lunes, 20 de noviembre de 2017

La despedida (Ana Larraz/ Grupo C)



Andrés chocó contra el árbol.

El impacto hizo que todo el alcohol que llevaba en sangre desapareciera.

Notó cómo el airbag saltaba, impactándole en el pecho y que miles de cristales volaban hacia su cara.

¡No se lo podía creer! ¡Imposible que eso le estuviera sucediendo! ¡Nadie conducía mejor que él!

 

Ese era el camino a su casa, el que hacía cuatro veces al día, y acababa de estrellarse contra un pino que llevaba allí más de cuarenta años.

Estaba en medio del campo, en una carretera comarcal por la que apenas pasaba nadie. No podía echarle la culpa de su colisión a ningún otro conductor porque no lo había. Se salió de la calzada y embistió al único árbol que daba sombra en aquella solitaria vereda.

 

Empujó la puerta, que tras un pequeño forcejeo, se abrió y bajó del coche. Antes de nada, miró hacia delante en busca de ayuda, pero no vio ningún otro vehículo. Hasta los pájaros parecían haberse alejado de ese lugar; ni siquiera se les oía piar.

 

Una vez convencido de que no iba a encontrar auxilio, se sacudió los cristales que llevaba encima y, con su propia camisa, se limpió los pequeños chorros de sangre que salían de los cortes que cubrían su rostro. Comprobó que no tenía ninguna herida seria y que podía mover sus brazos y piernas sin dificultar, y entonces, solo entonces, empezó a llorar desconsoladamente mientras se lamentaba de su mala suerte…

 

No se explicaba cómo se encontraba en esa situación.

Recordó que, cuando salió del bar, tenía un fuerte dolor de cabeza; desde hacía algún tiempo había empezado a notar que los efectos del alcohol tardaban más de la cuenta en desaparecer, y que ese dolor de cabeza recurrente, siempre era después de tomarse un par de cervezas. A pesar de ello, se puso al volante y, al rato, cuando ya estaba en la carretera, de repente vio el árbol en su camino.

Se frotó con fuerza los ojos, para intentar que los puntitos de colores que veía desaparecieran. Hipó más fuerte y, sujetándose la cabeza, intentó recordar cómo había comenzado todo:

 

Se había levantado temprano, como todos los días, y casi sin desayunar —hacía una temporada que no le sentaba muy bien la comida de primera hora—, se fue a trabajar. Hacia las diez de la mañana, sintió la necesidad de tomarse una cerveza. No le importó que fueran horas de trabajo. Lo dejó todo y se fue a su bar de siempre. Pero no fue solo una caña la que consumió, hacía mucho calor aquella mañana y le apeteció otra cerveza bien fría. Al poco rato, llegó uno de sus conocidos y no le quedó más remedio que invitarle y acompañarle. Luego, el amigo quiso corresponder y él, por no quedarse atrás, le invitó nuevamente; siempre le gustaba ser quien pagara la última consumición. Su acompañante no quiso más, pero Andrés sí se bebió la cerveza que la camarera de siempre, sin preguntar, le puso delante.

—Yo sé que tú eres muy capaz de tomarte cuatro cervezas antes de las diez de la mañana —le dijo la chica mientras le rellenaba el vaso.

Y él, se hinchó de orgullo al tiempo que, sonriéndole, se bebía la quinta caña de un golpe.

Le vino a la memoria que, después de aquello, tuvo que ir a orinar y que le costó acertar en el inodoro, pero no le dio importancia. Se despidió y cogió el coche. Se le había hecho un poco tarde y le quedaba mucha tarea por delante antes de que llegara la hora de comer.

No tenía muy claro qué era lo que había pasado después, pero eso era lo de menos: había estrellado el coche de su mujer y no tenía una explicación coherente que darle, ni a nadie a quien culpar.

Pensó en decirle una mentira: que un tremendo jabalí se había cruzado en su camino y que al intentar esquivarlo había acabado en la cuneta. Quizás le creyera, aunque después de tantas medias verdades que últimamente le contaba para justificar sus ausencias, no era fácil que Isabel se tragara la trola, o que al menos, hiciera como si le creyera.

 

Miró el coche que no paraba de sacar humo. Lo había destrozado. No entendía cómo había salido sin ningún rasguño.

El morro estaba aplastado, no quedaba ningún cristal en su sitio y el airbag ocupaba el lugar donde hasta hacía unos minutos había estaba sentado él.

Al ver su vehículo, empezó a ser consciente de la gran suerte que había tenido. No tenía ningún rasguño y el accidente podía haber sido mortal. Notó el olor a gasolina quemada y, con un poco de miedo, temía que el coche pudiera estallar. Se alejó unos metros.

 

Se sentó en la cuneta mientras pensaba en su hija de tres años, a la que podía haber dejado huérfana y la de su mujer, siempre malhumorada. Imaginó la cara de decepción y tristeza que pondría su esposa, cuando él llegara a casa y le explicara lo del animal invadiendo el camino. Le dolía más intuir la pena que iba a sentir Isabel al reconocer otra nueva mentira que todos los morados que ya le estaban empezando a salir en el pecho.

 

No entendía cómo había llegado a esa situación. Él era un bebedor social. Le gustaba tomarse unas cañas con los amigos cuando salían y, ¿por qué no?, también un par de cubatas. Siempre había sido así, y cuando conoció a su ahora mujer, a ella no pareció disgustarle. Era muy ingenioso en cuanto se tomaba una cerveza…

 

La cabeza le seguía doliendo, pero estaba seguro de que ya no era solo por el alcohol, sino la sensación de asco que le estaba invadiendo. Asco de sí mismo, de ver la persona en la que se había convertido, de lo decepcionante que era su vida y del horrible futuro que le aguardaba. Notaba un martilleo insistente en las sienes que no le dejaba concentrarse.  

No era idiota. Hacía tiempo que veía que las cosas no iban bien ni en su trabajo ni en su casa. Era consciente de que su matrimonio estaba a punto de naufragar y que no le echaban de su empleo porque era el hijo del dueño. No había que ser un lince para darse cuenta de que todas las mañanas tenía que hacer un alto en el trabajo para ir en busca de una cerveza fría, y si quería ser justo consigo mismo, nunca era solo una. Y por la tarde, le sucedía exactamente lo mismo. Se veía obligado a partir la jornada por tomarse «su rubia», como le decía la camarera que también parecía conocerle, cuando se la ponía delante. En ese momento, no le hicieron ninguna gracia las palabras que le había dirigido la chica un rato antes. Se vio así mismo como lo debía ver la joven y el resto del mundo: un borracho; y no le gustó.

Por fin se acababa de dar cuenta de que, tal y como le decía Isabel una y otra vez, tenía un tremendo problema.

Notó que, a pesar del calor que hacía, estaba temblando. No conseguía tranquilizarse. Sus manos se movían sin que pudiera evitarlo, el corazón le latía aceleradamente y su respiración iba desacompasada.

Con gran esfuerzo, intentó imaginar la cara de su hija sonriéndole, mientras hacía fuerza para desacelerar su corazón, detener el movimiento de sus manos y respirar con normalidad.

El truco logró su efecto y, poco a poco, el ataque de pánico desapareció.

Andrés, más sereno, se quedó sentado allí, hasta que, en un momento dado, se limpió las lágrimas y en sus ojos apareció una pequeña luz: había tomado una decisión.

 

A pesar de tener todo el cuerpo dolorido, se levantó, y aunque sabía que su automóvil no se podía mover y que nadie lo iba a robar en aquel lugar, metió la llave en la cerradura de la puerta. Sentía que eso formaba parte de su pasado y lo quería dejar bien cerrado. Después, se puso a caminar hacia su casa.

 

Cuando dos horas más tarde llegó, se encontró a Isabel hecha un manojo de nervios, asustada por la ausencia injustificada de su marido. La niña estaba sentada junto a ella sin entender por qué lloraba su madre.

Andrés las abrazó y comenzó a contarles lo que había pasado.

No mintió.

Fue sincero y a pesar del rechazo que notó por parte de su esposa cuando dijo que había sido el alcohol el culpable de todo, siguió hablando y pidiendo ayuda.

Le rogó a su mujer que, por el amor que le había tenido, por esa hija a la que él quería ver crecer orgullosa de su padre, no le abandonara. Quería que le acompañara en el largo y difícil camino que tenía por delante para volver a ser la persona de la que ella se enamoró.

 

Isabel no lo dudó.

 

Esa misma tarde, juntos escribieron una nota en la que Andrés se comprometía a no volver a probar una gota de alcohol. Vaciaron la única botella de vino que quedaba en la casa y metieron dentro el papelito. Después, le pusieron un corcho y, los tres juntos, fueron al muelle para desde allí tirarla al mar.

En ese mensaje iban sus deseos más queridos. Era una petición de auxilio al mundo, pidiendo fuerza para poder vencer su adicción.

 

Una vez hecho eso, llevaron a su hija a casa de sus abuelos y, la pareja, más unida que nunca, se marchó a su primera reunión de alcohólicos anónimos.

jueves, 16 de noviembre de 2017

Mini relatos honoríficos 7: (El altar de la colina/ José Francisco Sastre García






Me temo que sí, señoras y señores. Al invitado de hoy también lo conozco en persona (y bastante). Fue el primer autor que consiguió hacerme leer una saga de cuatro entregas, y me es imposible olvidar a Calet-Ornay, a Dartia (sobre todo a esta. Llevo dos años soñando todas las noches con ella) y sus aventuras por el mundo Atlante… ¿Os cuento el final? Vale, seré bueno.

            Es el escritor al que más he leído (y no bromeo): los cuatro libros de la saga de Calet, el posterior de Semillas de Cthulhu, los tres o cuatro relatos de las antologías en las que aparecemos juntos y sus historias para el taller de escritura. Estuvo conmigo cuando empecé a dar clases en Ranciadolid (buena ciudad para valorar escritores, y donde abunda el compañerismo). De ahí pasé al Cibertaller.

            Me atrevería a decir que fui el primero en terminar de leer la saga de Calet, pero no estoy muy seguro. Lo que sí sé, es que José Francisco y yo aún tenemos una partida de ajedrez a medias, que la dejamos a la mitad por centrarnos en la escritura y pasar hambre…

            Es la persona que más sabe de Lovecraft (doy fe de ello), y le ha homenajeado varias veces en distintos relatos. Semillas de Cthulhu  —que además es el libro que podréis adquirir si decidís pinchar el link y darle una oportunidad— es un gran homenaje a dicho autor. Me lo leí volando, y tengo que releerlo porque la verdad es que me gustó bastante.

            “El altar en la colina” (altar que me voy a quedar sin pisar como todas las semanas siga mentando chicas como que no quiere la cosa) se basa en Galicia, y si la semana pasada os moristeis de gusto, esta lo haréis de miedo. Tiene esa parte escalofriante que tanto domina el autor. Son más de veinte años entre lecturas y escritura diaria (y se nota. Ya me lo diréis).

            Reconocería un relato escrito por él entre miles. Todos tienen ese sello “Sastre García” de estilo cuidado, culto y de calidad.

            Si el relato de hoy os gusta, pasad a mayores con Semillas de Cthulhu (no os defraudará).


            ¡Hasta la semana que viene!





EL ALTAR EN LA COLINA

 

José Francisco Sastre García

 

I

Acaba de llegar al pueblo. Se halla enclavado en la Galicia profunda, la más profunda que pueda imaginarse, una aldea perdida en medio de la nada, rodeada de colinas y bosques que la convierten en un lugar casi por completo invisible para cualquier viajero; tan sólo un camino de tierra, sin asfaltar, llega hasta ella entrando por el Sur… ¿Cómo se llama el lugar? Ah, sí, Valmeiga…

Los habitantes parecen agradables, hospitalarios, aunque de vez en cuando Raúl cree percibir en ellos una expresión de sospecha, de recelo, como si lo vigilaran, por si acaso se le ocurriera meter las narices donde no lo llaman.

Busca alejarse del mundanal ruido, encontrar un poco de tranquilidad y sosiego, y parece que lo ha encontrado por fin en este lugar abandonado de todos: compró la casa, molinera, con bodega y desván, por un precio irrisorio, un edificio antiguo situado en las afueras, si es que se puede definir así la posición de una vivienda en una población que apenas puede ser descrita como tal, ya que consta de escasamente una veintena de construcciones dispersas sin orden ni concierto, sin calles, con amplios espacios abiertos…

Por lo que respecta a las gentes, no hay duda de que son los típicos gallegos, con su hablar cerrado y a veces casi ininteligible; y, sin embargo, hay algo en ellos, algo que el recién llegado percibe pero no acaba de descubrir, una cualidad que podría denominar marina a la vez que etérea… Tal vez sea por el olor a salitre que parece flotar de forma permanente a pesar de estar tan alejada del mar. En algunos de aquellos personajes los ojos aparecen como saltones, demasiado bulbosos para su gusto, y un tanto encorvados, como si no pudieran con el peso de sus cuerpos…

Es su primer día, lo dedica a poner orden en su nuevo hogar: deshacer las maletas, colocar las cosas, hacer una limpieza inicial que tendrá que repetir más a menudo hasta que esté a su gusto, habitable…

Decide tomarse un descanso. Es media mañana, va a dedicarla a explorar los alrededores hasta la hora de la comida. Es un día de otoño, finales de octubre en concreto, un poco antes de Todos los Santos, y se va notando el frío que se cuela en el cuerpo hasta los huesos, hasta el tuétano, imposible de paliar ni con abrigos… Hay que estar muy acostumbrado a este clima para soportarlo en condiciones.

Puede ver la actividad de los agricultores, que se afanan en sus huertos y tierras, mientras los ganaderos llevan los animales a pastar, al ordeño… A pesar de todo, el ambiente parece sereno, pacífico, sin prisas ni agobios.

Sale del terreno cultivado y se encuentra en medio de arboledas vírgenes, salvajes: robledos, alisedas, abedules… Los sotobosques de acebo y otras especies son tupidos, tanto que en ocasiones le obligan a desviarse para poder continuar con sus vagabundeos.

Cuando quiere darse cuenta, se encuentra subiendo una cuesta suave hasta lo alto de una de las colinas, al sudoeste de Valmeiga. Es un lugar agreste, semipelado, en el que se alzan, anacrónicos, como dientes partidos de una gran bestia, unos restos que semejan columnas de alguna antiquísima civilización; como de costumbre, el pasado más remoto se asoma en los lugares más alejados del mundo “civilizado”… Distingue marcas semiborradas en las construcciones, señales que no identifica a pesar de tener unos conocimientos de historia antigua bastante razonables, deben pertenecer a alguna cultura ignota.

Tomándose su tiempo, pues quiere disfrutar de un escenario tan sorprendente y fascinante, se dedica a bordear el pueblo, subiendo y bajando colinas, esquivando forestas, tropezándose una y otra vez con más ruinas prehistóricas, pues ahora sabe con certeza, a juzgar por los extraños grabados que puede percibir por todas partes, que ningún pueblo de los conocidos por la Historia construyó esos restos de lo que debieron ser centros rituales. Y, a medida que avanza, alcanza por fin la cima de una colina alargada, donde en la distancia cree percibir más señales de cultura antigua, pero… Se acerca a ellas con una aprensión que comienza a aferrar su corazón en una garra gélida, entumecedora, que hace que sus pasos se vayan enlentenciendo.

Poco a poco, su ánimo se va enfriando, cayendo bajo una sombra de inquietud, una sensación de incomodidad que va aumentando para convertirse en una incertidumbre malsana que lo va frenando hasta detenerse por completo ante el sombrío escenario…

Lo que está viendo no es lo típico hasta ahora: sí, son ruinas de tiempos pasados, que conforman un círculo de unos diez metros de diámetro, en cuyo centro se yergue un altar de un metro de altura, labrado en una pieza única de piedra, granito casi seguro, con manchas oscuras, secas, que le hacen sospechar que ha sido utilizado no hace demasiado tiempo… ¿para qué? ¿Qué se ha estado haciendo en ese lugar que respira semejante aura de malevolencia, tan palpable que casi lo abofetea? ¿Qué clase de rituales se esconden en este lugar abandonado de la mano de Dios? Junto al altar, dentro del círculo, puede observar una mancha también redonda, oscura, de tierra chamuscada, de hoguera casi con total seguridad…

Su mirada se vuelve hacia la izquierda, hacia la aldea, lo que le hace sufrir un estremecimiento involuntario de temor: uno de los paisanos lo está observando con fijeza, vigilándolo con gesto desconfiado. De repente, su interés por continuar con la exploración se esfuma, se diluye como una voluta de humo, abrumado en un momento por un instinto desconocido que le grita a pleno pulmón que debería marcharse de Valmeiga cuanto antes. Desciende de la colina en dirección al campesino, que sigue contemplándolo con esa expresión extraña, inmóvil, imposible de interpretar, para a continuación, de forma inesperada, darse la vuelta y desaparecer entre las casas.

Raúl se queda parado por un momento. ¿A qué viene esa actitud? En un principio está dispuesto a alcanzarlo de una carrera y pedirle una explicación, pero, ¿para qué? No parece probable que el sujeto esté dispuesto a contarle nada de nada…

Regresa a su casa meditabundo, atravesando el pueblo por el medio, observando lo que parece una iglesia medio ruinosa, un ayuntamiento a duras penas conservado, las casas en estado decrépito… No sabe muy bien qué pensar, ahora ya no es todo tan bonito como cuando decidió huir de la ciudad para buscar el solaz y la serenidad. Parece bastante claro que esa aldea invisible oculta un secreto que sus habitantes no quieren que trascienda al resto del mundo.

Su instinto lo impulsa al cotilleo, pero como suele decirse, “la curiosidad mató al gato”. ¿Merece la pena intentar desvelar ese secreto y arriesgarse a las iras de estas gentes?

Cuando tiene ya a la vista la vivienda que ha convertido en su hogar, lo alcanza un respingo de sorpresa: esperando ante la puerta, en una inmovilidad que lo hace parecer más una estatua que un ser vivo, se encuentra un personaje que le resulta sorprendente. De una estatura desusada, largo como un junco y de una apariencia igual de flexible, sus rasgos tienen un tono bronceado que indica su permanencia durante largos períodos de tiempo al sol; cincelados como en granito, tienen una cualidad extraña, diríase arenosa, que confiere al hombre una textura insólita, y sobre todo, una falta de expresividad que impide que se pueda apreciar cuáles son sus sentimientos o emociones…

—Imagino que es usted el señor Raúl Sariegos.

Su voz, átona, carece de la más mínima inflexión: es como escuchar el raspar de una piedra contra otra, un sonido que puede resultar incluso amedrentador.

—Sí, soy yo –admite el aludido, contemplando con recelo a su interlocutor—. Y usted es…

—El alcalde de Valmeiga, Marinho Feito.

Le tiende una mano delicada, de dedos desusadamente largos, que recoge casi con asco: el tacto es áspero, como si estuviera sujetando una piedra o arena.

—Vengo a darle la bienvenida a nuestro pueblo en nombre de todos sus habitantes –anuncia sin preámbulo de ningún tipo—. Esperamos que se sienta a gusto entre nosotros, y que disfrute de su estancia.

—Vengo en busca de tranquilidad y serenidad –explica Raúl, soltando la presa del hombre.

—Entonces, éste es el lugar adecuado –El gesto del edil se tuerce en un amago de sonrisa que no tranquiliza en lo más mínimo al recién llegado—. Valmeiga es un remanso de paz y sosiego.

—Valmeiga… ¿Valle de meigas?

El señor Feito lo observa con suspicacia.

—Sí, es un nombre muy antiguo –admite tras unos momentos—. Como bien sabe, estas tierras tienen tradiciones muy arraigadas –Su mano se extiende en un amplio arco, señalando todo el derredor de la aldea—. En estas colinas hay restos muy antiguos, en los que se celebraban rituales tan antiguos que se ha perdido su memoria.

¿Por qué tiene la sensación de que sabe que ha estado fisgando por los alrededores? A pesar de que la entonación no contiene amenaza alguna, parece haber algo implícito en sus palabras, algo malevolente, que le hace sufrir un escalofrío.

—Si tiene frío, no lo entretengo –prosigue el alcalde—. Le dejo que entre en casa para arreglar todo lo que deba…

Con un desasosiego cada vez mayor, Raúl ve alejarse a su interlocutor: sus movimientos son suaves, casi etéreos, como si flotara sobre el suelo en lugar de caminar como todo el mundo.

Entra en su vivienda y comienza a desembalar la comida que ha llevado ya preparada: de momento mejor no empezar a cocinar como tal, ya habrá tiempo por la noche o a partir del día siguiente.

En el salón echa una ojeada: amplio, cómodo, de un estilo tan rústico que casi parece surgido de un escenario del siglo XV o anterior; la chimenea se muestra acogedora, por lo que se acerca a ella. No hay ningún leño alrededor con qué encenderla, así que investiga un poco por la casa y sus alrededores hasta que en el sótano, en un rincón, encuentra una pila de astillas de las que toma una pequeña brazada con la que sube de nuevo a la planta principal.

El frío parece estar asentado con fiereza en ese lugar, algo lógico por otra parte, ya que en principio ha estado abandonado durante una buena temporada. Tras unos intentos infructuosos, consigue por fin que en el interior de la chimenea arda un buen fuego que comienza a caldear la sala.

Se sienta a comer tranquilamente, y cuando acaba lo recoge todo y se dispone a continuar aseando su hogar, cosa que le lleva lo que le queda del día. Una cena rápida y a la cama: un lecho antiguo, alto, con cabecero de hierro retorcido en formas extrañas, enroscadas, como tentáculos o sogas… Las ropas del catre están frías como recién sacadas de un congelador, por lo que decide aguantar un poco más hasta que la casa entre un poco más en calor.

Antes de darse cuenta, oye un rumor lejano, como de voces, que hacen que se acerque a una ventana y se asome a ella: ve a algunos vecinos dirigirse hacia el Este entre las casas, como si acudieran a alguna cita en el Ayuntamiento o la iglesia. ¿Debería seguirlos e integrarse con ellos en sus costumbres? No, casi mejor que no, este primer día lo va a dejar estar, no ha de imponer su presencia más de lo necesario hasta que lo acepten por completo.

Pasan las horas, y el murmullo se desvanece igual que comenzó. Sobre la casa, sobre el pueblo, comienza a extenderse un ambiente de quietud, una paz que más parece la de los muertos que otra cosa, ya que Raúl cree advertir que el silencio que se cierne es antinatural, no se escucha ni el más nimio ruido de animales.

Al final acaba acostándose: al principio siente un frío brutal, avasallador, que lo envuelve como una mortaja, pero poco a poco comienza a notar algo más de abrigo gracias a la manta y las sábanas fuertes del catre.

Cuando consigue conciliar el sueño, éste se revela inquieto, perturbador, como una premonición: puede ver a los lugareños dirigirse, con su alcalde a la cabeza, hacia la iglesia, y de allí, portando velas, hacia la colina en la que ha visto el altar manchado.

En su mente, las gentes se sitúan en círculo alrededor del ara, y comienzan a entonar un cántico que carece por completo de palabras inteligibles, algo tan remoto que escapa a toda concepción humana, lleno de consonantes impronunciables en las que se repite una y otra vez una misma palabra: algo que suena como Shaghat’um… No tarda en alzarse, junto a la mesa pétrea, una gran hoguera cuyas llamas se elevan hacia el cielo nocturno.

De alguna manera, Raúl se ve atraído hacia la ceremonia, y se ve a sí mismo caminando en silencio, con una lentitud casi exasperante, hacia la colina; algunos de los celebrantes se giran hacia él y le indican con gestos que se acerque, que es bienvenido, y que sólo tiene que sellar el pacto para poder formar parte de la comunidad… ¿Pacto? ¿Qué pacto?

El alcalde lo acerca al altar, contemplándolo con sus ojos negros, vacíos, en los que parece perderse como si cayera en sendos agujeros negros más allá del cosmos.

—No somos muchos, como puede comprobar –le explica con paciencia—. Sin embargo, sí somos escogidos. Algunos ya nacieron aquí, otros llegaron desde tierras lejanas, y aunque parezcamos distintos, todos tenemos un punto en común: nuestra afinidad con Aquél que mora en los abismos interestelares, hijo de los Señores de los Elementos, heredero de la Tierra. Suyo es el poder para venir a nuestra llamada, para extender el caos más allá de todo lo conocido.

»Si has llegado aquí, es porque tú posees ese punto en común, porque tú eres también un elegido de Shaghat’um; por ello, habrás de llevar el sello que te marca como Su servidor.

—Pero, ¿qué es ese Shaghat’um, o como quiera que se llame? ¿Y cuál es el sello?

—Pronunciar su Nombre es conocerlo –La advertencia del señor Feito consigue su efecto: un estremecimiento de pavor en el cuerpo de Raúl—. Es el Frío del Cosmos, el Vacío que todo lo consume, el Hambre voraz que clama ante la creación por su sustento…

»En los eones pretéritos, antes de que el hombre llegara a mostrarse poco más que como un pobre simio, se produjo la más cruenta de las guerras que haya podido conocerse jamás en todos los rincones del Universo: los Primigenios habían llegado a este mundo y habían tomado posesión de él, convirtiéndolo en un feudo de caos y muerte que brillaba por sí solo.

»Eran diferentes razas, desunidas entre sí, hijas del abominable Ubbo Sathla, servidoras del Dios Babeante, Azathoth, que crearon especies subhumanas para sus propios fines: Cthulhu, en el mar, con sus terribles Profundos; Hastur el Inefable, Señor de las Profundidades Cósmicas, con sus legiones voladoras, y muchos otros Señores de los Elementos…

»Todos ellos competían entre sí por el dominio absoluto, hasta que unos advenedizos, que se decían más antiguos y venerables que los Primigenios, unos que se denominaban a sí mismos Arquetípicos en un alarde de arrogancia, decidieron que debían liberar al mundo del terror que representaban nuestros Señores.

»Y así, tuvo lugar la Gran Guerra, una lucha de poderes que tuvo como resultado final el aherrojamiento de los principales Antiguos. Sólo escaparon unos pocos, entre los que se contaron Yog—Sothoth, el Todo—El—Uno—Y—El—Uno—En—Todo, Amo indiscutido del espacio y el tiempo, y Nyarlatothep, el Caos Reptante, que se refugió en la temida Kadath, en la recóndita y maldita Meseta de Leng…

»Ahora, se acerca el momento: cuando llegue la noche de Todos los Santos, Shaghat’um, uno de los Hijos del Fuego Estelar, se verá libre de su prisión en los abismos oscuros de Ey’len’xai, y podrá volver a presentar su sello en una humanidad que no es otra cosa que materia de esclavos para su inmenso poder…

El alcalde apoya la mano en su hombro, que lo escucha atónito, sin poder mover un músculo, tratando de exprimir su cerebro para encontrar alguna escapatoria a aquella situación de locos en la que ha caído…

Y se despierta de manera repentina, con un respingo, el rostro perlado de un sudor frío, el miedo dominándolo a causa de la pesadilla que lo ha dominado de una manera tan vívida… No puede volver a dormir, cada vez que cierra los ojos oye las acariciantes palabras del edil de Valmeiga: sin duda alguna, su extraño aspecto lo ha influenciado de muy mala manera…

 

II

 La mañana lo encuentra ojeroso, agotado, a causa de la mala experiencia nocturna: no consigue olvidar la pesadilla, la voz del alcalde retumba en su interior como el repicar de una campana, como un oscuro toque de funeral… Comprendiendo que no tiene nada mejor que hacer, aparta las ropas y se dispone a sentarse en la cama, para vestirse, asearse y comenzar la jornada. Y es entonces cuando contempla las zapatillas que había dejado a los pies del lecho…

¡Están húmedas, parecen haberse manchado con tierra, pero eso es imposible! No ha salido de la casa con ellas puestas…

Sólo se le ocurre una explicación, pero es completamente alocada: es imposible, no puede haberse levantado en sueños y haber salido a pasear por el pueblo, jamás ha padecido episodios de sonambulismo.

Tras desayunar, arregla un poco la vivienda y sale al exterior, a contemplar la aldea, que parece dormida; la luz del amanecer aún no ha surgido de detrás de las colinas que lo rodean y las tinieblas, aunque no demasiado cerradas, se ciernen sobre el lugar como un manto protector…

Con el rabillo del ojo percibe movimiento a su derecha; girándose en esa dirección, nota un escalofrío al contemplar al alcalde dirigiéndose hacia él con paso calmo y esa expresión imposible de entender en su pétreo rostro…

—Buenos días, señor Sariegos –le saluda con una extraña amabilidad—. ¿Ha dormido usted bien?

—Buenos días, alcalde –Raúl no acaba de entender muy bien la actitud de aquel sujeto, por lo que se mantiene a la defensiva—. Sí, he dormido bien…

—No lo parece –Diríase que el edil se está burlando de él, mirándolo con una ansiedad fuera de lo común—. Tiene unas ojeras enormes, y un aspecto de cansancio que parecen indicar lo contrario. ¿No habrá estado paseando esta noche?

Su mirada se desvía hacia la colina sobre la que se yergue el círculo de piedras que rodea el altar. Ese sencillo gesto, en apariencia una tontería, hace que todas las alarmas de Raúl se disparen.

—¿Por qué piensa que esta noche he andado por el pueblo? –demanda, en tono serio, casi molesto.

—No lo sé, dígamelo usted –responde a su vez el edil.

Las imágenes del sueño siguen danzando en la mente del hombre, detalles sin sentido que no encajan, que no percibe en su totalidad…

—Todos los Santos es en un par de días –sugiere el señor Feito—. Imagino que querrá participar en las celebraciones, nos reuniremos en la iglesia y rezaremos por nuestros muertos.

—No soy una persona religiosa –advierte Raúl—. Procuro respetar las creencias de los demás siempre y cuando merezcan respeto, pero no suelo entrar en iglesias, mezquitas o sinagogas, a no ser para contemplar el arte.

—Pues entonces puede que tenga algún pequeño problema –El tono del alcalde parece endurecerse—: aquí todos somos muy creyentes, y algún vecino puede tomar a mal su actitud.

—Igual que respeto a los demás, pido respeto para mí –insiste Sariegos.

—Es una posición loable, racional –acepta Marinho—. Por ello, le ofrezco un punto intermedio: acuda no como creyente, tan sólo como invitado, para mostrar su respeto hacia nuestras creencias.

Raúl medita un breve tiempo sobre las palabras de su interlocutor: detecta algo en ellas que no acaba de entender, algo que le incita a huir, huir lo más lejos posible…

—No, gracias –declina con toda la amabilidad de que es capaz—. Creo que ese día lo pasaré en casa, tranquilo, para no molestar a nadie.

La mirada del alcalde se endurece: durante unos breves momentos parece que va a increpar al recién llegado, pero acaba por contenerse.

—Como desee –El tono de su voz es severo, seco.

Raúl comprende de inmediato que se ha molestado, pero le da igual.

—Si no le importa, voy a hacer un poco de compra –comenta, como quien no quiere la cosa—. ¿Dónde queda la tienda de alimentación?

—Dé la vuelta a la casa de Antía –explica, señalando la construcción que se alza enfrente de la de Sariegos—, y ahí mismo encontrará la tienda. No tiene pérdida.

—Muchas gracias, señor Feito –la despedida del hombre es tan fría como la actitud del otro.

Marcha en la dirección que le ha indicado el edil, con la mente embarullada, envuelta en ideas peregrinas acerca de lo que se oculta en ese pueblo perdido de la mano de Dios. ¿Qué hay detrás de esa actitud? Se cruza con alguno de los vecinos, que lo saludan con una fría cortesía rayana en la indiferencia.

No tarda en ver la tienda: un edificio poco más grande que las casas que lo rodean, con un aspecto tan decrépito y antiguo como el del resto de la aldea, que parece que se vaya a caer a pedazos, que se vaya a disolver en la nada con sólo soplarlo, envuelto en un aire de malsana antigüedad que comienza a darle tal repelús que se replantea si merece la pena continuar viviendo allí… Una vez frente a la puerta, consigue reforzar su voluntad y decide que sí, que intentará que lo acepten como uno más.

Le atiende una mujer de aspecto fuerte, encorvada, con un rostro extraño, repelente, oscuro, como si estuviera cuajado de escamas; resulta nauseabundo, sobre todo por el hecho de que sus ojos son tan saltones que le dan una idea de una anormal rana, monstruosa; la boca es enorme y sin labios, un gran tajo en medio del rostro que diríase hecho a cuchillo; una gran bufanda envuelve su garganta para protegerla del frío que azota la región.

—¿Qué desea?

Incluso su voz recuerda al croar de una rana…

Luchando para evitar que las náuseas y las ganas de echar a correr para alejarse de semejante criatura lo invadan, comienza a hacer su pedido, que liquida lo más rápidamente posible para volver a casa y perder de vista una aparición como ésa…

 

III

Los días pasan, y con ellos una tranquilidad que Raúl está muy lejos de sentir: ha llegado el día de Todos los Santos, y aunque ningún vecino lo ha molestado, tiene la maldita sensación de haber sido vigilado con el celo de un halcón; se siente un prisionero, un cautivo de fuerzas oscuras.

No ha podido descansar: se nota con una extraña carga, con un agobio al que no puede dar forma ni nombre, a causa de los sueños que lo han asaltado cada vez que ha cerrado los ojos, sueños en los que ha visto los signos del altar, con su extraña malevolencia, brillando con un malsano fulgor verdoso; se ha enfrentado a los rostros de la nauseabunda mujer sapo, del señor Feito, con su aspecto terroso, a los de otros habitantes del pueblo que le han resultado igual de repelentes… Las llamas de la hoguera se han alzado de nuevo, haciendo que las sombras bailen malignas en la piedra, mostrando sobre ellas, un humo que vibra como si estuviera vivo, que se arracima sin extenderse en ninguna dirección, flotando como una nube de odio que extiende secretos zarcillos en busca de víctimas a las que envolver en su locura, en su caos… Esas pesadillas lo guían en una dirección hacia la que no quiere ir, pero a la que se siente atraído de una manera casi irresistible. Es un impulso salvaje, ciego, que sólo vence cuando se despierta en medio del sudor frío, aterrado a causa de la locura y el horror que percibe en medio de la confusión que lo envuelve.

Las manchas del ara, aunque no quiera admitirlo, son de sangre con una certeza absoluta, sangre de inocentes sacrificados en algún ritual desconocido, en el nombre de una religión que ya era antigua antes de que los hombres conocieran el significado de la palabra Dios; y las palabras del alcalde, los nombres pronunciados, lo han llevado hasta un umbral que no quiere franquear, hasta un punto en el que la locura amenaza con quebrar su estado mental.

Huir. Huir… Es la única palabra que resuena en su cerebro enfebrecido, un término que se rebela fútil cuando comprueba, con desesperación, que las ruinas de la colina tiran de él y lo encadenan con maromas invisibles imposibles de romper. Nada ni nadie puede hacer nada, no hay escapatoria, se resiste todo lo que puede sin esperanza alguna…

No quiere salir de casa: el alcalde ha acudido a intentar convencerlo de nuevo para asistir a la iglesia, pero Raúl se ha negado y, ante la insistencia del edil, cada vez más enojosa, ha acabado por ponerse borde y pedirle que se marchara con un tono muy seco y desabrido.

La mirada que el señor Feito le ha dedicado ha sido demoledora: sus ojos negros lo han taladrado con una ferocidad tal que han hecho que se estremeciera y un escalofrío recorriera todo su cuerpo, el terror anidando en su interior como una serpiente dispuesta a soltar su veneno letal.

Marinho se ha ido sin decir una palabra más, dejando a Sariegos nadando en un mar de dudas e incertidumbres, con la sensación terrible de que tiene que salir de allí cuanto antes, de que ha habido un cambio radical en el ambiente y de que se encuentra en un peligro mayor del que pudiera imaginar, así que recoge sus cosas y sale a meterlas en el coche, dispuesto a abandonar Valmeiga.

Mientras está colocándolo todo en el maletero, percibe un movimiento, pero es demasiado tarde: cuando se gira para ver quién está allí, descubre a varios campesinos que lo sujetan y se lo llevan prácticamente en volandas a pesar de sus gritos e insultos. Por más que se retuerce, por más que intenta liberarse, le resulta imposible. Sus captores no dicen una palabra, se limitan a cargar con él y llevarlo hacia el Este, hacia la iglesia.

Para su sorpresa, dejan el edificio sagrado tras ellos y prosiguen su camino, imperturbables, bordeando el cementerio, para llegar a la colina sobre la que se eleva el círculo ruinoso.

Allí lo espera la población en pleno: algo menos de un centenar de personas, de todo tipo y condición, que lo contemplan con miradas en las que naufraga la curiosidad y sobrevive algo que podría interpretarse como hambre, un hambre atroz, salvaje… ¿Caníbales? No, no es posible, no puede creérselo.

—Le dije que debería haber participado por propia voluntad –comenta el señor Feito, abriéndose paso entre los suyos—. Ahora, tendrá que aceptar el Sello tanto si lo desea como si no, y participar de la Comunión con nuestro Señor Shaghat’um.

Raúl se debate con una furia inusitada y logra soltar el brazo izquierdo, que gira en un movimiento inesperado, en un gancho horizontal para alcanzar de un puñetazo el rostro de otro de sus captores, que retrocede gruñendo mientras se sujeta la cara.

Aprovecha la confusión, y se sacude al resto, echando a correr colina abajo, en dirección al pueblo, buscando su coche, mientras tras él oye los pasos rápidos de una turba, y algo que le pone los pelos de punta: una letanía desconocida, una cantinela que le incita a girar la cabeza y contemplar al misterioso cantante, que parece usar una lengua perdida en la inmensidad del pasado… Pero se domina y sigue con su huida, ha de llegar al coche si quiere dejar atrás ese mundo de locos desquiciados.

Deja de oír carreras tras él. Extraño. ¿No lo persiguen? No se para, no quiere que puedan volver a atraparlo, y sin embargo… La voz resuena en su mente como si estuviera a su lado, inquisitiva, acariciadora, tanteando sus nervios como una tela de araña que intenta envolverlo…

Se aventura a volver la cabeza, y lo que presencia le basta para quebrar la cordura que ha mantenido hasta ese momento: sobre la colina, junto al altar, todos los miembros de la comunidad parecen hipnotizados, agitándose rítmicamente en un vaivén lento, extraño; y entre ellos, el que entona la canción, el señor Feito, junto al altar, junto a la hoguera que alza sus llamas hasta una altura de unos dos metros, observándolo con una expresión que, ahora sí, es fácil de identificar: el conocimiento de que está atrapado sin remisión.

Pero no es eso lo que le ha envuelto en la insania más absoluta, no: es la sombra, apenas visible en la luz de la mañana, que se alza sobre las llamas, algo amorfo, de aspecto movedizo, que diríase humo oscuro, pero… vivo. Y además inteligente, puede percibir la malevolencia que destila, enfocada sobre su persona, la pavorosa existencia de algo que jamás debería haber existido, de algo que escapa a su entendimiento y que ansía extraer de él hasta la última brizna de alma que pueda contener… Un alarido se escapa de su garganta, un alarido de terror absoluto, y se derrumba, recogido en el suelo en posición fetal, esperando inerme a que lo recojan y lo entreguen a esa cosa llegada de lo más profundo de los abismos estelares…



martes, 14 de noviembre de 2017

Un pellizco de magia (Carmen Estrada /Grupo B)



El envío no estaba a mi nombre, sino al de la antigua propietaria. Aún así, lo desenvolví inquieta y curiosa: una caja de madera con tapa corredera quedó al descubierto, parecía contener una botella de vino; lo que menos podía imaginar era encontrar una frasca vacía… ¡¿Con un mensaje?! ¡Oh, qué idea tan romántica! La destinataria ya no podía leerla, había fallecido, y yo recibí en herencia su pequeña casa en la playa. ¿Cuántos secretos guardabas, querida amiga?

Quité el corcho que tapaba la boca de la botella liberando el rollo de papel que, tan celosa, guardaba dentro. Lo desplegué y me dejé llevar por las palabras escritas en tinta negra:

“Supe que te había perdido el día que dejé de recibir tus poemas, aquellos que encerrabas en un frasco de cristal; y que cada viernes, dejabas envueltos en papel de estraza sobre el parabrisas de mi coche, al salir del trabajo, sobre las dos y cuarto. Todavía se olía tu perfume alrededor, seguramente estuvieras viéndome oculta desde algún lugar. Parecían pócimas, con su etiqueta: “Poema número 1”, hasta un total de ciento dos. Entonces no los leía, los guardaba ordenados en una caja de plástico en el trastero, sin darles mayor importancia; escribir era una de tus obsesiones. Podía haberme desecho de ellos pero algo dentro de mí no me dejó hacerlo.

Y un viernes, no hubo nada, y al siguiente tampoco, y empecé a añorar ese pellizco de magia que sin saberlo me regalabas. Tenía a alguien a mi lado cuando te fuiste sin dejar rastro. Lo sé, siempre había alguien por delante de ti, y otras además, sin embargo me perseguía el eco de tu risa, esa mirada tuya y tus caricias.

Solo entonces comprendí que eras tú la mujer que buscaba, la que siempre estaba para mí, a la que mantuve en la sombra, a la que torturaba con mi escasa presencia y mis retrasos. Con la que compartía intimidad y perversión. No se me ocurrió pensar que eso no estaba reñido con el día a día. Fue tan inesperada tu marcha. No podía creer que te hubieras ido. Cada viernes renacía en mí la esperanza de encontrar de nuevo una de aquellas botellas, que sabía rellenas de sentimientos.

Y un día me encontré solo. Siempre temí encontrarme solo, ¿lo recuerdas? Me asediaban tus razonamientos, siempre tan acertados y esa extraña filosofía de vida tan tuya, esa sensibilidad extrema que te hacía volar por encima de la realidad. -Tú eres mis pies en la tierra, -me decías. Y me di cuenta que mi soledad era más intensa sin ti. Mi casa, ésa que nunca te enseñé, a la que jamás te invité, y en la que, no obstante, hay objetos que te pertenecieron, me hablaba de ti. No sé cómo, un día decidiste tomar otro camino en el que yo no estaba, y ni siquiera me enteré. Tras ocho años juntos, haciendo realidad parte de mis sueños, te fuiste sin avisar. Ahora sé que yo no supe hacer realidad los tuyos, que te decepcioné, que te perdí irremediablemente.

Después de tanto tiempo, he abierto aquella caja. Saqué uno a uno los frascos y los coloqué en frente de mí. No hay muebles, no hay nada, no me queda nada, solo esos mensajes dentro de una botella y yo. Quité el corcho del primero y tu aroma cruzó el aire y me atrapó, como después, me atraparon tus palabras. Tu amor. Y me sentí idiota por haber dejado escapar esa brisa perfumada que hacía nuevos mis recuerdos, que llenaba las paredes deshabitadas de mi casa. Te busqué, encontré esta dirección y decidí escribirte, sé que tendrás tu vida, que esta vez soy yo el que me aferro a un imposible… Si no es tarde, quiero que sepas, que estoy aquí”.

Me quedé en silencio con el papel entre las manos, sosteniendo las lágrimas. Así que era verdad ese amor imposible del que hablabas, que te acompañaba allá donde ibas y que era el protagonista subyacente de todo lo que escribías y hacías; existía y ahora te buscaba. Demasiado tarde. Miré el remite: Juan Caballero Martín.

Fui al despacho y contemplé la librería que había dejado tal cual al instalarme allí, siempre me llamó la atención que por delante de los libros hubiese botellas rústicas, con un papel dentro; en la primera rezaba poema número 103, hasta un total de 154 y una más, en cuya cartela solo estaba escrito el número 155. Me gustaba mirar el efecto que la luz del sol arrancaba al cristal; para mí encerraban un enigma, un secreto sobre el que me agradaba fantasear, y que ahora se resolvía por sí solo. Se me ocurrió una idea. Regresé al salón y miré la dirección, estaba tan solo a unas tres horas de viaje. Debía entregar aquellos poemas a quien estaban dirigidos. Busqué unas cajas y con cuidado fui empaquetándolos. Los libros parecían desnudos, mostrando sus títulos de forma impúdica, sin nada ya que los desvirtuase.  Al día siguiente me pondría en camino.

Me levanté temprano, lo metí todo en el maletero y me puse en marcha. Ahora comprendía por qué mi amiga me había dejado la casa con todo lo que había dentro: ella sabía que yo acabaría cosas que quedaron pendientes, igual que esperaba que él la buscara.

Llegué a la zona residencial donde se ubicaba la casa que buscaba, estaba en una zona peatonal, con lo que solo transporté una de las cajas. Llamé y esperé unos cuantos minutos, casi cuando ya me iba, escuché una voz:

-Qué quiere, ¿la conozco?

-Vengo por estos frascos -y  mostré a la cámara el que contenía el poema 103.

De inmediato, escuché la puerta de entrada y, poco después, la que daba paso al recinto. Un hombre alto, moreno, bien parecido, me recibió amablemente, más pendiente de lo que traía que de mí misma. Me pasó a la cocina y me pidió que me sentara y le contara a qué se debía mi visita.

Dejé la caja sobre la mesa y le miré a los ojos, profundos, muy oscuros, casi tenebrosos; sus labios finos hablaban de una persona de carácter; me observaba fijamente, y con atención, a la espera de mis palabras.

-Usted ya sabe la razón de que esté aquí, o al menos, la intuye. Leí su mensaje y comprendí muchas cosas. Heredé la casa de Marie, con lo que había dentro; ella lo quiso así. Y sé que le gustaría que fuese usted el que tuviera estas botellas, es su destinatario. Lamento que ella no haya podido venir.

Por un momento, percibí en su mirada el eco de una tristeza infinita, que no le permitía abrir la boca; solo extendió sus manos hacia las mías, estrechándolas, en actitud de agradecimiento.

Fuimos al coche, a por el resto de las cajas, y cuando ya me despedía me pidió que me quedara un momento, que me sentara con él. Buscó entre las botellas la 155, la última, y me la entregó.

-Por favor, léalo para mí.

Me senté y, con una sonrisa, asentí. Saqué el papel y comencé a leer:

“Durante un año escribí estos poemas para ti; después de ello, decidí que pertenecías al pasado, y que mi vida debía continuar aunque tuvieras un sitio en mi corazón. Sé que volverás a buscarme, nuestra conexión va más allá de lo puramente físico. Es posible que sea demasiado tarde. No quisiste escucharme y, en silencio, labré un nuevo camino en el que hacer realidad mis ilusiones. Tu mirada no estaba puesta en el mismo horizonte que la mía.

Desde la muerte, desde el recuerdo, desde los sueños, te escribo y te espero porque sé de tu llegada.”

Nos quedamos callados, suspendidos en esa atmósfera que mi añorada amiga creaba con sus palabras.

-Tengo que irme. Si lo desea puede visitar mi casa, ya conoce la dirección. Muchas gracias por recibirme y encantada de conocerle.

-Gracias, joven. Iré. Me gustaría contemplar ese horizonte que jamás llegué a ver.

lunes, 13 de noviembre de 2017

El mensaje de una apnea (Dolors López/ Grupo A)



¿Es un sueño o es realidad? No lo sé, una neblina se interpone entre la realidad de esta mañana y la noche pasada. Es una bruma espesa, más bien asfixiante, una congoja que sobrecoge mi corazón. Tan sólo, imágenes sueltas se aparecen, mientras fijo la mirada en el techo aséptico y blanco de esta habitación de hospital, a pesar de escuchar el goteo incesante del suero invadiendo mi vena y el respirador en un sube baja de oxígeno atacando mis pulmones. Intento pensar cuál es la razón de estar en esta situación, rodeada de artilugios diseñados para mantenerme unida a la vida; aunque aprieto mis sienes con mis ojos, pues compruebo que no puedo moverme; mis manos no reaccionan a la orden que les dictó de elevarse a mi cabeza. De igual manera que mis piernas aisladas de cualquier movimiento que no sea estar paralizadas. Frunzo el entrecejo y, ese simple gesto me alivia de saber que algo en mí tiene vida; es la manera que encuentro para accionar el interruptor de mi memoria. Necesito saber que hago aquí, en la penumbra de una habitación de hospital.

Un latigazo recorre la frente directa a mi cerebro, una carga electromagnética que azuza el hipocampo para que se apresure en recordar qué hago aquí. Por fin, la primera imagen: sumergida en un agua turbia de fango y algas arremolinadas en mi cara, impidiendo mi respiración. De repente, cuando la angustia de morir en una apnea se apodera de mí, un tirón en mi pelo me arrastra a la superficie. El pitido del monitor de constantes se agudiza en mis oídos dando la alarma de que algo no va bien. La puerta se abre y una silueta de blanco se acerca, deduzco que es la enfermera de turno, a la vez que un sudor frío desciende por mi columna y, mi pulso se para un segundo. En parte me alivia sentir el frío transpirado, síntoma de la angustia que he sentido al revivir la imagen de morir ahogada en un agua que no sé si es dulce o salada; eso es indicativo de que vivo y puedo sentir. La enfermera con un rictus de hastío comprueba mis constantes, se apercibe de mi exudación y, llama con su teléfono móvil al médico de guardia.

En la superficie, el agua convulsiona por un gran huracán, me azota con la fuerza de querer partirme en pedazos; la mano que me ha sacado del fondo del mar —ahora sé que el agua es salada—, se ha desplazado de mi melena a mi cuello, se mantiene firme ante los envites del fuerte oleaje y el torrencial de agua que se desprende del cielo. Agua, agua por todos lados; por arriba y por abajo; derecha e izquierda; al norte y al sur. Y yo no puedo ver, no puedo respirar y en esa conmoción me revuelvo con desesperación por huir de ese lugar. El dueño de la mano que me asiste me grita —estate quieta o moriremos los dos—. No reconozco su voz, quizás sea por la conmoción de morir ahogada o, quizás porque realmente es un desconocido.

El médico de turno se acerca con un flequillo que, indica cierta locura del genio que vive para y por sus inventos. Con un tono grave, pero tierno me indica que abra los ojos, —los cerré cuando interpelé a mi memoria—, yo sin más razón de saber qué hago aquí los abro, no sin cierta dificultad, pues las legañas de la fiebre enganchan mis párpados. El loco del flequillo me hace seguir su dedo sin pausas para ajustar mis pupilas. Hechas las comprobaciones en mis muñecas y mis tobillos, sentencia que el peligro ha pasado.

—Debemos esperar a que se normalice su circulación, que la fiebre desaparezca, pero su coma irreversible sin saber el porqué ha remitido.

Ahora ya sé más, de mí y de lo que pasa. Mientras escucho este milagro desviado de otro destino busco entre mis recuerdos. Mi razón requiere explicaciones, necesita respuestas de qué me ha pasado.

El agua sigue arremolinada y, con sus arrebatos nos precipita al desconocido y a mí, de nuevo al fondo del mar. Él, sé que es él por la enormidad de su mano y lo fuerte de su brazo, combate contra la bravura del mar por salvar nuestras vidas, mientras burbujas de agua y no de aire se cuelan por mi boca, ahogando más y más en la sal de su sabor, los gritos de miedo y terror de morir. Él con el temple por bandera, acalla mi voz, en un boca a boca de aire para que continúe luchando por vivir.

Encojo más mi cerebro, mientras los facultativos se acercan a mi cama para comprobar mi nuevo estado de existir; necesito saber quién es mi salvador y qué hacía allí, en el fondo del mar, entre el fango.

Los recuerdos empiezan a aparecer sin más conexión que la confusión del primero con el del medio, el último con el presente. Así distingo mi vestido, el que llevo puesto en la inmersión. Una túnica de corte griego —siempre me ha gustado la mitología clásica—, una Nereida vestida con transparencias y gasas, ligeras y suaves. Adivino una playa de arenas blancas, solitaria, en un atardecer de nubes bajas y oscuras amenazantes de la tormenta que está por venir. La atalaya que se erige inmune a las embestidas del mar empequeñece el sol que se despide por el oeste en la degradación de sus dorados por el negro de la noche. En la soledad de la arena, reposo encantada por los tonos grises que el azul del mar adquiere por la penumbra del ocaso. —Me agito en la cama, recordando—, mis cabellos juegan con la brisa que hace acto de presencia aumentando su intensidad en proporción a los enredos que adquiere mi cabeza. Anuncian una tragedia, no sé bien si mi muerte precipitada al mundo submarino o quizás, la tempestad que se acerca inexorablemente. En la imagen de este recuerdo la zozobra me embarga de la misma manera que, en el naufragio de mi persona en el fondo del mar. Esta inquietud que me acelera el pulso, que embala mi corazón al límite del paro; evidencia lo que no quiero recordar: el hundimiento en el agua.

El desconocido con la bravura de un guerrero consigue llevarme a la orilla; la arena ya no es tan blanca y efímera como recuerdo, ésta es más pedregosa y ceniza, centenares de objetos la habitan: colillas de cigarros, zapatos, vasos, preservativos, botellas… Cosas que describen un apocalipsis: ramas de árboles, trozos del fuselaje de un avión, cascotes de naufragio. Desmanes de la imperiosa tormenta. Y nosotros allí, vivos ante tanto despropósito. Imágenes que se agolpan intentando guardar su turno para ser analizadas. La primera, yo escribiendo una nota, —no consigo saber qué escribo—, la enrollo en forma de cigarrillo y, en una botella de cristal translúcido insinuando que desea ser desenrollado, meto ese papel. La segunda imagen, son mis pies contagiados por el frío del agua que los baña y, la espuma de las olas blanqueando aún más mis piernas. Acerco más mi vista a la inmensidad del mar caminando sin pausa y liviana al interior de sus aguas. En la mano derecha estrecho con fuerza, en un abrazo amigo, la botella que asiente paciente el calor que desprendo. Es el fuego engendrado por el miedo de saber lo que va a ocurrir y el temor a su resolución. El mar me conquista arrastrándome de poquito a poquito a su interior. La botella se despide de mi mano queriendo cumplir su función, —no estoy segura cual—, se aleja ondeando en la superficie, ya negra por la noche. En esa visión cierro los ojos de nuevo en un estado catatónico, simulando que duermo, mas sólo las palabras se adueñan de mí.

Es el escrito enrollado en la botella surcando mares en búsqueda de destinatario. Un mensaje lanzado en la paradoja de una muerte anunciada, la mía.

La parada cardíaca se precipita encogiendo mi corazón, un dolor agudo me atraviesa, rompiéndome en dos, en el intervalo del crujido de la aorta y la mitral, el mensaje se pronuncia.

Sálvame de mi misma.

Ya no sé si es sueño o realidad, ni siquiera si he muerto o sigo con vida, sólo sé que un mensaje en una botella me salvó de mi misma y, la amnesia de no saber por qué me codena de nuevo a morir.