lunes, 2 de enero de 2017

"La pastorcilla y la foto" Yazmina Herrera


El 6 de diciembre, como cada año, Mar y sus nietos colocaron el viejo árbol artificial con las luces de años anteriores, aunque algunas no encendían; y las bolas de Navidad desteñidas por el uso. No había dinero para gastar en unos nuevos adornos. El árbol tenía un aspecto triste, pero la abuela no dejaba que decayera el ánimo, así que sacó las figuritas del belén.

Los niños, emocionados, ayudaron a su abuela. Colocaron el buey, la mula, la virgen, el niño… y la pastorcilla de falda verde y blusa celeste. Era la figurita favorita de la abuela, y no dejaba que nadie la tocara, solo ella. Todos en aquella casa lo sabían, y por eso trataban a la pastorcilla con mucho mimo.

Aquellas navidades no iban a ser normales, las cosas en aquella casa estaban bastante revueltas. La situación económica no estaba muy bien, con todo lo de la crisis a duras penas llegaban a fin de mes. Sin embargo, Mar, no iba a permitir que sus nietos se quedaran sin Navidad, por lo que desde julio había reservado parte de su pensión para comprar los regalos de esas navidades. Todo ello sin que su hija se enterase, ya que ella lo controlaba todo en aquella casa.

Esa noche, cuando todos dormían, algo extraño sucedió: un haz de luz se posó en la pastorcilla. La figurita cobró vida y pudo moverse por primera vez. Ella miraba desconcertada cómo sus brazos y sus piernas se movían; no se podía creer lo que pasaba. No sabía si asustarse o reír de felicidad, pues podía saltar, caminar y hablar. Se llevó las manos a la boca nada más escucharse su voz. Aquello era asombroso.

Así que corrió por el belén, intentando charlar con el resto de figuritas, pero ella era la única que había cobrado vida. Las zarandeaba y les gritaba para que se movieran y hablaran como ella; sin embargo, ninguna lo hacía, todo era en vano. El resto de figuras no corrieron la suerte de ella y, desesperada, rompió a llorar hasta que oyó una voz que provenía de ese haz de luz que le dio vida.

-No llores, pastorcilla. No debes llorar, pues la Navidad tienes que hacer llegar a esta familia, pero recuerda: nadie debe saber que tienes vida.

Tras aquellas palabras, el haz de luz desapareció y la pastorcilla se quedó con la palabra en la boca, sin poder pedirle una explicación de lo que quería decir. Simplemente se quedó con las últimas palabras, de tal modo, que no le quedó otra que volver al lugar donde la abuela la había puesto y fingir que aquello nunca había ocurrido.

Al día siguiente, las dudas de la pastorcilla fueron resueltas al oír una fuerte discusión entre la abuela, Mar y su hija. Esta última había descubierto varios regalos que la abuela había reservado a sus nietos para el día de Reyes. Al verlos, y aprovechando que los niños estaban en el colegio, empezó a gritarle a su madre, pues tras un cálculo mental, allí había unos 200 euros gastados en juguetes. Dinero que había guardado por si lo necesitaban más adelante.

El caso no quedó en los simples gritos de la hija, la abuela no se contuvo y también gritó. Los vecinos podían oír los gritos, y no tardaron de atar cabos de los motivos de la fuerte discusión entre madre e hija. La cosa no acabó ahí, ya que la hija no se detuvo y registró la habitación de su madre, buscando tickets para recuperar el dinero.

Lo que comenzó siendo una discusión, acabó con un bofetón de la madre hacia la hija, por registrar sus cosas. Las lágrimas no tardaron en salir, aunque la expresión de asombro fue la primera en ambas, ya que desde niña no le ponía la mano encima a su hija. La cosa se puso fea y la pastorcilla se entristeció con lo ocurrido, ya que sigilosamente se había acercado hasta la habitación de la abuela y lo había presenciado todo.

Los ánimos en aquella casa se ennegrecieron. Ni madre ni hija se hablaban, ni siquiera cuando los niños estaban delante. Ambas permanecían calladas y evitaban cruzar palabra y miradas. El ambiente se enraleció de tal manera que la situación amenazaba con destruir la Navidad.

La pastorcilla, abatida por la circunstancia, corrió al portal para pedirle consejo al niño (a la figurita que lo representaba), a ese símbolo que daba fe y esperanza a todos los corazones. No obtuvo respuesta. Ella era la única que podía hablar y moverse, por lo que se escondió de todo y de todos. No quería ver nada ni a nadie, estaba demasiado triste para poder quedarse quieta y fingir.

La abuela, al pasar delante del belén, se dio cuenta de que su figurita no estaba. La buscó por todas partes y no la encontró. Preguntó a sus nietos y yerno, pero éstos no sabían nada. La figurita no aparecía y dio por sentado que fue su hija la que la tenía como castigo por el bofetón.

El sentimiento de culpabilidad era tal que no pudo preguntarle por ella, pues en el fondo sabía que había obrado mal y que su comportamiento no tenía excusas; y, en el fondo, su hija tenía razón: la comida antes que los juguetes. Pero eran sus nietos y ella no podía dejarlos sin regalos la noche de Reyes.

La pastorcilla, que era muy avispada, sabía que la abuela la buscaba y se le ocurrió una idea para acercar a madre e hija. Así que se colocó delante de una foto de ambas que había en el aparador del pasillo. La hija tendría unos doce años, y estaba junto a su madre en la playa. Se colocó en la misma postura que había tenido siempre, cuando vio acercarse a la hija.

Cuando la hija la vio, se quedó desconcertada, pues aquel no era su sitio. La pastorcilla rio por dentro cuando la hija la cogió y la miro sorprendida. No pudiendo evitar mirar la foto que estaba detrás y sonreír ante los recuerdos que despertaba su mente. Con una media sonrisa, de la cual no podía deshacerse, devolvió la figurita a su lugar en el belén. La abuela lo vio todo pero no dijo nada. Ni ella al toparse con la mirada de su madre. Ante tal situación, la pastorcilla se desmoralizo al ver su poca efectividad.

Los días siguientes la cosa siguió igual. Ambas no se dirigían la palabra, aunque se miraban a hurtadillas, pero ninguna daba un paso para arreglar todo aquello. Por otro lado, la pastorcilla no paraba de lloriquear a todas horas, suplicando al haz de luz que le devolviera a su estado natural. Ella no quería estar viva, no quería sentir toda la tristeza que se vivía en aquella casa. Era más feliz antes.

Sus ruegos no fueron escuchados.

Una noche, como las anteriores, corrió al portal y, arrodillándose delante del niño Jesús, le pidió que le ayudará. Como cada noche, la única voz que se oía en el belén era la de ella, lloriqueando. Cuando se cansó de rogar, regresó a su posición, con la cabeza hundida en los hombros por toda la pena que sentía.

-No te rindas, sigue intentándolo. Eres la única que puede salvar la Navidad.

La pastorcilla miró a todos lados buscando el haz de luz; era su voz, la recordaba perfectamente. No halló nada, solamente la oscuridad de aquella casa que se cernía tras las palabras de esperanza que oyó.

Tras aquellas palabras, decidió intentarlo una vez más. Había visto cómo aquella foto había conseguido algo con la hija, así que su objetivo iba ser Mar.

Lo hizo igual que la vez anterior: desapareció. La abuela, al no verla, la buscó; y al no hallarla, le preguntó a su hija, pensando, tal y como ocurrió la otra vez, que había sido ella la que tenía la figurita. Era la primera vez en el día que se hablaban sin recelo ni gruñidos. La hija se sorprendió y ayudó a su madre en la busca de su figurita favorita.

Después de mucho buscar, la abuela se desesperaba y la pastorcilla consideró que era el momento de salir de su escondite y colocarse delante de la foto para que Mar la encontrara.

Unos segundos después, madre e hija, ambas al mismo tiempo, encontraron a la pastorcilla. Entrañadas se miraron, pues habían pasado por delante de aquel aparador varias veces y no habían visto la figura antes. Mar cogió a la pastorcilla, y su hija, la foto, sonriendo ambas al recordar.

-¿Te acuerdas, mamá?

-Claro -sonrió, llenándose sus ojos de emoción al recordar-, cariño. Ese día fue muy especial. Cumplías doce años.

Las diferencias y las hostilidades de días pasados quedaron a un lado. Hasta la pastorcilla, que tardó en regresar a su lugar en el belén, lo notó al momento. Pues los recuerdos de aquel día llenaron la casa. Con las emociones de ambas a flor de piel, las disculpas y el cariño de madre e hija resurgieron, dejando a un lado lo pasado.

Tras una conversación larga, sin reproches ni exigencias por ninguna de las dos, Mar fue hasta su cajón y le entregó a su hija los tickets de los juguetes encargados a los Reyes Magos, y un poco de dinero que le había sobrado de lo ahorrado. Su hija la abrazó y se negó a aceptarlo. Era el dinero de su madre, y entendía por qué lo había hecho. La familia era lo primero y las facturas y los problemas debían quedar a un lado en estas fechas.

La abuela no se quedó con eso y, con el dinero, fue al supermercado y compró lo necesario para que aquellas navidades pudieran ser más o menos normales, además de comprar algún detalle para su hija y para su yerno en el día de Reyes, dejando a su hija con el dinero suficiente para pagar las facturas que le agobiaban cada mes.

La pastorcilla, que era testigo de todo aquello, no podía estarse quieta. Su felicidad era máxima en aquella casa, donde la paz y el amor habían regresado al reconciliarse madre e hija.

Todas y cada una de las noches, la figurita se iba al portal y, arrodillándose ante el niño, le daba las gracias por ser espectador del amor de aquella casa. Sabía que el haz de luz fue quien le dio vida, pero el niño Jesús se lo diría, de eso estaba segura.

La noche de Reyes, el haz de luz regresó para convertirla nuevamente en figurita, pero ella no quería, deseaba conocer a los Reyes Magos; los niños no habían parado de hablar de ellos durante aquellos días y sentía su emoción. El haz de luz le concedió el deseo y esperaron.

Un ruido la alentó que ya estaban allí. Con mucha emoción, se escondió detrás de otras figuritas para ver expectante el momento en el que aparecieran sus majestades.

Unas sombras y unas voces envolvieron la oscuridad de la casa y unos paquetes fueron dejados donde se encontraban los zapatos.  

La pastorcilla apenas pudo ver nada, pero la magia de esa noche y la emoción de los niños le inundaron, recordando para siempre aquellas navidades en las que le dieron vida, amor y esperanza.

Moraleja: los problemas vienen y van, pero la familia y el amor deben quedarse siempre entre nosotros.

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