viernes, 5 de enero de 2018

Especial Navidad: Aprende a ser valiente (Luis A. Delgado)


¿Cómo me van a ver si me mantengo aquí atrás? Lo sé, siempre que pasa algo, o hay que ayudar a alguien me entra el apretón y ¡ala! Detrás del arbusto. Exacto, soy ese al que llaman el caganet. ¡Qué desprestigio! Como que uno tiene ya pocos problemas como para que me bauticen con ese nombre. Bueno ese no es el caso. Por fin he conseguido mantener mi estomago a raya para poder ayudar.

-Barlaán, soy Dios.

-Dime ¡oh Dios! ¿en qué puedo ayudar?

-Hay un niño que precisa de tu ayuda. Es un niño temeroso. No tiene amigos y sus padres están preocupados. Todos los días rezan para que su hijo sea más valiente. Tienes un gran trabajo por delante. Haz que me sienta orgulloso, hijo. Haz lo que te pido y volverás como un héroe.

-Y ¿mi mala fama? ¿se irá para siempre?

-Por supuesto, ahora tienes que viajar al año 2017, el chico se llama Izan y sufre de abuso escolar.

¡Vaya papeleta! Como me tiene calado nuestro Señor. Se perfectamente lo que es que se rían de ti por cualquier bobada. De pequeño siempre he sido muy enclenque y los niños se reían de mí. Un día, uno de los chicos me vino y me pegó, sin ton ni son. Por esa razón siempre tengo flojera. Nunca pude decirles a mis padres por qué me pasaba eso. Supongo que por esa razón soy el indicado para esta misión.

Por fin llego a mi destino: Valladolid. ¿Esto es el siglo XXI? ¡Santo Dios! Siento algo en el estomago… ah no… no es nada. Falsa alarma. Después de mucho caminar llego a la casa de este niño…Izan.

-Hola ¿Qué desea?

-Buenos días, se que va a ser difícil de creer pero me llamo Barlaán y vengo de un pasado muy lejano. Me ha mandado Dios. Al parecer ustedes tienen un hijo que se llama Izan ¿verdad?

-Así es-dijo la madre entre lagrimas-está en su habitación.

-Y su hijo padece de acoso escolar ¿cierto?

-Cierto, pero ¿Cómo diantres sabe usted eso?

-Dios todopoderoso lo sabe todo y lo ve todo. Al parecer no han hecho más que rezar pidiendo ayuda.

-Así es. Queremos que nuestro hijo no tiene amigos porque un abusón le propinó cierta cantidad de collejas y golpes en el estomago hasta dejarle tirado inconsciente en el suelo.

-¿Puedo verle?

-Por supuesto.

Pobre chaval. Está en su habitación metido en la cama. No quiere hablar con nadie. Me ha costado hablar con él, pero al fin conseguí que confiara en mí.

-No quiero salir, no quiero. Todos se ríen de mí. Todo por un abusón

- Te voy a contar mi historia: a mí me pegaron también me pegaron sin razón delante de todos los niños que vivían alrededor mío por eso siempre me pongo detrás de un seto a hacer del vientre. Me costó recomponerme. Ahora estoy aquí para ayudarte. Si consigo ayudarte a ti me habré ayudado a mí. ¿aceptarías mis consejos?

-Está bien

-Lo primero, has de salir de aquí. No puedes pasar el resto de tu vida metido en tu mundo. Así no se arreglan las cosas. Segundo, enfréntate a esos chicos, no dejan de ser más que unos mierdas. Y por último, cuando consigas enfrentarte a esos malnacidos volverás a ser tú. Tus padres están preocupados. Por eso estoy aquí. Sal, enfréntate a tus miedos y vuelve a ser el niño que eras. Tus amigos quieres serlo de nuevo porque no soportan estar con esa gentuza. Hazlo, por favor.

-Tienes razón. No puedo vivir con esta congoja. Siempre he sido querido. Gracias, amigo.

Y me abrazó, salió del mundo que creó en torno a su mala experiencia y se enfrentó a esos malandrines.

Por fin volví a mi tiempo. Ya no como un "caganet" sino como Barlaán el conciliador. Me quité ese san Benito de encima. Tiempo después me enteré que Izan se enfrento a esa gentuza y salió victorioso. Por fin volvió a sonreír, y justo a tiempo para celebrar la navidad. Sé que estas mirándome, Izan. Gracias por darme otro aspecto. ¿Que no saben quién soy? El que está al lado del mesías, dándole gracias por cambiar mi vida y conseguir cambiar la vida de un niño que llegará lejos en la vida. Gracias. Señor

miércoles, 3 de enero de 2018

Especial Navidad: Sons of Monarchy (Héctor López)



¿Ya es hora? ¡No puede ser! me dije desperezándome. Me froté los ojos con los puños tras estirarme con un sonoro bostezo. Ya sé que la imagen no es muy regia, pero es que ese sambenito —y los nombres, el origen, el número y las ofrendas— nos lo colgaron más tarde, por conveniencias ajenas. Eso nos encumbró a la fama, cierto. Durante varios siglos fuimos los reyes, los auténticos reyes. Hasta que las multinacionales, una multinacional en realidad, ¡maldita sea su estampa!, cogió otra tradición, la adaptó a su manera —y, sobre todo, al color de su logo— y se inventó al gordo de los renos, dejándonos a todos helados. Pero eso es lo que tiene el capitalismo salvaje. ¿Funciona, no? Pues entonces, ya está bien.

Bueno, que me voy del tema. Allí estaba yo, con la peste a animales y a paje mal duchado, como de costumbre, cuando sonó la alarma. Se suponía que era la de “Vete preparando que hay que llevar el oro al portal, que ha nacido el niño Jesús y todo eso”. Ya me imaginaba la sucia mano de algún niño manoseándome en el belén, haciendo avanzar despacito mi dromedario —porque es un dromedario, sí. ¡UNA joroba! ¡El bicho tiene UNA joroba! Si tuviese dos, sería camello; pero tiene una. Repetid conmigo: dos, camello; una, dromedario. ¡Y me importa un bledo lo del paquetito de tabaco! ¿Vale?—. Pues eso. Que ya estaba disponiéndome a realizar mis abluciones cuando noté que la cosa no iba bien. No se escuchaban los ruidos de los dromedarios, las riñas de los chavales ni los quejidos de Baltasar —Gaspar siempre ha sido muy discreto—. Ni siquiera estaban encendidos los ordenadores —sí, nos hemos modernizado y aceptamos cartas por correo electrónico, que hay que ahorrar papel. Por lo de los bosques y todo eso—. Así que abrí un poco los ojos para mirar con disimulo... y como platos cuando vi al Espíritu de la Navidad plantado delante de mí, todo trajeado en negro, con una de esas carteras que parecen dos solapas cogidas por una cremallera apoyada en su antebrazo izquierdo y en el pecho, donde hubiera tenido que estar el corazón, y con esa mirada de inspector de hacienda que tanto acojona.

—Buenos días—. Al menos, educado, pensé—. ¿Es usted la figurita de belén conocida como ahhh... —leyó por encima de la montura negra de pasta un expediente plagado de sellos oficiales que había sacado del portafolio— su Majestad, Rey Mago de Oriente, Melchor?

—El mismo, buenos días. ¿Con quien tenemos el gusto...? —dejé caer utilizando, aunque sin muchas esperanzas, el plural mayestático.

—En virtud de lo dispuesto en el artículo... —A pesar de lo que pudiera desprenderse de mi oficio, soy incapaz de recordar toda la parafernalia legislativa, lo reconozco— debe acompañarme a visitar las Navidades futuras.

—¡Alto ahí! —Recurrí a toda la dignidad posible, y dada mi condición, ya os digo que es mucha—. Tú debes de ser el Fantasma de las Navidades futuras, ¿no? ¿Serías tan amable de hacernos saber qué demonios tenemos nos que ver con el tal Scrooge o, en su defecto, a quién debemos semejante veleidad dickensiana?

—Contra este procedimiento —continuó hablando al mismo tiempo que yo le preguntaba, sin dignarse escucharme y, menos aún, responder— no cabe recurso de acuerdo a lo dispuesto en —más jerga de leguleyos—. Lo que se le comunica de forma efectiva y fehaciente, siendo exigible, y exigiéndose, su inmediato cumplimiento. Caso de negarse u ofrecer resistencia se requerirá —en consonancia con bla, bla, bla— la presencia de los agentes de la autoridad para llevar a efecto el presente auto. Supongo que no será necesario llegar a dicho extremo... —Nos mira inquisidor y, ante nuestro silencio, da por otorgado. Nos alegra que parezca aliviado—. De acuerdo.

—¿Podríamos hacer una llamada? Tenemos el examen cerrado para el permiso de conducción de motocicleta y, si este año tampoco vamos a poder acudir, querríamos anularlo para no perder convocatoria —preguntamos con timidez.

—Dos minutos.

Apenas habíamos colgado cuando una niebla espesa surgió del suelo y todo comenzó a girar. El interior de la caja a nuestro alrededor se deformó, se estiró, se encogió, se desvaneció, perdió y recuperó sus colores a una velocidad endiablada. Cuando superamos las arcadas provocadas por un salto en el tiempo sin el pertinente “Delorean”, máquina o artefacto similar, no pudimos sino reconocer las ventajas de nuestra nueva circunstancia. Allí estábamos el secretario judicial de marras y esta majestad, intangibles, invisibles, inaudibles, insípidos e inodoros —sí, eso también— y con plena libertad de movimiento. Por buscarle defectillos, que los tiene, les recordaremos que, de los cinco sentidos, solo dos funcionan; con lo que la comida, por ejemplo, pierde bastante. Pero son menudencias que puedes compensar con una visita al vestuario de la mansión Play... ¡Esto...bien! Pues eso. Que nos y el fantasmita nos aparecimos en el futuro para que nos pudiésemos tener una idea fehaciente de en qué se iban a convertir, de seguir a este paso, las Navidades.

Antes de que continuemos explicándoles lo que nos enseñó y cómo nos cambió —¡qué pesado es esto de llamarnos en primera del plural a nosotros mismos! Pero, si nos ponemos realmente dignos, debemos hacerlo para todos, que otra postura podría ser tachada de discriminatoria e, incluso, de prevaricación— hemos de reconocer que en el presente, allá por el siglo veintiuno, ya intuíamos por dónde podían ir los tiros. Y que nos, como sabio de oriente y persona culta ya en el pasado, estamos de vuelta de muchas cosas, contamos con una cabeza muy bien amueblada y con un dominio de las artes adivinatorias que resultarían la envidia, de conocerlas siquiera, de telepredicadores, líneas astrológicas de pago, veedores diversos y echadores de cartas, huesos, runas y demás parafernalia. Dicho queda, para su mejor entendimiento de lo que a continuación hemos de relatarles. ¡A ello, Melchor!

Guiado por el estirado funcionario recorrimos varias calles céntricas de una típica ciudad. El momento temporal era obvio: luces adornando las anchas avenidas, abetos con bolas, muñecos de nieve hechos de poliespán, renos de nariz enrojecida y una serie de obesos chorizos con borla blanca —papanoeles escaladores de muros— que se infiltraban por las ventanas sin que nadie se alarmase. Ni siquiera cuando se les podía ver, de forma simultánea y en plena efervescencia de vitalidad, rodeados de lascivas elfas minifalderas, pervertidoras de infantes y adultos, súcubos incitadores del consumismo y otras perversiones de lo más extremo. Ríete de lo de los panes y los peces. ¡Esto sí era multiplicarse!

La estulticia generalizada había obligado a los regidores locales, incluso, a ordenar los sentidos de circulación de los viandantes y a colocar agentes uniformados para organizar las colas de culto al orondo norteño. Algo a lo que intentamos oponernos, simbólicamente claro, dada nuestra condición insustancial, en un alarde de real libertinaje, bajo la admonitoria mirada de nuestro estirado cicerone. Mientras flotábamos no pudimos menos que observar en derredor, que percatarnos de la urgencia de los ciudadanos por hacerse, a cualquier precio, con el más novedoso juguete, dispositivo, invento o modismo; que enseguida desechaban espoleados por el anuncio del modelo, versión o novedad inmediatamente posterior.

—¿Has visto dónde les ha llevado la fiebre por el oro?

¡Será cabrito!, pensamos para nos. Porque no hemos de olvidar que nuestro presente para el niño-Dios era el preciado metal, no como símbolo de su poder terreno, sino de Rey en los Cielos. Pero este tipo estaba mezclando el culo con las témporas. Y si él podía permitirse esos lujos, no íbamos a ser nos quienes rehuyésemos el combate dialéctico. Ni los ardides. Aun los más bajos e innobles.

—Y por eso esta ciudad huele tan bien, ¿no? Por culpa del incienso y de la mirra que ofrendan Gaspar y Baltasar, ¿no? Claro. —dejé explícito el sarcasmo alargando la a.

—Eso es una falacia...

—Donde las dan, las toman —le interrumpo—. ¡Venga ya, hombre! Que eso no se sostiene por ningún lado.

¡Lo hemos callado! ¡Y a la primera! El silencio se tornó incómodo. Y, aunque nos daba la impresión de que su condescendencia para con nos era manifiesta, nos hicimos el sueco y simulamos disfrutar de tan pírrica victoria. Continuamos hasta enfrentarnos a un rascacielos, de seguro icónico dados su forma y emplazamiento. Ascendimos sin reflejarnos en las ventanas —inquietante y vampírico—hasta dar con una planta en la que se celebra la tradicional fiesta de empresa. ¿Recuerdan el Nakatomi plaza? Pues si lo adornan a lo “Nymphomaniac” y lo rematan con toques de “El sentido de la vida” —Prokófiev incluido—, tendrán una panorámica bastante completa del desmadre de aquellos ejecutivos que mezclaban vicios y negocios sin el más mínimo pudor, recato o miramiento. Y, por cierto, tras la fiesta, al desolado escenario solo le faltaba un John McClane y su característico “yipi ka yei...”.

Asqueados, nos dimos distancia de la bacanal aquella y nos perdimos, tras cruzar de nuevo el ordenado desfile, que nos recordó una cadena de producción de maniquíes propia del cine de Fritz Lang; pues las personas se trasladaban impasibles, impertérritas ante la necesidad de quienes hurgaban en la basura imperante en las calles aledañas, de quienes se peleaban por unos despojos recién comprados en la frenética carrera por estar a la última. El salto fue brutal, porque no había término medio: ricos y asalariados con posibles frente a pobres, pobres de solemnidad, pobres de los de matarse por un trozo de comida a medio pudrir. Nunca una calle marcó tanto la diferencia: orden, luz, opulencia y, al otro lado de la línea, caos, oscuridad, escasez. Empachados de realidad, nos disparamos hacia el cielo nocturno para alejarnos de aquello. Lo que observamos nos llenó de pena. Círculos concéntricos alternos: el centro de negocios, el estrecho anillo de los fantasmas, los barrios residenciales y la nada interurbana atravesada por venas de oro. Nos llenó de pena porque fuimos conscientes de que los que estaban encerrados eran los miserables, que veían, delante y detrás de ellos, protegidos por muros invisibles, unos mundos a los que jamás podrían acceder, salvo a hurtadillas. Esto sí era de Dickens, y no el leguleyo animado que me habían enviado, que, por su parte, no tuvo más opción que seguirnos.

—¿Has visto dónde les ha llevado la fiebre por el oro? —nos repitió el muy canalla cuando logró alcanzarnos.

Y esta vez nos callamos. No por aquiescencia, no. Nos callamos porque no nos salía la voz, porque algo nos oprimía la garganta y —os recuerdo nuestro intangible estado— no se trataba del habitual hueso de pollo asesino. Mas, para evitar el predecible e inmerecido henchimiento del puñetero fantasma —fantasma en los tres sentidos: esencial, sustancial y literario—, le lanzamos una mirada de esas que exigen un silencio, de profesor viejo a alumno novel. Una que reconoce de inmediato, una que, como la suya, tanto acojona.

—Cuando te recuperes, seguimos... —Mantenemos la visual descrita para hacerle consciente de lo inadecuado de su atrevimiento, y, también, para ganar unos segundos que nos permitan recuperar la compostura—, Majestad —trató de arreglarlo. Tan solo asentimos.

Continuamos. El paseo por la zona residencial lo hicimos ambos mudos. Aquí, salvo el, tras haber cruzado ese anillo oscuro, insultante derroche que de normal hubiésemos definido como “de celebración”, el ambiente podría calificarse como intemporal, al menos respecto de nuestro presente. Comida en exceso y de calidad, vajillas de cumpleaños, cristalerías y cuberterías de boda, decoraciones excesivas más o menos desafortunadas, niños pedigüeños, adolescentes insatisfechos, jóvenes exhibicionistas y adultos defendiendo su estatus. ¡Y el maldito árbol, con sus malditos paquetitos y sus malditas bolas, y los malditos calcetines para el tal Noel del demonio —ni siquiera Nicolás—en las repisas de chimeneas o estanterías! ¡Todo en orden!

¿Todo? ¡No! Un pequeño detalle, con irreductible tesón, martilleaba nuestra consciencia, a medias anestesiada por la normalidad imperante. ¿Qué es? ¿Qué falta?¿Qué coño falta?¡Venga, venga, venga! Nada. ¡Puto alzhéimer! Seguimos de casa en casa, espectadores aburridos de un monotemático plano secuencia que repite escenario "ad nauseam": similares parejas con niños similares, en similares salones de ambientación similar. Todo muy estándar, muy correcto, muy de manual. ¡Vomitivo!

—¿Dónde están los abuelos? —le espetamos a bocajarro cuando conseguimos derrotar al pérfido alemán.

—Sígueme —nos respondió con una languidez que nos arañó el alma. Tanto, que no tuvimos valor para afearle el tuteo.

Algo le pasaba, algo fuera del prurito profesional que le llevaba a mantener esa imagen hierática de profesional intachable. Nos sorprendió e  intrigó. Su tono y actitud nos indicaban que estábamos ante el verdadero propósito de todo este despliegue bilocativo y, al tiempo, que nuestro oscuro chupatintas sí tenía un corazón. Vale que igual no estaba en dónde debía, que no lo usaba de continuo, que era de esos de quita y pon o que solo le estaba permitido fuera del trabajo. ¡Pero, contra todo pronóstico, sí tenía uno! De todo hay, ¿verdad pequeño?, en tu viña.

El camino hasta la periferia se nos hizo interminable. Demasiado... ¿uniforme? Casas iguales, vallas iguales, calles iguales, paseadores iguales de perros iguales. Todo resultaba anodino, carente de chispa, profundamente... artificioso. Sí, ese era el término preciso. En sus dos acepciones. ¡Y manda carajo que lo dijéramos nos, cabeza de una de las casas reales más antigua y, con toda seguridad, entre las tres más longevas! Nos gustamos a nosotros mismos repitiéndonoslo: artificioso, artificioso, artificioso. La única ventaja que tuvo el tedioso paseo fue que nos permitió reflexionar sobre lo que habíamos observado, que puso en marcha un mecanismo que, a la postre, se demostraría imparable.

Todo se inició con un frenazo. Apenas habíamos llegado a una plazoleta con un agonizante e irrisorio espacio ajardinado y una evidente desidia crónica, que empezó ya en la mesa del arquitecto, cuando el chirrido del neumático contra el asfalto nos hizo dar un respingo. En el mismo instante sucedieron todas estas cosas: un vehículo familiar se detuvo, el copiloto comprobó que nadie les observaba —recordad: "intangibles, invisibles, inaudibles, insípidos e inodoros"—, del asiento trasero bajó una persona adulta —al menos de edad— que arrastraba a un anciano, el copiloto y el adulto recuperaron sus asientos y una nueva dosis de goma quemada inundó nuestra pituitaria en una arrancada digna de campeonato de fórmula uno. Y los tres, alucinados, contemplamos la fuga, propia de una película de atracadores. Aun no habíamos asumido nuestro asombro cuando escuchamos un nuevo frenazo: dos hombres agarran al viejo y lo meten en una furgoneta, una puerta lateral que se cierra y una nueva salida derrochando rueda. Los dos tipos de blanco bien podrían colocarse como instructores en cualquier campamento de servicios secretos de élite. Nuestro pasmo se hacía aún más difícil de aceptar, dado su exponencial crecimiento, sumando la inmovilidad a nuestra retahíla de atributos, cuando, apenas un minuto después, se sucedieron de nuevo ambas escenas. Cambiando de copiloto, seudoadulto, hombres de blanco y víctima inocente, claro está.

Avanzamos sin rumbo por aquel extrarradio, todavía intentando asimilar lo visto, cuando al llegar a otra plazoleta se repitió idéntica situación. Y en la siguiente, y en la otra... Por fin, una vez nuestra mente fue capaz de reaccionar, nos subimos a una de esos vehículos acompañando a una abuela que, ésta sí, —¡olé por ella!— la había emprendido a golpes de bolso contra los secuestradores. El trayecto se prolongó un rato. Dejamos atrás la zona urbana y, tras un tramo de carretera en medio de la nada y atravesar un bosque por vías secundarias, llegamos a un alto muro rematado por alambre de espino y concertinas. Guardias uniformados en la puerta acompañados de perros, torres de vigilancia con focos y un despliegue de medidas tecnológicas que hacían pensar en renovados Auschwitz, Alcatraz, Guantánamo o cualquiera de los recintos en que la humanidad ha venido empeñándose, con notable grado de éxito por cierto, en demostrar la poca humanidad —permítasenos el juego semántico— que posee. De no saber que aquello era un asilo, me hubiese asustado. Mas debía ser un asilo de máxima seguridad, para viejecitos muy peligrosos. A pesar de nuestra incorporeidad, no cabíamos en nosotros mismos. Empeoró al adentrarnos en las instalaciones y descubrir no los típicos salones con mesas de formica y partidas de cartas, dominó o parchís, con la tele de fondo casi sin volumen, no. Lo que vimos fueron hileras enfrentadas de butacas con sus ocupantes atados y unos goteros automáticos que los mantenían sedados y babeantes. Androides repasaban los monitores sin descanso; fila de ida, fila de vuelta. Pasillos y pasillos, pisos y pisos, pabellones y pabellones. De haber tenido sustancia, se nos habría caído el alma a los pies.

—Hemos de regresar. Has visto cuanto debías y nuestro tiempo aquí se agota.

Cuando el reloj dio las doce, como cenicientas en el baile, nos y nuestro guía nos fuimos desvaneciendo, solo que con unas sirenas de alarma ululando como música de fondo.

 

* * * * *

 

Me despierto de nuevo en la caja rotulada como "Figuritas del belén" con la alarma de "Arriba, vamos camastrón, deprisa, que nos tenemos que ir para Belén y se va a liar parda en el baño", y, como si fuese un chaval de veinte años, salto de mi hueco del corcho blanco y corro hasta las duchas. ¡Primero, menos mal! Cuando salgo miro altivo a la fila que se ha acumulado, con esa sonrisilla de "Igual me he pasado un pelín con el agua caliente —odio los termos eléctricos— chicos, ya lo siento" y me dirijo a mi aposento. Allí me dispongo, a falta de servicio disponible —¡Cuánta razón tenías, Manrique!—, a prepararme el equipaje. Estoy con el acondicionador de cabello cuando me salta el otro aviso anual en el móvil: "Hoy es la noche". Miro hacia afuera por el pequeño agujero que he logrado hacer en el muro protector de mi prisión y, en efecto, la estrella brilla en el cielo: momento de salir para que nos coloquen en el diorama navideño. Compruebo el móvil y la imagen que me devuelve el calendario de Google no deja lugar a dudas.

Así que desdeño los terciopelos, el plural mayestático —ahora que no tenemos que marcar las diferencias de clase— y la púrpura, y me calzo los pantalones de cuero, la camisa de leñador a cuadros y el chaleco del club. A la que no renuncio es a la corona, que los republicanos están a la que salta, y me la pongo, tras recogerme la melena en una coleta al estilo samurái, sobre el pañuelo negro con calaveritas blancas que gané el año pasado en la barraca de tiro con escopeta neumática y sobre el que tanto destacan los rubíes y las esmeraldas... ¿Ehhh... bien? ¡Céntrate, Melchor, céntrate! ¡Qué tenemos tajo! Tras el momento Miyagi —con bastante más pelo, eso sí— compruebo que el mensaje ha llegado a la lista completa. ¡Bien! Antes de que las manos infantiles o maternas —por lo común son las mamis— se apropien de mí real figurita, realizo mi magia.

Estoy en un garaje. Me coloco el casco, acciono el mando a distancia y arranco mi Heritage. Regodeándome en el petardeo, uno su rugido al de las burras de mis camaradas moteros. ¡Siempre he querido hacer esto! ¡Cómo me gusta ser motero! Poco a poco nuestro número aumenta. Sí. Es hoy. Recorremos las calles como una jauría, como una manada de lobos rabiosos que nunca han tenido mucho que perder. En cada esquina, en cada cruce se nos suman nuevos grupos, guerreros heterogéneos con solo el chaleco como uniforme. En seguida se incorpora Thomas, al frente de los "Maze runners". Y Peter, con sus Niños perdidos. Al llegar a los bosques somos cientos. ¡Esos malditos pequeñajos!, sonrío para mí. No podía imaginarme, cuando recorrí los orfanatos eligiendo a los primeros "hijos", que lo hiciesen tan bien. Conforme crecían reclutaron más y más muchachos, formaron nuevas filiales, surgieron nuevos clubs, siempre guiados por un objetivo común. Ese que asumen ellos, los que nunca escucharon un cuento antes de dormirse, los que jamás recibieron un beso de buenas noches o un cachete cariñoso, los que de los suyos no conservan, siquiera, el apellido.

 Guardias y perros retroceden asustados cuando nos ven llegar. Alguno, algo más valiente, intenta entorpecer nuestro avance; pero somos muchos y estamos decididos. Los canes, mucho más sensatos, detectan enseguida que la magia nos ayuda. A los humanos, algo más animosos, los detiene la lluvia de bolas de nieve con que les obsequia el de los renos, en solitaria superioridad aérea. No puedo menos que agradecerle su colaboración. Parece que, por más que competencia directa, no es mala gente. La batalla dura poco y nuestra victoria es aplastante. ¡Los abuelos ya son nuestros! Aunque las máquinas no suponen obstáculo alguno, el estado de los pacientes nos hace temer por el éxito final.

Cuando pongo al corriente de mi plan a mis dos colegas, no faltan las críticas. Sé que no va a ser fácil devolver a cada abuelo a su familia, ni que estas los acepten de buen grado. Pero cuando les explico mi as en la manga sonríen satisfechos y se afanan, manos a la obra. Queda poco tiempo para hacer los cambios. ¡Solo tenemos esta! Va a ser una noche de reyes muy especial. O atípica, cuando menos. Al día siguiente, cuando amanezca, cada hogar tendrá a su abuelo en la sala, con su tazón de café con leche y sus bizcochos, con sus batallitas preparadas y con la paciencia necesaria para soportar a los nietos más hiperactivos. Cuentos e historias desgranadas al calor de la lumbre, en torno a la mesa, antes de dormir, esos van a ser todos los regalos. Bueno. Eso y carbón para los que se han portado mal, que las normas han de cumplirse. Ya sabemos que no es lo que se nos ha pedido, que puede que nos inunden a reclamaciones.... ¿Y qué? ¿Nos vais a contar lo que hace falta en Navidad? ¿A nosotros, a los Reyes Magos de Oriente? ¡Vamos, hombre! Además, el Espíritu de las Navidades y, no menos importante, su ejército de burócratas y abogados, está de nuestra parte.

¡Ah! Solo por si os derrota el mencionado alemán. Ahí afuera, reunidos en torno a un roscón del tamaño de una rueda de Harley y unas cajas de licor, siempre vigilantes, permanecen mis muchachos, mis hijos adoptivos, los "Sons of Monarchy". Por si se os ocurriera volver a las andadas, "capisci?" ¿Sí? Entonces, feliz Navidad.

jueves, 28 de diciembre de 2017

Mini relatos honoríficos 13: Tsunami (Carmen de Loma)




El último Mini relato del 2017…

            ¿Por qué nos ponemos tristes al hablar de lo último? No es el título del relato de hoy (no), es una pregunta que me hago y que ya me respondo yo, no pasa nada.

            Es el último Mini relato del año, pero habrá muchos más durante todo el 2018; de principio a fin. Aún quedan amigos por aparecer (en la lista están, luego que quieran participar es diferente…).

            En otra lista, en esa de los buenos propósitos para el siguiente año, tengo escrito esto: “Dejar de dar clases para empezar a tomarlas y vivir de mi profesor”. Mis cinco años de experiencia como profe de escritura -los que considero una pérdida de tiempo por mi parte- me han demostrado que no importa lo que se pueda aprender mientras te lo hagan los demás. Al igual que si crías cuervos te arrancan los ojos, si te da por enseñar de forma desinteresada el precio lo pones tú, pero en vez de con dinero, hundiéndote en el olvido. Desde el sofá de mi casa, delante de la pantalla del ordenador, observo el paso de mis alumnos y exalumnos, veo sus ventas y su éxito, y entonces me acuerdo de mi madre, y que esos dos ojos que lo ven, me los dio ella. Voy a su lado y se lo digo: gracias, mamá. Soy una persona gracias a ti; y no te preocupes, que el ordenador que me compraste con el sueldo de fregar tres portales al día durante un año servirá para que ayude a más gente, y después, tú y yo, los veamos seguir creciendo delante de la pantalla.

            Mi madre está muy orgullosa de ellos, no de mí. Podría decirse que me considera un… ¿Fracasado? Quizá. Lo mejor que he hecho hasta ahora ha sido darle un título correcto a mi vida.  

            Daré un último curso de febrero a mayo, y después usaré el blog los viernes para subir los Mini relatos honoríficos. Seguiré escribiendo y lo guardaré en un cajón. Ni siquiera tengo escritorio. Escribo en la cocina, con el portátil media hora enchufado y otra media aprovechando su deteriorado nivel de batería. Ahora mismo lo estoy haciendo así; pero es mi vida, es lo que hay, lo que me ha tocado y lo que tengo que aceptar, y sobre todo dar gracias por estar así de bien cuando hay gente sufriendo. Si no tengo Wi-fi no lo robo; si no sé algo intento aprenderlo, por mí mismo, y en caso de tener a alguien que me lo enseñe, se lo agradezco. No hace falta decir gracias cuando te ofrecen algo sin pedir nada a cambio. El agradecimiento se nota en el corazón, esa parte en la que gano en tamaño, según me dijo mi madre hace muchos años.

            Cambio de tercio, como creo que dicen en las corridas de toros. Solo lo creo porque no las aguanto, pero eso está explicado en otra parte, aquí toca hablar del Mini relato, que ya me he explayado bastante.

            Carmen de Loma –a quien conozco de hace unos mesecitos, y gracias a que fue una de las primeras y las últimas en leerse El diario de un fracasado- nos ofrece una pesadilla para el ser humano. Es un relato angustioso y muy bien explicado y sentido. Me encantan las historias de agobio, y aquí tenéis una digna de ser leída.

            Carmen es un amor de persona. No tengo el gusto de conocerla en vivo y en directo, pero a través de la red –de donde son la mayoría de amigos de esta sección- me sirve. Hemos charlado largo y tendido sobre mi novela y sobre nuestras cosas, y espero que este 2018 sigamos haciéndolo. Además va a formar parte de este último Cibertaller, y sé que tiene ganas de que llegue febrero.

            Os dejo con sus historia, y no olvidéis pasaros por su blog para continuar leyendo relatos tan atrapantes como este.


            Miles de gracias, Carmen; miles de gracias a todos. Que el 2018 sea para vosotros un año cargado de salud, dinero, amor y éxito literario. Que los que escriben lo sigan haciendo y les llegue su merecido reconocimiento, que los que ya lo tengan continúen y los nuevos se lancen a la aventura. Los que no escribís pero leéis, que tengáis un año mágico, rodeados de letras, cariño y amor en vuestro entorno.

            Un abrazo fuerte a todos. Mil gracias y feliz 2018.



El muro de agua llegó sin apenas darnos cuenta. Jamás imaginé que el líquido elemento tendría esa fiereza. Como si de un camión quitanieves se tratara, arrastró todo a su paso. Árboles. Casas. Postes de luz... Todo a mi alrededor estaba siendo derribado. Destrozado.

 

Lo primero que pensé fue que debía apretar todos los músculos de mi cuerpo para frenar el golpe que me esperaba. Cerré los ojos con fuerza. Me encomendé a un dios al que desde niña no había vuelto a mentar y cogí todo el aire que mis pulmones me dejaron absorber.

 

El impacto fue mayor de lo que imaginé. El fuerte golpe me obligó a soltar el aire. Mi cuerpo empezó a retorcerse sin control, arrastrado sin remedio por aquella masa de agua, con cascotes y trozos de madera que guardaba para mí como regalo de bienvenida. Intenté abrir los ojos pero el agua turbia apenas me dejó ver. Un fuerte pinchazo en mi pierna me hizo gritar. Tapé mi boca con las manos desesperada por guardar el poco aire que me quedaba. Otro impacto. Mi cuerpo golpeó con fuerza una pared. El agua, que me aplastaba contra el muro, me fue arrastrando hacia arriba hasta sobrepasarlo. Dejé escapar un grito de dolor al sentir cómo parte de mi piel se desgarraba y quedaba pegada en él.

 

Conseguí sacar la cabeza deseosa de tomar una bocanada de aire. El ruido ensordecedor de los gritos desesperados, de la furia del mar, de los árboles tronchándose, se clavó en mis oídos. El agua volvió a hundirme. El ruido desapareció. Logré abrir un ojo. Parecía que los objetos a mi alrededor bailaran al son de la corriente. Deseaba dejarme llevar por aquella danza. Dejarme llevar por el agotamiento... Pero la imagen de mi hijo se presentó ante mí haciéndome regresar de nuevo. No podía rendirme. No podía esperar a la muerte así, sin más.

 

Un palo metálico se acercó veloz hacia mí. Intenté esquivarlo. Me sujeté a un tronco y tiré de mi cuerpo, casi sin fuerzas, para evitar quedar empalada en aquellas malditas aguas. Pasó sin rozarme. Le seguí con la mirada y el rojo nubló mi vista por un instante. Al disiparse la turbidez grana mi corazón dio un vuelco. Un hombre recibió el lanceo que estaba destinado a mí. Arcadas acompañaron entonces mi viaje. Miré a mi alrededor y vi más personas como él, arrastradas sin control, siendo ensartadas por objetos de mil formas distintas. Horror. Terror. Desesperación. Cada uno de aquellos rostros cargaban su dolor y lo grababan a fuego en mi memoria.

 

Noté que la fuerza del agua disminuía. Un rayo de esperanza que me dio las fuerzas para aguantar un poco más la arremetida. Sujeta a aquel árbol muerto, mi mente hacía verdaderos esfuerzos por no pensar en nada. Por simplemente trasmitirle a mis músculos que no cesaran de apretar.

 

Cuando por fin llegó la calma, apenas me quedaban fuerzas para mantener la cabeza fuera del agua. Mi espalda me ardía como si estuviera en carne viva. La herida de mi pierna continuaba sangrando, debilitándome aún más.

 

Lo que no imaginé era que la corriente regresaría.

 

Esta vez, los cadáveres y los restos de aquel lugar paradisíaco llegaron a mí sin avisar.

 

No me quedaban fuerzas. No podría soportar otra embestida más...

 

Entonces pasó. La puerta de un vehículo salió despedida contra mí.

 

Y zas. Oscuridad.

 

Ya no recuerdo nada más. Desde aquel día vago de arriba a abajo por esta playa sacada de una postal. Miro el mar y su inmensidad y me doy cuenta de lo insignificantes que éramos.

 

Me giro hacia tierra firme. La vegetación vuelve a cubrir la zona del desastre. Miles de cuerpos aún siguen allí sin poder ser rescatados, hundidos entre el lodo y el barro que ahora alimentan la selva. Y, entre ellos, el de una mujer que intentó sujetarse a un tronco. Que aguantó la arremetida. Pero que, por un destino macabro, no volvería a respirar, dejándola atada para la eternidad en esta tierra perdida...



miércoles, 27 de diciembre de 2017

Especial Navidad 2017: El incienso del amor (Dolors López/ Grupo A)


Un año más nos desembalan de esta cosa tan rara que llaman plásticos y que en formas de burbujas impiden que nos quebramos. Por la edad que tengo, y por el ajetreo que me confieren en estas fechas, mis huesos se resienten. Son más de dos mil años cumpliendo con esta función de cumplir sueños. Eso que las dudas me asaltan todos esos días, que fuera de mi refugio observo la realidad. Ya no reconozco nada de mi tiempo, cuando tributamos nuestras ofrendas al Biennacido en Belén. Partí de mi patria, Persia, con el consenso de todos los sabios del reino. Mi madurez mostraba el equilibrio en las respuestas y la justicia necesaria para decidir. Siempre me montan a lomos de un camello, en las representaciones navideñas; pero en realidad, partí en un bello caballo árabe de crines negros, trenzados con suma belleza. Su porte era majestuoso, como el mensaje que guardaba en mi pecho, para el recién nacido. En mis alforjas guardaba el más preciado de mis bienes, incienso, entre otras dádivas como miel y requesón, típicas de mi tierra.

Alguien se acerca a recogerme; a lo largo de mi historia han ido transformando mi apariencia, aunque debo señalar que, esto, que es mi corazón nada ni nadie lo puede alterar. Calculo que debo ser una figura de cuarenta centímetros, de arcilla coloreada con vivos colores: un añil intenso para mi capa aterciopelada, con nacaradas perlas dispersas por toda ella; gris para la seda de mis bombachos y el azul del firmamento para este sayo de mullida lana. Mi barba sigue intacta, aunque yo partí camino de Belén sin ella; dudo si me creció en el trayecto o quizás, sea creación de algún artesano en los primeros años de nuestra leyenda. Sólo me queda un vago recuerdo de todo ello; la memoria no siempre acierta con lo vivido; distorsiona a su conveniencia la realidad, y la tiñe de difuminados colores con el paso de los años. El caso que ahora me puebla una barba castaña con reflejos bermellones. Igual que mi pelo, el panizo de ellos es un puro convencionalismo de las navidades de centros comerciales.

No me puedo quejar, el mimo con que mi dueña me trata me empaña los ojos. No siempre ha sido así, Antes de encontrarme con Melchor y Baltasar camino del portal; tuve que enfrentarme a mercenarios romanos que intentaron robarme mis ofrendas. Mas, la astucia no es cuestión de fuerza, sino de inteligencia. Mi sabiduría me salvó de la rudeza de sus actos y la marcha pude reanudar. A lo largo de los siglos he pasado por miles de hogares. Desde el más modesto, al más ostentoso; de palacios a chozas en los arrabales. Mas, siempre mi magia se ha mostrado equitativa con todos ellos, según sus necesidades. El más de los ricos que necesita afecto y comprensión, y el pobre que precisa un abrigo para el duro invierno; entre mis alforjas siempre está el regalo necesario.

Este hogar parece acogedor, la suavidad de las manos de María, la señora de la casa, contrasta con sus ojos apesadumbrados. Distingo una tela invisible de tristeza en ellos; sus arrugas no son tanto por la edad como por el enjuto de su ceño. A pesar de su madurez avanzada, cuida sus gestos entre la elegancia y la meticulosidad. Me deja en el lugar señalado en el belén artesanal, todas sus figuras ocupamos nuestra posición. Por unos días, todos nos volveremos a reunir más allá de las cajas en las que pasamos el resto del año. Ya distingo los pastores junto a sus rebaños que pastan entre el río y el pesebre. Las lavanderas ya lavan sus ropas entre chismes y villancicos. Los niños juegan alrededor del burro, y el buey yace en la tranquilidad acogedora de la paja que le sirve de lecho. Melchor y Baltasar me adelantan atravesando el puente que divide la orilla norte donde se han edificado los palacetes más suntuosos del pueblo y la orilla sur, las casas más modestas donde las sirvientas ocupan su lugar junto a sus familias. Incluso, las ocas y los patos se pasean entre el río y los matorrales que esconden conejos y ardillas. Y los perros que corretean persiguiendo los gatos confundidos con la parda noche. La estrella ya reluce con la intensidad del sol, y todos nos reunimos venerando al Nuevo Mesías. La magia de estas fechas se presenta en cada rincón del salón. Las guirnaldas adornan la chimenea junto a ese nuevo símbolo importado de otras tierras, y que se hace llamar Santa Claus, aunque sé de todo lo que guarda en ese saco que cuelga a las espaldas. Lo mismo que nosotros las Majestades de Oriente buscamos unir a los hombres en el amor y el respeto.

A pesar de que reina el sabor de la Navidad, con gusto a canela y almendra; azúcar y chocolate; percibo un olor desconocido o al menos que no identifico, es un aroma que más bien repele, humedad, prisionera rancia de armarios carcomidos por el tiempo sin airear. Es pesado el ambiente que impregna toda la estancia, a pesar de las velas aromatizadas y el incienso que se quema sobre la vitrina. Consulto a Melchor si es cosa de mi nariz aguileña, o tal vez él también lo advierte. Con la sabiduría que le dan la longevidad de los años y la suspicacia de la que hace gala, responde que la pesadez que se respira es la tensión reflejada en los rostros de los miembros adultos de la casa. Debo indicar que desde hace diez años el pueblo donde se ubica el pesebre y todos los que lo habitamos, formamos parte de la familia García. Echando la vista atrás recuerdo como aquella joven pareja se acercó a la parada del Rastro donde un viejo anticuario nos había expuesto. Me sorprendió el aura de ella, era cálido y cercano, mullido como la lana de las ovejas; la luz que irradiaba era paz y calma. Por el contrario, el joven que la acompañaba, era seguridad en sus palabras y confianza en sus gestos. No dejaban de mostrar su amor y cariño en besos y arrumacos. Nos compraron aquella mañana de diciembre, ocuparíamos un lugar de honor en su nuevo hogar. Serían sus primeras Navidades juntos y la primera de la nuestra en ese joven hogar.

Los años nos volvieron solidarios con la nueva familia, nuestra generosidad era infinita con los más pequeños que nacieron, dos en concreto, sus travesuras y su quita y pon de un lugar a otro nos llevaban locos. Mas, nosotros fuimos generosos con ellos y es que, sus sonrisas y felicidad nos alimentaban y lo siguen haciendo. Aunque tengo el pálpito de que estas Navidades serán diferentes. María, la madre, se le ve triste, aparenta normalidad en estas fechas, carreras de última hora, de aquí para ella, ultimando la cena de Nochebuena, envolviendo regalos en papel de celofán de colores, y colocando guirnaldas y bolas por toda la casa. A pesar de ello, sus ojeras la delatan y su sonrisa forzada dice de su contención. Denota preocupación y sus silencios se evidencian cuando su marido, Pedro, aparece. Él siempre va con prisas, prisa para comer; prisa para dormir; prisa para ver el partido del fin de semana… Y es que el reloj marca cada una de sus secuencias durante el día. Una calvicie incipiente en alguien tan joven es síntoma del estrés que sufre. Ahora que lo pienso, estrés es un vocablo que ha añadido a mi vocabulario, tan antiguo como los dos mil años que nos distancian. Pero somos Reyes Magos adaptados a sus tiempos y las circunstancias que debemos aceptar como nuestras.

Escucho gritos, una discusión, justo antes de la gran cena. De años anteriores, María prepara un gran banquete para sus invitados. Aperitivos elaborados, marisco variado y pavo relleno; todo ello regado con buenos vinos y cava catalán; horas de elaboración con todo el esmero y el cariño que ella le pone. Sus invitados, hermanos y sobrinos; padres y suegros, y su tía Eulalia, la soltera. Pongo atención, María recrimina a Pedro su falta de interés y su poca colaboración en casa. Pedro, con tono elevado le reprocha qué si no fuera por él, ella no tendría lo que tiene. Enzarzados entre tantas palabras censuras se me encoge el alma. Suerte que los más pequeños, David y Míriam están con sus abuelos. Oigo la palabra separación y la tristeza nos encoge a todo el pueblo de Belén. Ellos han sido nuestra familia durante los últimos diez años, y no podemos dejar que la rutina y el trabajo acabe con todo ello.

Quizás tengamos que adelantar nuestras ofrendas a esta noche, quizás debamos mostrarle los mayores obsequios que pueden poseer, adornados de mucha realidad y la suerte que merecen. Melchor y Baltasar están de acuerdo conmigo, la familia necesita su regalo de Reyes, esta Nochebuena.

Eulalia, la tía soltera, siempre viene a ayudar a María con la cena. La belleza de su madurez transmite calma en su hablar pausado y discreto, mas siempre acertado. Su serenidad, refulge en sus ojos que delatan más de lo que observan. Se anticipa a todos y ya nos está observando.

—María, que bonito te ha quedado el belén este año, —dice.

—Gracias, tía, eso que este año no tenía muchas ganas de ponerlo.

—¿Y eso?

María se calla, no quiere hablar de ello. Mientras, Eulalia me mira, le guiño un ojo. Me vuelve a observar y le indico que acerque su oído a mi boca. Ella nada sorprendida de que una figura de navidad le hable, asiente a lo que le explico.

La tensión entre el matrimonio se corta con el filo de una navaja, los invitados se sientan alrededor de la mesa; los más grandes con la alegría de unas copas de mas y los más pequeños con la felicidad de esperar sus juguetes. María y Pedro ni se miran en el transcurso de la cena; algunos detectan que esta Nochebuena no es como las anteriores: algo pasa. Las risas parecen forzadas; los comentarios se congelan en el aire; los brindis se suceden con el ansía de agotarlos. Eulalia con la suspicacia adquirida por la vida y la sensibilidad de quien le duelen los suyos, recuerda lo que hemos hablado en nuestra breve conversación. Espera el momento adecuado para decir lo que siente.

Es la hora de la entrega de regalos, los más pequeños ya disfrutan de sus coches, las muñecas que se maquillan y algún que otro libro. Los mayores esperan su momento; ellos prefieren eso que llaman el “amigo invisible”, cada uno recibe un regalo de un amigo o familiar anónimo. María y Pedro muestran el cansancio en sus gestos y cierta pesadumbre en sus caras, les toca el turno de recoger sus regalos del canasto mágico.

María rasga el papel de regalo con corazones de fondo; de su interior, extrae un frasco de perfume vacío, incluso el vaporizador de bola antiguo se atasca al apretar. La extrañeza se dibuja en la cara de María, y también la incomprensión; a pesar de ello no dice nada. Eulalia, observa la reacción de su sobrina, esperando el momento adecuado para actuar. Pedro abre su regalo, rompe el papel con desespero; para él la noche se está alargando sobremanera. Muestra lo que se oculta tras el envoltorio, un reloj sin agujas. La desdicha se refleja en sus pupilas anegadas en unas lágrimas secas. María y Pedro se miran sin entender que está pasando. Desde mi lugar en el belén puedo observarlos, saco el incienso de mi cofre de oro; humea con la fuerza del amor que deseo que vuelva. Eulalia se erige en intérprete de mis ofrendas, las que le entregué a ella para sus familiares. Se dirige a María, le coge sus manos y con cariño le traduce lo que deseo que escuche.

—María, este frasco es para que recojas todos los aromas de la felicidad. Esos momentos que se inspiran junto al que amas. Los instantes en la que la paciencia debe ser una prueba de amor.

De igual manera, le habla a Pedro, taciturno y serio.

—Pedro, este reloj marca el tiempo que te queda para vivir la vida. Si pones límites a todo aquello que quieres más, se quemarán entre el fracaso y la frustración.

María y Pedro asienten, se miran y con un beso en los labios sellan la reconciliación, mientras el incienso del amor se quema eternamente.