizo una pausa para pactar un trueque verbal con un tono cargado de sinceridad absoluta—. Tú eres lo peor que existe, algo a lo que no quiere nadie —Comenzó a enrabietarse, una vez más, y caminando hacia ella—. Estás llena de ponzoña, ¡creas desesperación! —Gritó, tirándose del cabello. Con los dedos enroscados en los gruesos mechones, tirando con fuerza, siguió diciendo—: ¡¡LOCURA!! ¡LO QUIERES TODO Y TE ALIMENTAS DE LOS DÉBILES!, ¡Y TE ODIO! ¡TE ODIO, PUTA, TE ODIOOOO!

Se dejó caer de rodillas. Al golpear con ellas las baldosas, las rótulas sonaron como dos mazas de hierro. Iba encorvándose poco a poco, como si se hubiese quedado sin fuerzas de repente. Parecía querer besar el suelo de lo inclinada que tenía la cabeza. Sus mechones lo rozaron; sus lágrimas, con una mezcla de rabia, dolor y tristeza, lo mojaban como la gota que va cayendo de un grifo mal cerrado.

—Te odio mucho, Soledad. —Hablaba como con congestión. Sus fosas nasales tenían tanto poder como el de su odiada Soledad, dejando a las cuerdas vocales como meras presentes sin importancia—. Mis pequeños… —Lloraba más—; mis dos criaturas bellas… —Acariciaba el suelo, como si allí estuviesen sus rostros y pudiera limpiarles las lágrimas con las que ella los mojaba—. Mi marido…

Dejó caer todo su cuerpo. Se colocó en posición fetal, con el pulgar dentro de la boca, igual que si fuese un bebé a punto de decir “gugu tata”.

—Feliz año, Soledad —dijo, meciéndose sobre el piso. Una lágrima rebelde, moviéndose como un flan inquieto encima de un plato, luchaba por no saltar del párpado inferior.

—Igualmente —se respondió ella misma. La lágrima brotó, y después otra, y otra más; así hasta doce, como las doce campanadas.

 

 

 

 

*****   

 

            —Si es imposible tratarlo con Risperidona(1), deberás buscar otro antipsicótico que te facilite el tratamiento del paciente —le dijo el adjunto a su residente, a quien veía avergonzado, como el alumno que está siendo castigado por el maestro—. Un comprimido bucodispersable te ahorrará el trabajo: se deshace en la boca, y además, sabe dulce, así que no lo escupirá… Pero que sea la última vez que te saco las castañas del fuego, ya no estás en primer año.

            —Gracias, doctor.

            —¿Le has puesto alguna benzodiacepina? —añadió el veterano.

            —Sí, bromazepam(2) —aseguró el joven médico—. Primero probé con alprazolam(2), pero se ponía más nervioso de lo que estaba.

            —A veces ocurre, sí.

            —Por ello cambié a bromazepam.

            —Mal hecho —El joven se estremeció al escuchar su error en boca del maestro—. De alprazolam a lorazepam, y de este, a diazepam(2). Ponle diazepam y te curas en salu…

            —Doctor —interrumpió una joven residente—.  El Dr. Requejo me ha mandado hacer un repaso por la sala Sur. Están todos tranquilos, excepto una paciente. Me preocupa, pero no encuentro a mi adjunto por ninguna parte, por ello se lo digo a usted.

            —¿Qué paciente?

            La joven miró el informe para concretar el nombre.

            —Yo sigo a lo mío, doctor —se despidió el otro residente.

            —Nuria Calvo González —dijo la chica—. He escuchado gritos y me he acercado, aplazando la visita a dos pacientes anteriores. Le daba gritos a una tal Soledad, completamente fuera de sí. No sé si se acordará de alguna amiga suya o familiar.

            —No, no —negó el doctor, muy seguro—. Soledad no existe, y si hay alguien con ese nombre entre sus amigas o familiares, te aseguro que no se refiere a ninguna que se llame así. —La residente escuchaba con atención—. Habla con Soledad, conversa con Soledad, a pesar de responderse ella misma; vive y se desvive por Soledad, pero no se dirige a ninguna persona, sino a lo que vive día a día: la soledad.

            »Una Nochevieja, la encontraron tirada en el suelo, en posición fetal y chupándose el dedo mientras se desangraba como un cochino después de haberse abierto las venas. Decía que quería pasar a mejor vida.

            —En esa posición la he dejado ahora, doctor —afirmó la chica.

            —Lo sé. Lleva tres años haciendo y diciendo lo mismo, día tras día. —La joven médico se sorprendió—. Solo existe una conversación en su cabeza, y la repite una y otra vez. En ella menciona todo lo que tuvo: marido y dos hijos. Siempre estuvo pendiente de ellos, pero la abandonaron y no quisieron saber nada más de ella. Se siente culpable de lo ocurrido, llegando a pensar que incluso los mató; pero no, la única realidad es que la dejaron tirada como a un perro. Si prestas atención a todo lo que dice, te darás cuenta que no habla bien de ninguno de los tres.

            —Ya, imagino que por rabia.

            —Pues imaginas mal —La chica se asustó igual que su compañero tras el regaño anterior por administrar mal la medicina—. Si alguno de ellos apareciese por la puerta, y tan solo escuchase un simple: “hola, mamá” u “hola, cariño”, se los comería a besos. No tiene maldad, solo pena. Esa rabia no pertenece a su forma de ser, sino a lo que se sintió obligada a hacer y nunca hizo. Habla de lo que decía la gente. Ella no los habría abandonado nunca.

            Tras la explicación del doctor, la chica miró hacia la habitación de Nuria. Desde allí no la veía, pero podía sentir su dolor.

            —Hay algo que no entiendo, doctor —dijo la joven—. Todo eso me cuadra, pero… ¿Qué tienen que ver Don Quijote y Dulcinea en todo esto?

            El veterano sonrió antes de decir:

            —Cuando estás a punto de morir, piensas en quien más quieres. Eso por un lado; y dos: cuando no te queda más remedio que seguir viviendo, sin que te dejen cerrar los ojos de forma literal, estos se cierran para el mundo, y solo vives tu propio sueño feliz. En él, todo es maravilloso, como en la imaginación de Don Quijote. —La chica quedó petrificada mientras el doctor colocaba un libro de psicología encima de su carpeta—. Página 463; ahí lo explica todo.

            La joven se colocó el libro bajo una de sus axilas y se dirigió a la habitación de Nuria. Frente a la puerta, observándola por un pequeño ventanuco de cristal, la vio incorporarse. Aguzó el oído para escuchar lo que decía.

            —No sé, yo no lo veo así, Soledad. Al principio sí, pero después todo ha cambiado; quizá de repente, un buen día del que no quiero o logro acordarme, como el comienzo del Quijote. Puede. Tal vez… Sí. Qué buena novela, ¿eh? La de veces que la releí de pequeña… Una historia preciosa, sin duda: un pobre y viejo loco que solo ve lo que él quiere ver y ansía tener. Al mismo tiempo, es muy triste. Tiene que serlo, ¿verdad, Soledad?

            Lo es, pensó la joven psiquiatra mientras se enjugaba el rostro bañado de lágrimas.

—Déjame terminar. Si me respondes ahora, se me va el santo al cielo, pierdo el hilo y luego todo lo importante deja de serlo porque solo pienso en recuperar lo que ya no me será posible contarte gracias a que tu respuesta interrumpe el tema de conversación del que tanto quiero y deseo hablarte… ¿Vale, corazón?

No lo haré. Tienes todo el derecho del mundo a hablar y seguir soñando, volvió a pensar la médico; después, se alejó de allí, escuchando la voz de Nuria mientras se perdía por los pasillos del hospital.

—Tú lo tienes todo, Soledad. Eres privilegiada, así que prohibido quejarte.

»Chitón.

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1—Risperidona: antipsicótico apto para el tratamiento de la esquizofrenia.
2— Alprazolam; lorazepam y diazepam: benzodiacepinas, medicamentos que se utilizan para tratar las crisis de ansiedad, el estrés, la angustia o los ataques de pánico.

viernes, 23 de junio de 2017

El pasado vuelve (Isabel. Grupo C)


Nati se levantó de la cama y entró en el baño refunfuñando porque era tarde. En tiempo récord consiguió llegar al trabajo en su moto de gran cilindrada, pero no a su hora. Apenas había dormido. Una sonrisa pícara se le dibujó.

Trabajaba como directora ejecutiva de la empresa multinacional Comida Sana Fast. Era conocida como “la Cruel”. Continuamente vigilaba el movimiento de todos los empleados, y nada se le escapaba de su control. Salió del ascensor y tropezó con la pobre Sofía.

—Buenos días, señora —dijo, muy nerviosa y mirándose los zapatos.

— ¿Adónde vas? ¿Ya te estás escaqueando? —le acusó, observándola de arriba abajo con desaire.

—No, no…, voy a llevar estos contratos a personal. Borja…, el señor Romero lo está esperando para… —Hablaba mientras veía cómo se alejaba dejándola con la palabra en la boca.

Iba irritada porque no le había dado tiempo a tomarse ni un mísero café. Tras su paso, el silencio se instauraba en la oficina. Solo existía una persona que le plantaba cara: Emma, una joven arrogante, soberbia, que llamaba la atención por su talla y, que acompañada por tan rubia melena, convertía su presencia en un hechizo maravilloso, motivo que la irritaba. Y para su mala suerte se la encontró en su camino.

—Hola, Nati. ¿Llegando tarde? Qué raro. Lo apuntaré en tu agenda de faltas —le dijo sarcásticamente, con una media sonrisa y las manos puesta en su cintura.

—Tú, ¿qué haces parada? Tráeme un café, ¡muévete! —le gritaba sin mirarla, y resoplando. Se estaba cansado de aguantarla, pero le había prometido a su superior que no la echaría.

—A sus órdenes, mi señora —le dijo de forma burlesca, y en compañía de una reverencia. El resto de los empleados miraban sin hacer ni una mueca.

—Darte prisa, estúpida —Estalló.

Entró en su despacho cerrando con un sonoro portazo. Tiró al sillón su bolso y se asomó a la ventana porque necesitaba serenarse. Siempre conseguía sacarle de sus casillas. Tenía que hablar con él de nuevo, ya no aguantaba más. Se sentó en su sillón y cogió el teléfono para hablar con su secretaria.

—Sí, señora —contestó con una voz tímida.

—Consigue una cita con don Pedro lo antes posible —le pidió.

Nati encendió el ordenador para empezar a organizar el trabajo, y fue abrir los correos. Unos golpecitos sonaron. Negó con la cabeza, sabía que tras la puerta estaba su pesadilla. Una sonrisa depravada se asomó en su rostro. No tuvo que ordenar que pasara, lo hizo sin más.

—El café para la jefa, como le gusta: con leche, tres cucharaditas de azúcar y bien calentito —Se lo dejó en la mesa mientras le guiñaba un ojo. Se quedó en silencio esperando alguna orden. Al ver que estaba ensimismada con la pantalla del ordenador, carraspeó.

—¿Sigues aquí? ¡Fuera! —le rugió volviendo a lo que tanto llamó su atención.

—¡A su orden! —Salía riéndose. Era tan fácil picarle…

 

Estaba tan ensimismada que no escuchó cerrarse la puerta. Releyó varias veces el correo que tenía abierto y  que llevaba tanto tiempo esperando. Por fin había sucumbido a sus ruegos. Tenía un nombre y una dirección para empezar a buscar.  El teléfono sonó.

—Dime.

—Don Pedro no puede reunirse hasta dentro de dos semanas —susurró la secretaria, temiendo a su reacción —. Es que… se va de vacaciones con su mujer, señora.

—Bien. Esperaré —Colgó el teléfono.

 Emma era como un grano en el culo, pero podría soportarlo. Tenía otro asunto más importante que quería averiguar. Sacó el móvil de su bolso y marcó el número de su prima.

—Sandra, Sandra…, tengo algo —le gritó, nerviosa.

—No chilles. ¿Qué tienes?

—Un nombre y una dirección. Sor Mercedes me ha mandado un correo —le contó, más tranquila.

—¡Qué buena noticia! Dímelo, que lo voy a comprobar —le ordenó. Anotó y colgó el teléfono tras asegurarle que la llamaría con la mínima noticia. Sandra era más que una prima. Se convirtió en esa madre que no quiso saber nada de ella.

Se encontraba feliz. Recordó el momento en que tomó la peor decisión de su vida. Si pudiera dar el tiempo atrás lo haría, pero era tarde. Solo esperaba que no fuera demasiado para arreglar las cosas.

 

La puerta se abrió de sopetón pillando a Nati sumida en un llanto silencioso.

—¡Anda!, hasta tiene corazoncito —Se mofó Emma al verla. Esta vez Nati no pudo controlarse.

—Tú. Esto se acabó. Recoge tus cosas y sal de aquí, ¡ya! No volverás a trabajar en esta oficina —le gritó mientras se  levantaba y la cogía del brazo para sacarla del despacho.

Todos los presentes quedaron mudos. Ver a la jefa gritar conducía a problemas, pero si era con Emma podía desencadenar una guerra.

—¡Oye! Suéltame. ¿Qué te has creído? —De un tirón se soltó de su agarre y la empujó. Si no llega a ser por la secretaria se habría caído.

Una vez estabilizada posó su mirada en ella, y con pisadas firmes se dirigió hasta ponerse a su altura.

—Pero, ¿tú quién te has creído? So Boba. Eres una inútil, un estorbo, un fracaso y una floja. Estás tardando en irte ¡Fuera! —le gritó con una sonrisa que mostraba unos dientes blancos. Emma no se movió.

—Sabes que esto no quedará así. Te vas a arrepentir cuando don Pedro se entere de cómo me estás tratando —le chilló mientras se dirigía al ascensor. Sus ojos se estaban humedeciendo. Se sentía tan humillada…

—Por él no te preocupes, está informado de la situación, ¡ja! —le avisó. Hizo un movimiento de desaire con su mano.

—¡Esto no quedará así! —gritó mientras se cerraban las puertas, momento en que dejaba escapar el llanto comprimido.

Nadie hablaba, esperaban a que la jefa dijese o hiciese algo. No querían aumentar más su enfado.

—¿Qué hacéis parados? Todos a trabajar —ordenó, y entró a su despacho. Sabía que tenía un problema, pero ya lo solucionaría.

 

La jornada terminó sin nuevos sobresaltos. Recogió sus cosas para irse a casa cuando su móvil empezó a sonar. Lo cogió del bolso y vio que en la pantalla indicaba llamada oculta. Se extrañó, y como siempre hacía, la rechazó. No le dio tiempo a guardarlo cuando escuchó el pitido de la entrada de un mensaje. Lo abrió y leyó, y tuvo que sentarse al sentir cómo todo su cuerpo temblaba. Habían escrito: «Hola, mamá».

Esas palabras retumbaban en su cabeza. Volvió a tomar el control de sí misma cuando escuchó el teléfono sonar. Ni miró la pantalla.

—¿Quién es? —chilló.

—Oye, no me grites. ¿Qué te ocurre? —preguntó Sandra, preocupada.

—Acabo de recibir un mensaje con solo «Hola, mamá» —le contó sin poder bajar el volumen de la voz. Estaba confundida y muerta de miedo. No era así como pensaba que iba a tener su primer contacto.

—Y ¿no has contestado o llamado? Debes averiguar, aunque yo también he descubierto algo, por eso te llamaba —le dijo con tranquilidad.

—Tengo miedo. Y ¿si no quiere saber nada de mí? —preguntó, confusa. Se levantó y fue a mirar por la ventana. Necesitaba controlar la situación. El día estaba siendo algo caótico.

—Algo querrá. Si en verdad quien te ha mandado ese mensaje es tu hija, seguro que tendrá algo que decir. ¿No crees? —Respiró hondo. Sabía que era una situación difícil de afrontar y más cuando viera lo que tenía para enseñarle.

 

Quedaron en silencio. Nati volvió a sentarse algo más serena.

—¿Qué noticia me tienes que dar? Espero que sea buena —Se llevó la mano para frotarse la frente. Le estaba entrando un tremendo dolor de cabeza.

—Es sobre los datos que me has dado esta mañana. He conseguido un nombre y una foto. Conoces a esa persona, y no te va a gustar —le espetó sabiendo el peligro de desvelar la información.

—¿Cómo que no me va a gustar? Dime de una vez lo que has descubierto —le ordenó, gritando; pero no obtuvo respuesta, solo calma.

—¡Oye! Tranquila, que no soy uno de tus lacayos. Cómo estás alterada, te voy a enviar el correo donde encuentra la respuesta. Solo te digo una cosa: no lo leas hasta que no estés tranquila, y con lo que descubras no te adelantes a los acontecimientos. ¿Me lo prometes? —Sabía que lo que iba a destapar no le iba a gustar, y eso le preocupaba.

—Te lo prometo. Perdona mi enfado, es que no ha sido un buen día —le explicó, más serena; después, colgó. —Recordó el día que se fue a vivir con ella después de ser echada de casa por sus padres al enterarse de que estaba embarazada. Tenía dieciséis años. Fueron momento difíciles y tomó la decisión que creyó mejor, pero con el paso del tiempo descubrió que no era así —.Esos segundos sumida en los recuerdos le proporcionó el sosiego que anhelaba para hacer frente a la respuesta de su búsqueda. Se preguntaba cómo sería; sí se parecería a ella, si era feliz, si sabría que existía o si quería conocerla. Mil dudas le acechaban y el pánico apareció. Tal vez no sería buena idea.

Habían pasado más de veinte años. Encendió el ordenador que apagó antes. La espera a que estuviese operativo la excitó. Abrió el correo con ilusión.

 

Hola, Sandra.

Ha sido una sorpresa recibir su correo. En efecto, soy la persona que estás buscando. Es interesante saber que mi madre biológica me busca. Yo sí sé quién es ella, lo descubrí hace años gracias a una persona que conocemos ambas: don Pedro.

Quiero que ella sepa quién soy, pero seguro que no le seré de su agrado. Ya me conoce. Mi nombre es Emma. Le envío una foto para que confirme mi identidad. Espero que la noticia no le cause horror y la vuelva una cobarde.

Emma, un niña abandonada.

 

Nati buscó el archivo adjunto y lo abrió. «No podía ser verdad, ¿Emma, era su hija?». Cogió el ordenador y lo estrelló contra el suelo. Tomó su bolso y salió corriendo. Solo sabía una cosa: tenía que buscarla y explicarle todo.

jueves, 22 de junio de 2017

La mujer del traje de cuero (Susana. Grupo B)


       La mujer del traje de cuero color negro dejó el bolso junto al banco donde se sentó. Su extraño vestuario lo completaban unas largas botas rojas de tacones de 15 cm, sexys pero mortales para sus pies. Miró a su alrededor; el andén se veía solitario en comparación con lo que era en las horas pico. La última formación salía de Plaza de Mayo a las 22:56, así que tendría unos diez minutos de espera. Un hombre de traje oscuro miraba nervioso su celular. Parecía muy contrariado y por momentos hablaba solo. Una pareja de enamorados se besaba con pasión, apoyados en una de las columnas, ajenos a todo lo que los rodeaba. Estaban tan pegados que ni el aire tenia paso entre sus cuerpos.

¿Por qué demonios no se buscaban una habitación de hotel?

*****

       En ese momento odiaba a sus amigas con toda el alma, y al juego que se les había ocurrido llevar a cabo.

       Myrian formaba parte de un grupo de lectura. Los miembros eran de varios lugares del mundo; la mayoría españolas, pero también había mexicanas, venezolanas y peruanas. La pasaban muy bien, siempre dispuestas a disfrutar de un buen libro y de charlas a distancia. A Minny y Vicky (su segunda al mando en la administración) se les ocurrió un desafío. La última en terminar la lectura debía cumplir una prenda. Esta vez le tocó a ella: tenía que vestirse de cuero y enfrentar su miedo a viajar en subte.

        Los otros viajeros la miraron por un momento, pero acostumbrados a personajes extraños en los subtes de Buenos Aires, no le dieron mayor importancia.

        Tomó su celular y, conectándose al WhatsApp, empezó a relatar su viaje de diez estaciones, que era lo único que pudo negociar.

        “Hola, chicas, aquí estoy cumpliendo mi prenda. Son las 22:54. Faltan dos minutos para la salida de la última formación del día. No hay muchos pasajeros”

         Giró la cámara de su móvil y mostro el andén; luego la volvió hacia ella.

         Tomó su bolso, sacó unos lentes con fino marco negro superior y se los ajustó; su amigo Diego, un fanático de la tecnología, se los había prestado. Fue el último de sus caprichos de su viaje a Chile. Le permitía grabar y comentar lo que veía por una hora

         A lo lejos se escuchó el ruido característico del subte al acercarse. Todos miraron hacia la oscuridad. Las luces de los primeros vagones iluminaron el túnel. Se escuchaba el roce del metal contra metal llenando el lugar; lentamente la formación se detuvo. Los pasajeros entraron y las puertas se cerraron. Eran las 22:56.

        Bueno, chicas. Comienza el viaje. 22:57, estación Perú”

          Las puertas se abren; los azulejos blancos y azules y la iluminación le dan a la estación un aire de otros tiempos. Una pareja entra al vagón, los dos rondan los cincuenta años; cuando pasan junto a los enamorados, que ajenos a todo siguen besándose, los miran con desaprobación.

        Las puertas se cierran.

      22:58. Estación Piedras, un aroma raro se percibe en el aire”

        Las puertas vuelven a abriese; nadie baja ni sube. El hombre del traje se mueve inquieto, un escalofrió le recorre  el cuerpo. Sus dedos teclean sobre el celular casi en forma violenta.

       “22: 59. Estación Lima. Se siente un olor a madera vieja, cada vez es más fuerte, Las luces del túnel parpadean; esto me está dando miedo”.

         “23: 01 Estación S. Peña”,

           Las puertas se abren, nuevamente nadie baja, tampoco suben; los pocos pasajeros en el andén se dirigen a los otros coches.

        23:02 Estación Congreso. ¡Chicas, algo raro pasa! El olor a madera es cada vez más fuerte, espero que todo quede grabado. Las luces se apagan cuando dejamos la estación; volvió la luz, pero el vagón no es el mismo, ¡ha cambiado!, ahora los asientos al igual que las paredes son de madera marrón oscura como lo eran los coches antiguos; la iluminación cambió. Todo se ve más tétrico”

           Myrian no daba crédito a lo que estaba pasando a su alrededor, narraba lo que sucedía con voz entrecortada, no tenia seguridad de que los anteojos grabaran lo que pasaba. Los demás pasajeros seguían en lo suyo, como si no notaran nada.

       “23:03 la formación va frenando, para en la estación Pasco. CHICAS, ESTO NO PUEDE SER, ESTA ESTACÓN FUE CLAUSURADA HACE AÑOS.”

          No pudo seguir hablando, lo que veía la superaba. La pared que impedía ver la estación, que en la actualidad se usaba como deposito, había desaparecido; ahora se veía como antaño.

        El cartel con el nombre en blanco, con letras negras y marco de madera, se ve reluciente como recién colocado. Los azulejos color natural rodeados de una guarda en azul no muestran las señales del tiempo. En una de las columnas de hierro verde, está apoyado un hombre trajeado, con sombrero, el ala mantenía sus ojos ocultos y un cigarrillo cuelga de sus labios. En uno de los viejos bancos, dos  hombres miran hacia las ventanillas de los coches, visten camisas gastadas, con el color más gris que blancas, los pantalones marrones, sujetos por tiradores; en sus manos sostienen  sus boinas, uno de ellos tiene un cigarro liado detrás de su oreja y el otro, el otro muerde  un escarba dientes. Más alejado, como saliendo de los baños, otro individuo camina sus manos, cubren su cuello, entre los dedos escurre un liquido viscoso, deja tras sus pasos un zigzagueante camino rojo. En la otra punta un pequeño viste de negro y sujeta un farol. En el medio del andén una figura de blanco se destaca sobre los demás, camina a paso lento, el vestido blanco cubre sus pies, lleva sobre su cabeza rodeado de un tocado de flores marchitas como el ramo que llevaba en sus manos un largo velo.

         La formación reanuda su camino

         23:04 Estación Alberti

        Myrian no podía entender lo que estaba viendo, cuando el subte fue entrando a la siguiente estación todo volvió a la normalidad; tenía muchas ganas de dar por finalizado el desafío, pero solo quedaban tres paradas más y lo habría logrado. A pesar del cuero que cubría su cuerpo, ella temblaba. De su bolso sacó un largo abrigo de gabardina y se lo puso, tratando de recuperar un poco de calor.

        23.05 Estación Plaza Miserere, las puertas se abren, la pareja de enamorados bajan de la formación.

        23:06 Estación Loria.

        23:07 Estación Castro Barros. Myrian baja del subte rápidamente, casi empujando a la pareja cincuentona. Sin mirar atrás, sube las escaleras corriendo a punto de caer por los altos tacos de sus botas.

       El único ocupante que queda en el coche mira hacia donde estuvo sentada la mujer vestida de cuero; en el asiento quedó olvidado un libro. Intrigado se acerco, leyó el titulo, (Leyendas Urbanas de Buenos Aires) lo tomó y lo guardó en su maletín.

                                             *****************************

      Martin llega a su departamento, agotado y frustrado. Tras un agotador día de trabajo y de llevar discutiendo horas con su exesposa, solo quería descansar y relajarse. Deja el saco y la corbata en el perchero junto a la entrada, se desabrocha los primeros botones de la camisa, se quita el calzado. En la cocina busca algo que cenar, se sirve una copa de vino y se dirige a la sala. Se acomoda en el sofá, saca el libro que encontró en el subte y lo hojeó. Tenía algunas páginas marcadas. Lo abrió en la primera.

     Según decía, la estación Pasco fue clausurada en el año 1953 por razones funcionales. Los mitos urbanos decían otra cosa. Dos obreros italianos habían muerto trágicamente aplastados por una viga cuando se construía, algunos aseguraban que se los podía ver sentados mirando fijamente pasar la formación. Otros hablaban de haber visto a un pequeño con ropas oscuras llevando un farol; algunos dicen que es el diablo, también que es el cuidador de un cementerio. Cuando se iniciaron las excavaciones se encontraron con algunos cuerpos, algunos de los obreros saquearon valiosos objetos. De repente hubo un derrumbe que dejó a los saqueadores atrapados; se decidió el cambio de trayecto. Muchos aseguran que el pequeño es el guardia de estos tesoros. Un operario de la línea aseguró que al ir a uno de los sanitarios se encontró con un hombre que había sido degollado; nadie le creyó, días después se supo que alguien murió de esa manera en las inmediaciones. También se cuenta la historia de de una novia que se suicidó el mismo día de su boda al ser abandonada en el altar; otra versión dice que al ser obligada por sus padres a casarse sin estar enamorada se quitó la vida.

miércoles, 21 de junio de 2017

Mi amor por ti (Santiago Bernal. Grupo fantasma)


Me preparo para vivir el momento más duro de toda mi vida. Quizá se vea exagerado, ya que solo tengo dieciséis primaveras; pero puedo asegurar que, esta noche de verano, no la olvidaré nunca…

Hoy es la noche de San Juan. A Susana le han regalado dos entradas para asistir al concierto de su ídolo: una para ella y otra para mí. Es su fan número 1; y yo, el pringado número 1 desde el momento en que accedí a acompañarla.

Todavía recuerdo con qué entusiasmo me lo dijo.

«¡Carlos, Carlos…! ¡Me han tocado dos entradas para ver a Román Cuervo! ¡No me lo puedo creer! ¿No es genial? Voy a estar en primera fila, ¡casi a su lado! Sabes que me encantan todas sus canciones. Es tan romántico… »

Y recuerdo su tierna carita mientras me lo contaba, no puedo borrar la imagen. Sus manos entrelazadas, como dando gracias al cielo por un regalo tan especial; sus ojos brillantes, como dos perlas, y una sonrisa de oreja a oreja.

Era incapaz de estarse quieta; la euforia no se lo permitía.

«Me acompañarás, ¿verdad? Di que sí, venga. Porfi. ¿Sí?».

La miré. Volví a ver sus ojos brillando en una nube feliz, su hermosa sonrisa y su entusiasmo. Hay miradas que matan, y más si se trata de contemplar a la chica que… bueno, sí, me gusta bastante. No pude resistirme. Tonto de mí.

«De acuerdo, te acompañaré»

            «¡¡Gracias!!»

            Hace seis días de esto, y desde entonces no he podido borrar de mi mente su amplia felicidad; pero tampoco su beso. Me dio uno en la mejilla, muy fuerte y sonoro. Me abrazó y me besó con fuerza y ganas. Creo que debí ponerme rojo, y no arranqué a decir nada. Imposible.

            Ahora observo desde el cristal del autobús, llegando al lugar del concierto, cómo varias parejas, agarradas de la mano, abrazadas y riendo, caminan en dirección al estadio. Román toca en el campo de fútbol, y las entradas se han agotado como si fuese un encuentro entre el Madrid y el Barça. Entreno en él dos veces a la semana. Soy portero, pero Susana nunca ha venido a verme. No le gusta el fútbol; pero claro, tiene que venir el moñas este para que pise lo que considero mi segunda casa. En fin…

            -¡Ya hemos llegado! –grita-. ¡Qué nervios!

            Bajamos del autobús. La gente –sobre todo las niñas- gritan, totalmente eufóricas.

            Escucho comentarios, como…

            «¡Tía, tía! ¿Te das cuenta de que vamos a ver a Román?/ ¡Está buenísimo! No me lo puedo creer. ¡Román Cuervo delante de mis ojos!/ ¿Crees que podré darle un beso?».

            -¿Tú también vienes a ver a Román? –le pregunta una chica a Susana, sin dejar de dar saltitos, muy nerviosa.

            -Sí, claro que sí. –Por supuesto que sí. He estado a punto de decir que no, que venía a ver al Dúo Dinámico, pero me he contenido.

            -Estás muy serio, Carlos –me dice, y lleva razón-. ¿No te alegras?

            -Mucho –miento, y además fatal. Mi cara me delata.

            -Ya, claro –responde ella, con ironía-. Alégrate. Créeme que será una noche magnífica.

            Para ti, pienso.

            Entramos al estadio. Jamás en mi vida he subido al palco para ver a mi equipo, y las veces que he soñado con hacerlo, esta no era precisamente mi idea.

            -Vamos, Carlos.

            Me sube, casi arrastras.

 

*****

Román canta.

            -Es la alegría de vivir, oh, o-ooó, oh; es la alegría de vivir. Y que con tus labios sienta la fuerza en la que  me envuelven tus besos.

            -¿Por qué me envuelven? –pregunta, dejando el micrófono en alto para que todas –que son chicas las que responden- griten:

            -¡¡PORQUE TE QUIERO PARA MÍ!!

            -¡Gracias, Valladolid! –saluda; y todas gritan, silban y saltan, emocionadas.  Miro para abajo, aunque voy viendo de reojo la cara feliz de Susana. Me alegro por ella, pero me muero de rabia al ver cómo mira a ese hombre.

            -No estás a gusto, Carlos –me dice.

            -¿Te soy sincero? –respondo, algo quemado por la situación-. La verdad es que no. ¿Para qué me has traído?

            Ella se detiene. Se hace un silencio entre nosotros, a excepción del estribillo como telón de fondo.

            «Y que con tus labios sienta la fuerza en la que  me envuelven tus besos. Porque te quiero para mí»

            -Bueno, chicas y chicos –dice Román al terminar la canción-. Hoy es un día muy especial para una de mis mayores fans. La tengo aquí conmigo, justo ahí, en el palco. –Señala a Susana. Ella se ruboriza-. Y me gustaría poder hablarle delante de todos. Un aplauso para ella, por favor.

            Mi amor imposible baja mientras todo el mundo le aplaude. Le da dos besos a Román, y siento que el corazón me explota contra el pecho. Me muero de rabia. Aprieto los puños, agacho la cabeza y pienso por unos segundos. Cuando la escucho hablar con tanta alegría, me levanto para salir de allí. ¡Abandono!

            -Bueno, Susana –dice el cantante-. Me tienes aquí. ¿Qué te gustaría que cantase para ti?

            -Me gustaría que cantases “Mi amor por ti”.

            Encima, me digo, casi fuera del palco. No lo soporto más.

            -Pero no solo para mí, sino también para mi chico Carlos. Ha venido conmigo.

            Sé que el corazón no me ha explotado porque ahora me late con fuerza.

            ¿So…soy su chico?

            Me giro y la veo sonriéndome desde el escenario. Me hace gestos para que vaya. Por un instante no soy capaz de reaccionar, pero en décimas de segundo, brinco, esquivo los asientos y bajo todo lo deprisa que puedo. Corro hasta ella, y al llegar, la abrazo con fuerza. Damos vueltas en el aire. Todo el mundo nos aplaude, hasta que la tensión se masca cuando nos miramos con fijeza y en completo silencio.

            -No… no entiendo nada –digo, con voz nerviosa, como todo mi cuerpo.

            -Te dije que sería una noche magnífica –Me sonríe. Se muerde los labios antes de mirar los míos, y los va acercando. Cuando casi nos besamos, me susurra-: Era una sorpresa. Te quiero a ti.

            El corazón vuelve a latirme con fuerza. No puedo creérmelo. ¡Estoy feliz! ¡Me quiere!

            -Pe…ro…

            -Calla, tonti –me interrumpe, y después me besa. La canción comienza a sonar.

            Mi amor por ti. Mi amor por ti es ese sentimiento que me paraliza los sentidos, que me hace sonreír. Es mi amor por ti.

            La gente canta. Susana y yo nos besamos. Ella tenía razón cuando dijo que la noche sería magnífica, y yo también, cuando al principio dije que no la olvidaría nunca.

domingo, 18 de junio de 2017

El cuento de la condesa (remake) (Laura. Grupo A)


Los muros de piedra del castillo filtraban el aire, haciendo que Isabel se estremeciera al sentir el gélido aliento del invierno. Hacía dos años que, en ese mismo fatídico día, su marido Ferenc había muerto de una terrible enfermedad causada por una de tantas batallas. Pese a sus largos periodos de ausencia, siempre se había sentido reconfortada por su simple existencia. Ahora, después de haber repudiado y echado a su insoportable suegra, y castigado a todas las antiguas sirvientas que se confabularon en su día con tan odiada mujer, no le quedaba nada por hacer.

Solo mantenerse bella, purificada y joven.

Se acercó al espejo y observó con detenimiento la imagen que este le devolvía: la de una mujer cuyo rostro surcaban finas arrugas; la de una madre cuyo cuerpo se mostraba flácido tras cuatro partos dolorosos. Pero ella conocía los secretos de la eterna juventud, el poder que la sangre otorgaba al espíritu dotando de lozanía a un cuerpo ajado por los años.

Se dirigió a las mazmorras con paso firme. Allí, un fiel cancerbero esperaba su llegada. Isabel lo miró altiva, maravillándose ante tanta sumisión, jactándose para sus adentros del poder que poseía; pensando que los hombres no eran sino bestias, dotadas de mayor dominio físico, pero fáciles de doblegar por los pecados de la carne.

Se adentró con la cabeza alta, admirando a cada una de las chicas que allí se exponían para ella: desnudas y atadas con unos grilletes que pendían de la pared, con miradas suplicantes y voces roncas de tanto gritar. En el centro de la estancia ardía una hoguera que preservaba el calor, manteniendo así a sus elixires a salvo para sus curas. Un escalofrío recorrió su cuerpo, que se tensaba ante lo que más tarde acontecería.

Desde que su fiel amiga y consejera Darvulia había desaparecido en el bosque, Isabel carecía de guía para mantener sus prácticas dentro de los límites de la prudencia. Además, las sirvientas empezaban a escasear y no le quedaba otro remedio que utilizar sus influencias para acoger pupilas entre las hijas de aristócratas, con la excusa de instruirles modales y convertirlas en damas. Había salido ganando con el cambio: su sangre era mucho más pura, su piel más pálida y sus modales más refinados. No entendía por qué Darvulia la había disuadido de usarlas para sus rituales, pues era evidente que su esencia era de mejor calidad y, por lo tanto, más efectiva.

Isabel fijó sus ojos en una chica rubia, de tez albina y cabellos dorados. Era una beldad, la mejor de todas, más bella incluso que ella misma. Carraspeó, incómoda, y no necesitó más para hacerse entender. El criado acudió, raudo, con las llaves para liberar a la prisionera.

-Prepara la bañera.

Isabel se dirigió a su habitación y, mientras aquel chico preparaba su elixir, ella soltó su largo cabello negro y lo cepilló, sin dejar de mirar su reflejo. Sus ojos brillaban de excitación, y sus labios, carnosos, se elevaban en un arco ascendente por las comisuras, impacientes, expectantes. Dejó el cepillo sobre la cómoda y se desabotonó el vestido.  Meses atrás, una chica le ayudaba en esos menesteres; Ahora, se había quedado sin asistentas personales, tan solo las imprescindibles, y siempre mujeres más gordas, más viejas, más feas, mujeres que no tuvieran nada que aportar a su belleza; las otras, ya habían contribuido a la causa.

Con la cabeza erguida y una mueca soberbia, se dirigió a la sala de la purificación donde la bañera, aún vacía y solitaria, esperaba a su ocupante. Un hombre mayor, medio jorobado y con la cara deforme, sujetaba a la elegida por las muñecas. La chica, cuyos ojos estaban anegados en lágrimas, suplicaba por su vida. Pero Isabel ni la miró; se introdujo en la tina con el pulso palpitante y deseosa de iniciar la ceremonia. Con un gesto de su mano, indicó al hombre que se acercara con la muchacha.

-Ya no sufrirás más, me darás tu sangre y entrarás en el Reino de los Cielos. – Isabel mantenía los ojos fijos en la muchacha, atenta al menor ademán de pánico.

El hombre, después de recibir la confirmación de su dueña con un asentimiento de la mandíbula, inclinó la cabeza de la chica sobre la bañera, sosteniéndola por su cabello. Isabel cogió el cuchillo que le tendía y, antes de usarlo, miró a su víctima complacida; como era habitual vio miedo, indefensión y docilidad. Suspiró y limpió con la lengua las gotas saladas que resbalaban por las mejillas de la muchacha. Esta cerró los ojos, consciente de que se aproximaba su fin, de que nada ni nadie podía ya cambiar su destino. Isabel, absorta en la imagen desolada de la joven, acercó la boca a sus labios, poco a poco, y mordió el inferior hasta arrancar un trozo de carne. La chiquilla lanzó un alarido de dolor, y la condesa masticó sin dejar de observar la agonía de su víctima. Después, deslizó el cuchillo por su cuello, con precisión, permitiendo que manara la sangre que la rejuvenecería. Se recostó en la bañera, relajada, disfrutando la visión de la esencia de esa chica mezclándose con su figura. Con las manos cogió el líquido rojo para frotarlo contra su cuerpo. Se acarició, despacio, cubriendo cada poro de su piel. Era la mejor sensación del mundo, ni siquiera su marido había sido capaz de proporcionarle tanto gozo. Poco a poco, sus dedos fueron deslizándose hasta llegar a la zona de poder, como la había dominado en múltiples ocasiones su amiga hechicera, allí donde la mujer era capaz de crear vida. El simple roce le provocó gemidos de placer, retorciéndose en medio de una bacanal de sangre.

De pronto, oyó unos murmullos detrás de la puerta.

-¿Qué ocurre?

El jorobado, que sostenía una copa de oro en la que había recogido las últimas gotas de la esencia de la chica, miró hacia la puerta que, justo en ese momento, se abría para dar paso a un muchacho rollizo y de dientes torcidos.  

-Señora, dicen que los soldados del conde Thurzo han entrado y descubierto la Dama de Hierro.

Isabel se levantó, mostrándose desnuda sin ningún pudor. La sangre resbalaba por su piel dándole el aspecto de figura de barro recién esculpida. Uno de sus vasallos empezó a lamer su cuerpo, pues sabía que a su ama no le gustaba que la secaran con toallas: eso, según ella, restaba el efecto del néctar de la vida. Isabel lo empujó, visiblemente afectada por la noticia. La Dama de Hierro había sido artífice de muchas de sus orgías de sangre, el fiel sarcófago que drenaba a sus víctimas. Otro de sus leales sirvientes le acercó su vestido, el mismo que hacía unos minutos yacía tirado en su habitación, pero ella lo rechazó.

-Debe huir mi señora.

-¿Huir? –preguntó Isabel con mirada rabiosa –Soy la señora de este castillo, no tengo nada que esconder, ni cuentas que rendir.

Isabel exigió, estirando su brazo, que le entregaran la copa que culminaría con su tratamiento. La bebió con deleite, saboreando el regusto metálico y de vida que le proporcionaba.

En ese momento, Thurzo -más viejo y gordo que la última vez que gozó con él en su lecho- irrumpió en la habitación, lanzándole una mirada de desprecio que Isabel correspondió con una carcajada sardónica.

-Hola, primo; Celebremos tu visita como en los viejos tiempos.

-Es verdad lo que dicen, eres una bruja. –Thurzo paseó su mirada entre el cuerpo inerte de la joven y la figura manchada de sangre de Isabel, y fue incapaz de reprimir una mueca de asco.

-Soy la condesa Isabel Báthory de Ecsed. –Isabel, altiva, salió de la bañera y se acercó a dos palmos de su primo, desafiante.

-Ni siquiera eso te salvará.

 

 

La ley impedía que los nobles fueran procesados, pero Isabel no pudo evitar un castigo: el confinamiento en sus aposentos hasta el fin de sus días, condenada a sufrir la vejez perpetua. Los albañiles se esmeraron al cumplir las órdenes, y sellaron las ventanas y puertas a la perfección. Tan solo una rendija en la puerta era su vía de comunicación; la oscuridad reinaba en su vida desde entonces.

Tras cuatro años, ya no le apetecía seguir en ese mundo de sombras. No podía verlas, pero sentía las arrugas en su piel, la flacidez de su cuerpo. Había perdido lo que más le importaba: su belleza.

Recostada en su cama -después de rechazar por tercer día su ración de comida- Isabel evocó sus días de gloria. En especial, recordó aquel en el que descubrió el poder que la sangre le proporcionaba. Leila, la sirvienta más joven del castillo, le cepillaba el cabello sin ningún cuidado. Casi podía sentir el daño que esta le había proporcionado estirando su pelo con torpeza. Su decisión, acertada y severa, de darle un escarmiento, y enseñarle de una vez por todas cómo debía tratar a su ama, fue lo que hizo de ella la mujer más temida y bella.

Cerró los ojos, casi transportada a aquella tarde, cuando le arrancó, airada, el cepillo de plata de entre las manos, y la golpeó con el mango en la cara. La suerte -o la desgracia- quiso que el afilado asidero se clavara en una de sus mejillas provocando que la sangre saliera a borbotones hasta caer en su propio rostro. Esa visión, y el regusto de la sangre en sus labios, la trastornó: no podía olvidar los gritos de la pobre desdichada, la excitación de saberse superior, poderosa.

Más tarde, mientras paseaba absorta en sus pensamientos, uno de los mozos de cuadra la piropeó, diciendo que la encontraba más guapa que nunca. Isabel se paró en seco, decidiendo darse un baño completo con la sangre de aquella patosa doncella, que le sería más útil en muerte que en vida.

Isabel suspiró, anhelando el tacto de los fluidos de la joven en su piel. Ahora estaba seca, marchita, necesitada del néctar de la vida para resucitar a aquella mujer hermosa que fue. Se acostó boca arriba, con los brazos en cruz sobre el pecho, y dejándose sumir lentamente en el sueño eterno.

 

 

Cuenta la leyenda, que Isabel murió el 21 de agosto de 1614 y que, cuando pretendieron enterrarla en la iglesia de Cachtice, los habitantes locales se opusieron, tildando de aberración que la “Señora Infame” reposase en el pueblo. No se sabe qué pasó con el cuerpo, hay quien dice que la regaron con sangre y revivió, que huye de la luz del Sol y necesita cuerpos que drenar. Hay quien dice que ella fue el primer vampiro.