miércoles, 16 de agosto de 2017

Relatos de verano: El pequeño Ula (Merche)








Ula, era un pequeño ruiseñor que cantaba y cantaba sin pensar en nada más.

Su madre, Pua, al ver su devoción le intentó enseñar a ser un pájaro aplicado y le corregía siempre que pensaba que lo hacía mal, para que su canto le saliera perfecto.

Ante tanta insistencia, Ula pensaba que su tono debía de ser horrible para que su madre siempre le estuviera reprendiendo.

Con vergüenza, el pequeño ruiseñor empezó a cantar a escondidas de todos los seres vivos del lugar, para no molestar con su balada desafinada, pensando que se burlarían de él y le tiraran piedras para espantarlo, como si fuera un cuervo de mal agüero.

Un día, cansado de tata soledad nocturna, decidió salir a la luz del día. Se colocó encima de una de las ramas más altas y empezó la entonación con total determinación.

Al cabo del rato, se sintió triste. La única que lo escuchaba era  su madre. Se acercó a ella y le dijo:

—Me encanta hacer serenatas a los árboles, las flores y al cielo abierto pero, ¿por qué no me escucha ningún animal del bosque? Cuando empieza mi balada, todos los animales salen en bandadas y me dejan en silencio, con mi melodía triste y solitaria.

—Ula no desaparecen, al contrario, aparecen todos. ¿No los ves?

—¡No, no los veo!

—Pequeño ruiseñor, todos acuden en silencio al escuchar tu serenata y se colocan bajo las ramas donde estás erguido, sumidos en una calma impactante. Por eso no te das cuenta de su presencia. ¡Ula, mira!

Y El pequeño ruiseñor desvió la mirada al suelo y vio a todos los animales cercanos, se habían reunido en junta general, para escucharlo y admirarlo.

En un santiamén el bosque se convirtió en un escenario majestuoso entre las nubes saltarinas, dedicándole toda su atención a su canto.

Desde aquel día el pequeño Ula dejó de esconderse y jamás le venció su inseguridad.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Relatos de verano: ¡Maldita guerra! (Dolors)



Desde el balcón, Rosa contempla el valle, que desde su puerta se abre para abrazar una tierra agradecida, a tanta dicha, a pesar de todas las desdichas acumuladas. Una guerra, traiciones, muertos, desamores, ambiciones, venganzas, podredumbre; tantas, enterradas en esas tierras, bendecidas por el agua del desierto, que transita a su alrededor. Tierras de cultivo, donde los cerezos florecen en primavera, para dar la bienvenida al sol del Sur. Manzanos, ciruelos, higueras, hortalizas, verduras y el trigo, germen de la Humanidad. El oro verde de olivos centenarios, y la belleza del almendro, endulzando lo amargo de la vida. Sí todo ello a los pies de Rosa, tierras, regalo de los dioses, para acallar los murmullos de vecinos chismosos, y rumores inciertos. Tierra, empobrecida por balas y bombas, y no, enriquecida por el abono del rebaño muerto en la contienda.
Rosa acaricia la fresca brisa del alba, con una sonrisa que ilumina su tez blanca, como la cal que blanquea su casa. Labios rosados, por los besos de quien la ama, con la obsesión del perdedor. Rubor en sus mejillas, por los halagos de la primavera, ensalzando su belleza. Y esos ojos almendrados, ocultando el llanto de sentirse atrapada, en un valle que da la espalda a un mundo que avanza a toda prisa. Ella, Rosa, contempla con un deje de tristeza en su mirada, como Manuel, el amor de toda su vida, prepara la mula con los aperos de los cántaros. En ellos, como la mujer exultando su lozanía, recoge el agua de la fuente del pueblo. Esa agua fresca y cristalina, como su vida; vida de trabajo y pocas satisfacciones, mas, las suficientes para saciar la sed que su boca necesita. «Qué buen mozo, es mi Manuel», se repite Rosa en un suspiro de mujer enamorada. No sin ello, reconoce esa niebla de pobreza que brota del suelo de piedra, que es su hogar,  y empaña esas paredes de arcilla, guardadoras del frío invierno,  para refrescar los días de verano.
Acaricia su vientre Rosa, protegiendo la semilla que de él crece, alegrando el rostro de quien cobija tanto color y suaves fragancias de vida. Palpa con nostalgia esas entrañas que engendran el producto de un amor, entre tanta miseria. Aún puede otear en el horizonte, la torre de la iglesia destrozada por las bombas de la guerra. Ya no redoblan las campanas a misa de 11, pues perecen en el suelo.
Cruel guerra, fratricida de seres que sólo querían la paz en sus casas. ¡Maldita, guerra! se dice, Rosa, nacida de falsas ideologías, separando a los hermanos, por colmar los logros de indeseables hombres con ansías de poder. ¡Maldita guerra! que divide un pueblo en dos bandos, tirando piedras sobre sus cabezas. ¡Maldita guerra! que condena a la ignorancia a los librepensadores. ¡Maldita guerra! grita en silencio Rosa, para no despertar a las gallinas.
¡Pita, pita, gallinita! canta Rosa, en suave melodía, detrás de las aves que corretean por el corralillo. Gallinas que alimentan días de huevo duro y pan aún más negro. «¡Maldita guerra! que nos robó el pan y nos dio el hambre» rechina en la cabeza de Rosa, mientras alenta a los pájaros sin vuelo, con las sobras de granos de maíz. Ese, que en harina intenta ser alimento de las gachas de un pueblo.
¡Maldita guerra! piensa Rosa, recordando a sus muertos en el campo de batalla; su padre, guardia de asalto, su hermano un incauto en busca de la salvación, sus tíos, Pedro y Rafael enfrentados por las armas, tantos…No desea olvidar, esa mujer, que en lamentos se culpa por no saltar al campo de batalla, liderando como una marsellesa, la libertad.
Rosa no olvida, en su memoria se registran,  fotografías en blanco y negro, de los ahorcados, de los fusilados, de los condenados. En  ella, se acumula la sangre derramada por los luchadores de la libertad, más, de aquellos que perdieron la razón en la sinrazón del crimen y el castigo. Rosa no apila la ira ni la rabia, en su corazón, tan solo, el dolor de tanta maldad, de la impotencia de no saldar la deuda con la bondad.
Rosa recibe al día, fresco y soleado de primavera, con la melancolía  del tiempo que no entiende de muertos y guerras, ni de hambre ni miseria. Ni siquiera de zapatos desgastados por los exiliados, camino de la paz. Mas aún, de los prisioneros de guerra que comen la porquería de otros.
Y es que Rosa, no puede relegar al olvido, la tortura y el daño de caramelos envenenados por la venganza. No puede apartar de su memoria, los nombres bordados, en las sábanas deshilachadas del ajuar de las prometidas. Amigas viudas, antes de casarse. Ni del luto guardado por las mujeres aferradas a nichos sin muerto.
¡Maldita guerra!, ¡maldita guerra! se dice Rosa mientras cierra la puerta de su balcón, vislumbrando el perdón sin despecho al causante de tanta herida. Y es que Rosa no desea echar más sal a la cicatriz, que lentamente empieza a curar.

martes, 8 de agosto de 2017

Cuarto Cibertaller
























Un nuevo Cibertaller literario, y ya van cuatro. Cuando empecé todo esto jamás pensé que fuera a durar tanto, pero la realidad es esta. No sé si llegaré a anunciar un día el quinto cibertaller, pero el cuarto ya está aquí.

            Se dice siempre que a la tercera va la vencida; en este caso, espero que a la cuarta vaya la vencida. Desde el segundo taller me vi en la obligación de poner una serie de normas, y llegar a ser estricto (cosa que no me gusta pero se necesita). En este curso las normas vuelven a estar presentes, incluso alguna más que en el anterior.

            Me he quedado con trece alumnos, y al contrario que en el anterior cibertaller, esta vez las bajas corren de mi cuenta. Algunos porque ya había llegado su final, y otros por pasarse de listos. Llevo la cara pintada de blanco pero no soy ningún payaso de circo. Espero y deseo que esta vez se respeten las normas. En este taller se trabaja, con o sin remuneración económica, y con el mismo respeto que requiere cualquier actividad y profesor.

Gracias a una nueva incorporación cuento con catorce personas, y necesito de dieciocho a veinte en total. Las cuatro o seis que lleguen tienen que amar la escritura y comprometerse a atenderme, leerse mis clases y entregarme los ejercicios; cuatro o seis personas que sientan que la escritura es parte de su vida, y no una forma de pasar el rato; cuatro o seis personas que se apunten al taller porque quieren mejorar, y no porque el profesor sea muy majo y deseen hablar con él; cuatro o seis personas que lean, luchen y trabajen todos los días, con un hueco en su horario para las letras (lo hay, y hasta sobran horas).

Las necesito para mediados de septiembre, aunque es muy posible que el inicio del curso se retrase un mes más. De momento la fecha válida es la que aparece en la imagen.

Si alguien está interesado, aquí le dejo las nuevas normas. Si las acepta y quiere formar parte de esta aventura, que deje un comentario y en breve será respondido.

Muchas gracias.

  • Las clases serán cada siete días, el mismo tiempo que tiene el alumno para entregar las tareas correspondientes, las cuales (salvo que el profesor lo crea conveniente) serán de un mínimo de 3 páginas y un máximo de 6.
  • Los ejercicios se realizarán única y exclusivamente para el taller de escritura, no para beneficio del alumno en su carrera personal.
  • El profesor no está para que lo utilicen como corrector antes de publicar en revistas, plataformas digitales y antologías. Si el alumno cuelga los ejercicios en un blog, o los publica por su cuenta, estará expulsado del curso.
  • Los ejercicios deberán entregarse a letra Times New Roman, con título, a interlineado sencillo y alineación justificada (para tenerlo todo bien presentado a la hora de colgarlo en el blog).
  • Es deber del alumno entregar los ejercicios en el plazo de esos siete días, siempre y cuando no ocurra nada (creíble) que le impida entregarlo al día. “Hoy no puedo y me duele la cabeza forma parte de la convivencia de un matrimonio, no de un taller de escritura” (a mucha gente le ha dolido la cabeza todas las semanas a la hora de hacer los deberes, de ahí este punto).
  • Se permiten dos faltas, lo que indica que el alumno puede saltarse el plazo de entrega establecido (si el profe no se entera antes) hasta un máximo de dos veces. Si lo repite, será automáticamente expulsado del curso.
  • El profesor corregirá los errores y fallos de los alumnos durante las cuatro primeras clases; después, solo subrayará los errores que, cada autor del relato, tendrá que saber corregir gracias a la teoría recibida.
  • De esos siete días de plazo, se añadirá una semana más para que el alumno devuelva la tarea corregida. Deberá cambiar los errores que el profesor le haya marcado.
  • Las clases por Twitter no son obligatorias, pero sí el único lugar donde el profesor resolverá dudas. Solo en la clase, por lo tanto, queda terminantemente prohibido preguntar durante el resto de la semana. En caso de que el alumno tenga interés en el curso y no pueda asistir, podrá enviar un mensaje al profesor, pero solo relacionado con las clases impartidas, no nada que no se haya dado.
  • Si el alumno no avanza a lo largo del curso y su nivel sigue siendo bajo, el profesor podrá prescindir de él si lo cree necesario.
  • Si el alumno presenta un escrito lamentable, el profesor se lo devolverá sin corregir.
  • Es deber del alumno cumplir con todo lo mencionado, y deber del profesor entregar las clases y los ejercicios cada uno de esos siete días.
  • Es deber del alumno responder a los mensajes que reciba del profesor cuando el tema se refiera al curso.
  • Si una vez empezado el curso, el alumno no quiere continuar (por el motivo que sea), es tan sencillo como abandonar y no hacer perder el tiempo al profesor.
  • A veces, dos ya son multitud. Ningún profesor estará de acuerdo con el otro, y si un alumno se reparte entre dos profesores, solo se entorpecerá. O un curso u otro. No hay más.
  • El lector cero se utiliza para revisión de manuscritos. En el Cibertaller literario no hay más lector cero que el profesor, y el único que tiene que decir lo que hay que cambiar o lo que falta.
  • Los listillos no encajan en clase. Por mucho que sepa el alumno, o crea saber, la voz de las clases la tiene el profesor. Si el alumno tiene demasiados conocimientos de escritura deberá plantearse para qué está en el curso. Si desea aprender más, lo único que tiene que hacer es dejarse enseñar y no protestar.
  • Algo fácil de entender: primero la base de la casa y después el tejado. Si el profesor devuelve un ejercicio lleno de marcas, significa que no está bien escrito, y por lo tanto, será mejor atender a las clases antes de publicar un libro durante el curso. Si los ejercicios no están bien, el libro tampoco (el profesor lo repitió hasta la saciedad el curso pasado, pero no se entendió). El profesor quiere que sus alumnos mejoren y puedan publicar un libro donde el corrector no tenga más que retocar fallos mínimos, no marcar un arcoíris. Todo se hace con el fin de que el alumno avance sin más esfuerzo que el que requiere la escritura.
  • ESTÁ PROHIBIDO COPIAR LAS HISTORIAS Y EL ESTILO DEL PROFESOR. Repito: ESTÁ PROHIBIDO COPIAR LAS HISTORIAS Y EL ESTILO DEL PROFESOR. Lo escribo en mayúscula porque es el punto que no termina de entenderse. Parte de la gente que falta para este nuevo curso ha incumplido la norma. El profesor no quiere ver un texto que se asemeje a sus relatos, novelas o estilo. Cada persona tiene su propia forma de escribir, y el plagio es un delito. Si alguien se atreve a copiar lo que pertenece al profesor, la pena será mayor a una simple expulsión del curso. Falta gente a la que se ha obligado a irse por la puerta de atrás, con un cartel de “sinvergüenza” en la frente y el saber que su éxito no le pertenece. El Cibertaller literario no quiere volver a presenciar algo así.
  • Los ejercicios se mostrarán en este blog a medida que avance el curso.

Yo, José Losada (como si lo jurase ante la Biblia) encargado del Cibertaller literario por medio de la Asociación Kalpa de Castilla y León, me comprometo a cumplir con mi deber como profesor de este curso, sin favoritismos y dando fe de que las reglas serán las mismas para todas y cada una de las personas que formen parte de él, por más veteranas que estas sean.

      Me comprometo también a mejorar la calidad de escritura de cada alumno, y de manera totalmente desinteresada, tan solo pidiendo a cambio respeto y atención. Así ha sido durante los tres talleres pasados, y así continuará siendo. Antes no había reglas, pero lo vivido en los talleres mencionados las requiere.

      Respeto, atención y amor por la escritura. No hace falta más.

      Os espero.

                                                                                     José Losada

Relatos de verano: Una vez lo fui todo (Yazmina)




La soledad me embriaga, como el vino al alcohólico, y todo es por tu culpa. No sé dónde andas ni si estás con ella ni si piensas en mí de vez en cuando. Pero me siento sola… si sola… muy sola… Acaso no te das cuenta de que estoy aquí, esperándote. Anhelando algo de cariño, buscando algo de atención. Se suponía que somos amigos, aunque creo que eso es una excusa para callarme la boca.

Sabes que las cosas no son tan fáciles para mí que para ti. Yo no pude acabar con lo nuestro de un día para otro como hiciste tú; dando carpetazo a una relación de tres años, como si nada. No creo que pida mucho: una llamada, un saludo, un mensaje de Whatsapp… algo que me indique que te acuerdas de que existo.

No lo haces y sé que es por ella. No me puede ni ver, porque tú no eres así.

Mi mirada se pierde entre el gentío, la veo pasar delante de mí y ni me mira, cómo haces tú. Indiferente ante mi tristeza, metida en su rutina. Estresada, amargada y sumida en sus propios problemas. Sin mirar a los lados, sin pararse a escuchar al prójimo.

¿Pero quién soy yo para juzgar a nadie? Si hago lo mismo que el resto, lamentándome de mi suerte. De lo que siento por ti al verte, oírte y tenerte cerca… siempre con un “yo” por delante, pues no puedo dejar a un lado mis sentimientos.

No sé cómo acepto ser tu amiga, quizás porque no quiero que sepas lo mal que me siento, ni lo jodida que estoy por dentro. Ni el lamentable estado de mi roto corazón. Ahora no me parece tan mala idea lo de repartirnos los amigos. Aunque no quiero ser yo la que te diga de hacerlo, mi orgullo me lo impide cada vez que quiero hacerlo. Pero lo peor es ver cuando la besas a ella, esa chica que ocupa mi lugar.

Me consuelo pensando que no te hace sentir lo mismo que yo, que ella no sabe que si te besa detrás de la oreja y te susurra al oído, cosas que jamás pienso decir a otra persona, te excitas. Una de tantas artimañas para tener una loca noche de sexo.

Aún lo recuerdo, como si estuvieras aquí conmigo. Noto tus manos en mi cintura, me envuelves con ellas, no paran quietas. Sé lo que buscas y me dejo llevar. Poco a poco tus ojos me llaman y me pierdo en el fuego que tiene tu mirada. Sin embargo, son tus labios los que me invitan a pecar a dejarme arrastrar por la tortura de mis sentimientos.

Al estar tan enamorada de ti, siempre consigues lo que te propones de mí. Soy débil y frágil en tus brazos. Además de hacerme gritar como ningún otro.

Pero ya no eres mío, ahora estás con ella. La guarra que te rodea con sus brazos cuando me ve. Lo hace porque sabe que te quiero, que no acepto esto y, que con una sola palabra tuya, estoy a tu lado, besándote.

¡Qué triste es pensar que una vez lo fui todo para ti! Y ahora lo es otra.

Es muy triste…

lunes, 7 de agosto de 2017

Relatos de verano: Espejo (Héctor)



¿Puedo ayudarle en algo? La pregunta queda en el aire y apenas le presto atención, aunque un automático No, muchas gracias escapa de mis labios. La respuesta habitual y educada hacia una habitual y educada becaria de galería de arte. Estándar, sí. Porque suele ser una mujer joven, con un toque de la moderna tribu intelectual de turno, la que se dirige a los escasos visitantes con la mal disimulada esperanza de una hipotética venta. ¡Ilusa! Pero a mí no me importa. No tengo ni tiempo ni ganas de observarla, de estudiarla, de incorporar su imagen a mi elenco. De estas ya tengo bastantes. De hecho, tengo casi para un museo. Claro que... ¡Hay tan pocas que den la talla! A priori, parece un ejercicio frustrante e imposible de culminar con el mínimo imprescindible de satisfacción. Aunque sé que no es necesario, lo medito unos segundos preciosos y, en efecto, la descarto.

Creo que a ella tampoco le importa. Se ha dirigido a mí porque es su trabajo, si bien lo ha hecho con la exigible amabilidad del impecable cumplidor: no se ha preocupado en ocultar la fría profesionalidad que le ha permitido calificarme como un simple mirón y sin, posiblemente, la capacidad económica ni, seguramente, el cultivado gusto imprescindible para que merezca la pena siquiera intentarlo. Casi puedo oír su pensamiento: ¡Otro que viene a pasar el rato! Con mi aspecto, tampoco puedo reprochárselo. Ya aprenderá. O no. Al fin y a la postre ¿Qué más da? ¿Qué más me da?

Todo empezó con la búsqueda, ¿verdad? Estoy seguro de que ha asomado a mi rostro esa sonrisa torcida de anciano satisfecho, de carcamal que se relame disfrutando de su pasado, como aquellos abuelos que dan vueltas en su boca a un hueso de aceituna, que parecen paladear en una interminable carrera hacia la ranciedad absoluta. Por fortuna, no es mi caso. Mi reto está ahí para impedirme involucionar, embrutecerme. No se trata tanto de lograr un objetivo, sino del proceso en sí mismo. De insistir, de calibrar, de seleccionar unos candidatos y compararlos —con la dificultad añadida de seguir la pista de piezas tan esquivas, más cuanto menos valiosas para el común de los mortales—, de decidir con la necesaria velocidad antes de que desaparezcan y la elección se torne irrevocable. Un estrés intelectual que, para mí, resulta de lo más apetecible.

¡Mierda! Ya me he puesto melancólico. ¡Otra vez! Veinte años y no aprendo, ¡joder! Vale, vale, vale. Contrólate. Despacio. Inspira sintiendo el aire recorrer tus fosas nasales y descender por la garganta hasta llenar del todo tus pulmones. Una respiración lenta y plena, que dilate por completo tu pecho e hinche tu vientre. Aguanta unos segundos y... ¡Ya! Expira. Déjalo ir. Despacio. Sé consciente de su viaje hacia tu boca, de su pugna por salir bajo la presión de los abdominales y el diafragma. ¡Ya lo tienes!

—No, gracias, estoy bien —le digo a la solícita becaria que me observa aterrada, no sé si por la posibilidad de tener que asistirme ante lo que parece un ataque, o por un hipotético atentado a la integridad del creativo santuario del que se ha erigido, por un pírrico sueldo y muchas etéreas opciones promocionales, en vestal guardiana. Mi brazo se extiende en su dirección en un vano intento de frenar su avance, puesto que ella ya lo ha hecho, reluctante ante un posible contacto físico, lo cual me alivia sobremanera—. Ya estoy bien, gracias —repito. Que no se acerque, ¡por Dios!, que no se acerque a mí—. No pasa nada. Ya estoy bien, ya estoy bien.

Ella vuelve tras la protección de su mesa claramente aliviada, mientras yo recupero la conciencia nítida de cuanto me rodea. En la decimoquinta pared descubro una tela especialmente atractiva y me sumerjo en la delicada estructura de formas y colores que debe desentrañarme el misterio que su autor dejó plasmado y que, como un reto, como una insinuación, se nos ofrece para que, si somos lo suficientemente sensibles, cultos o ladinos, podamos reconstruir el edificio teórico en el que se sustentó el artista. Y, en el proceso, aportarle retazos de nuestras vivencias, nuestros gustos o fobias. La riqueza de los medios y la complejidad del proceso me indicarán la calidad de la obra. Desde luego que es completamente subjetivo. Es arte, al fin y al cabo ¿no? Media hora más tarde me dirijo al libro de visitas y, todavía impresionado, escribo un breve comentario, que firmo, y lo dejo entre las hojas. Ahora puede que todo cambie. Si lo hace, espero que para bien.

Ha pasado un mes largo y, no sin miedo, me dirijo de nuevo a la galería. No me interesa demasiado lo que se expone y me sorprendería muchísimo que despertara en mí cualquier emoción más gozosa que un sosegado tedio. ¡Ojalá! Mi interés es otro. Sí, ya sé que dije que no merecía la pena, pero quizá... Remoloneo en la puerta y me doy cuenta de que, aunque me lo niegue, estoy intrigado. ¿Lo habrá leído? Y, de ser así, ¿habrá significado algo? Viejo chocho —me recrimino—. Ni sabe quién eres, ni le interesa. Mis especulaciones son vanas. Cuando entro apenas levanta la mirada sobre la montura de unas gruesas gafas de pasta que, por la distorsión que provoca en su rostro el borde de las lentes, necesita. Un neutro Buenas tardes resuena en las vacías salas en respuesta a mi saludo, aunque la tensión repentina de varios músculos y la velocidad con la que busca el móvil me revelan que hay más, que pasan más cosas. Me paseo ante unas paredes que, en mi opinión, podrían haber quedado desnudas sin demasiada pérdida. Salgo deprisa y veo que ella, fastidiada, todavía habla por teléfono.

Este juego se mantiene, con escasas variantes y sólo una veraniega pausa, hasta el retorno de los fríos. Para entonces ella ya me acepta como un asiduo y yo, que he ido descubriendo su cuerpo conforme ella se lo regalaba al equinoccio y perdiéndolo de nuevo según se lo escatimaba al solsticio, conozco todos sus secretos. Así que mi plan maestro está casi concluido... Solo falta ella. Ya lo he hablado con los responsables, con aquellos cuyas voces tienen peso, aunque nunca hayan logrado crear nada que realmente merezca la pena. Pero está montado así y, en los tiempos que corren, no queda otra que resignarse. Yo ya he pasado por eso y, gracias a los dioses, superé el momento y su cálida y lujuriosa oferta, me mantuve firme y logré, frente a todo pronóstico, sobrevivir sin caer en el delirio, sin sucumbir a la orgía de fama y poder que su gerente ofrece con la intención de devorarte, de consumirte aprisa, de vampirizarte y, una vez saciado, pasar a una nueva víctima dejándote vacío. No. A mí no me pillaron. Casi; pero, afortunadamente, no.

 

La muestra ha sido ¡cómo no! otro éxito absoluto. Así lo corroboran todos los escritos y reportajes publicados y emitidos durante las tres semanas que lleva abierta al público. Contribuye que nadie conozca la identidad del artista. Cada enero de año par una sala recibe la propuesta anónima y las condiciones en que todo debe llevarse a cabo. El secreto es imperativo, hasta el punto de que se proporciona información falsa para que pueda ofrecer un calendario sin huecos. A primeros de diciembre de ese año se descubre para el mundo el lugar en el que se inaugurará a los pocos días la “exposición fantasma”, como ya se han etiquetado, ¡bastarda necesidad de nombres vacuos! que se traduce en notoriedad, repercusión y éxito absolutos.

Cada una de las catorce paredes alberga una pieza única de gran formato, con una imagen independiente. Desde que entras en la galería, que se ha organizado en un recorrido dirigido que te obliga a enfrentar cada cuadro como un solitario regalo, como un descubrimiento carente de significado, exento de representatividad y, no obstante, pleno de sensaciones, de insinuaciones, de pistas, te envuelve una atmósfera de misterio, de truculento montaje. Cada uno de los catorce lienzos transmite una emoción, más intensa conforme avanzas, un concepto que te obliga a reflexionar y predispone tu ánimo para el siguiente escalón. Hasta llegar al decimoquinto muro. Allí se reúnen, a menor formato, catorce réplicas exactas de los cuadros que ya has visto, pero con un nuevo orden, de modo que conforman una imagen, ahora sí, completa. El visitante es transportado a otro nivel de consciencia, recibe un impacto visual de tal calibre que no puede sino reconocer su inocencia. Da igual que lo sepas, que estés en el secreto. La fuerza de las imágenes es tal que no puedes evitar el asombro, la sorpresa, la admiración por cómo el pintor ha sabido manipularte hasta conseguir un estado de ánimo que te desarma ante lo que tiene que decir, ante el verdadero argumento, para el que te ha preparado en los catorce pasos anteriores, como si de un laico "vía crucis" se tratase. Y allí campea un retrato. Una mujer perfecta, con el rostro velado, se ofrece desnuda, adornada tan solo por una mancha bajo la clavícula izquierda. Cambia ante cada par de ojos. Para unos, una Lilith sugestiva y tentadora; para otros, una María virginal e inocente. Sensualidad o pureza, carne o espíritu; súcubo o querubín. Pocos llegan a darse cuenta de que esa maravillosa criatura, inalcanzable en su feérica e inhumana perfección, es tan sólo un espejo que nos devuelve la mirada con la que osamos mancillarla.

Es la clave de bóveda que todos desean y que, sin embargo, tiene dueño desde que fue concebido. Alguien recibió instrucciones para reclamarlo y, de no hacerlo, debe ser incinerado ante un notario. Así que la tensión electrifica el ambiente de la ya vacía y cerrada sala de exposiciones. Tres personas contemplan el cuadro: el director, un letrado y la becaria que, contra todo pronóstico, ha sobrevivido en el puesto a pesar de la tiránica veleidad de su jefe. Faltan pocos minutos para la hora indicada en las exactas instrucciones recibidas a principios de ese año. El nerviosismo aumenta y el intento de conversación para refrenarlo es cortado de cuajo por la dura mirada del notario. Observan cómo de la tela se desprende un fino polvo revelando el secreto de la diosa, cómo la mancha en el pecho parece recomponerse para formar unas frágiles alas. De la mano de la desmayada becaria se desprende la arrugada hoja cuidadosamente arrancada de un libro de visitas. Sobre su seno perfecto, Campanilla se bate en retirada.

sábado, 5 de agosto de 2017

Relatos de verano: "¿Qué fue de Caperucita y el lobo?" (Carmen)



Su vida había cambiado desde que siendo niña sufriera el ataque de un lobo en casa de su abuelita. No conseguía recordar nada acerca del infortunado suceso, solo el ansía indescriptible que por matar había nacido en su corazón. Dejó aquellos parajes de la infancia y se educó para dar muerte a toda clase de fieras y seres mágicos, o no, que pusieran en peligro la vida de las personas. Ese cometido fue el que la llevó a aquellas lejanas tierras de Sinfín, en las que el rumor insistente de que un gran lobo blanco diezmaba la población, se extendía con rapidez a todos los puntos conocidos de la región.
Desde lo alto, en su caballo negro, observaba el bosque que la esperaba; envuelta en su gran capa roja, cubierto con su capucha el pálido y aún inocente rostro, su cerebro trazaba el plan para dar caza al temible cánido que asolaba la zona. Su oponente la observaba también, el bello pelo blanco resplandeciente entre las hojas secas, amarillas y ocres, con que el Otoño pintaba el entorno del bosque en aquella época del año. Sus ojos verdes la reconocieron al instante a pesar de que sus sonrosadas mejillas habían sido sustituidas por una mortal palidez, y en su mirada ya no había paz, ni alegría, era una mirada fiera, en lucha contra sí misma y el mundo que la rodeaba. Sola sobre la colina, en aquel corcel negro, con su gran capa encarnada ondeando al viento estaba impresionante, llegaban a sus finos y experimentados oídos de rastreador los ecos de muerte que traía consigo. Aquella hermosa niña de la que un día se prendó se había transformado en un arma mortífera y letal; en un instante supo que su hora había llegado, y que sin duda abandonaría la vida a manos de aquella extraordinaria criatura a la que ahora se enfrentaba.
La luna llena presidía e iluminaba el reto personal que allí se convocaba. Un largo, intenso y triste aullido surcó la inmensidad de la noche y quebró el corazón de la bestia que había recorrido tantos caminos buscándola. Iba al encuentro de su destino. Ella supo que él la esperaba, que aquella era su noche, y aquel era su lobo.
El silencio denso y candente se hizo entre los dos y cubrió la distancia que los separaba. Se avistaron en la lejanía. Él corrió hacia ella. Ella galopaba hacia él. El tiempo se detuvo a cada paso, a cada golpe de casco. Los árboles, mudos testigos de aquel fantástico encuentro, se apartaban otorgando terreno a su carrera hasta que en el centro del bosque se encontraron. Ella abandonó su montura y quedó de pie frente a él. Levantó los brazos, recortada en su inmensa capa roja, y la sintió imponente, con aquella mirada fría e impasible que el dolor había tatuado en sus ojos. La magia fluía por sus venas y le iba a arrebatar su sangre vital. Se lanzó sin más hacia ella, atraído por su espléndida belleza, aturdido por aquel poder que de ella emanaba. Al contacto con ella, sus garras sobre su piel de piedra, sus dientes sobre su delicado cuello de pedernal, percibió como su gran capa roja se cerraba sobre él y le ahogaba, le quemaba los pulmones y le arrebataba la vida… Alcanzó a clavar en su enemigo un último y desesperado pensamiento: “Yo te amaba”.