lunes, 23 de enero de 2017

"Un roto para un descosido" Laura Martín



Rebeca llegó a casa, se despojó de los zapatos, tirándolos de cualquier manera en la entrada, y se sentó frente al ordenador. Llevaba todo el día esperando ese momento, en el trabajo casi no se había podido concentrar. Tuvo tentaciones de entrar en el twitter, muchas, pero su jefe era de los que estaba todo el día encima, y no pudo escaparse ni un momento del Call Center.

Esperó impaciente a que la pantalla cobrara vida, y clicó en el Google Chrome antes de tiempo, provocando que le saliera el círculo junto a la flecha que indicaba que aún se estaba cargando. Sus tripas se movieron (demasiadas horas sin comer). Pero tenía que contestar al mensaje directo que le había llegado de @Lordrubencio. Desde el móvil no pensaba responder;  entre los nervios, el corrector y sus dedos de elefante, podía escapársele algo indebido, y no quería causar mala impresión.

Era el primer hombre que había querido conocerla en esa red social. Sus amigas siempre le aconsejaban que pusiera otra foto, o que usara el Photoshop al menos. Pero ella no quería engañar a nadie: era difícil de ver (fea era una palabra que no le gustaba). ¿De qué le servía que centenares de chicos le tiraran los trastos si lo hacían motivados por una imagen falseada?

Pero Rubén era diferente, estaba por encima de toda esa superficialidad. Se preguntaba cuál sería su aspecto. Su avatar reflejaba la sombra de un hombre con sombrero de copa, frac y bastón; era misterioso, activaba su imaginación. No esperaba que fuera como Brad Pitt, pero en su mente era atractivo, por supuesto.

Empezó a teclear, frenética, intentando no parecer desesperada, pero mostrándose accesible. Él le había propuesto una cita para el fin de semana. Por lo visto, tenía previsto acercarse a Madrid.

Aceptó, pletórica, pensando en llamar a su amiga Sara para que la acompañara de compras (quería estar presentable). También iría a la peluquería, se daría color y pediría que le modernizaran el corte. En tres días no le daría tiempo a adelgazar demasiado, pero Sara era una maestra disimulando imperfecciones con los modelitos.

—Unos leggins negros con una camisola ancha disimulará que no tienes cintura; unas mechas estratégicas que den volumen óptico a tu cabello disimulará tu falta de pelo –le aconsejó por teléfono, excusándose por no poder auxiliarla en la renovación.

—¿Crees que le gustaré? ¿Que no se asustará?

—A ver, Rebe, ha visto la foto.  Si con eso no se ha asustado ya…

—Vaya, gracias –alegó ofendida.

—No seas tonta, mujer, lo digo en el buen sentido. Seguro que le encantas. Siempre hay un roto para un descosido.

Rebeca puso los ojos en blanco. Odiaba esa frase. ¿Qué narices quería decir?, ¿que era una causa perdida?, ¿alguien que no merecía sino las sobras de lo que las guapas no querían?

Se despidió enfadada y desmoralizada. Empezaba a pensar que lo de la cita a ciegas no era una buena idea.


*****


Rubén tarareaba La lista de la compra de La Cabra Mecánica y María Jiménez mientras conducía despreocupado. Estaba impaciente por conocer en persona a Rebeca, una mujer que parecía cumplir todas sus expectativas. Esperaba gustarle; se había puesto sus mejores galas. La llevaría a cenar al Camoatí, un restaurante de inspiración argentina que le costaría una pasta, y por el que había tenido que rogar mesa al no haber reservado con la antelación suficiente. No había buscado hotel.  Esperaba invitación, la verdad; y si no, volvería a Campo de Criptana con el rabo entre las piernas (literalmente). Pero eso no pasaría, Rebeca sería considerada; era casi dos horas de viaje. Además, pasaría a buscarla a Leganés, lo cual sumaría otra media hora al trayecto para llevarla hasta el mismísimo barrio de La Latina.

Una vez llegado al destino, aparcó, añadiendo más minutos de rodaje al coche, y se dirigió a la Plaza Mayor, frente al Ayuntamiento: su punto de encuentro.

Allí estaba, colosal, única. Le gustaban las mujeres grandes, de curvas generosas. Sus devaneos adelante y atrás revelaban su impaciencia.

Como no tenía ni idea de cuál era su aspecto, aprovechó la ventaja para observarla a su antojo. Llevaba el pelo más corto y cuidado que en la imagen que le había eclipsado. ¿Se lo habría arreglado para él? Decidió poner fin a su agonía y se puso a su lado, a traición, intentando que ella no le viera aproximarse.

—Hola, Rebeca.

La mujer se giró, asustada, vulnerable.

—Hola, Rubén –dijo, tímida, con una sonrisa a medias.

—Encantado. –Rubén le cogió la mano y se la besó, haciendo una ligera reverencia y sin dejar de mirarla a los ojos—. ¿Llevas mucho rato esperando?

—Acabo de llegar –alegó en un susurro.

Rubén sonrió, complacido. Parecía nerviosa, y eso, sin duda, era buena señal. La noche se ponía interesante.

Rubén no estaba mal, aunque un poco mayor para ella. Tenía el pelo canoso, un punto a su favor porque era algo que le parecía muy sexy, pero también muy larguirucho; parecían la gorda y el flaco. Y vestía como su padre, lo cual restaba un poco; sin embargo en el cómputo total, estaba aceptable.

El sitio al que la había invitado no iba mucho con su estilo, pero apreciaba el esfuerzo. Se notaba que quería impresionarla. La comida era buena, sí, aunque no muy abundante; el provolone con tomates secos y miel que pidieron de entrante le había dado apenas para un diente.

—Pero bueno, ¡menuda sorpresa!. –Sara, su amiga, estaba de pie frente a su mesa, haciendo un reconocimiento visual intenso a Lordrubencio.

—Este es Rubén, y ha venido desde Ciudad Real –dijo, nerviosa, sin saber muy bien por qué había añadido lo último.

—Vaya, sí que se ha molestado… –Sara fingió sorpresa—; ¿lo ves? Siempre hay un roto para un descosido. –Sara giñó un ojo a su amiga, que enrojeció de vergüenza ante el comentario—. Que paséis buena noche. Ya me contarás.

Rubén esperó a que el cuerpo esbelto de su amiga desapareciera por la puerta, en la que le esperaba un flamante chico de pelo rubio, cual Barbie y Ken.

—¿Quién era esa estirada?

—Una amiga. –Las mejillas le ardían. Si pudiera chiscar los dedos y desaparecer…

—Pues menudas amigas te gastas.

A Rebeca, que se sentía humillada y hundida, le resbaló una lágrima por la mejilla.

—No llores, preciosa. Tu caballero te vengará. –Rubén le guiñó un ojo, consiguiendo sacarle una sonrisa. Tenía razón, no merecía la pena. Disfrutarían la velada, y que les quitaran lo bailado.


*****


La noche con Rubén había sido maravillosa, intensa. Era un amante dedicado, que la había subido al séptimo cielo. Claro que solo tenía una experiencia con la que comparar, pero ni de lejos. La cama estaba revuelta, hacía un rato que se había marchado alegando asuntos importantes. No se imaginaba qué tendría que hacer un domingo, pero no puso objeciones, no quería agobiarle. Quizá solo había querido de ella su cuerpo…Se rio ante tal pensamiento; no podía ser, para eso le hubiera salido más barato pagar a una prostituta en su pueblo.

La tenía intrigada. Después de hacer el amor le había pedido su biografía al completo, indagando en su amiga Sara. ¿Le habría gustado más que ella? En fin, si era así, perdía el tiempo.

Se levantó para darse una ducha, tarareando la canción de Life is life de Opus.



*****


Un hombre tenía que hacer lo que tenía que hacer por su mujer: defenderla a capa y espada, amarla, protegerla. No iba a dejar que nadie la lastimara. Estaba hasta el infinito y más allá de aguantar desprecios de gente que, por su físico, se creía mejor. En el colegio había tenido que soportar motes por sus orejas de soplillo. Dumbo, le llamaban; en el instituto, había sido El Pértiga. Hacía tiempo que la sed de venganza se había despertado en él, y no dejaba pasar ni una.

Había entrado sin dificultad, la puerta no era de seguridad. Pero bueno, siendo cerrajero profesional, ninguna se le hubiera resistido. Revisó la casa con sigilo, comprobando que fuera cierto que, a esas horas, no hubiera nadie. Según Rebeca, los domingos pasaba el día con sus padres. Aprovechó la soledad para fisgar sus fotos. Era una chica muy atractiva, pero también prepotente y soberbia; él le bajaría los humos. No haría nada drástico, al fin y al cabo, su mujer hablaba con cariño de esa tal Sara, y su intención no era disgustarla, sino que las tornas se cambiaran.

Se escondió bajo la cama y esperó con la jeringuilla en la mano. Era una suerte ir siempre preparado en el coche. En un principio pensó que, si Rebeca resultaba ser de esas que despreciaban a los que no entraban dentro de sus cánones de belleza, lo usaría con ella para obtener lo que deseaba, que el viaje bien valía un rato de desahogo. Pero, al resultar ser una dama inteligente y servicial, le sobraba para su obra maestra. Lo iba a bordar.


*****


Cuando la madre de Sara le contó lo sucedido, no se lo podía creer. ¿Qué clase de desalmado llenaría de cicatrices ese rostro que parecía esculpido por el mismísimo Miguel Ángel? No quería ni pensar la angustia que debía haber pasado su amiga al mirarse en el espejo por la mañana.

Y su melena, larga, sedosa, rubia, cortada a trasquilones. Quien hubiera hecho aquello no tenía perdón.

El timbre del telefonillo del portal sonó.

—Hola, amor. –La voz de Rubén le sacó una sonrisa. ¿Amor? Bueno, iba demasiado rápido, pero tampoco tenía edad para perder el tiempo. ¿Acaso no había regresado ayer a su casa?

Rebeca abrió la puerta, confundida. A ver si había dado con un acosador…

—Hola, lucerito, he venido a buscarte. Una bella dama no debería dormir en una cama fría.

—¿Has venido a pasar la noche? –La mujer parpadeó perpleja, todavía sujetando la puerta, indecisa. Era todo tan surrealista...

—He venido a llevarte a mi castillo, princesa. –Rubén dio un paso hacia ella y la besó en los labios.

—Pero, yo trabajo mañana…—Rebe cerró y miró a su pretendiente, que había entrado con confianza, como si se conocieran de años.

—¿Trabajar? Conmigo no lo necesitarás. –El hombre le cogió las manos, con un brillo de esperanza en la mirada.

—Yo…tengo que pagar la hipoteca. Sí que necesito trabajar. –La mujer se soltó y se dirigió al salón a sentarse, esas cosas no se podían hablar en el pasillo. Además, le parecía que se estaba mareando. ¿Ese hombre hablaba en serio de vivir juntos? Por favor, ¡ni siquiera ella estaba tan desesperada!

—Vamos, palomita, te haré feliz. Sabes que sería capaz de cualquier cosa por ti. –Se sentó a su lado, insistiendo en sostenerle las manos.

Empezó a ponerse nerviosa, no era capaz de procesar su petición tan rápido. Para una vez que conocía a alguien, y tenía que estar majareta perdido.

—A ver, Rubén, tú me gustas, y mucho, pero nos conocemos de una noche.

—No necesito saber más de ti. Eres la mujer de mis sueños.

¿La mujer de sus sueños? Toda esa cursilería no iba con ella. Solo pedía un hombre vulgar, que quisiera echar un polvo dos veces a la semana, que dejara los calzoncillos sucios por el suelo y, de vez en cuando, se corriera alguna juerga con sus amigos, lo que tenían todas las mujeres de su quinta. ¿Era exigir demasiado?

—Mira, creo que estás yendo demasiado deprisa. Necesito tiempo –mintió. El encanto de Lordrubencio se había acabado para siempre.

—¿No te gusto?, ¿no te parezco suficiente hombre? –Rubén se levantó, airado, con los ojos a punto de salirse de las órbitas.

Rebeca se asustó, no le gustaba la forma en que la miraba.

—Eres igual que tu amiga: superficial, vacía; pero tú eres mía ya, para siempre. –Rubén sacó una jeringa del bolsillo de su chaqueta.

Rebeca no tenía escapatoria. En un segundo comprendió quién le había hecho aquello a Sara, y supuso también lo que le esperaría a ella, o puede que algo peor. Pensó rápido en una solución, mientras el hombre se acercaba hacia ella. Siempre le habían dicho que tenía mucha psicología…

—No necesitas eso para que sea tuya.

—No intentes engañarme, no soy estúpido.

Rebeca cambió su mueca de terror en un gesto lascivo, al tiempo que se quitaba con sensualidad la camiseta.

—Cómo me pone un hombre que es capaz de cualquier cosa por su mujer.

Rubén parpadeó, observando cómo ella se acercaba y apartaba la jeringuilla a un lado, antes de acariciarle el torso hasta bajar a la bragueta de su pantalón.

—Hazme tuya, llévame presa a tu castillo. Seré tu esclava si lo deseas. –Rebeca pensó que sonaba convincente, aunque por dentro estaba como un flan.

—¿En serio lo dices?, ¿vendrás conmigo?

—Al fin del mundo.

Rubén se metió la inyección en el bolsillo y cogió a su mujer por la cintura, arrimándola a su cuerpo, permitiendo que sintiera toda su virilidad. Ella se frotó, melosa, ofreciendo su boca para que él la tomara. Después de un intenso beso, se echó para atrás y se quitó el sujetador, con los ojos fijos en su amante, tirándolo al suelo con picardía. Rubén, con la vista nublada por el deseo, se acercó a ella y le besó los pechos con glotonería. Ella se dejó hacer, permitiría que usara su cuerpo; y fingiría, no le quedaba otro remedio.


*****


La policía ya se había ido, por fin había terminado su calvario. A Lordrubencio le esperaban unos años en la cárcel. No había sido fácil, pero se las ingenió para ofrecerle un café postcoital cargado de somníferos. En un principio había pensado en clavarle la jeringa, pero era la prueba que le incriminaría en lo sucedido con Sara, así que decidió no tocarla. Y ella, ¡quién se lo hubiera dicho!, relajada después de una tarde que, después de todo, había sido placentera.

Pero, lo que más le impresionaba, era los pensamientos que tenía respecto a su amiga; el regocijo al saber que ya no se girarían a mirarla por la calle cuando pasearan juntas. Eso de que la belleza está en el interior era una falacia, pensó la mujer. Ver veríamos si el Ken pensase también lo del roto y el descosido…

16 comentarios:

  1. Buen relato, Laura��������

    ResponderEliminar
  2. Madre mía!! Que miedo, jeje. Muy bueno, Laura. ¡Vaya tensión!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Nunca se sabe quién está al otro lado del teclado...¡Gracias, Lety!

      Eliminar
  3. Tu niña, pero maléfica, ¿eh? ¡Gracias, princesa!

    ResponderEliminar
  4. Muchas gracias por todos los comentarios :)

    ResponderEliminar
  5. He flipado con este relato. Es muy intenso y tiene de todo. Me gusta tu forma de expresarte; se nota que has escrito con comodidad y eso se agradece. Felicidades

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, Sandra. Tus palabras siempre me animan a seguir escribiendo.

      Eliminar
  6. Muy bueno. Me encanta la estructura que has utilizado.

    ResponderEliminar