lunes, 31 de julio de 2017

Relatos de verano: El fantasma de mi armario

Empecé a crear historias a los doce años (en papel, en la cabeza las llevo creando desde que vine al mundo; y algunas hasta me las creo y todo). En dos meses cumplo... Ya no estoy seguro si quince o dieciséis años, pero por ahí ando (año arriba año abajo). Gente que me lee piensa o cree que llevo desde esos doce años (y me estoy dando cuenta ahora mismo que los que voy a cumplir son catorce) escribiendo relatos de terror, y que soy, por lo tanto, escritor de terror. Dos cosas: ni me considero escritor ni escribo solo terror. He repetido hasta la saciedad que gente que escribe hay mucha, pero escritores muy pocos. Hoy en día todo el mundo que escribe un par de relatos ya se define como escritor, y siento mucho el que yo tenga que venir ahora para romper su ilusión (lo siento en el alma, pero para que te llamen escritor tienes que pasarte muchos, pero que muchos años escribiendo, reescribiendo, corrigiendo lo escrito, repetirlo, volver a escribirlo y repetirlo más, siempre y cuando además lo acompañes con una buena lectura diaria. Ahí quizá ya se te pueda empezar a llamar aprendiz de escritor. A mí me quedan como... Bueno, quizá cuando me acuerde de los años que tengo sabré los que me quedan para convertirme en escritor; de momento, seguiré siendo un creador de historias.
       Y no solo escribo terror. A esos doce años empecé escribiendo un libro de artes marciales en donde dibujé (otra de mis aficiones. Pero tampoco soy dibujante, sino creador de bocetos) técnicas de defensa personal. Lo titulé "El libro que enseñaré a mi hijo". Por aquel entonces no tenía ordenador. Cogí un taco de folios, los doblé y fui escribiendo y dibujando lo que acabo de explicar. Me quedan los cinturones, los diplomas y alguna que otra lesión de recuerdo. Lo que es el libro... Algo queda, muy distinto es que se distingan los dibujos. Parecen posturas extra del Kamasutra...
       Después de ese libro, escribí dos sobre ilusionismo: uno de cartomagia y otro de mentalismo (pero tampoco soy mago, sino creador de ilusión); y entre estos tres, empezó a nacer "El día a día de una vida", lo que hoy se conoce (cuatro personas) como "El diario de un fracasado". Después del primer borrador, empecé con los de amor. Miento, ya que los empezó a escribir Santiago Bernal, muerto recientemente (que Dios lo acoja en su seno, o en donde quiera). Aún no he explicado la muerte de Bernalito, pero a pesar de que me encanta extenderme -como podéis comprobar- ahora no viene al caso (otro día con más calma).
       En 2006, y después de una larga noche de trabajo atendiendo enfer... Ups. Los niños de quince años no trabajan en el psiquiátrico, ¿no? (Mecachis... A ver cómo arreglo esto).
       En 2006, y después de una larga noche estudiando para un examen de segundo de primaria, nació el primer relato de terror (¡¡Bieeeeen!! Sacad las manos esas que dan palmadas en WhatsApp), y desde ese día hasta hoy los sigo escribiendo y compaginando con los de amor, hasta que decidí que Bernalito tenía que espicharla.
       El caso es que estas treinta y una líneas anteriores (treinta y una y treinta y uno. No sé de qué me suena esto) son para decir que lo siguiente que vais a leer es un relato de terror (lo siento. Hay personas que tardamos más que otras en explicarnos. En mi familia las mujeres han fumado siempre mucho durante el embarazo. Mi madre nunca, pero ya lo llevaba en la sangre).
       Fuera bromas. He escrito todo esto para decir que son muchos los años que llevo escribiendo historias, pero que la que vais a poder leer ahora fue una de las más aclamadas en mi blog personal (de las más aclamadas de las mías. Conocerla la conocerán ocho o diez personas, y la aclamaron dos, y una de ellas fue mi madre).
       De verdad. Es una de las historias que más miedo ha creado a los lectores de mi blog. Hay unas cuantas más, pero no sé, quizá cuando la leáis estéis de acuerdo con ellos. Yo no opino sobre lo que escribo, no me pertenece. Escribo, leo los comentarios y callo. Lo que sí diré es que a la gente le suele gustar mucho cuando escribo sobre ancianas, y este tiene a una.
       Doy tanta lata con este relato porque es uno de los que dentro de pocos meses aparecerá en una recopilación que he titulado "Año de terror", y quiere decir que ahora podéis leerlo antes de que se publique (o volver a leerlo). Me lo quisieron comprar en su día y me negué para poder incluirlo en el libro mencionado, así que aprovechad y leedlo. Algunos me lo han intentado copiar, y no solo este. Lo más curioso es que muchos son alumnos de este taller, y tuve que darles un azote por niños malos (aprovecho para volver a decirlo y a ver si este año dejan de copiar el estilo del profesor, sus historias y su todo. Está prohibido copiar a nadie. Los que copian no aprenden, y cuando se trata de literatura, quedan a la altura del betún porque demuestran no tener ideas propias... Ya se lo seguiré repitiendo en clase).
      Durante el mes de agosto podréis leer relatos en este blog, tanto míos como de la gente del Cibertaller. Lo he llamado "Relatos de verano" (volved a sacar las palmas de WhahtsApp que me he roto la cabeza de tanto pensar), aunque el mío se desarrolla en invierno. Podréis leer uno a la semana (o algo así).
      Espero que os guste, que paséis mucho miedo (creo que no, pero hay algo. El relato tiene un no sé qué que qué se yo, y al menos espero que os entretenga) y que estéis para dentro de dos meses, cuando empiece el cuarto Cibertaller y cumpla mis diez años.
      ¡Gracias!






El fantasma de mi armario


 


El reloj estaba a punto de marcar las 21:30, hora en que Dani se acostaba todas las noches. A sus casi diez años de edad era incapaz de dormirse si su madre no le contaba un cuento. Leía de todo, y pasaba horas enteras enfrascado en libros de aventuras, cómics y revistas de animación. De vez en cuando le robaba a su hermana alguna novela de terror, y aunque nunca la terminaba, sí se estremecía, rogando después a su madre para que no le apagase la luz.


            Si miraba hacia la balda donde tenía colgados los peluches, tal vez el payaso asesino cobrase vida, bajase y pusiese punto final a su existencia, posiblemente abriendo una boca descomunal, mostrando sus dientes amarillentos al contraste de dos dibujados y ensanchados labios rojos. Todo se teñiría de oscuro, la penumbra lo envolvería —aunque preferiría envolverse entre las sábanas— y el muñeco le daría cristiana sepultura en un abrir y cerrar de ojos, aunque los suyos estuviesen cosidos con aguja e hilo; si miraba bajo la cama, era muy posible que allí, agazapado, anduviera escondido un monstruo, y que este le agarrase de los tobillos, tirase de él hacia abajo y, después, mientras el pequeño Dani clavaba las uñas en el hule del suelo, lo desgarrase a la vez que la criatura mortífera lo conducía al lugar de las pesadillas reales, camino de la muerte prematura.


            Por ello jamás terminaba de leer las novelas de su hermana; pero la curiosidad podía con él, y aunque fuese hojear alguna página, no conseguía frenar sus impulsos y terminaba cayendo en la trampa.


            El niño no había leído nada de terror por la tarde; sin embargo, no era capaz de dormirse sin pensar en ello antes. Había perdido la oportunidad de aterrorizarse por unos minutos, y las noches de pasar miedo eran las mejores para él. Se podría llamar “masoquismo del sueño”, ese que consiste en torturar al subconsciente para que los sueños se conviertan en imágenes de locura, como delirios incrustados en el cerebro.


            —Te veo muy intranquilo, Dani —le preguntó su madre—. ¿Qué te ocurre?


            —Tengo pis —anunció el pequeño, muy nervioso.


            —Pues ve a hacerlo antes de meterte en la cama.


            —Pero… —Agachó la cabeza; después se tocó los dedos para luego llevárselos a la boca y morderlos.


            Su madre dejó de deshacer la cama y se acercó a él. Arrodillándose para quedar a su altura, le dijo:


            —¿Qué pasa, cielo?


            —Tengo miedo —reconoció.


            —Ah. O sea, que tienes pis y miedo ¿no? —Se burló—. Lo tienes todo. —Le revolvió el cabello.


            —Acompáñame, mamá. Porfa.


            Le miró unos instantes. Fue sonriendo poco a poco, cruzada de brazos, hasta que cedió.


            —Venga, anda.


            Fueron hacia el servicio.


 


 


*****


 


            Zulema entró en casa dando un portazo.


            —Oye, ¿qué haces, hija? —le preguntó su madre mientras llevaba a Dani al servicio.


            —¡Nada! —gruñó.


            —¿Cómo que nada? Acabas de dar un golpe con el que casi tiras la casa.


            —¡Vaya! Ya apareció la exagerada —Zulema hacía gestos de burla—. No me jodas, vieja, ¿ok? Tengamos la fiesta en paz.


            —Mamá, me hago mucho pis —dijo el pequeño, con las rodillas juntas y las manos en la vejiga.


            —Ahora vamos, tesoro.


            —Atiende al enano, no sea que se mee encima, anda —respondió la adolescente a la vez que se quitaba el abrigo y lo tiraba al suelo.


            —Recoge la cazadora, Zulema —exigió su madre —La joven cantaba—. ¿No me oyes? He dicho que reco…


            —¡Que te pires, joder! —Hizo que su madre diese un respingo—. Te oigo de sobra, aquí la que está un poco teniente eres tú, igual que la abuela.


            —Deja a la abuela.


            —Sí, hala… Ve con tu suegra y con tu niño pequeño, y me hacéis el favor de encerraros en el baño y no volver a salir jamás. ¿Estamos? —Los ojos de la madre luchaban por no soltar lágrimas—. O no, algo mucho mejor: meteos en la taza del váter y tirad de la cadena. —Levantó los dos pulgares. Ese gesto, añadido a la sonrisa mascando chicle, confirmó su desvergüenza.


            —¿Qué pasa aquí?


            —La jodimos —Soltó la chica—. Éramos pocos y parió la abuela, y nunca mejor dicho, porque sí te parió ¿no, papá?


            —¿Qué le pasa? —le preguntó él a su mujer.


            —Ha dado un portazo y ha empezado a contestarme mal. No viene normal.


            —Habrá estado fumando mierda en el portal con el melenudo de su novio… —El padre se mordió los labios—. Déjame que mire tus pupilas.


            —¿Por qué no mejor me miras el coño? —Hizo el gesto de levantarse la falda.


            —¡Zulema! —gritó la madre.


            —¿Qué, hija, QUÉ? —Se burló la joven—. ¿Te da miedo en pleno siglo XXI? ¿O te da miedo que tenga el chirri mejor que el tuyo?


            La cara de Zulema giró después de que su madre le estampase en ella los cinco dedos de su mano. La joven la miró, levantando la cabeza muy despacio y con una sonrisa que hizo temblar a sus dos progenitores. Serió el rostro antes de decir, con un tono de voz susurrante:


            —Hija de perra. —Se llevó la diestra a la parte dolorida; masajeó la zona afectada y, como si el demonio acabase de entrar en ella, alimentando su cuerpo de ira, saltó en busca de su madre, gritando y con las manos alrededor de su cuello.


            —¡Maldita vieja asquerosa! —Enseñó los dientes, los que apretaba al mismo tiempo que asomaban por los huecos pompas de saliva. Sus ojos eran dos perfectas bolas azuladas en compañía de un sinfín de venas inyectadas en sangre.


            —¡Suelta a tu madre, hostias! —El padre la apartó. Zulema se dio en la espalda contra el tabique del pasillo. Se quejó, bufando.


            —¿Qué… qué has hecho, hija? —preguntó su madre, tosiendo e intentando pasar el mal trago. Le dolía la garganta.


            —¿Estás bien, cariño? —preguntó su marido. Ella asintió.


            —Te voy a matar —anunció la joven—. Y a ti también. —Señaló al padre. Después, miró al fondo, adonde se dirigió con paso firme.


            La lánguida abuela, sentada en una silla de ruedas, sin poder dejar de mover el brazo y la boca a causa del párkinson, miró a su nieta mientras esta se acercaba para decirle:


            —Y a ti también.


            La anciana la miró. Llevaba años sin poder hablar. Solo entendían sus ojos, angustiados y tan pequeños como dos botones. En uno de ellos tenía la retina seca, pero con el que más veía, contemplaba a la adolescente con ganas de querer decir: ¿Qué le pasa a tu cabeza?


            —A tu habitación, Zulema. ¡Ahora! —vociferó el padre. Ella se dio la vuelta y, ante el asombro de todos, obedeció—. Esto no quedará así.


            —Claro que no —respondió desde el umbral—. Esta noche cogeré tu pipa de poli novato y os mataré.


            Cerró la puerta. Lo siguiente que escucharon sus padres, la abuela y Dani, fue el retumbe de la cadena de música.


            —Puff… ¿Qué vamos a hacer con ella, Colás? —le preguntó su mujer.


            —No lo sé, la verdad —Se llevó las manos a la cabeza—. De momento, cenar. Mañana hablaremos con ella.


            Miraron a Dani, a quien le escurría una mancha por el pantalón del pijama.


            —Oh, vaya… —exclamó la madre.


            —Me hice pis, mamá —dijo el pequeño.


            —Ya lo veo. Jo… —Protestó—. Venga, ven a la habitación, que te cambio.


            Colás se acercó a ver a su madre, postrada en aquellas ruedas que les ayudaban a desplazarla por la casa.


            —¿Está bien, madre? —Acarició su delicado pelo canoso con mucha suavidad a la vez que hablaba. La anciana parecía querer decir que sí; sus ojos habían cambiado. Su hijo la besó en la frente.


            —Vamos a comer algo, madre.


            Se la llevó a la cocina.


            —Dichosa música…


            Zulema bailaba en la habitación.


 


 


*****


 


            —Te has vuelto muy cómodo, Dani —le dijo su madre. El niño estaba sentado encima de la cama, desnudo—. Esto ya tendrías que hacértelo tú.


            —Me da miedo.


            —¡Venga ya! ¿También te da miedo vestirte? ¡No digas tonterías, Daniel, por favor!


            El niño se asustó. Nunca había visto así a su madre. La miraba a punto de llorar.


            —Perdóname, cielo. —Le besó—. Mamá hoy está un poco…


            —Ha sido por lo de la tata, ¿verdad?


            La madre asintió.


            —Es mala. —El pequeño agachó la cabeza, moviendo sus piernecitas.


            —No es mala, cariño, solo es que… A ver —Intentó explicarse—. Cuando una persona va creciendo, empieza a cam…


            —Es mala. —Levantó la cabeza para decirlo con seguridad y firmeza—. Me lo ha dicho Óscar.


            —¿Óscar? —se sorprendió la madre—. ¿Quién es Óscar?


            —El fantasma de mi armario.


 


 


*****


 


            —Colás —le dijo su mujer—, el niño está diciendo unas cosas muy raras. Me preocupa.


            —Tonterías de niño pequeño, seguro —respondió mientras calentaba la sopa—. Quien debería preocuparte es la mayor.


            —En serio —siguió su mujer—. Habla de un tal Óscar.


            —¿Óscar?


            —Sí, dice que es el fantasma que vive en su armario.


            —¿Ha vuelto a coger algún libro de Zulema? A veces le he pillado leyéndolos. La literatura de terror no es buena para un crío de diez años.


            —No lo sé. No le he visto ninguno en la habitación.


            —A ver. —Se metió un cacho de pan en la boca y acudió al dormitorio de su hijo.


            —Ya te digo que no he visto nada —volvió a decir la mujer.


            —Si te habla del armario, lo más seguro es que lo esconda aquí. —Lo abrió.


            —¿Hay algo?


            Colás respondió enseñando una novela.


            —El fantasma de Canterville, de Oscar Wilde… ¿Te quedas más tranquila?


            —Sí, ya sí —aseguró—. Fantasma y Óscar.


            —Blanco y en vasija —añadió él—. Ya te digo que quien debe preocuparte es Zulema.


            —Sí. Ahí sigue con la música.


            —Ya se cansará.


            —Oye, ¿y qué tiene que ver el armario con lo del fantasma? Fantasma y Óscar, sí. Pero, ¿de dónde ha sacado lo del armario?


            —Simplemente imaginación de un niño. Pero también, para que te quedes más tranquila, Zulema tiene la novela Cujo, de King. El principio habla de un niño que teme al monstruo del armario.


            —Vale, te haré caso.


            Colás sonrió.


            —Mira, por ahí viene el miedoso —dijo refiriéndose a Dani—. Venga, a la cama, cagueta.


 


 


*****


 


Zulema se despertó bajo el manto oscuro de la noche. Cuando se acostó había luz y en la cadena de música cantaban los “melenudos pálidos”, así se refería a ellos su padre. Que ella fuese gótica tampoco acompañaba mucho a la convivencia con sus padres. La veían con la cara embadurnada de blanco, los labios y los ojos negros, y vestida toda de oscuro, como si fuese de luto permanentemente.


            Seguía de oscuro, envuelta en la penumbra de la noche. La ventana de la habitación se había abierto dando la bienvenida a un helador viento de diciembre.


            —Joder… —protestó la joven, frotándose sus hombros desnudos. —Llevaba una camiseta negra de tirantes sobre una capa fina de seda con florecillas negras. Eso y nada era lo mismo cuando se trataba de soportar frío.


            Cerró el viejo ventanuco de madera. Ella misma lo quería así, sin cambios. Llevaba años siendo del mismo material; pero siempre dijo que de su habitación se encargaba ella, y que los ataúdes de colección —uno de un metro y medio de largo, empotrado en la pared y con una vampiresa pintada saliendo de él— los pañuelos de calaveras y los pósters, no los tocase nadie.


            Sus padres acataron la orden.


            Una vez que selló la ventana —a excepción de una abertura por la que siempre, quisiera o no, entraba frío— se miró de arriba abajo, extrañándose de seguir vestida.


            Ya tendría que tener puesto el pijama. Dios… El canuto me ha hecho flipar en colores y no coscarme de nada.


            ¿Qué la despertó? No sabía; pero sí tenía constancia de haber abierto los ojos sobresaltada. Era muy posible que el golpetazo de la ventana contra la pared tuviese mucho que ver (o así lo creía ella)


            —Tengo sed —se dijo—. Auch… Mierda. —Se llevó las manos a la frente—. No bebí nada, pero en mi cabeza hay gente clavando estacas, joder.


            Entrecerró los ojos en señal de protesta. La mueca de sus labios confirmaba su disconformidad con el dolor de sesera.


            Se dirigió a la puerta, la abrió y salió al pasillo. No tuvo cuidado de no despertar a sus padres.


            Que se jodan, yo no madrugo.


            Se adentró en la profundidad del pasillo. Desde el inicio parecía un largo y estrecho camino infinito, pero no era tanto como parecía. La cocina se hallaba hacia la mitad.


            Entró.


            Abrió la nevera en busca de una botella de agua. Desenroscó el tapón y bebió un trago como si jamás antes la hubiese probado. Chascó el paladar. Nada más rico que el agua cuando se tiene sed.


            Volvió a dar otro trago, y mientras su garganta se helaba bajando por ella la marea fresca, sus oídos dieron la señal de alerta, lo que hizo que se pusiese en guardia.


            —¿Qué es eso? —Quedó con la botella en la mano y una cara de incomprensión digna de inmortalizar el momento.


            Sonaba a arrastre, como si algo chocase contra la alfombra del pasillo e hiciese esfuerzos por hacerse presente.


            —Qué raro… —pensó. Tenía el mismo gesto en el rostro que cuando el dolor de cabeza le había dado el primer aviso.


            Se dirigió a la entrada. El sonido se acercaba, y lo que fuera que fuese, también.


            Asomó parte de la cabeza con sigilo, precavida.


            Nunca se sabe.


            La asomó del todo cuando vio que se trataba de su abuela.


            —¡Qué susto me ha dado la vieja!


            La anciana se desplazaba con su silla de ruedas, solo que con sobreesfuerzo, ya que los ruedines delanteros tropezaban con la alfombra. Llevaba su postura habitual: manos crispadas y el tembleteo de cabeza.


            —A ver, abuela, que no son ho… —Zulema se detuvo al instante. Tragó los restos de saliva fresca que merodeaban por su boca, antes de que esta misma bajase por la garganta provocándole un molesto pinchazo, igual que si la tuviese seca.


            —Es… es imposible. ¿Có… cómo puede mover la silla sin utilizar las manos? Ella nunca puede desplazarse sola.


            Pero la anciana lo hacía, y con seguridad. Su cabeza cayó de pronto, de un plumado. La nariz le pegó en el pecho. Su nieta solo veía el cogote medio calvo dando botes por culpa de la velocidad que, inexplicablemente, llevaba la silla.


            —¿Qué está pasando aquí? —Se heló sin necesidad de pasar frío, ya que su cuerpo entero era como un nicho en pleno invierno.


            La abuela llegó hasta ella; la silla frenó en seco y la anciana rebotó en el asiento. Mantenía la cabeza gacha, sin embargo, la mano izquierda —la mala— continuaba moviéndose, como siempre. En la coronilla se formó un punto rojo; a continuación, fue extendiéndose por toda ella, creando una mancha colorada. Los pies —los que llevaba sin mover ocho años— comenzaron a abrirse, tanto, que consiguieron un perfecto ángulo de 180º.


            —¡Se van a romper! —vociferó la joven en pleno pasillo, alterada por completo.


            Y se rompieron. Chascaron como dos ramas viejas de árbol. El tobillo asomó, dejando ver las astillas incrustadas en la herida abierta. Zulema se vio urgida a abrir la boca, pero para no poder cerrarla más (al menos de momento)


            La vieja no se quejó. No obstante, se irguió de repente. Levantó los párpados como nunca, y hasta consiguió balbucear, con unos labios perfectos, lisos y sin la mueca torcida que siempre tenían. Pero a Zulema todo esto  no le llamó tanto la atención como ver el boquete que su abuela tenía en la mitad de la frente. Se trataba de un orificio de bala, del que escurría algo de sangre y no dejaba de humear.


            La chica chilló cuando a través de él pudo ver el final del pasillo como si mirase por la mirilla de una puerta.


            Salió corriendo en dirección al dormitorio de sus padres, el cual se hallaba nada más dar la vuelta al pasillo.


            —Es un sueño. ¡Una jodida pesadilla!


            Frenó. Vio a sus progenitores, pero no en la habitación, sino fuera, en el suelo, y ambos sin vida.


            Mientras los miraba, un amplio charco de sangre se acercó a la suela de sus botas, chocando contra ellas.


            —Pe…pe…


            Su padre tenía la camisa ensangrentada. Un disparo en el tórax le había quitado la vida, repartiendo chorros de sangre alrededor del agujero como si una piedra hubiese partido un espejo. Del pecho hacia abajo todo era sangre; del pecho hacia arriba, el rigor mortis de un hombre al que había amenazado de muerte. La miraba. Sus vidriosos ojos no tenían vida; sin embargo, se mantenían fijos en el rostro de la melenuda pálida.


            —¡No es cierto! —Zulema lloró, y más, cuando vio que su madre —su difunta madre— yacía a un metro escaso del cadáver de su marido, con las piernas a desnivel, como si se hubiese roto la cadera. Pero no, la había quitado la vida otra bala. Su ombligo había sido perforado con un limpio disparo. La sangre que escurría, con la tripa tan hinchada, simulaba la lava que baja de un volcán en erupción.


            Se atrevió a mirar su rostro; era como un balón de rugby en horizontal, con los labios contraídos y los ojos cubiertos por el alborotado cabello.


            —Asesina —dijeron las bocas de los dos cadáveres al unísono.


            —¿¿Qué?? —Zulema no sabía si asustarse más por haber cometido un crimen o porque sus difuntos padres hubieran hablado.


            Se dio la vuelta. Quería salir corriendo de allí. Sin embargo, en medio topó con su abuela. Miró su frente entre gritos de espanto, de la que seguía saliendo líquido rojo por un cada vez, más agrandado agujero de bala. Escupía sangre como un gaznate en una reciente traqueotomía. Podía escuchar las burbujas coaguladas que asomaban por la abertura en cada brote sangriento.


            Su cabeza se acercó a los ojos de su nieta, y esta última, la vio tan de cerca como al espanto de la mismísima muerte en vida.


            —¡ME MATASTE, SO PUTA! —gritó la vieja.


             Su ojo seco sonó como el chasquido explosivo de un misto tras prenderse contra una caja de cerillas; tras esto, el globo ocular viró, la pupila se iluminó y en ella refulgió el rostro de Zulema, gritando despavorida.


            Volvió a gritar; esta vez, despertando de la pesadilla.


 


 


*****


 


            —Solo ha sido una pesadilla, joder. —Miró al techo, respirando aliviada; después, se llevó las manos a la cara, frotando los ojos con la yema de los dedos. Sus negras uñas quedaron ocultas entre la mata de cabello que, sudoroso, se le pegó al rostro. Lo apartó de un manotazo para después incorporarse.


            Seguía vestida; el ventanuco estaba abierto.


            Joder. La pesadilla lo ha clavado.


            Tenía más aires de premonición que de pesadilla; quizá por ello, su cuerpo tembló, totalmente atacada.


            —Dime que no —intentó negarse delante de la puerta—. Dime que solo es una pesadilla.


            La fue abriendo poco a poco. Mantuvo varios segundos una escasa abertura de luz. Temía abrirla del todo.


            Cogió aire con los ojos cerrados; después, asió el pomo con fuerza y dio un brusco tirón. El pasillo se antojó libre de cadáveres; pero tan solo era el primer vistazo, faltaba bordear la esquina para llegar a la habitación de sus padres.


            Sé fuerte, Zulema.


            Caminó con sigilo, estremeciéndose con cada una de sus pisadas, donde sus tobillos protestaban con momentáneos chasquidos por una velocidad tan reducida. Parecía que iba reventado bombetas.


            Dios…


            Volvió a cerrar los ojos instantes previos a bordear el pasillo. Lo hizo, pero con la vista protegida por sus dos párpados miedosos. Cuando los abrió, tan despacio como cada uno de sus pasos, observó que, en efecto, no había sido una pesadilla, sino la verdad de un crimen atroz.


            De sus temblorosos ojos afloraron goterones de arrepentimiento y horror a la vez. Intentaba taparse la boca, abierta sin opción de cerrarla. Su pecho subía y bajaba en continuos espasmos. Lo había hecho, había llenado de plomo el cuerpo de sus padres, y ellos, aunque muertos, la miraban, acusándola de culpable con una mirada inscrita en su recuerdo para toda la eternidad.


            La abuela también era un cadáver postrado en una silla de ruedas, así la vio al dar dos pasos más, tan solo alejada unos metros de las otras dos víctimas. Podría decirse que había muerto como un pajarito de no ser por el descomunal boquete de su frente, agujereada mortalmente en dos escandalosos pliegues.


            Zulema volvió a gritar, sintiendo que sería la próxima, que su corazón desbocado no aguantaría semejante horror. Pero entonces se dio cuenta de que faltaba uno, y que si también había acabado con la vida de su pequeño hermano, lo más probable sería que su corazón sí se detuviera para siempre. Eso sí que no se lo perdonaría jamás.


            Esta vez no mantuvo la calma. ¿Para qué? Se presentó en la habitación de Dani y abrió la puerta sin miramientos. La cama estaba vacía; abierta, pero vacía. Los peluches, presidiendo el dormitorio, parecían observarla, también con mirada acusatoria.


            Escuchó un tenue quejido, un lamento que no quería ser delatado. Venía de abajo, de debajo de la cama.


            Zulema se acercó, agarró el edredón que pendía, lo estrujó en su puño y lo levantó de un solo movimiento. Agachó la cabeza para mirar por debajo. Y allí, con las manos cubriéndose su pequeño rostro desencajado, se escondía Dani. Estaba vivo.


            La chica lloró más; tal vez de alivio a pesar de no tener perdón de Dios. Sin embargo, el pequeño estaba a salvo.


            —¡No te acerques! —gritó el niño—. ¡Eres mala!


            La joven vio que su hermano tenía el teléfono inalámbrico al lado, momento en que sus ojos se abrieron como dos auténticos portones. Tres golpetazos en la puerta la sacaron del meditabundo pensamiento.


            —¡Policía! ¡Abra la puerta inmediatamente!


            Lloró más, pero no había remedio. Abrió.


 


 


*****


           


            Zulema levantó las manos y las puso encima de la cabeza, entregándose sin oponer resistencia.


            —El niño está bien —informó en estado de shock. Se había tranquilizado de repente, pero lo cierto es que no tenía fuerzas para llorar más—. Está debajo de la cama.


            Dos agentes corrieron a la habitación mientras otro la esposaba. Leyó sus derechos en lo que los dos policías sacaban al niño.


            —Jefe, no mire la carnicería del pasillo —informó uno—. Mejor no.


            —Andando, venga —empujó a Zulema.


            Tras dos pasos, se dio la vuelta para mirar a su hermano, escondido entre las piernas de uno de los agentes. Las lágrimas volvieron a completar el blanco seco de sus ojos, rellenándolos de arrepentimiento.


            —Circula —Volvió a empujarla el jefe de la unidad.


            Entraron en el ascensor.


 


 


*****


 


La detenida, con las muñecas unidad por los grilletes, intentaba no derramar la tila que sorbía. El humo le recordaba al boquete que perforó en la frente de su abuela. Vio su rostro aviejado deformarse entre la marea líquida que navegaba por el vaso de plástico. Lo soltó en el acto, con repulsión y terror.


            —¡No maltrates lo que se te ofrece, muchacha! —gritó el comisario dando un puñetazo en la mesa. La joven, aún en estado de shock, dio un respingo—. Da gracias que te doy de beber. —Zulema agachó la cabeza—. Has cometido un triple crimen, no sé si eres consciente de ello. —La chica tenía las imágenes de los cadáveres grabadas en la cabeza. Los recordaba, ensangrentados, acusándola, y cómo los amenazó antes de cumplir su promesa—. ¡Contesta! —vociferó el comisario. Dejó caer los puños encima de la mesa a la vez que se incorporaba. La acusada se estremeció. Lo miró con fijeza, con ojos temblorosos, pero conscientes de que veía a un hombre malhumorado, y que no tendría piedad con ella—. Eres una asesina. —La última palabra caló muy hondo en su cabeza, con tanta profundidad, que por un momento el rostro del comisario se triplicó, dando paso al de su padre, acusándola, con los ojos vidriosos que la miraron aun en muerte; al de su madre, cubierto por el cabello, formando dos lánguidas capas alborotadas, y también diciéndole que era una asesina. Y a su abuela, una vez más con el ojo muerto y el que conservaba la vida, esa que ella se encargó de quitarle. Después, tras un ligero pestañeo, volvió a ser el hombre que la interrogaba, malhumorado y a punto de perder la paciencia.


            —No sé lo que me pasó —dijo la chica. Volvió a agachar la cabeza.


            —¿No? —ironizó el comisario—. Yo te lo explicaré. —Se acercó a ella. Abrió la solapa de su traje y sacó una pistola—. ¿Ves esto? —preguntó. Ella miró.


            »Cogiste una como esta —siguió diciendo—, la que tu padre —mi oficial de policía— guardaba en su mesilla. —Daba vueltas alrededor de ella—. Si no estaba cargada, solo tuviste que hacer esto. —La cargó de un limpio movimiento—; si lo estaba, tan solo apuntar, así. —La apuntó. La chica se vio con el arma entre ceja y ceja. Tembló—. Y disparar, disparar sobre tu padre, tu madre y tu abuela. Eso se llama matar.


            —Eso ya lo sé.


            —¡¿Entonces por qué cojones me dices que no sabes lo que hiciste?! —Fijó nariz con nariz con la detenida. Parecía un rabioso buldog.


            —Po…por.


            —¡¿Por qué?! —presionó.


            —¡Porque no lo sé! —gritó ella—. ¡No lo recuerdo! —El comisario escuchaba—. Recuerdo que los amenacé. —Él carraspeó—. Dije que los iba a matar; se lo dije a los tres. —Empezó a llorar—. Después me encerré en la habitación, puse música y me quedé dormida. Desperté sobresaltada. Salí a por agua y… Empecé a tener visiones.


            —¿Se te apareció el Papa de Roma? —Se burló el comisario—. ¿Tal vez San Pedro, abriendo las puertas del cielo a los cadáveres de tu familia?


            —¡Le estoy hablando en serio! —protestó ella.


            —¡Deja de joderme ya, muchacha! —gritó—. Los mataste, ¡les quitaste la vida! Apretaste el gatillo. ¡Punto final!


            —Quise hacerlo, pero le juro por lo más sagrado que no recuerdo cómo lo hice. —Hizo una pausa para mirarle a los ojos—. Le estoy diciendo la verdad.


            El comisario se acercó al amplio cristal que Zulema tenía detrás. Hizo un gesto de asentimiento con la cabeza y automáticamente entraron dos agentes.


            —Llevadla al calabozo, y que pase el pequeño.


            Así lo hicieron.


           


 


 


*****


 


            El niño entraba en la sala de interrogatorios.


            —Hola, campeón —le dijo el comisario—. No estarás asustado, ¿verdad? —El pequeño no respondía, solo le miraba—. Bueno, bueno… —Le sentó en la silla y él se fue a la suya—. A ver, hijo —siguió—. Ahora tienes que portarte bien y contestar a todo lo que te pregunte, ¿vale? —Dani asintió—. ¿Viste a tu her…?


            —Zulema es mala —espetó el niño —El comisario se detuvo—. Ha hecho pupa a mis papás y a mi yaya.


            —Ya lo sé, hijo, por eso quie…


            —Con la pistola de mi papá —volvió a interrumpir.


            —¿Dónde estabas tú cuando hizo eso tan malo?


            —Me escondí en mi cuarto —constató—. Me dio mucho miedo, me asusté mucho y me encerré.


            —Necesito que me digas lo que viste, hijo, todo lo que recuerdes.


            —La pistola de papá hizo “pum” —El niño reprodujo el sonido con la boca y extendió los brazos, simulando una gran explosión—, y mamá se cayó al suelo.


            —¿Fue tu madre la primera en… morir? —Le costó decirlo.


            —Papá se acercó y la pistola volvió a hacer “pum” —siguió el niño. Al comisario le valió la respuesta. Sin quererlo, le confirmó que la madre fue la primera—. Mi papá hizo un sonido con la garganta, como cuando bebe cerveza en la comida y mamá le dice que es un cochino, pero fueron varias veces seguidas, y con mucha tinta roja en la barriga. —El comisario apuntaba. Dani le describía la agonía a la perfección.


            —¿Y la abuela? —preguntó.


            El pequeño miraba la sala, balanceándose en la silla.


            —¿Qué hizo la abuela? —insistió.


            —Eso lo tiene Zulema en su habitación. —Señaló un altavoz al fondo—. Cuando escucha música suena mucho y no deja oír nada. A papá siempre le duele la cabeza, pero ella se encierra y la pone más alta.


            —Muy bien —dijo el adulto, algo desesperado—. Dime, hijo, ¿qué hizo la abuela?


            —Lloró.


            —¿Lloró mucho?


            —Sí, y me dijo que no tuviese miedo, que no pasaba nada.


            —Y después, ¿qué pasó?


            —La pistola hizo pum otra vez, y me miró con cara de miedo.


            Entró una oficial de policía. Se acercó al comisario, susurrándole algo al oído.


            —¡¿Qué dices?!


            Ella no dijo nada más, miró a Dani con los brazos cruzados.


            —Repite eso que has dicho —le dijo a la mujer.


            —Que Colás y su mujer tienen disparos en la tripa, la misma altura que, en vertical, simula la cabeza de la anciana, exactamente unos centímetros menos que la altura de Dani.


            El niño miraba.


            —¿Y qué me quieres decir con eso? —El comisario se cabreaba.


            —En la pistola no hay huellas de Zulema.


            —Ella es muy mala —dijo el pequeño.


            —Lo sabemos, hijo —le calmó él al ver que el niño estaba nervioso.


            —Es muy pero que muy mala —dijo la mujer—. Las hermanas tienen que ayudar a sus hermanos pequeños, pero a ti no te ayudó, ¿verdad, cariño? No quiso salir a ayudarte a disparar.


            —No, ella no me vio con la pis… —Se detuvo, blanco—… tola.


            El comisario se incorporó, al borde del paro cardiaco. Miró a su oficial.


            —La abuela lleva más de ocho años sin hablar —le dijo—. Colás sufría mucho por ella, por eso no le pudo decir nada al niño. Eso, el insistir que Zulema es muy mala y que los cuerpos presenten más o menos la misma altura, me lo confirma todo.


            —Pe… —Él casi no podía hablar.


            —Zulema no escuchó ni los disparos ni los gritos de sus padres porque tenía la música a todo volumen —siguió diciendo ella—. Además, es más fácil que los cuerpos se resistieran al ver a su hijo pequeño con un arma que si llega a haber sido ella. La sorpresa paraliza más. A ella la temían, podían intuirlo; con Dani no.


            El niño salió corriendo, directo a abrir la puerta. El comisario fue detrás.


            —¡Ella es mala, muy mala! —gritó, llorando—. ¡Fue ella!


            Entraron dos agentes.


            —Llevadlo a… —Se detuvo—. Lleváoslo, por favor.


            El niño gritaba por el pasillo mientras se lo llevaban en volandas.


            —¡Me lo dijo el fantasma de mi armario, él quería que Zulema tuviese la culpa porque la odia!


            El comisario se derrumbó. No podía creerlo, pero era tan real como la vida misma. Dani disparó el arma, les quitó la vida a sus padres y a su abuela.


            —Joder…


 


 


 


*****


 


            —No me lo puedo creer —dijo Zulema cuando la dejaron libre—. Es… es…


            —Increíble, pero cierto —finalizó la oficial.


            La joven agachó la cabeza.


            —¿Qué le harán a Dani? —preguntó, llorando.


            El comisario respiró antes de decir:


            —Irá a un centro de menores; cuando tenga dieciocho años, no lo sé.


            Zulema siguió llorando.


            —Dijo algo del fantasma de su armario —volvió a decir el comisario.


            —Sí —dijo la chica—. A mí me lo ha dicho muchas veces. La culpa la tengo yo por meterle miedo. Me encantan las películas de terror, y una vez Dani me vio viendo una de una casa encantada en la que se cometieron varios asesinatos, y después, se repetía lo mismo con los nuevos inquilinos.


            »Como en mi casa también hubo asesinatos en el pasado, le asusté diciéndole que pasaría lo mismo; y ahora… Pues, eso.


            —Cierto —dijo el comisario—. Olvidé que en tu casa se cometió un asesinato, hará como veinte años.


            —¿Un tal Félix? —preguntó la oficial, ceñuda.


            —No, no fue Félix. Ay, cómo se llamaba el tipo…


            —Óscar —confirmó Zulema.


            —¡Exacto! —gritó él—. Un tal Óscar, sí. Un demente en toda regla.


 


 


*****


 


Dani lloraba en la celda. No era habitual ver a niños entre rejas, pero en el fondo, era un criminal.


            Cesó el llanto cuando vio una sombra. Al mirar, sus párpados se levantaron más de la cuenta.


            —¡Óscar! —gritó—. ¿Vienes a salvarme?


            —Lo has hecho muy mal, Dani —le dijo el fantasma de su armario, una enclenque y larguirucha silueta—. Te han descubierto.


            —Yo no quería. La poli rubia me descubrió. —El niño lloró.


            —Todo iba bien. Los mataste y culpaste a tu hermana, a quien odio por creerse tan terrorífica, pero te han pillado, niño, y eso lo tienes que pagar.


            »Intenté echarte una mano al poner delante de ella a todos los fantasmas y así convencerla de que era la asesina; sin embargo, te has ido de la lengua y la has cagado…


            —¿Qué me pasará? —preguntó, sin dejar de llorar.


            —Ahora tú serás el fantasma del armario —le dijo—. Heredarás mi maldad, y al próximo que ocupe tu casa (nuestra casa) le dirás que termine con su familia.


            —¿Y viviré en el armario?


            —Sí, pero muerto.


 


 


*****


 


Doce años después…


           


           


            —Has asesinado a toda tu familia —le dijo el comisario (un nuevo comisario) a un joven de no más de doce o trece años—: a tus padres, a tu hermano, y a tu abuelo.


            —Sí —rio el muchacho.


            —¡Sinvergüenza! —le gritó—. ¿Tienes el valor de reírte? No entiendo qué se le puede pasar por la cabeza a una persona para cometer una atrocidad así.


            —Solo cumplí una orden.


            —¿Ah, sí?


            —Sí. Me lo ordenó Dani, el fantasma de mi armario.


                                                                                                               José Losada