miércoles, 16 de agosto de 2017

Relatos de verano: El pequeño Ula (Merche)








Ula, era un pequeño ruiseñor que cantaba y cantaba sin pensar en nada más.

Su madre, Pua, al ver su devoción le intentó enseñar a ser un pájaro aplicado y le corregía siempre que pensaba que lo hacía mal, para que su canto le saliera perfecto.

Ante tanta insistencia, Ula pensaba que su tono debía de ser horrible para que su madre siempre le estuviera reprendiendo.

Con vergüenza, el pequeño ruiseñor empezó a cantar a escondidas de todos los seres vivos del lugar, para no molestar con su balada desafinada, pensando que se burlarían de él y le tiraran piedras para espantarlo, como si fuera un cuervo de mal agüero.

Un día, cansado de tata soledad nocturna, decidió salir a la luz del día. Se colocó encima de una de las ramas más altas y empezó la entonación con total determinación.

Al cabo del rato, se sintió triste. La única que lo escuchaba era  su madre. Se acercó a ella y le dijo:

—Me encanta hacer serenatas a los árboles, las flores y al cielo abierto pero, ¿por qué no me escucha ningún animal del bosque? Cuando empieza mi balada, todos los animales salen en bandadas y me dejan en silencio, con mi melodía triste y solitaria.

—Ula no desaparecen, al contrario, aparecen todos. ¿No los ves?

—¡No, no los veo!

—Pequeño ruiseñor, todos acuden en silencio al escuchar tu serenata y se colocan bajo las ramas donde estás erguido, sumidos en una calma impactante. Por eso no te das cuenta de su presencia. ¡Ula, mira!

Y El pequeño ruiseñor desvió la mirada al suelo y vio a todos los animales cercanos, se habían reunido en junta general, para escucharlo y admirarlo.

En un santiamén el bosque se convirtió en un escenario majestuoso entre las nubes saltarinas, dedicándole toda su atención a su canto.

Desde aquel día el pequeño Ula dejó de esconderse y jamás le venció su inseguridad.

miércoles, 9 de agosto de 2017

Relatos de verano: ¡Maldita guerra! (Dolors)



Desde el balcón, Rosa contempla el valle, que desde su puerta se abre para abrazar una tierra agradecida, a tanta dicha, a pesar de todas las desdichas acumuladas. Una guerra, traiciones, muertos, desamores, ambiciones, venganzas, podredumbre; tantas, enterradas en esas tierras, bendecidas por el agua del desierto, que transita a su alrededor. Tierras de cultivo, donde los cerezos florecen en primavera, para dar la bienvenida al sol del Sur. Manzanos, ciruelos, higueras, hortalizas, verduras y el trigo, germen de la Humanidad. El oro verde de olivos centenarios, y la belleza del almendro, endulzando lo amargo de la vida. Sí todo ello a los pies de Rosa, tierras, regalo de los dioses, para acallar los murmullos de vecinos chismosos, y rumores inciertos. Tierra, empobrecida por balas y bombas, y no, enriquecida por el abono del rebaño muerto en la contienda.
Rosa acaricia la fresca brisa del alba, con una sonrisa que ilumina su tez blanca, como la cal que blanquea su casa. Labios rosados, por los besos de quien la ama, con la obsesión del perdedor. Rubor en sus mejillas, por los halagos de la primavera, ensalzando su belleza. Y esos ojos almendrados, ocultando el llanto de sentirse atrapada, en un valle que da la espalda a un mundo que avanza a toda prisa. Ella, Rosa, contempla con un deje de tristeza en su mirada, como Manuel, el amor de toda su vida, prepara la mula con los aperos de los cántaros. En ellos, como la mujer exultando su lozanía, recoge el agua de la fuente del pueblo. Esa agua fresca y cristalina, como su vida; vida de trabajo y pocas satisfacciones, mas, las suficientes para saciar la sed que su boca necesita. «Qué buen mozo, es mi Manuel», se repite Rosa en un suspiro de mujer enamorada. No sin ello, reconoce esa niebla de pobreza que brota del suelo de piedra, que es su hogar,  y empaña esas paredes de arcilla, guardadoras del frío invierno,  para refrescar los días de verano.
Acaricia su vientre Rosa, protegiendo la semilla que de él crece, alegrando el rostro de quien cobija tanto color y suaves fragancias de vida. Palpa con nostalgia esas entrañas que engendran el producto de un amor, entre tanta miseria. Aún puede otear en el horizonte, la torre de la iglesia destrozada por las bombas de la guerra. Ya no redoblan las campanas a misa de 11, pues perecen en el suelo.
Cruel guerra, fratricida de seres que sólo querían la paz en sus casas. ¡Maldita, guerra! se dice, Rosa, nacida de falsas ideologías, separando a los hermanos, por colmar los logros de indeseables hombres con ansías de poder. ¡Maldita guerra! que divide un pueblo en dos bandos, tirando piedras sobre sus cabezas. ¡Maldita guerra! que condena a la ignorancia a los librepensadores. ¡Maldita guerra! grita en silencio Rosa, para no despertar a las gallinas.
¡Pita, pita, gallinita! canta Rosa, en suave melodía, detrás de las aves que corretean por el corralillo. Gallinas que alimentan días de huevo duro y pan aún más negro. «¡Maldita guerra! que nos robó el pan y nos dio el hambre» rechina en la cabeza de Rosa, mientras alenta a los pájaros sin vuelo, con las sobras de granos de maíz. Ese, que en harina intenta ser alimento de las gachas de un pueblo.
¡Maldita guerra! piensa Rosa, recordando a sus muertos en el campo de batalla; su padre, guardia de asalto, su hermano un incauto en busca de la salvación, sus tíos, Pedro y Rafael enfrentados por las armas, tantos…No desea olvidar, esa mujer, que en lamentos se culpa por no saltar al campo de batalla, liderando como una marsellesa, la libertad.
Rosa no olvida, en su memoria se registran,  fotografías en blanco y negro, de los ahorcados, de los fusilados, de los condenados. En  ella, se acumula la sangre derramada por los luchadores de la libertad, más, de aquellos que perdieron la razón en la sinrazón del crimen y el castigo. Rosa no apila la ira ni la rabia, en su corazón, tan solo, el dolor de tanta maldad, de la impotencia de no saldar la deuda con la bondad.
Rosa recibe al día, fresco y soleado de primavera, con la melancolía  del tiempo que no entiende de muertos y guerras, ni de hambre ni miseria. Ni siquiera de zapatos desgastados por los exiliados, camino de la paz. Mas aún, de los prisioneros de guerra que comen la porquería de otros.
Y es que Rosa, no puede relegar al olvido, la tortura y el daño de caramelos envenenados por la venganza. No puede apartar de su memoria, los nombres bordados, en las sábanas deshilachadas del ajuar de las prometidas. Amigas viudas, antes de casarse. Ni del luto guardado por las mujeres aferradas a nichos sin muerto.
¡Maldita guerra!, ¡maldita guerra! se dice Rosa mientras cierra la puerta de su balcón, vislumbrando el perdón sin despecho al causante de tanta herida. Y es que Rosa no desea echar más sal a la cicatriz, que lentamente empieza a curar.

martes, 8 de agosto de 2017

Cuarto Cibertaller
























Un nuevo Cibertaller literario, y ya van cuatro. Cuando empecé todo esto jamás pensé que fuera a durar tanto, pero la realidad es esta. No sé si llegaré a anunciar un día el quinto cibertaller, pero el cuarto ya está aquí.

            Se dice siempre que a la tercera va la vencida; en este caso, espero que a la cuarta vaya la vencida. Desde el segundo taller me vi en la obligación de poner una serie de normas, y llegar a ser estricto (cosa que no me gusta pero se necesita). En este curso las normas vuelven a estar presentes, incluso alguna más que en el anterior.

            Me he quedado con trece alumnos, y al contrario que en el anterior cibertaller, esta vez las bajas corren de mi cuenta. Algunos porque ya había llegado su final, y otros por pasarse de listos. Llevo la cara pintada de blanco pero no soy ningún payaso de circo. Espero y deseo que esta vez se respeten las normas. En este taller se trabaja, con o sin remuneración económica, y con el mismo respeto que requiere cualquier actividad y profesor.

Gracias a una nueva incorporación cuento con catorce personas, y necesito de dieciocho a veinte en total. Las cuatro o seis que lleguen tienen que amar la escritura y comprometerse a atenderme, leerse mis clases y entregarme los ejercicios; cuatro o seis personas que sientan que la escritura es parte de su vida, y no una forma de pasar el rato; cuatro o seis personas que se apunten al taller porque quieren mejorar, y no porque el profesor sea muy majo y deseen hablar con él; cuatro o seis personas que lean, luchen y trabajen todos los días, con un hueco en su horario para las letras (lo hay, y hasta sobran horas).

Las necesito para mediados de septiembre, aunque es muy posible que el inicio del curso se retrase un mes más. De momento la fecha válida es la que aparece en la imagen.

Si alguien está interesado, aquí le dejo las nuevas normas. Si las acepta y quiere formar parte de esta aventura, que deje un comentario y en breve será respondido.

Muchas gracias.

  • Las clases serán cada siete días, el mismo tiempo que tiene el alumno para entregar las tareas correspondientes, las cuales (salvo que el profesor lo crea conveniente) serán de un mínimo de 3 páginas y un máximo de 6.
  • Los ejercicios se realizarán única y exclusivamente para el taller de escritura, no para beneficio del alumno en su carrera personal.
  • El profesor no está para que lo utilicen como corrector antes de publicar en revistas, plataformas digitales y antologías. Si el alumno cuelga los ejercicios en un blog, o los publica por su cuenta, estará expulsado del curso.
  • Los ejercicios deberán entregarse a letra Times New Roman, con título, a interlineado sencillo y alineación justificada (para tenerlo todo bien presentado a la hora de colgarlo en el blog).
  • Es deber del alumno entregar los ejercicios en el plazo de esos siete días, siempre y cuando no ocurra nada (creíble) que le impida entregarlo al día. “Hoy no puedo y me duele la cabeza forma parte de la convivencia de un matrimonio, no de un taller de escritura” (a mucha gente le ha dolido la cabeza todas las semanas a la hora de hacer los deberes, de ahí este punto).
  • Se permiten dos faltas, lo que indica que el alumno puede saltarse el plazo de entrega establecido (si el profe no se entera antes) hasta un máximo de dos veces. Si lo repite, será automáticamente expulsado del curso.
  • El profesor corregirá los errores y fallos de los alumnos durante las cuatro primeras clases; después, solo subrayará los errores que, cada autor del relato, tendrá que saber corregir gracias a la teoría recibida.
  • De esos siete días de plazo, se añadirá una semana más para que el alumno devuelva la tarea corregida. Deberá cambiar los errores que el profesor le haya marcado.
  • Las clases por Twitter no son obligatorias, pero sí el único lugar donde el profesor resolverá dudas. Solo en la clase, por lo tanto, queda terminantemente prohibido preguntar durante el resto de la semana. En caso de que el alumno tenga interés en el curso y no pueda asistir, podrá enviar un mensaje al profesor, pero solo relacionado con las clases impartidas, no nada que no se haya dado.
  • Si el alumno no avanza a lo largo del curso y su nivel sigue siendo bajo, el profesor podrá prescindir de él si lo cree necesario.
  • Si el alumno presenta un escrito lamentable, el profesor se lo devolverá sin corregir.
  • Es deber del alumno cumplir con todo lo mencionado, y deber del profesor entregar las clases y los ejercicios cada uno de esos siete días.
  • Es deber del alumno responder a los mensajes que reciba del profesor cuando el tema se refiera al curso.
  • Si una vez empezado el curso, el alumno no quiere continuar (por el motivo que sea), es tan sencillo como abandonar y no hacer perder el tiempo al profesor.
  • A veces, dos ya son multitud. Ningún profesor estará de acuerdo con el otro, y si un alumno se reparte entre dos profesores, solo se entorpecerá. O un curso u otro. No hay más.
  • El lector cero se utiliza para revisión de manuscritos. En el Cibertaller literario no hay más lector cero que el profesor, y el único que tiene que decir lo que hay que cambiar o lo que falta.
  • Los listillos no encajan en clase. Por mucho que sepa el alumno, o crea saber, la voz de las clases la tiene el profesor. Si el alumno tiene demasiados conocimientos de escritura deberá plantearse para qué está en el curso. Si desea aprender más, lo único que tiene que hacer es dejarse enseñar y no protestar.
  • Algo fácil de entender: primero la base de la casa y después el tejado. Si el profesor devuelve un ejercicio lleno de marcas, significa que no está bien escrito, y por lo tanto, será mejor atender a las clases antes de publicar un libro durante el curso. Si los ejercicios no están bien, el libro tampoco (el profesor lo repitió hasta la saciedad el curso pasado, pero no se entendió). El profesor quiere que sus alumnos mejoren y puedan publicar un libro donde el corrector no tenga más que retocar fallos mínimos, no marcar un arcoíris. Todo se hace con el fin de que el alumno avance sin más esfuerzo que el que requiere la escritura.
  • ESTÁ PROHIBIDO COPIAR LAS HISTORIAS Y EL ESTILO DEL PROFESOR. Repito: ESTÁ PROHIBIDO COPIAR LAS HISTORIAS Y EL ESTILO DEL PROFESOR. Lo escribo en mayúscula porque es el punto que no termina de entenderse. Parte de la gente que falta para este nuevo curso ha incumplido la norma. El profesor no quiere ver un texto que se asemeje a sus relatos, novelas o estilo. Cada persona tiene su propia forma de escribir, y el plagio es un delito. Si alguien se atreve a copiar lo que pertenece al profesor, la pena será mayor a una simple expulsión del curso. Falta gente a la que se ha obligado a irse por la puerta de atrás, con un cartel de “sinvergüenza” en la frente y el saber que su éxito no le pertenece. El Cibertaller literario no quiere volver a presenciar algo así.
  • Los ejercicios se mostrarán en este blog a medida que avance el curso.

Yo, José Losada (como si lo jurase ante la Biblia) encargado del Cibertaller literario por medio de la Asociación Kalpa de Castilla y León, me comprometo a cumplir con mi deber como profesor de este curso, sin favoritismos y dando fe de que las reglas serán las mismas para todas y cada una de las personas que formen parte de él, por más veteranas que estas sean.

      Me comprometo también a mejorar la calidad de escritura de cada alumno, y de manera totalmente desinteresada, tan solo pidiendo a cambio respeto y atención. Así ha sido durante los tres talleres pasados, y así continuará siendo. Antes no había reglas, pero lo vivido en los talleres mencionados las requiere.

      Respeto, atención y amor por la escritura. No hace falta más.

      Os espero.

                                                                                     José Losada

Relatos de verano: Una vez lo fui todo (Yazmina)




La soledad me embriaga, como el vino al alcohólico, y todo es por tu culpa. No sé dónde andas ni si estás con ella ni si piensas en mí de vez en cuando. Pero me siento sola… si sola… muy sola… Acaso no te das cuenta de que estoy aquí, esperándote. Anhelando algo de cariño, buscando algo de atención. Se suponía que somos amigos, aunque creo que eso es una excusa para callarme la boca.

Sabes que las cosas no son tan fáciles para mí que para ti. Yo no pude acabar con lo nuestro de un día para otro como hiciste tú; dando carpetazo a una relación de tres años, como si nada. No creo que pida mucho: una llamada, un saludo, un mensaje de Whatsapp… algo que me indique que te acuerdas de que existo.

No lo haces y sé que es por ella. No me puede ni ver, porque tú no eres así.

Mi mirada se pierde entre el gentío, la veo pasar delante de mí y ni me mira, cómo haces tú. Indiferente ante mi tristeza, metida en su rutina. Estresada, amargada y sumida en sus propios problemas. Sin mirar a los lados, sin pararse a escuchar al prójimo.

¿Pero quién soy yo para juzgar a nadie? Si hago lo mismo que el resto, lamentándome de mi suerte. De lo que siento por ti al verte, oírte y tenerte cerca… siempre con un “yo” por delante, pues no puedo dejar a un lado mis sentimientos.

No sé cómo acepto ser tu amiga, quizás porque no quiero que sepas lo mal que me siento, ni lo jodida que estoy por dentro. Ni el lamentable estado de mi roto corazón. Ahora no me parece tan mala idea lo de repartirnos los amigos. Aunque no quiero ser yo la que te diga de hacerlo, mi orgullo me lo impide cada vez que quiero hacerlo. Pero lo peor es ver cuando la besas a ella, esa chica que ocupa mi lugar.

Me consuelo pensando que no te hace sentir lo mismo que yo, que ella no sabe que si te besa detrás de la oreja y te susurra al oído, cosas que jamás pienso decir a otra persona, te excitas. Una de tantas artimañas para tener una loca noche de sexo.

Aún lo recuerdo, como si estuvieras aquí conmigo. Noto tus manos en mi cintura, me envuelves con ellas, no paran quietas. Sé lo que buscas y me dejo llevar. Poco a poco tus ojos me llaman y me pierdo en el fuego que tiene tu mirada. Sin embargo, son tus labios los que me invitan a pecar a dejarme arrastrar por la tortura de mis sentimientos.

Al estar tan enamorada de ti, siempre consigues lo que te propones de mí. Soy débil y frágil en tus brazos. Además de hacerme gritar como ningún otro.

Pero ya no eres mío, ahora estás con ella. La guarra que te rodea con sus brazos cuando me ve. Lo hace porque sabe que te quiero, que no acepto esto y, que con una sola palabra tuya, estoy a tu lado, besándote.

¡Qué triste es pensar que una vez lo fui todo para ti! Y ahora lo es otra.

Es muy triste…

lunes, 7 de agosto de 2017

Relatos de verano: Espejo (Héctor)



¿Puedo ayudarle en algo? La pregunta queda en el aire y apenas le presto atención, aunque un automático No, muchas gracias escapa de mis labios. La respuesta habitual y educada hacia una habitual y educada becaria de galería de arte. Estándar, sí. Porque suele ser una mujer joven, con un toque de la moderna tribu intelectual de turno, la que se dirige a los escasos visitantes con la mal disimulada esperanza de una hipotética venta. ¡Ilusa! Pero a mí no me importa. No tengo ni tiempo ni ganas de observarla, de estudiarla, de incorporar su imagen a mi elenco. De estas ya tengo bastantes. De hecho, tengo casi para un museo. Claro que... ¡Hay tan pocas que den la talla! A priori, parece un ejercicio frustrante e imposible de culminar con el mínimo imprescindible de satisfacción. Aunque sé que no es necesario, lo medito unos segundos preciosos y, en efecto, la descarto.

Creo que a ella tampoco le importa. Se ha dirigido a mí porque es su trabajo, si bien lo ha hecho con la exigible amabilidad del impecable cumplidor: no se ha preocupado en ocultar la fría profesionalidad que le ha permitido calificarme como un simple mirón y sin, posiblemente, la capacidad económica ni, seguramente, el cultivado gusto imprescindible para que merezca la pena siquiera intentarlo. Casi puedo oír su pensamiento: ¡Otro que viene a pasar el rato! Con mi aspecto, tampoco puedo reprochárselo. Ya aprenderá. O no. Al fin y a la postre ¿Qué más da? ¿Qué más me da?

Todo empezó con la búsqueda, ¿verdad? Estoy seguro de que ha asomado a mi rostro esa sonrisa torcida de anciano satisfecho, de carcamal que se relame disfrutando de su pasado, como aquellos abuelos que dan vueltas en su boca a un hueso de aceituna, que parecen paladear en una interminable carrera hacia la ranciedad absoluta. Por fortuna, no es mi caso. Mi reto está ahí para impedirme involucionar, embrutecerme. No se trata tanto de lograr un objetivo, sino del proceso en sí mismo. De insistir, de calibrar, de seleccionar unos candidatos y compararlos —con la dificultad añadida de seguir la pista de piezas tan esquivas, más cuanto menos valiosas para el común de los mortales—, de decidir con la necesaria velocidad antes de que desaparezcan y la elección se torne irrevocable. Un estrés intelectual que, para mí, resulta de lo más apetecible.

¡Mierda! Ya me he puesto melancólico. ¡Otra vez! Veinte años y no aprendo, ¡joder! Vale, vale, vale. Contrólate. Despacio. Inspira sintiendo el aire recorrer tus fosas nasales y descender por la garganta hasta llenar del todo tus pulmones. Una respiración lenta y plena, que dilate por completo tu pecho e hinche tu vientre. Aguanta unos segundos y... ¡Ya! Expira. Déjalo ir. Despacio. Sé consciente de su viaje hacia tu boca, de su pugna por salir bajo la presión de los abdominales y el diafragma. ¡Ya lo tienes!

—No, gracias, estoy bien —le digo a la solícita becaria que me observa aterrada, no sé si por la posibilidad de tener que asistirme ante lo que parece un ataque, o por un hipotético atentado a la integridad del creativo santuario del que se ha erigido, por un pírrico sueldo y muchas etéreas opciones promocionales, en vestal guardiana. Mi brazo se extiende en su dirección en un vano intento de frenar su avance, puesto que ella ya lo ha hecho, reluctante ante un posible contacto físico, lo cual me alivia sobremanera—. Ya estoy bien, gracias —repito. Que no se acerque, ¡por Dios!, que no se acerque a mí—. No pasa nada. Ya estoy bien, ya estoy bien.

Ella vuelve tras la protección de su mesa claramente aliviada, mientras yo recupero la conciencia nítida de cuanto me rodea. En la decimoquinta pared descubro una tela especialmente atractiva y me sumerjo en la delicada estructura de formas y colores que debe desentrañarme el misterio que su autor dejó plasmado y que, como un reto, como una insinuación, se nos ofrece para que, si somos lo suficientemente sensibles, cultos o ladinos, podamos reconstruir el edificio teórico en el que se sustentó el artista. Y, en el proceso, aportarle retazos de nuestras vivencias, nuestros gustos o fobias. La riqueza de los medios y la complejidad del proceso me indicarán la calidad de la obra. Desde luego que es completamente subjetivo. Es arte, al fin y al cabo ¿no? Media hora más tarde me dirijo al libro de visitas y, todavía impresionado, escribo un breve comentario, que firmo, y lo dejo entre las hojas. Ahora puede que todo cambie. Si lo hace, espero que para bien.

Ha pasado un mes largo y, no sin miedo, me dirijo de nuevo a la galería. No me interesa demasiado lo que se expone y me sorprendería muchísimo que despertara en mí cualquier emoción más gozosa que un sosegado tedio. ¡Ojalá! Mi interés es otro. Sí, ya sé que dije que no merecía la pena, pero quizá... Remoloneo en la puerta y me doy cuenta de que, aunque me lo niegue, estoy intrigado. ¿Lo habrá leído? Y, de ser así, ¿habrá significado algo? Viejo chocho —me recrimino—. Ni sabe quién eres, ni le interesa. Mis especulaciones son vanas. Cuando entro apenas levanta la mirada sobre la montura de unas gruesas gafas de pasta que, por la distorsión que provoca en su rostro el borde de las lentes, necesita. Un neutro Buenas tardes resuena en las vacías salas en respuesta a mi saludo, aunque la tensión repentina de varios músculos y la velocidad con la que busca el móvil me revelan que hay más, que pasan más cosas. Me paseo ante unas paredes que, en mi opinión, podrían haber quedado desnudas sin demasiada pérdida. Salgo deprisa y veo que ella, fastidiada, todavía habla por teléfono.

Este juego se mantiene, con escasas variantes y sólo una veraniega pausa, hasta el retorno de los fríos. Para entonces ella ya me acepta como un asiduo y yo, que he ido descubriendo su cuerpo conforme ella se lo regalaba al equinoccio y perdiéndolo de nuevo según se lo escatimaba al solsticio, conozco todos sus secretos. Así que mi plan maestro está casi concluido... Solo falta ella. Ya lo he hablado con los responsables, con aquellos cuyas voces tienen peso, aunque nunca hayan logrado crear nada que realmente merezca la pena. Pero está montado así y, en los tiempos que corren, no queda otra que resignarse. Yo ya he pasado por eso y, gracias a los dioses, superé el momento y su cálida y lujuriosa oferta, me mantuve firme y logré, frente a todo pronóstico, sobrevivir sin caer en el delirio, sin sucumbir a la orgía de fama y poder que su gerente ofrece con la intención de devorarte, de consumirte aprisa, de vampirizarte y, una vez saciado, pasar a una nueva víctima dejándote vacío. No. A mí no me pillaron. Casi; pero, afortunadamente, no.

 

La muestra ha sido ¡cómo no! otro éxito absoluto. Así lo corroboran todos los escritos y reportajes publicados y emitidos durante las tres semanas que lleva abierta al público. Contribuye que nadie conozca la identidad del artista. Cada enero de año par una sala recibe la propuesta anónima y las condiciones en que todo debe llevarse a cabo. El secreto es imperativo, hasta el punto de que se proporciona información falsa para que pueda ofrecer un calendario sin huecos. A primeros de diciembre de ese año se descubre para el mundo el lugar en el que se inaugurará a los pocos días la “exposición fantasma”, como ya se han etiquetado, ¡bastarda necesidad de nombres vacuos! que se traduce en notoriedad, repercusión y éxito absolutos.

Cada una de las catorce paredes alberga una pieza única de gran formato, con una imagen independiente. Desde que entras en la galería, que se ha organizado en un recorrido dirigido que te obliga a enfrentar cada cuadro como un solitario regalo, como un descubrimiento carente de significado, exento de representatividad y, no obstante, pleno de sensaciones, de insinuaciones, de pistas, te envuelve una atmósfera de misterio, de truculento montaje. Cada uno de los catorce lienzos transmite una emoción, más intensa conforme avanzas, un concepto que te obliga a reflexionar y predispone tu ánimo para el siguiente escalón. Hasta llegar al decimoquinto muro. Allí se reúnen, a menor formato, catorce réplicas exactas de los cuadros que ya has visto, pero con un nuevo orden, de modo que conforman una imagen, ahora sí, completa. El visitante es transportado a otro nivel de consciencia, recibe un impacto visual de tal calibre que no puede sino reconocer su inocencia. Da igual que lo sepas, que estés en el secreto. La fuerza de las imágenes es tal que no puedes evitar el asombro, la sorpresa, la admiración por cómo el pintor ha sabido manipularte hasta conseguir un estado de ánimo que te desarma ante lo que tiene que decir, ante el verdadero argumento, para el que te ha preparado en los catorce pasos anteriores, como si de un laico "vía crucis" se tratase. Y allí campea un retrato. Una mujer perfecta, con el rostro velado, se ofrece desnuda, adornada tan solo por una mancha bajo la clavícula izquierda. Cambia ante cada par de ojos. Para unos, una Lilith sugestiva y tentadora; para otros, una María virginal e inocente. Sensualidad o pureza, carne o espíritu; súcubo o querubín. Pocos llegan a darse cuenta de que esa maravillosa criatura, inalcanzable en su feérica e inhumana perfección, es tan sólo un espejo que nos devuelve la mirada con la que osamos mancillarla.

Es la clave de bóveda que todos desean y que, sin embargo, tiene dueño desde que fue concebido. Alguien recibió instrucciones para reclamarlo y, de no hacerlo, debe ser incinerado ante un notario. Así que la tensión electrifica el ambiente de la ya vacía y cerrada sala de exposiciones. Tres personas contemplan el cuadro: el director, un letrado y la becaria que, contra todo pronóstico, ha sobrevivido en el puesto a pesar de la tiránica veleidad de su jefe. Faltan pocos minutos para la hora indicada en las exactas instrucciones recibidas a principios de ese año. El nerviosismo aumenta y el intento de conversación para refrenarlo es cortado de cuajo por la dura mirada del notario. Observan cómo de la tela se desprende un fino polvo revelando el secreto de la diosa, cómo la mancha en el pecho parece recomponerse para formar unas frágiles alas. De la mano de la desmayada becaria se desprende la arrugada hoja cuidadosamente arrancada de un libro de visitas. Sobre su seno perfecto, Campanilla se bate en retirada.

sábado, 5 de agosto de 2017

Relatos de verano: "¿Qué fue de Caperucita y el lobo?" (Carmen)



Su vida había cambiado desde que siendo niña sufriera el ataque de un lobo en casa de su abuelita. No conseguía recordar nada acerca del infortunado suceso, solo el ansía indescriptible que por matar había nacido en su corazón. Dejó aquellos parajes de la infancia y se educó para dar muerte a toda clase de fieras y seres mágicos, o no, que pusieran en peligro la vida de las personas. Ese cometido fue el que la llevó a aquellas lejanas tierras de Sinfín, en las que el rumor insistente de que un gran lobo blanco diezmaba la población, se extendía con rapidez a todos los puntos conocidos de la región.
Desde lo alto, en su caballo negro, observaba el bosque que la esperaba; envuelta en su gran capa roja, cubierto con su capucha el pálido y aún inocente rostro, su cerebro trazaba el plan para dar caza al temible cánido que asolaba la zona. Su oponente la observaba también, el bello pelo blanco resplandeciente entre las hojas secas, amarillas y ocres, con que el Otoño pintaba el entorno del bosque en aquella época del año. Sus ojos verdes la reconocieron al instante a pesar de que sus sonrosadas mejillas habían sido sustituidas por una mortal palidez, y en su mirada ya no había paz, ni alegría, era una mirada fiera, en lucha contra sí misma y el mundo que la rodeaba. Sola sobre la colina, en aquel corcel negro, con su gran capa encarnada ondeando al viento estaba impresionante, llegaban a sus finos y experimentados oídos de rastreador los ecos de muerte que traía consigo. Aquella hermosa niña de la que un día se prendó se había transformado en un arma mortífera y letal; en un instante supo que su hora había llegado, y que sin duda abandonaría la vida a manos de aquella extraordinaria criatura a la que ahora se enfrentaba.
La luna llena presidía e iluminaba el reto personal que allí se convocaba. Un largo, intenso y triste aullido surcó la inmensidad de la noche y quebró el corazón de la bestia que había recorrido tantos caminos buscándola. Iba al encuentro de su destino. Ella supo que él la esperaba, que aquella era su noche, y aquel era su lobo.
El silencio denso y candente se hizo entre los dos y cubrió la distancia que los separaba. Se avistaron en la lejanía. Él corrió hacia ella. Ella galopaba hacia él. El tiempo se detuvo a cada paso, a cada golpe de casco. Los árboles, mudos testigos de aquel fantástico encuentro, se apartaban otorgando terreno a su carrera hasta que en el centro del bosque se encontraron. Ella abandonó su montura y quedó de pie frente a él. Levantó los brazos, recortada en su inmensa capa roja, y la sintió imponente, con aquella mirada fría e impasible que el dolor había tatuado en sus ojos. La magia fluía por sus venas y le iba a arrebatar su sangre vital. Se lanzó sin más hacia ella, atraído por su espléndida belleza, aturdido por aquel poder que de ella emanaba. Al contacto con ella, sus garras sobre su piel de piedra, sus dientes sobre su delicado cuello de pedernal, percibió como su gran capa roja se cerraba sobre él y le ahogaba, le quemaba los pulmones y le arrebataba la vida… Alcanzó a clavar en su enemigo un último y desesperado pensamiento: “Yo te amaba”.

lunes, 31 de julio de 2017

Relatos de verano: El fantasma de mi armario

Empecé a crear historias a los doce años (en papel, en la cabeza las llevo creando desde que vine al mundo; y algunas hasta me las creo y todo). En dos meses cumplo... Ya no estoy seguro si quince o dieciséis años, pero por ahí ando (año arriba año abajo). Gente que me lee piensa o cree que llevo desde esos doce años (y me estoy dando cuenta ahora mismo que los que voy a cumplir son catorce) escribiendo relatos de terror, y que soy, por lo tanto, escritor de terror. Dos cosas: ni me considero escritor ni escribo solo terror. He repetido hasta la saciedad que gente que escribe hay mucha, pero escritores muy pocos. Hoy en día todo el mundo que escribe un par de relatos ya se define como escritor, y siento mucho el que yo tenga que venir ahora para romper su ilusión (lo siento en el alma, pero para que te llamen escritor tienes que pasarte muchos, pero que muchos años escribiendo, reescribiendo, corrigiendo lo escrito, repetirlo, volver a escribirlo y repetirlo más, siempre y cuando además lo acompañes con una buena lectura diaria. Ahí quizá ya se te pueda empezar a llamar aprendiz de escritor. A mí me quedan como... Bueno, quizá cuando me acuerde de los años que tengo sabré los que me quedan para convertirme en escritor; de momento, seguiré siendo un creador de historias.
       Y no solo escribo terror. A esos doce años empecé escribiendo un libro de artes marciales en donde dibujé (otra de mis aficiones. Pero tampoco soy dibujante, sino creador de bocetos) técnicas de defensa personal. Lo titulé "El libro que enseñaré a mi hijo". Por aquel entonces no tenía ordenador. Cogí un taco de folios, los doblé y fui escribiendo y dibujando lo que acabo de explicar. Me quedan los cinturones, los diplomas y alguna que otra lesión de recuerdo. Lo que es el libro... Algo queda, muy distinto es que se distingan los dibujos. Parecen posturas extra del Kamasutra...
       Después de ese libro, escribí dos sobre ilusionismo: uno de cartomagia y otro de mentalismo (pero tampoco soy mago, sino creador de ilusión); y entre estos tres, empezó a nacer "El día a día de una vida", lo que hoy se conoce (cuatro personas) como "El diario de un fracasado". Después del primer borrador, empecé con los de amor. Miento, ya que los empezó a escribir Santiago Bernal, muerto recientemente (que Dios lo acoja en su seno, o en donde quiera). Aún no he explicado la muerte de Bernalito, pero a pesar de que me encanta extenderme -como podéis comprobar- ahora no viene al caso (otro día con más calma).
       En 2006, y después de una larga noche de trabajo atendiendo enfer... Ups. Los niños de quince años no trabajan en el psiquiátrico, ¿no? (Mecachis... A ver cómo arreglo esto).
       En 2006, y después de una larga noche estudiando para un examen de segundo de primaria, nació el primer relato de terror (¡¡Bieeeeen!! Sacad las manos esas que dan palmadas en WhatsApp), y desde ese día hasta hoy los sigo escribiendo y compaginando con los de amor, hasta que decidí que Bernalito tenía que espicharla.
       El caso es que estas treinta y una líneas anteriores (treinta y una y treinta y uno. No sé de qué me suena esto) son para decir que lo siguiente que vais a leer es un relato de terror (lo siento. Hay personas que tardamos más que otras en explicarnos. En mi familia las mujeres han fumado siempre mucho durante el embarazo. Mi madre nunca, pero ya lo llevaba en la sangre).
       Fuera bromas. He escrito todo esto para decir que son muchos los años que llevo escribiendo historias, pero que la que vais a poder leer ahora fue una de las más aclamadas en mi blog personal (de las más aclamadas de las mías. Conocerla la conocerán ocho o diez personas, y la aclamaron dos, y una de ellas fue mi madre).
       De verdad. Es una de las historias que más miedo ha creado a los lectores de mi blog. Hay unas cuantas más, pero no sé, quizá cuando la leáis estéis de acuerdo con ellos. Yo no opino sobre lo que escribo, no me pertenece. Escribo, leo los comentarios y callo. Lo que sí diré es que a la gente le suele gustar mucho cuando escribo sobre ancianas, y este tiene a una.
       Doy tanta lata con este relato porque es uno de los que dentro de pocos meses aparecerá en una recopilación que he titulado "Año de terror", y quiere decir que ahora podéis leerlo antes de que se publique (o volver a leerlo). Me lo quisieron comprar en su día y me negué para poder incluirlo en el libro mencionado, así que aprovechad y leedlo. Algunos me lo han intentado copiar, y no solo este. Lo más curioso es que muchos son alumnos de este taller, y tuve que darles un azote por niños malos (aprovecho para volver a decirlo y a ver si este año dejan de copiar el estilo del profesor, sus historias y su todo. Está prohibido copiar a nadie. Los que copian no aprenden, y cuando se trata de literatura, quedan a la altura del betún porque demuestran no tener ideas propias... Ya se lo seguiré repitiendo en clase).
      Durante el mes de agosto podréis leer relatos en este blog, tanto míos como de la gente del Cibertaller. Lo he llamado "Relatos de verano" (volved a sacar las palmas de WhahtsApp que me he roto la cabeza de tanto pensar), aunque el mío se desarrolla en invierno. Podréis leer uno a la semana (o algo así).
      Espero que os guste, que paséis mucho miedo (creo que no, pero hay algo. El relato tiene un no sé qué que qué se yo, y al menos espero que os entretenga) y que estéis para dentro de dos meses, cuando empiece el cuarto Cibertaller y cumpla mis diez años.
      ¡Gracias!






El fantasma de mi armario


 


El reloj estaba a punto de marcar las 21:30, hora en que Dani se acostaba todas las noches. A sus casi diez años de edad era incapaz de dormirse si su madre no le contaba un cuento. Leía de todo, y pasaba horas enteras enfrascado en libros de aventuras, cómics y revistas de animación. De vez en cuando le robaba a su hermana alguna novela de terror, y aunque nunca la terminaba, sí se estremecía, rogando después a su madre para que no le apagase la luz.


            Si miraba hacia la balda donde tenía colgados los peluches, tal vez el payaso asesino cobrase vida, bajase y pusiese punto final a su existencia, posiblemente abriendo una boca descomunal, mostrando sus dientes amarillentos al contraste de dos dibujados y ensanchados labios rojos. Todo se teñiría de oscuro, la penumbra lo envolvería —aunque preferiría envolverse entre las sábanas— y el muñeco le daría cristiana sepultura en un abrir y cerrar de ojos, aunque los suyos estuviesen cosidos con aguja e hilo; si miraba bajo la cama, era muy posible que allí, agazapado, anduviera escondido un monstruo, y que este le agarrase de los tobillos, tirase de él hacia abajo y, después, mientras el pequeño Dani clavaba las uñas en el hule del suelo, lo desgarrase a la vez que la criatura mortífera lo conducía al lugar de las pesadillas reales, camino de la muerte prematura.


            Por ello jamás terminaba de leer las novelas de su hermana; pero la curiosidad podía con él, y aunque fuese hojear alguna página, no conseguía frenar sus impulsos y terminaba cayendo en la trampa.


            El niño no había leído nada de terror por la tarde; sin embargo, no era capaz de dormirse sin pensar en ello antes. Había perdido la oportunidad de aterrorizarse por unos minutos, y las noches de pasar miedo eran las mejores para él. Se podría llamar “masoquismo del sueño”, ese que consiste en torturar al subconsciente para que los sueños se conviertan en imágenes de locura, como delirios incrustados en el cerebro.


            —Te veo muy intranquilo, Dani —le preguntó su madre—. ¿Qué te ocurre?


            —Tengo pis —anunció el pequeño, muy nervioso.


            —Pues ve a hacerlo antes de meterte en la cama.


            —Pero… —Agachó la cabeza; después se tocó los dedos para luego llevárselos a la boca y morderlos.


            Su madre dejó de deshacer la cama y se acercó a él. Arrodillándose para quedar a su altura, le dijo:


            —¿Qué pasa, cielo?


            —Tengo miedo —reconoció.


            —Ah. O sea, que tienes pis y miedo ¿no? —Se burló—. Lo tienes todo. —Le revolvió el cabello.


            —Acompáñame, mamá. Porfa.


            Le miró unos instantes. Fue sonriendo poco a poco, cruzada de brazos, hasta que cedió.


            —Venga, anda.


            Fueron hacia el servicio.


 


 


*****


 


            Zulema entró en casa dando un portazo.


            —Oye, ¿qué haces, hija? —le preguntó su madre mientras llevaba a Dani al servicio.


            —¡Nada! —gruñó.


            —¿Cómo que nada? Acabas de dar un golpe con el que casi tiras la casa.


            —¡Vaya! Ya apareció la exagerada —Zulema hacía gestos de burla—. No me jodas, vieja, ¿ok? Tengamos la fiesta en paz.


            —Mamá, me hago mucho pis —dijo el pequeño, con las rodillas juntas y las manos en la vejiga.


            —Ahora vamos, tesoro.


            —Atiende al enano, no sea que se mee encima, anda —respondió la adolescente a la vez que se quitaba el abrigo y lo tiraba al suelo.


            —Recoge la cazadora, Zulema —exigió su madre —La joven cantaba—. ¿No me oyes? He dicho que reco…


            —¡Que te pires, joder! —Hizo que su madre diese un respingo—. Te oigo de sobra, aquí la que está un poco teniente eres tú, igual que la abuela.


            —Deja a la abuela.


            —Sí, hala… Ve con tu suegra y con tu niño pequeño, y me hacéis el favor de encerraros en el baño y no volver a salir jamás. ¿Estamos? —Los ojos de la madre luchaban por no soltar lágrimas—. O no, algo mucho mejor: meteos en la taza del váter y tirad de la cadena. —Levantó los dos pulgares. Ese gesto, añadido a la sonrisa mascando chicle, confirmó su desvergüenza.


            —¿Qué pasa aquí?


            —La jodimos —Soltó la chica—. Éramos pocos y parió la abuela, y nunca mejor dicho, porque sí te parió ¿no, papá?


            —¿Qué le pasa? —le preguntó él a su mujer.


            —Ha dado un portazo y ha empezado a contestarme mal. No viene normal.


            —Habrá estado fumando mierda en el portal con el melenudo de su novio… —El padre se mordió los labios—. Déjame que mire tus pupilas.


            —¿Por qué no mejor me miras el coño? —Hizo el gesto de levantarse la falda.


            —¡Zulema! —gritó la madre.


            —¿Qué, hija, QUÉ? —Se burló la joven—. ¿Te da miedo en pleno siglo XXI? ¿O te da miedo que tenga el chirri mejor que el tuyo?


            La cara de Zulema giró después de que su madre le estampase en ella los cinco dedos de su mano. La joven la miró, levantando la cabeza muy despacio y con una sonrisa que hizo temblar a sus dos progenitores. Serió el rostro antes de decir, con un tono de voz susurrante:


            —Hija de perra. —Se llevó la diestra a la parte dolorida; masajeó la zona afectada y, como si el demonio acabase de entrar en ella, alimentando su cuerpo de ira, saltó en busca de su madre, gritando y con las manos alrededor de su cuello.


            —¡Maldita vieja asquerosa! —Enseñó los dientes, los que apretaba al mismo tiempo que asomaban por los huecos pompas de saliva. Sus ojos eran dos perfectas bolas azuladas en compañía de un sinfín de venas inyectadas en sangre.


            —¡Suelta a tu madre, hostias! —El padre la apartó. Zulema se dio en la espalda contra el tabique del pasillo. Se quejó, bufando.


            —¿Qué… qué has hecho, hija? —preguntó su madre, tosiendo e intentando pasar el mal trago. Le dolía la garganta.


            —¿Estás bien, cariño? —preguntó su marido. Ella asintió.


            —Te voy a matar —anunció la joven—. Y a ti también. —Señaló al padre. Después, miró al fondo, adonde se dirigió con paso firme.


            La lánguida abuela, sentada en una silla de ruedas, sin poder dejar de mover el brazo y la boca a causa del párkinson, miró a su nieta mientras esta se acercaba para decirle:


            —Y a ti también.


            La anciana la miró. Llevaba años sin poder hablar. Solo entendían sus ojos, angustiados y tan pequeños como dos botones. En uno de ellos tenía la retina seca, pero con el que más veía, contemplaba a la adolescente con ganas de querer decir: ¿Qué le pasa a tu cabeza?


            —A tu habitación, Zulema. ¡Ahora! —vociferó el padre. Ella se dio la vuelta y, ante el asombro de todos, obedeció—. Esto no quedará así.


            —Claro que no —respondió desde el umbral—. Esta noche cogeré tu pipa de poli novato y os mataré.


            Cerró la puerta. Lo siguiente que escucharon sus padres, la abuela y Dani, fue el retumbe de la cadena de música.


            —Puff… ¿Qué vamos a hacer con ella, Colás? —le preguntó su mujer.


            —No lo sé, la verdad —Se llevó las manos a la cabeza—. De momento, cenar. Mañana hablaremos con ella.


            Miraron a Dani, a quien le escurría una mancha por el pantalón del pijama.


            —Oh, vaya… —exclamó la madre.


            —Me hice pis, mamá —dijo el pequeño.


            —Ya lo veo. Jo… —Protestó—. Venga, ven a la habitación, que te cambio.


            Colás se acercó a ver a su madre, postrada en aquellas ruedas que les ayudaban a desplazarla por la casa.


            —¿Está bien, madre? —Acarició su delicado pelo canoso con mucha suavidad a la vez que hablaba. La anciana parecía querer decir que sí; sus ojos habían cambiado. Su hijo la besó en la frente.


            —Vamos a comer algo, madre.


            Se la llevó a la cocina.


            —Dichosa música…


            Zulema bailaba en la habitación.


 


 


*****


 


            —Te has vuelto muy cómodo, Dani —le dijo su madre. El niño estaba sentado encima de la cama, desnudo—. Esto ya tendrías que hacértelo tú.


            —Me da miedo.


            —¡Venga ya! ¿También te da miedo vestirte? ¡No digas tonterías, Daniel, por favor!


            El niño se asustó. Nunca había visto así a su madre. La miraba a punto de llorar.


            —Perdóname, cielo. —Le besó—. Mamá hoy está un poco…


            —Ha sido por lo de la tata, ¿verdad?


            La madre asintió.


            —Es mala. —El pequeño agachó la cabeza, moviendo sus piernecitas.


            —No es mala, cariño, solo es que… A ver —Intentó explicarse—. Cuando una persona va creciendo, empieza a cam…


            —Es mala. —Levantó la cabeza para decirlo con seguridad y firmeza—. Me lo ha dicho Óscar.


            —¿Óscar? —se sorprendió la madre—. ¿Quién es Óscar?


            —El fantasma de mi armario.


 


 


*****


 


            —Colás —le dijo su mujer—, el niño está diciendo unas cosas muy raras. Me preocupa.


            —Tonterías de niño pequeño, seguro —respondió mientras calentaba la sopa—. Quien debería preocuparte es la mayor.


            —En serio —siguió su mujer—. Habla de un tal Óscar.


            —¿Óscar?


            —Sí, dice que es el fantasma que vive en su armario.


            —¿Ha vuelto a coger algún libro de Zulema? A veces le he pillado leyéndolos. La literatura de terror no es buena para un crío de diez años.


            —No lo sé. No le he visto ninguno en la habitación.


            —A ver. —Se metió un cacho de pan en la boca y acudió al dormitorio de su hijo.


            —Ya te digo que no he visto nada —volvió a decir la mujer.


            —Si te habla del armario, lo más seguro es que lo esconda aquí. —Lo abrió.


            —¿Hay algo?


            Colás respondió enseñando una novela.


            —El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde… ¿Te quedas más tranquila?


            —Sí, ya sí —aseguró—. Fantasma y Óscar.


            —Blanco y en vasija —añadió él—. Ya te digo que quien debe preocuparte es Zulema.


            —Sí. Ahí sigue con la música.


            —Ya se cansará.


            —Oye, ¿y qué tiene que ver el armario con lo del fantasma? Fantasma y Óscar, sí. Pero, ¿de dónde ha sacado lo del armario?


            —Simplemente imaginación de un niño. Pero también, para que te quedes más tranquila, Zulema tiene la novela Cujo, de King. El principio habla de un niño que teme al monstruo del armario.


            —Vale, te haré caso.


            Colás sonrió.


            —Mira, por ahí viene el miedoso —dijo refiriéndose a Dani—. Venga, a la cama, cagueta.


 


 


*****


 


Zulema se despertó bajo el manto oscuro de la noche. Cuando se acostó había luz y en la cadena de música cantaban los “melenudos pálidos”, así se refería a ellos su padre. Que ella fuese gótica tampoco acompañaba mucho a la convivencia con sus padres. La veían con la cara embadurnada de blanco, los labios y los ojos negros, y vestida toda de oscuro, como si fuese de luto permanentemente.


            Seguía de oscuro, envuelta en la penumbra de la noche. La ventana de la habitación se había abierto dando la bienvenida a un helador viento de diciembre.


            —Joder… —protestó la joven, frotándose sus hombros desnudos. —Llevaba una camiseta negra de tirantes sobre una capa fina de seda con florecillas negras. Eso y nada era lo mismo cuando se trataba de soportar frío.


            Cerró el viejo ventanuco de madera. Ella misma lo quería así, sin cambios. Llevaba años siendo del mismo material; pero siempre dijo que de su habitación se encargaba ella, y que los ataúdes de colección —uno de un metro y medio de largo, empotrado en la pared y con una vampiresa pintada saliendo de él— los pañuelos de calaveras y los pósters, no los tocase nadie.


            Sus padres acataron la orden.


            Una vez que selló la ventana —a excepción de una abertura por la que siempre, quisiera o no, entraba frío— se miró de arriba abajo, extrañándose de seguir vestida.


            Ya tendría que tener puesto el pijama. Dios… El canuto me ha hecho flipar en colores y no coscarme de nada.


            ¿Qué la despertó? No sabía; pero sí tenía constancia de haber abierto los ojos sobresaltada. Era muy posible que el golpetazo de la ventana contra la pared tuviese mucho que ver (o así lo creía ella)


            —Tengo sed —se dijo—. Auch… Mierda. —Se llevó las manos a la frente—. No bebí nada, pero en mi cabeza hay gente clavando estacas, joder.


            Entrecerró los ojos en señal de protesta. La mueca de sus labios confirmaba su disconformidad con el dolor de sesera.


            Se dirigió a la puerta, la abrió y salió al pasillo. No tuvo cuidado de no despertar a sus padres.


            Que se jodan, yo no madrugo.


            Se adentró en la profundidad del pasillo. Desde el inicio parecía un largo y estrecho camino infinito, pero no era tanto como parecía. La cocina se hallaba hacia la mitad.


            Entró.


            Abrió la nevera en busca de una botella de agua. Desenroscó el tapón y bebió un trago como si jamás antes la hubiese probado. Chascó el paladar. Nada más rico que el agua cuando se tiene sed.


            Volvió a dar otro trago, y mientras su garganta se helaba bajando por ella la marea fresca, sus oídos dieron la señal de alerta, lo que hizo que se pusiese en guardia.


            —¿Qué es eso? —Quedó con la botella en la mano y una cara de incomprensión digna de inmortalizar el momento.


            Sonaba a arrastre, como si algo chocase contra la alfombra del pasillo e hiciese esfuerzos por hacerse presente.


            —Qué raro… —pensó. Tenía el mismo gesto en el rostro que cuando el dolor de cabeza le había dado el primer aviso.


            Se dirigió a la entrada. El sonido se acercaba, y lo que fuera que fuese, también.


            Asomó parte de la cabeza con sigilo, precavida.


            Nunca se sabe.


            La asomó del todo cuando vio que se trataba de su abuela.


            —¡Qué susto me ha dado la vieja!


            La anciana se desplazaba con su silla de ruedas, solo que con sobreesfuerzo, ya que los ruedines delanteros tropezaban con la alfombra. Llevaba su postura habitual: manos crispadas y el tembleteo de cabeza.


            —A ver, abuela, que no son ho… —Zulema se detuvo al instante. Tragó los restos de saliva fresca que merodeaban por su boca, antes de que esta misma bajase por la garganta provocándole un molesto pinchazo, igual que si la tuviese seca.


            —Es… es imposible. ¿Có… cómo puede mover la silla sin utilizar las manos? Ella nunca puede desplazarse sola.


            Pero la anciana lo hacía, y con seguridad. Su cabeza cayó de pronto, de un plumado. La nariz le pegó en el pecho. Su nieta solo veía el cogote medio calvo dando botes por culpa de la velocidad que, inexplicablemente, llevaba la silla.


            —¿Qué está pasando aquí? —Se heló sin necesidad de pasar frío, ya que su cuerpo entero era como un nicho en pleno invierno.


            La abuela llegó hasta ella; la silla frenó en seco y la anciana rebotó en el asiento. Mantenía la cabeza gacha, sin embargo, la mano izquierda —la mala— continuaba moviéndose, como siempre. En la coronilla se formó un punto rojo; a continuación, fue extendiéndose por toda ella, creando una mancha colorada. Los pies —los que llevaba sin mover ocho años— comenzaron a abrirse, tanto, que consiguieron un perfecto ángulo de 180º.


            —¡Se van a romper! —vociferó la joven en pleno pasillo, alterada por completo.


            Y se rompieron. Chascaron como dos ramas viejas de árbol. El tobillo asomó, dejando ver las astillas incrustadas en la herida abierta. Zulema se vio urgida a abrir la boca, pero para no poder cerrarla más (al menos de momento)


            La vieja no se quejó. No obstante, se irguió de repente. Levantó los párpados como nunca, y hasta consiguió balbucear, con unos labios perfectos, lisos y sin la mueca torcida que siempre tenían. Pero a Zulema todo esto  no le llamó tanto la atención como ver el boquete que su abuela tenía en la mitad de la frente. Se trataba de un orificio de bala, del que escurría algo de sangre y no dejaba de humear.


            La chica chilló cuando a través de él pudo ver el final del pasillo como si mirase por la mirilla de una puerta.


            Salió corriendo en dirección al dormitorio de sus padres, el cual se hallaba nada más dar la vuelta al pasillo.


            —Es un sueño. ¡Una jodida pesadilla!


            Frenó. Vio a sus progenitores, pero no en la habitación, sino fuera, en el suelo, y ambos sin vida.


            Mientras los miraba, un amplio charco de sangre se acercó a la suela de sus botas, chocando contra ellas.


            —Pe…pe…


            Su padre tenía la camisa ensangrentada. Un disparo en el tórax le había quitado la vida, repartiendo chorros de sangre alrededor del agujero como si una piedra hubiese partido un espejo. Del pecho hacia abajo todo era sangre; del pecho hacia arriba, el rigor mortis de un hombre al que había amenazado de muerte. La miraba. Sus vidriosos ojos no tenían vida; sin embargo, se mantenían fijos en el rostro de la melenuda pálida.


            —¡No es cierto! —Zulema lloró, y más, cuando vio que su madre —su difunta madre— yacía a un metro escaso del cadáver de su marido, con las piernas a desnivel, como si se hubiese roto la cadera. Pero no, la había quitado la vida otra bala. Su ombligo había sido perforado con un limpio disparo. La sangre que escurría, con la tripa tan hinchada, simulaba la lava que baja de un volcán en erupción.


            Se atrevió a mirar su rostro; era como un balón de rugby en horizontal, con los labios contraídos y los ojos cubiertos por el alborotado cabello.


            —Asesina —dijeron las bocas de los dos cadáveres al unísono.


            —¿¿Qué?? —Zulema no sabía si asustarse más por haber cometido un crimen o porque sus difuntos padres hubieran hablado.


            Se dio la vuelta. Quería salir corriendo de allí. Sin embargo, en medio topó con su abuela. Miró su frente entre gritos de espanto, de la que seguía saliendo líquido rojo por un cada vez, más agrandado agujero de bala. Escupía sangre como un gaznate en una reciente traqueotomía. Podía escuchar las burbujas coaguladas que asomaban por la abertura en cada brote sangriento.


            Su cabeza se acercó a los ojos de su nieta, y esta última, la vio tan de cerca como al espanto de la mismísima muerte en vida.


            —¡ME MATASTE, SO PUTA! —gritó la vieja.


             Su ojo seco sonó como el chasquido explosivo de un misto tras prenderse contra una caja de cerillas; tras esto, el globo ocular viró, la pupila se iluminó y en ella refulgió el rostro de Zulema, gritando despavorida.


            Volvió a gritar; esta vez, despertando de la pesadilla.


 


 


*****


 


            —Solo ha sido una pesadilla, joder. —Miró al techo, respirando aliviada; después, se llevó las manos a la cara, frotando los ojos con la yema de los dedos. Sus negras uñas quedaron ocultas entre la mata de cabello que, sudoroso, se le pegó al rostro. Lo apartó de un manotazo para después incorporarse.


            Seguía vestida; el ventanuco estaba abierto.


            Joder. La pesadilla lo ha clavado.


            Tenía más aires de premonición que de pesadilla; quizá por ello, su cuerpo tembló, totalmente atacada.


            —Dime que no —intentó negarse delante de la puerta—. Dime que solo es una pesadilla.


            La fue abriendo poco a poco. Mantuvo varios segundos una escasa abertura de luz. Temía abrirla del todo.


            Cogió aire con los ojos cerrados; después, asió el pomo con fuerza y dio un brusco tirón. El pasillo se antojó libre de cadáveres; pero tan solo era el primer vistazo, faltaba bordear la esquina para llegar a la habitación de sus padres.


            Sé fuerte, Zulema.


            Caminó con sigilo, estremeciéndose con cada una de sus pisadas, donde sus tobillos protestaban con momentáneos chasquidos por una velocidad tan reducida. Parecía que iba reventado bombetas.


            Dios…


            Volvió a cerrar los ojos instantes previos a bordear el pasillo. Lo hizo, pero con la vista protegida por sus dos párpados miedosos. Cuando los abrió, tan despacio como cada uno de sus pasos, observó que, en efecto, no había sido una pesadilla, sino la verdad de un crimen atroz.


            De sus temblorosos ojos afloraron goterones de arrepentimiento y horror a la vez. Intentaba taparse la boca, abierta sin opción de cerrarla. Su pecho subía y bajaba en continuos espasmos. Lo había hecho, había llenado de plomo el cuerpo de sus padres, y ellos, aunque muertos, la miraban, acusándola de culpable con una mirada inscrita en su recuerdo para toda la eternidad.


            La abuela también era un cadáver postrado en una silla de ruedas, así la vio al dar dos pasos más, tan solo alejada unos metros de las otras dos víctimas. Podría decirse que había muerto como un pajarito de no ser por el descomunal boquete de su frente, agujereada mortalmente en dos escandalosos pliegues.


            Zulema volvió a gritar, sintiendo que sería la próxima, que su corazón desbocado no aguantaría semejante horror. Pero entonces se dio cuenta de que faltaba uno, y que si también había acabado con la vida de su pequeño hermano, lo más probable sería que su corazón sí se detuviera para siempre. Eso sí que no se lo perdonaría jamás.


            Esta vez no mantuvo la calma. ¿Para qué? Se presentó en la habitación de Dani y abrió la puerta sin miramientos. La cama estaba vacía; abierta, pero vacía. Los peluches, presidiendo el dormitorio, parecían observarla, también con mirada acusatoria.


            Escuchó un tenue quejido, un lamento que no quería ser delatado. Venía de abajo, de debajo de la cama.


            Zulema se acercó, agarró el edredón que pendía, lo estrujó en su puño y lo levantó de un solo movimiento. Agachó la cabeza para mirar por debajo. Y allí, con las manos cubriéndose su pequeño rostro desencajado, se escondía Dani. Estaba vivo.


            La chica lloró más; tal vez de alivio a pesar de no tener perdón de Dios. Sin embargo, el pequeño estaba a salvo.


            —¡No te acerques! —gritó el niño—. ¡Eres mala!


            La joven vio que su hermano tenía el teléfono inalámbrico al lado, momento en que sus ojos se abrieron como dos auténticos portones. Tres golpetazos en la puerta la sacaron del meditabundo pensamiento.


            —¡Policía! ¡Abra la puerta inmediatamente!


            Lloró más, pero no había remedio. Abrió.


 


 


*****


           


            Zulema levantó las manos y las puso encima de la cabeza, entregándose sin oponer resistencia.


            —El niño está bien —informó en estado de shock. Se había tranquilizado de repente, pero lo cierto es que no tenía fuerzas para llorar más—. Está debajo de la cama.


            Dos agentes corrieron a la habitación mientras otro la esposaba. Leyó sus derechos en lo que los dos policías sacaban al niño.


            —Jefe, no mire la carnicería del pasillo —informó uno—. Mejor no.


            —Andando, venga —empujó a Zulema.


            Tras dos pasos, se dio la vuelta para mirar a su hermano, escondido entre las piernas de uno de los agentes. Las lágrimas volvieron a completar el blanco seco de sus ojos, rellenándolos de arrepentimiento.


            —Circula —Volvió a empujarla el jefe de la unidad.


            Entraron en el ascensor.


 


 


*****


 


La detenida, con las muñecas unidad por los grilletes, intentaba no derramar la tila que sorbía. El humo le recordaba al boquete que perforó en la frente de su abuela. Vio su rostro aviejado deformarse entre la marea líquida que navegaba por el vaso de plástico. Lo soltó en el acto, con repulsión y terror.


            —¡No maltrates lo que se te ofrece, muchacha! —gritó el comisario dando un puñetazo en la mesa. La joven, aún en estado de shock, dio un respingo—. Da gracias que te doy de beber. —Zulema agachó la cabeza—. Has cometido un triple crimen, no sé si eres consciente de ello. —La chica tenía las imágenes de los cadáveres grabadas en la cabeza. Los recordaba, ensangrentados, acusándola, y cómo los amenazó antes de cumplir su promesa—. ¡Contesta! —vociferó el comisario. Dejó caer los puños encima de la mesa a la vez que se incorporaba. La acusada se estremeció. Lo miró con fijeza, con ojos temblorosos, pero conscientes de que veía a un hombre malhumorado, y que no tendría piedad con ella—. Eres una asesina. —La última palabra caló muy hondo en su cabeza, con tanta profundidad, que por un momento el rostro del comisario se triplicó, dando paso al de su padre, acusándola, con los ojos vidriosos que la miraron aun en muerte; al de su madre, cubierto por el cabello, formando dos lánguidas capas alborotadas, y también diciéndole que era una asesina. Y a su abuela, una vez más con el ojo muerto y el que conservaba la vida, esa que ella se encargó de quitarle. Después, tras un ligero pestañeo, volvió a ser el hombre que la interrogaba, malhumorado y a punto de perder la paciencia.


            —No sé lo que me pasó —dijo la chica. Volvió a agachar la cabeza.


            —¿No? —ironizó el comisario—. Yo te lo explicaré. —Se acercó a ella. Abrió la solapa de su traje y sacó una pistola—. ¿Ves esto? —preguntó. Ella miró.


            »Cogiste una como esta —siguió diciendo—, la que tu padre —mi oficial de policía— guardaba en su mesilla. —Daba vueltas alrededor de ella—. Si no estaba cargada, solo tuviste que hacer esto. —La cargó de un limpio movimiento—; si lo estaba, tan solo apuntar, así. —La apuntó. La chica se vio con el arma entre ceja y ceja. Tembló—. Y disparar, disparar sobre tu padre, tu madre y tu abuela. Eso se llama matar.


            —Eso ya lo sé.


            —¡¿Entonces por qué cojones me dices que no sabes lo que hiciste?! —Fijó nariz con nariz con la detenida. Parecía un rabioso buldog.


            —Po…por.


            —¡¿Por qué?! —presionó.


            —¡Porque no lo sé! —gritó ella—. ¡No lo recuerdo! —El comisario escuchaba—. Recuerdo que los amenacé. —Él carraspeó—. Dije que los iba a matar; se lo dije a los tres. —Empezó a llorar—. Después me encerré en la habitación, puse música y me quedé dormida. Desperté sobresaltada. Salí a por agua y… Empecé a tener visiones.


            —¿Se te apareció el Papa de Roma? —Se burló el comisario—. ¿Tal vez San Pedro, abriendo las puertas del cielo a los cadáveres de tu familia?


            —¡Le estoy hablando en serio! —protestó ella.


            —¡Deja de joderme ya, muchacha! —gritó—. Los mataste, ¡les quitaste la vida! Apretaste el gatillo. ¡Punto final!


            —Quise hacerlo, pero le juro por lo más sagrado que no recuerdo cómo lo hice. —Hizo una pausa para mirarle a los ojos—. Le estoy diciendo la verdad.


            El comisario se acercó al amplio cristal que Zulema tenía detrás. Hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y automáticamente entraron dos agentes.


            —Llevadla al calabozo, y que pase el pequeño.


            Así lo hicieron.


           


 


 


*****


 


            El niño entraba en la sala de interrogatorios.


            —Hola, campeón —le dijo el comisario—. No estarás asustado, ¿verdad? —El pequeño no respondía, solo le miraba—. Bueno, bueno… —Le sentó en la silla y él se fue a la suya—. A ver, hijo —siguió—. Ahora tienes que portarte bien y contestar a todo lo que te pregunte, ¿vale? —Dani asintió—. ¿Viste a tu her…?


            —Zulema es mala —espetó el niño —El comisario se detuvo—. Ha hecho pupa a mis papás y a mi yaya.


            —Ya lo sé, hijo, por eso quie…


            —Con la pistola de mi papá —volvió a interrumpir.


            —¿Dónde estabas tú cuando hizo eso tan malo?


            —Me escondí en mi cuarto —constató—. Me dio mucho miedo, me asusté mucho y me encerré.


            —Necesito que me digas lo que viste, hijo, todo lo que recuerdes.


            —La pistola de papá hizo “pum” —El niño reprodujo el sonido con la boca y extendió los brazos, simulando una gran explosión—, y mamá se cayó al suelo.


            —¿Fue tu madre la primera en… morir? —Le costó decirlo.


            —Papá se acercó y la pistola volvió a hacer “pum” —siguió el niño. Al comisario le valió la respuesta. Sin quererlo, le confirmó que la madre fue la primera—. Mi papá hizo un sonido con la garganta, como cuando bebe cerveza en la comida y mamá le dice que es un cochino, pero fueron varias veces seguidas, y con mucha tinta roja en la barriga. —El comisario apuntaba. Dani le describía la agonía a la perfección.


            —¿Y la abuela? —preguntó.


            El pequeño miraba la sala, balanceándose en la silla.


            —¿Qué hizo la abuela? —insistió.


            —Eso lo tiene Zulema en su habitación. —Señaló un altavoz al fondo—. Cuando escucha música suena mucho y no deja oír nada. A papá siempre le duele la cabeza, pero ella se encierra y la pone más alta.


            —Muy bien —dijo el adulto, algo desesperado—. Dime, hijo, ¿qué hizo la abuela?


            —Lloró.


            —¿Lloró mucho?


            —Sí, y me dijo que no tuviese miedo, que no pasaba nada.


            —Y después, ¿qué pasó?


            —La pistola hizo pum otra vez, y me miró con cara de miedo.


            Entró una oficial de policía. Se acercó al comisario, susurrándole algo al oído.


            —¡¿Qué dices?!


            Ella no dijo nada más, miró a Dani con los brazos cruzados.


            —Repite eso que has dicho —le dijo a la mujer.


            —Que Colás y su mujer tienen disparos en la tripa, la misma altura que, en vertical, simula la cabeza de la anciana, exactamente unos centímetros menos que la altura de Dani.


            El niño miraba.


            —¿Y qué me quieres decir con eso? —El comisario se cabreaba.


            —En la pistola no hay huellas de Zulema.


            —Ella es muy mala —dijo el pequeño.


            —Lo sabemos, hijo —le calmó él al ver que el niño estaba nervioso.


            —Es muy pero que muy mala —dijo la mujer—. Las hermanas tienen que ayudar a sus hermanos pequeños, pero a ti no te ayudó, ¿verdad, cariño? No quiso salir a ayudarte a disparar.


            —No, ella no me vio con la pis… —Se detuvo, blanco—… tola.


            El comisario se incorporó, al borde del paro cardiaco. Miró a su oficial.


            —La abuela lleva más de ocho años sin hablar —le dijo—. Colás sufría mucho por ella, por eso no le pudo decir nada al niño. Eso, el insistir que Zulema es muy mala y que los cuerpos presenten más o menos la misma altura, me lo confirma todo.


            —Pe… —Él casi no podía hablar.


            —Zulema no escuchó ni los disparos ni los gritos de sus padres porque tenía la música a todo volumen —siguió diciendo ella—. Además, es más fácil que los cuerpos se resistieran al ver a su hijo pequeño con un arma que si llega a haber sido ella. La sorpresa paraliza más. A ella la temían, podían intuirlo; con Dani no.


            El niño salió corriendo, directo a abrir la puerta. El comisario fue detrás.


            —¡Ella es mala, muy mala! —gritó, llorando—. ¡Fue ella!


            Entraron dos agentes.


            —Llevadlo a… —Se detuvo—. Lleváoslo, por favor.


            El niño gritaba por el pasillo mientras se lo llevaban en volandas.


            —¡Me lo dijo el fantasma de mi armario, él quería que Zulema tuviese la culpa porque la odia!


            El comisario se derrumbó. No podía creerlo, pero era tan real como la vida misma. Dani disparó el arma, les quitó la vida a sus padres y a su abuela.


            —Joder…


 


 


 


*****


 


            —No me lo puedo creer —dijo Zulema cuando la dejaron libre—. Es… es…


            —Increíble, pero cierto —finalizó la oficial.


            La joven agachó la cabeza.


            —¿Qué le harán a Dani? —preguntó, llorando.


            El comisario respiró antes de decir:


            —Irá a un centro de menores; cuando tenga dieciocho años, no lo sé.


            Zulema siguió llorando.


            —Dijo algo del fantasma de su armario —volvió a decir el comisario.


            —Sí —dijo la chica—. A mí me lo ha dicho muchas veces. La culpa la tengo yo por meterle miedo. Me encantan las películas de terror, y una vez Dani me vio viendo una de una casa encantada en la que se cometieron varios asesinatos, y después, se repetía lo mismo con los nuevos inquilinos.


            »Como en mi casa también hubo asesinatos en el pasado, le asusté diciéndole que pasaría lo mismo; y ahora… Pues, eso.


            —Cierto —dijo el comisario—. Olvidé que en tu casa se cometió un asesinato, hará como veinte años.


            —¿Un tal Félix? —preguntó la oficial, ceñuda.


            —No, no fue Félix. Ay, cómo se llamaba el tipo…


            —Óscar —confirmó Zulema.


            —¡Exacto! —gritó él—. Un tal Óscar, sí. Un demente en toda regla.


 


 


*****


 


Dani lloraba en la celda. No era habitual ver a niños entre rejas, pero en el fondo, era un criminal.


            Cesó el llanto cuando vio una sombra. Al mirar, sus párpados se levantaron más de la cuenta.


            —¡Óscar! —gritó—. ¿Vienes a salvarme?


            —Lo has hecho muy mal, Dani —le dijo el fantasma de su armario, una enclenque y larguirucha silueta—. Te han descubierto.


            —Yo no quería. La poli rubia me descubrió. —El niño lloró.


            —Todo iba bien. Los mataste y culpaste a tu hermana, a quien odio por creerse tan terrorífica, pero te han pillado, niño, y eso lo tienes que pagar.


            »Intenté echarte una mano al poner delante de ella a todos los fantasmas y así convencerla de que era la asesina; sin embargo, te has ido de la lengua y la has cagado…


            —¿Qué me pasará? —preguntó, sin dejar de llorar.


            —Ahora tú serás el fantasma del armario —le dijo—. Heredarás mi maldad, y al próximo que ocupe tu casa (nuestra casa) le dirás que termine con su familia.


            —¿Y viviré en el armario?


            —Sí, pero muerto.


 


 


*****


 


Doce años después…


           


           


            —Has asesinado a toda tu familia —le dijo el comisario (un nuevo comisario) a un joven de no más de doce o trece años—: a tus padres, a tu hermano, y a tu abuelo.


            —Sí —rio el muchacho.


            —¡Sinvergüenza! —le gritó—. ¿Tienes el valor de reírte? No entiendo qué se le puede pasar por la cabeza a una persona para cometer una atrocidad así.


            —Solo cumplí una orden.


            —¿Ah, sí?


            —Sí. Me lo ordenó Dani, el fantasma de mi armario.


                                                                                                               José Losada