jueves, 7 de diciembre de 2017

Mini relatos honoríficos 10: (Amor, sangre y pasión/ Martha @Gothic_Eternal)















Esta semana los Mini relatos honoríficos vienen cargados de amor y penumbra. La oscuridad gótica sale a la luz con esta sobrecogedora historia, y me alegra porque hace que me sienta como en casa.
Apagad toda la luz de la habitación, encended una vela o una pequeña bombillita y dejad que el espíritu gótico penetre en vosotros. Mi amiga Martha os va a contar una historia que no podréis olvidar. Os recomiendo visitar su espacio porque encontraréis poemas y relatos tan sentidos como este. Vivid un mundo en la oscuridad, donde a veces se ven las cosas más claras (como dijo Santiago Bernal).
Hace unos cuantos años que nos seguimos en Twitter, y cada vez que puedo me paso por su cuenta para disfrutar de lo que escribe y comparte. Os animo a que hagáis lo mismo.
Os dejo con la historia de mi amiga gótica. Y no olvidéis seguir leyendo sus escritos aquí:
https://eternagotica.wordpress.com/2017/02/24/amor-sangre-y-pasion/
¡¡Feliz puente!!
Nos vemos la semana que viene con Miguel Borgas.












Solía caminar cada noche por las calles vacías, hasta que se topo con una sombra tan parecida a su silueta…era misteriosa, nocturna y temerosa, llevaba la mirada mas delirante, alma agobiante pero excitante al olfato de la locura, jamás cruzaron palabra pero en Silenció se respiraban, bajo la luna su piel besaban y antes de terminar la noche se alejaban cada quien a su vida cotidiana, por las mañanas las calles alborotadas por los asesinatos de simples almas perdidas la gente temerosa y exaltada…sin pistas, sin quien a los muertos les lloraran;
Nadie sabia quien salía por las noches a disfrutar del sabor de la sangre tibia y espesa sobre la piel de a quien en besos y caricias devoraba…















Excitación, pasión y tal vez amor, ella sedia a sus manos, a sus labios dejaba la desnudara y la abrigara con ese liquido excitante… color rojo pasión, sabor a óxido y a deseó…así es como se amaron , así es como una noche los dos se asesinaron…
Se decía que él era un hombre de familia y por las noches a caminar salía; ser un asesino serial fue su final, pues no pudo destrozar a aquella mujer que sedio a su sed de matar …
La chica solía escaparse de un hospital de enfermos mentales y prefirió morir en sus manos a ser nuevamente esa alma solitaria vagando… Fue así que él la asesino y después la vida se quito.
Todo es tan cierto  ….
¡El verdadero amor Mata!

domingo, 3 de diciembre de 2017

Mensaje en una botella (Joana R. Álvarez / Grupo C)



La desesperación nos lleva a hacer cosas muy raras, pero seguro que eso ya lo sabéis. Normalmente son cosas drásticas y más bien negativas, pero a veces son sólo cosas raras. Ese es mi caso.

Llevaba un tiempo deprimida, y aunque seguía las indicaciones de mi psicólogo al pie de la letra, escribía el diario, tomaba la medicación y todo eso, no parecía mejorar (o al menos no como quería), puesto que mis médicos decían verme mucho mejor siempre en todos los aspectos. Claro que ese es su trabajo y ellos también quieren animarme.

Bueno, era incapaz de ver las mejorías que todos decían y me frustraba. Mucho,  tanto que estaba al borde del precipicio de nuevo y pensando en saltar. Un día vi en una serie para niños lo de los globos con tu dirección; es decir, atas un papelito con tu nombre, tu edad y tu dirección a un globo hinchado con helio y luego lo sueltas para que viaje con el viento. Con suerte tu dirección le llega a alguien de otro país o continente y te envía una carta, así ganas un amigo por correspondencia. Y eso me dio una idea.

Por supuesto soy mayor para lo del globo, y no era precisamente un amigo por correspondencia lo que buscaba o necesitaba, así que pensé que si necesitaba algo diferente haría algo diferente; por lo tanto, mezclé algunas cosas: el globo, lo de dejar libros en sitios públicos para que otros los encuentren y los lean, y una especie de mensaje de socorro, aunque debo decir que esa idea me la dio una canción de Sting and The Police. Bendita música cuando llega en el momento adecuado.

Unos días después, tras decidir qué, cómo y dónde hacerlo, me armé de valor, escribí una especie de carta de desahogo o petición de ayuda en un bonito papel verde, la metí en una botella y la dejé en el patio de la clínica al que podía salir a tomar el aire o fumar. Con suerte alguien la vería y le llamaría la atención; sin suerte, la tirarían a la basura sin fijarse en lo que había dentro.

En la carta, además de desahogarme, puse algunas normas, como nada de información personal, contacto directo ni espiar para ver quién soy. Y eso, por supuesto, siempre que quisiera seguir sabiendo de mí. Y si quería responderme, debía dejar la botella vacía cada jueves en el lugar donde la encontró.

Así fue como le conocí. Sí, rompí las normas, y lo hice yo sola. No me arrepiento, a pesar de todo. La culpa fue mía. Yo solita me lo busqué.

Mi mensaje en una botella llamó la atención de uno de los doctores del turno de noche. Me contó que la vio el viernes de madrugada cuando salió a fumar, y casi la usa de cenicero; pero al ver el papel en el interior se extrañó, lo sacó y lo leyó. Me dijo que quedó fascinado casi antes de comenzar a leer sólo por el hecho de haber elegido una forma tan romántica y tan clásica de buscar ayuda adicional. Hoy en día la mayoría de la gente opta por foros, blogs, redes sociales… En resumen: internet da para muchas cosas.

Dijo también que leyó varias veces la carta durante la semana para poder ir redactando la respuesta y tenerla lista a tiempo.

Noté su entusiasmo ya en su primera carta, aunque lo atribuí a un gran interés profesional por ayudarme, como es lógico, ya que es médico. Aunque ese dato no lo mencionó hasta el final de su nota. Fue muy listo en ese sentido. No quería asustarme ni que pensara mal de entrada. Se nota que es bueno en lo suyo, ¿verdad?

Decía que, por mi letra, mi elección en el método y lo que contaba en la carta, debía ser una chica joven, retraída, que había pasado por muchas cosas en la vida, que obviamente estaba en tratamiento y que, a pesar de todo, no me cerraba al mundo ni a los demás, ya que de ser así no me habría arriesgado a hacer algo como eso. Luego me contó cosas similares de sí mismo para que no me sintiera en inferioridad de alguna forma, y finalmente me dijo que no era un interno más del centro, sino uno de los que trabajaban allí en el turno de noche.

¿Verdad que es un bonito comienzo? A mí me lo parece.

Cuando vi la botella con un papel en su interior la semana siguiente, casi salto y grito de emoción, pero logré contenerme para no revelar mi identidad. Me parecía posible que le hubiera pedido a alguien que se fijara en quién recogía la botella, y no quería que eso pasara, así que con la misma discreción y cuidado que la dejé, la recogí con su respuesta.

Al igual que él, leí y releí la carta varias veces a lo largo de toda la semana, y cada día iba escribiendo una parte de la respuesta, siempre acorde a sus párrafos y a los temas que él trataba. Por supuesto, también tenía mucho cuidado de no contar nada que pudiera darle pistas de mi identidad. Para que quede más claro: era como Meg Ryan y Tom Hanks en “Tienes un e-mail”, amigos que se cuentan sus cosas pero sin detalles personales, salvo que en este caso contaba mis sentimientos destructivos y él me daba consejos para superarlo, aunque consciente de que era muy probable que esas mismas recomendaciones ya me las hubiera dado alguna otra persona de las que me trataba, lo cual a veces era cierto.

Las semanas fueron pasando. Nosotros nos fuimos conociendo cada vez un poco más, y terminamos compartiendo información sobre nuestros gustos respecto a cosas como la literatura o el cine; hasta nos hacíamos recomendaciones en alguna que otra ocasión. Poco a poco fuimos forjando algo que cada semana se hacía más fuerte, un lazo que con cada carta se apretaba con más firmeza. Creo que nos enamoramos, aunque no de la manera tradicional, sino más bien como Christine Daaè y Erik se amaban. Sí, hablo de “El fantasma de la ópera”, por si no quedaba claro.

Pasaron los meses y, al final, fui yo la que no pude resistirme a verle, a ver si se parecía en algo al hombre que me había imaginado o si era algo diferente por entero. Quizá me obsesioné sin darme cuenta, o puede que sólo necesitara verle para asegurarme de que era real, no un sueño ni mi imaginación, o a saber si algo peor.

Esa semana cambié la cita con mi doctor a última hora para poder estar allí a primera hora de la tarde. Aunque no fumo, utilicé esa excusa y conseguí un cigarrillo para poder acceder al patio y verle… Pienso que el término correcto es “descubrirle”. Sí, para poder descubrirle. Así que, una vez en el patio, pedí que me encendieran el cigarrillo y, para disimular, me puse a charlar con varios pacientes de un grupo de apoyo. No era nada muy trascendental porque ellos tampoco podían compartir demasiada información durante las sesiones, así que podía permitirme mirar de forma discreta, aunque más o menos constante, hacia la ventana donde él debía dejar la botella con la esperanza de que apareciera pronto. Al cabo de un rato empecé a pensar que no le vería porque era posible que dejase la botella al final de su turno, antes de salir por la mañana; y cuando estaba a punto de marcharme a casa, reprendiéndome por haber tratado de romper la norma, le vi.

Era alto, algo pálido y ojeroso, pero bastante atractivo. Me pareció discernir unos ojos claros, pero no estaba lo bastante cerca como para asegurarme de eso. Llevaba el pelo largo y era del color de la madera de caoba. Recuerdo que no pude evitar pensar si se teñiría o si sería natural. Como ya me había comentado en las cartas, fumaba; le vi hacerlo antes de dejar la botella que sacó con gran discreción del bolsillo de su bata. Y me llamó la atención que llevase la corbata sin anudar y los dos primeros botones de la camisa desabrochados. Le daban un toque un poco sexy, pero sin que pareciera algo buscado; también recuerdo pensar que no era muy profesional. Con suerte, con el tiempo le podría preguntar por ese detalle, aunque reconozco que me gustaba imaginar que me respondería, que era su forma de desafiar a la moda y a la obligada formalidad en el vestir.

El tiempo siguió pasando y, después de un par de meses más, decidí contarle cómo había roto las normas en más de una ocasión sólo para poder verle y fantasear con él. Durante un tiempo nuestras cartas fueron subiendo considerablemente de tono en algunas partes. Era muy excitante. No sólo leerle, sino… Bueno… Imaginarlo y… Otras cosas. Muy excitante. Aún suspiro y me ruborizo sólo de pensarlo.

Y cuando todo parecía apuntar a que era hora de dar el paso, cuando podíamos y deberíamos haber dejado de ser desconocidos para convertirnos en mucho más, llegó la bomba, y os aseguro que fue una de esas que no dejan supervivientes en kilómetros.

Estaba casado. De hecho, la última de sus cartas no era suya, sino de su mujer, que como es lógico me llamaba de todo menos buena persona. Me insultó de todas formas posibles, incluyendo llamarme loca; claro, me tachó de rompe-hogares, roba-esposos, arruina-vidas y no recuerdo cuántas cosas más. Y me dejó más que claro que si seguía escribiéndome con su esposo tomaría cartas legales en el asunto y sería el fin de mi existencia. Bueno, no tanto, más bien el fin de mi libertad.

Eso me destrozó. Me dejó tan mal que a la semana siguiente mi intención era presentarme ante él y decirle que no me parecía justo cómo me había utilizado y que había decidido terminar con la relación, pero no por la amenaza de su mujer, sino por mi amor propio y el respeto por mí misma que me tenía.

Entonces le vi, vi su cara, vi sus ojos más ojerosos que de costumbre y vi cómo se sentaba en una esquina del patio y rompía a llorar pensando que nadie le prestaba demasiada atención como para darse cuenta, y eso después de ver que la botella no estaba en su sitio habitual. Me dio mucha pena, tanta, que al final me acerqué a él, aunque ya sin ánimos de contarle la verdad. Sólo quería consolarle un poco.

No le saludé, no me presenté y ni siquiera sonreí, sólo le ofrecí un pañuelo de papel y me senté a su lado. Nada más. Y eso fue todo lo que necesitó para calmarse. Me dio las gracias de forma algo brusca y respiró hondo un par de veces; luego se disculpó porque no quiso ser tan cortante y, casi sin más, comenzó a contarme por qué estaba así, aunque yo ni siquiera había hablado.

Mi corazón quedó resarcido cuando escuché sus bonitas palabras. Me contó que había conocido a alguien con quien conectaba más íntimamente de lo que lo había hecho con nadie nunca en su vida, que se había estado preparando para dar el siguiente paso y proponerle ser algo más; hasta me dijo que había estado hablando con sus abogados para que su mujer no tardase en recibir los papeles del divorcio y hacer las cosas bien con las dos. Y entonces llegaron las mentiras. Lo siguiente que me contó fue que, cuando le dijo a su mujer lo que le estaba pasando y que quería dejarla porque ella merecía algo mejor y él había encontrado algo que nunca hubiera soñado, ella trató de suicidarse delante de él, que luego en el hospital le había dicho que estaba embarazada y que era incapaz de dejarla en ese estado, puesto que, después de todo, la quería.

En ese momento, todos los sentimientos amables que me habían llevado a sentarme con él y a escucharle, se desvanecieron. Y aunque me habría encantado gritarle, insultarle y desmontar su historia plagada de mentiras, lo único que hice fue levantarme, decirle que buscase un buen terapeuta que le ayudase a solucionar sus problemas matrimoniales y asegurarle que lo más probable era que la otra mujer no fuera tan buena para él como creía, pues ni siquiera la conocía y bien podía ser todo un engaño de cualquiera de los internos. Y me marché.

Regresé a casa y le escribí una carta en la que le contaba lo que había supuesto para mí recibir una carta del puño y letra de su esposa, que lo nuestro debía acabar porque ya no era posible volver atrás y tampoco podíamos ir más allá, y que ya no le escribiría más después de esta carta, aunque él era libre de escribirme tantas como quisiera si quería, pero tampoco le aseguré que las fuera a leer, aunque las recogiera. Por supuesto, esta carta acompañaba a la que había escrito su mujer, puesto que la dejé dentro de la botella cuando la leí.

Y la respuesta que recibí a la semana siguiente fue peor (mucho peor). Más embustes. Me decía que no estaba casado, que no era más que una carta estúpida de una exnovia obsesionada con él, que no debía hacerle caso y, que por favor, no le dejara, pues creía estar enamorado de mí. También me escribió una bonita historia de fantasía en la que esa exnovia se colaba en su casa de vez en cuando y le acosaba. Aún recuerdo la amargura con la que reí.

Dudé. Tenía ventaja y podría entrar en su juego y dejarle creer que me tenía camelada, pero por otro lado estaba dolida y destrozada, y quizás no fuera capaz de ocultarlo en las cartas. Al final decidí entrar en su juego. Después de todo, él se estaba divirtiendo. ¿Por qué no iba a hacerlo yo también? Craso error por mi parte. Terminé quemándome por no saber retirarme a tiempo.

La idea era ponerme en contacto con su mujer, contarle la verdad y, juntas, darle una lección, pero primero quería recopilar algunas pruebas más sobre lo que decía de ella para que me creyera y para que pudiera ver con sus ojos la clase de persona que era su marido.

Como he dicho, esa era la idea, pero en algún momento del camino perdí de vista el objetivo y… simplemente perdí. No sé cómo o cuándo olvidé la verdad sobre quién era él y qué nos había hecho a dos mujeres que lo queríamos, pero pasó. Pasó y fue a más. A mucho más. Demasiado.

Por supuesto, tuve cuidado de no volverle a ver y de que él no me viera a mí. Procuré recordarme semana tras semana que todo era un juego, un simple montaje para obtener más información falsa y luego poder darle un escarmiento. Pero llegó el “te amo” que nunca esperé después de la carta de su mujer. Llegó también el “quiero casarme contigo” que jamás habría soñado, ni siquiera antes de saber la verdad. Al final llegó el “quiero verte, conocerte y al fin besarte y confirmar que no eres el mejor sueño del mundo”. Y creo que fue ahí cuando me perdí.

Durante tres semanas no pude responderle porque siempre estaba allí cuando me acercaba para dejar la botella, así que me iba antes de que me viera. Por fin, la cuarta semana, pude dejar la botella con la respuesta en el patio e irme a casa después de una sesión a media tarde con mi terapeuta. Bueno, en realidad eso ha pasado hoy, hace unas pocas horas, aunque si llego a saber las consecuencias que eso traería, no lo habría hecho. Lo prometo. Porque ahora estoy en un hospital, a punto de morir. No, no fue él, aunque lo pueda parecer. Fue su esposa. Descubrió que seguíamos escribiéndonos y en un arrebato de celos le mató. Sin más, con un abrecartas. Luego fue al patio, donde descubrió que nos dejábamos los mensajes, y cuando me vio dejarlo desde una ventana de la planta superior, bajó, cogió la botella, la rompió y salió en mi busca. Me clavó la botella en la espalda a la altura de los riñones, luego en un costado justo entre las costillas y, por último, en el cuello. Sé que voy a morir porque estoy consciente y escucho a los médicos, aunque ellos no lo saben. Llevo horas aquí y no tienen esperanza. Y yo tampoco. No después de lo que ha pasado, de cómo perdí el norte y de cómo, enteramente por mi culpa, he acabado aquí, muriendo.

Quizá ahora me reúna con él. Quizá ahora podamos estar juntos. Quizá ahora todo salga bien.

jueves, 30 de noviembre de 2017

Mini relatos honoríficos 9: (La tormenta/ Diego G. Andreu)




Tengo el placer de presentar a uno de los mejores escritores de terror que he leído en los últimos tiempos (y no exagero). Vivimos en un mundo donde el reconocimiento solo se lo llevan aquellos que ofrecen historias en tapa dura, pero a mí me encanta ser de los que publica en tapa blanda; de esta forma, sé que sigo en el planeta Tierra, no se me sube nada a la cabeza y, por lo tanto, mis ojos continúan disfrutando y valorando a mis compañeros.

            Zombie podría estar perfectamente en tapa dura, en una editorial o en el escaparate de una librería de bastante éxito. Está en Amazon (luego podréis entrar si deseáis leer la historia) como lo está mi diario de Iván, y eso no significa que estemos por debajo, sino lo que he comentado al principio: seguimos en el planeta Tierra.

            Al igual que me gusta explicar lo que escribo, me gusta que me lo expliquen cuando leo, y Zombie está muy bien explicado. No me importan esas novelas supercultas, de lenguaje superior, bello y bla, bla… La mayoría no las entiendo porque no me explican la historia (le toca hacerlo al diccionario); sin embargo, con Zombi viví la angustia de sus dos personajes principales de principio a fin. Estuve con ellos, vi dónde se encontraban y lo que les iba sucediendo.

            Los chicos del Cibertaller saben que contar historias es fácil, lo difícil es saber contarlas. Como aficionado a la escritura me puedo hacer una idea de lo que le costó a Diego escribir Zombie, pero lo bueno es que parezca muy sencillo a la hora de leerlo. Muchas novelas de terror, ciencia ficción, amor, y demás géneros habidos y por haber, se plagian las unas a las otras aunque a priori no tengan nada que ver. Todas llevan al lector al mismo lugar donde se fue el autor: a los cerros de Úbeda.  Puedo asegurar que con Zombie no ocurre esto; y si confiáis en mí y queréis leer una buena historia de terror, la encontraréis aquí:


Con la historia que Diego ha escrito para los Mini relatos honoríficos, y que además ha tenido el detalle de dedicarme (gracias, compi) me ha ocurrido lo mismo. Tiene ese toque que hace sentir, y sé que soy muy pesado con tanto sentir y sentir, pero es que es lo principal que tiene que tener una novela o relato. Gustarte la lectura sin enterarte de lo que lees es como quien pretende emborracharse a base de cervezas sin alcohol: a la quinta lo dejas por imposible. Que te cierren un libro a las pocas páginas por no enterarse de lo que escribes, es lo más triste que puede ocurrirle a un escritor.

            Esto no os ocurrirá ni con Zombie ni con el relato que leeréis a continuación.

            Gracias, Diego. Un abrazo fuerte.

            Gracias a todos.

            ¡Hasta la semana que viene!




Aquella tormenta de verano fue la más extraña y extraordinaria que Damián Piles hubo visto en sus doce años de vida. La noche del 12 de agosto, fue la noche en la que sus pesadillas se hicieron realidad.

Incapaz de sucumbir al yugo del sueño, se hallaba tumbado en la cama expectante, contemplando a través de su ventana cómo los relámpagos iluminaban el contorno de las nubes en la lejanía, envolviendo las cimas de las montañas que escudaban la granja de sus padres, sin embargo, lo que llamaba su atención eran los destellos púrpura que se enredaban en el cielo, tejiendo una madeja fosforescente, también los truenos ahuecados, como jamás los había escuchado, igual que un disparo dentro del agua.

Damián desconocía que la tormenta traía algo consigo, algo que arrastró el viento y entró por la ventana de su habitación.

El pequeño, sin apartar la vista del espectáculo visual que se estaba desatando en el cielo, se agitó en la cama. Calculó que aquella inusual tormenta llevaba viva unos quince minutos. El calor era insoportable y su cuerpo sudoroso había empapado las sábanas desde hacía ya algún tiempo. Luego, percibió un extraño aroma a trigo mezclado con aceite de la batería de un coche, al mismo tiempo que los tonos encarnados de los relámpagos desaparecían repentinamente y los truenos, ahora más espaciados, cobraban su timbre habitual.

Tras la tregua de la tormenta, la habitación quedó sumida en la más absoluta oscuridad, y cuando Damián se vio envuelto por la nada, renació en su mente el terror que creía haber dominado, pero que de algún modo solo había hecho que ocultarse esperando la oportunidad de mostrarse de nuevo: la creencia de que algo monstruoso había debajo de su cama.

Por un instante, Damián fue consciente de cómo el cuerpo humano reacciona de forma extraordinaria al terror que lo atormenta. Sí, solo fue un instante, tan corto como un parpadeo, porque después su corazón latió tan rápido y el calor que pegaba las sábanas a su piel se convirtió en un sudor frío de una forma tan súbita, que su mente solo pudo concentrarse en qué era lo que moraba por debajo del colchón.

Otra vez. Otra vez comenzaba con la misma historia que lo había atormentado hasta los ocho años. Trató de mantener el ritmo de respiración tal y como le había enseñado el psicólogo. Aquel doctor calvo y de ojos saltones había sido explícito en sus métodos de autocontrol: debía conservar la calma ante todo, oxigenar su mente mediante una respiración rítmica y pausada, como creía que lo estaba haciendo, y lo más importante, repetirse a sí mismo una y otra vez que los monstruos no existen.

Los monstruos no existen, los monstruos no existen…

Sin embargo, si el doctor hubiese sentido cómo el colchón se combaba desde abajo empujado por algo no hubiera dicho lo mismo. Los ojos de Damián se abrieron como platos y el terror clavó sus uñas en cada una de sus vértebras provocándole un escalofrío doloroso. Allí, en la oscuridad, elevado unos centímetros, sintió cómo el corazón se afanaba por salir de su pecho. A continuación, escuchó el sonido sordo y escurridizo de algo arrastrándose por el suelo y el colchón cedió lentamente a su posición original.

Le hubiera gustado gritar hasta rasgarse la garganta, avisar a sus padres, pero en cambio comenzó a hiperventilar. Clavó sus uñas en las sábanas y esperó, porque sabía que si saltaba de la cama y huía, una mano descomunal saldría de debajo de la cama con la rapidez de una liebre y le aferraría por el tobillo.

Se repitió a sí mismo que los monstruos no existían, que son producto de la mente inducida por el terror, pero lo que había sentido en el colchón era real… muy real. Con el paso de los minutos la oscuridad se convirtió en penumbra. Ahora que sus ojos se habían aclimatado, podía percibir sombras retorcidas y contornos deformados, cuando un relámpago no iluminaba por unos segundos la habitación.

No había movimiento alguno, ni sonidos delatores. Solo perduraba aquel deje en el aire que comenzaba a provocarle arcadas. Mientras sus dedos se destensaban ligeramente, pensó que el causante de aquel hedor había sido la extraña tormenta, y como si una luz hubiese iluminado la parte más imaginativa de su cerebro, la asoció a lo que debía de haber debajo de su cama. Claro, había ocurrido justo durante aquellos extraños relámpagos, debía de ser eso.

 La paz y el silencio que ahora reinaban en su habitación le hicieron pensar si todo había sido producto de su imaginación, pero un sonido deslizante debajo de la cama le devolvió a la realidad. Ya no había duda, allí debajo había algo, y por cómo antes había levantado el colchón debía de ser grande… muy grande.

Aquello que lo había atormentado durante años, esa noche, la noche de la extraña tormenta, había cobrado vida. Ahora estaba justo debajo de su cama, y lo había imaginado de mil maneras, viscoso, peludo, sangriento, descarnado, como una araña de doce patas, pero en ese preciso instante en que luchaba por mantener el corazón dentro de su pecho era incapaz de pensar cuál sería su aspecto. Aun así, tampoco quería saberlo, no quería saber de dónde había salido, cómo era posible su existencia, solo quería salir de allí, huir antes de que sus garras le abriesen el estómago, o de que un inmenso tentáculo lo envolviese hasta quebrarle el último hueso.

Damián se encogió haciéndose un ovillo, tratando de ocupar el menor espacio posible sobre la cama. Sus ojos desorbitados iban de un extremo al otro, esperando que en cualquier momento una forma imposible asomase por un lateral del colchón. El sudor empapaba su cabello, y en un principio creyó que una gota se deslizaba por su mejilla, pero no, no era una gota de sudor, era una lágrima, una lágrima brotada del terror más primigenio. Terror a lo desconocido, a ser devorado vivo, al dolor más intenso jamás imaginado. Una cálida brisa entró por la ventana. Su caricia le recordó que todavía existían cosas buenas en este mundo, pero el olor nauseabundo que llevaba consigo lo devolvió al horror que estaba ocurriendo inconcebiblemente en su habitación.

De pronto, un nuevo sonido se produjo debajo de la cama. Sus ojos todavía pudieron abrirse más, y su cuerpo comenzó a temblar como si hubiese sido sumergido debajo de un lago helado. Conocía ese sonido. Era el que producen las uñas al rascar sobre la madera, intolerable, capaz de poner todo el vello de punta, muy parecido al que ocasionaba la tiza de la señorita Isabel cuando escribía sobre la pizarra. Se preguntó qué cosa podría tener unas uñas tan grandes como para arrancarle ese sonido a la tarima.

No disponía de mucho tiempo, si se quedaba allí moriría de la forma más horrible imaginada. Sopesó las opciones que tenía, y se dio cuenta de que solo había una: saltar de la cama y correr lo más rápido posible hacia la puerta. ¿Responderían sus piernas? Si se caía o tropezaba con algo en la oscuridad, lo que quiera que hubiese allí debajo lo alcanzaría tan rápido como el latigazo de una medusa. Debía ser tan rápido como precavido, era la única forma de sobrevivir.

¿Cómo estaba pasando aquello? ¿Cómo?

Hizo un último intento por llamar a su padre, como si así pudiese evitar la descabellada empresa que había urdido.

—Papá…

Su voz sonó tan débil por el llanto que atenazaba su garganta que apenas pudo escucharse a sí mismo, pero eso seguro que lo había oído, seguro. Clavó las uñas en sus rodillas, solo por si acaso estaba soñando. No. Seguía allí, inmerso en las tinieblas de su habitación, con algo agazapado bajo su cama, alimentándose de su miedo.

Se acababa el tiempo.

Era ahora o nunca.

Cerró los ojos con fuerza para limpiar las lágrimas, y cuando los abrió vislumbró la salida. El camino daba la impresión de estar despejado, y su habitación no era demasiado grande, aunque ahora se le antojaba inmensa, interminable.

No… no…

Pero debía huir ya… ¡ya!

 Hizo acopio de valor y saltó de la cama lo más lejos que pudo con la intención de que aquello no alcanzase sus piernas, pero tampoco sabía la longitud de sus brazos, si es que los tenía. Quizá había corrido un riesgo demasiado grande… pero ahora ya era tarde. Corrió todo lo rápido que pudo hacia la puerta, y ni siquiera sintió un golpe de aire causado por una garra en un intento fallido por apresarlo. Su grito, mientras huía de la habitación, se quedó en un débil y vulnerable gemido, y cuando llegó a la puerta no se atrevió a mirar atrás. Se sujetó al marco para controlar el giro de su cuerpo y enfiló el pasillo con el único cometido de abandonar su casa sin morir en el intento.

Un relámpago hizo brillar dos puntos bajo la cama que lo observaron con atención. Por un momento, Coco, el pastor alemán, sintió la tentación de seguir a su amo en la carrera, pero decidió quedarse allí debajo un rato más, al menos hasta que aquel estruendo que sacudía el cielo remitiera. Además, si lo encontraban allí lo llevarían fuera, y por nada del mundo deseaba eso… por nada, ni siquiera por su amo. Debajo de la cama estaba seguro, sí, el miedo que lo había obligado a entrar en la casa furtivamente por la puerta de atrás había desaparecido. Se relamió el hocico y acomodó la cabeza entre sus patas a la espera de que su amo regresara.

A la mañana siguiente la tormenta se había desintegrado, y el cielo era tan azul que contrastaba magníficamente con el verde de la naturaleza.

Eran las diez de la mañana y Pedro Piles subió a la primera planta para despertar a Damián. Mientras sentía el crujir de los escalones bajo el peso de sus pies pensó en la suerte que tuvieron anoche todos los vecinos de la zona. Para ser sincero consigo mismo, nunca pensó que la actuación del cuerpo de bomberos fuera a ser tan efectiva y contundente. El incendio en la gasolinera de la comarcal C-105 había sido tan peligroso como espectacular. Los gases que desprendía habían iluminado el cielo como si de fuegos artificiales se tratara, hasta ahí llegaba la parte más llamativa del incomprensible accidente, pero de no ser por los bomberos y por la colaboración de los vecinos, el desastre podría haber sido irreparable, ya que la comarcal atravesaba la cordillera de Atxun, a muy pocos kilómetros de su parcela, y el fuego podría haberse propagado con rapidez a pesar de contar con la ayuda de la lluvia.

Cuando Pedro llegó a la habitación de Damián se sorprendió al no encontrar a su hijo durmiendo, y más aún cuando vio a Coco tumbado plácidamente debajo de la cama.

—¡Coco! ¿Cómo has entrado? ¡Fuera de aquí!

El animal lanzó un gemido y salió corriendo de la habitación con el rabo entre las patas, imitando el recorrido que horas antes había hecho su amo. Pedro contempló con expresión severa cómo el perro huía sin mostrar resistencia, y solo se detuvo un momento a pensar por dónde había entrado a la casa, porque luego sus pensamientos se centraron en Damián. Él llevaba levantado desde las ocho de la mañana, y en ningún momento lo había visto, ni dentro de la casa, ni fuera.

—¡María! —gritó mientras cruzaba la puerta en dirección a la escalera—. ¿Has visto a Damián? Su cama está vacía.

—¡No! ¿No está en su habitación?

—¡No!

Pedro, de pronto, notó cómo una mano gélida trataba de comprimir su corazón. Era un mal presentimiento, de esos que cuando se atraviesan en tu mente ya no puedes arrancarlo. Sintió un vuelco en el estómago y un calor intenso correr por sus venas. Cuando llegó al final de las escaleras, que desembocaban en un amplio distribuidor, se encontró con María. Su rostro alicaído denotaba preocupación.

—¿Qué pasa? ¿Dónde está Damián?

—No lo sé, no lo sé…

Pedro corrió hacia la puerta de entrada. El día, después del incendio que habían sufrido anoche, había quedado soleado, espléndido, pero para él fue como adentrarse en el infierno. Corrió por la granja seguido de María, gritando el nombre de su hijo, suplicando por escuchar una respuesta, sin embargo, solo el silencio se manifestó. Mientras rodeaba el granero, se le ocurrieron cientos de motivos por los que su hijo podía haber desaparecido, y cada uno de ellos le produjo un escalofrío en el espinazo insoportable.

—Mi hijo, mi hijo…

Los lamentos de María los escuchó como si proviniesen de detrás de la montaña, muy lejanos, como si jamás hubieran debido ser pronunciados. ¡No! Su hijo estaba bien, debía estar bien.

Coco, que encontró la puerta principal abierta, corrió hacia sus amos y brincó juguetón a su alrededor hasta que intuyó que realmente no estaban jugando, que algo malo había ocurrido.

Pedro trataba de mostrarse fuerte, convencerse a sí mismo de que existía una explicación plausible, pero no pudo evitar que sus ojos se anegaran de lágrimas. No lo encontraban, no estaba por ningún sitio.

Coco, de forma repentina, comenzó a ladrar y arrancó en una veloz carrera hacia los límites de la granja. Enfiló el sendero que quedaba a la derecha, y cuando Pedro lo vio, le vino una sola palabra a la mente: el arroyo. Sintió el batir afanoso de su corazón y quiso desechar la imagen de Damián flotando sin vida en el agua.

—¡El arroyo! —gritó con la voz entrecortada.

Emprendió la persecución del perro lo más rápido que sus piernas le permitieron. María lo siguió en la distancia, no era tan rápido como él. Coco adoraba a Damián, pensó Pedro al tiempo que sobrepasaba la cancela, estaba seguro de que corría hacia él. El temor de encontrar a su hijo ahogado en el arroyo le oprimía el corazón y le arrebataba el aire de los pulmones, pero debía seguir, quizá… quizá todavía estuviese a tiempo.

El aire todavía olía extraño, eran los vestigios del incendio. Ahora eso no importaba, nada en absoluto. Mientras cruzaba el sendero, pensó en Damián, su hijo, su pequeño. Había perdido de vista a Coco, pero sabía dónde lo encontraría.

El arroyo, el jodido arroyo…

Al final del sendero el terreno se abrió entre la vegetación. Desde allí podía escuchar el discurrir del agua por su cauce, un sonido reconfortante en una situación normal, pero que ahora era lo más parecido al lamento de un moribundo.

Y entonces Pedro lo vio.

Estaba tumbado junto a la orilla, inmóvil. Su pecho se contrajo como si su vida tratase de escapar por su garganta. Se detuvo un instante, incapaz de reaccionar, el tiempo suficiente para que María le diera alcance. Coco, que había llegado ya, lo olisqueaba temeroso, pero eso era porque siempre le había dado miedo el arroyo. ¡No significaba nada!

Cuando sintió la mano de María aferrarle el brazo, despertó de su horror y corrió hacia Damián. No se movía. Su hijo no se movía. Cayó de rodillas frente a él y le agitó el hombro. Debía mostrarse fuerte, comprobar el estado de su hijo, comprender qué había sucedido. María llegó y se arrodilló junto a Pedro.

—¡Damián!

El pequeño no se movió.

—¡Damián! —volvió a gritar Pedro zarandeándolo más fuerte.

Damián abrió los ojos lentamente. Soñaba con algo agradable, y por un momento creyó que aún no había despertado.

Coco ladró exultante.

Cuando Damián comprendió que se había quedado dormido junto al arroyo, sonrió a sus padres, y durante ese instante, olvidó el verdadero motivo por el que había llegado allí.

—Dios mío, Damián —dijo María entre sollozos mientras lo abrazaba—. Estás bien, mi niño está bien…

Pedro le devolvió la sonrisa entre lágrimas. No iba a reprenderle por lo que había hecho, no pensaba hacerlo.

Entonces, Damián recordó qué lo había inducido a huir de casa y un extraño frío le provocó un temblor, pero jamás se lo contaría a sus padres. Jamás.


A día de hoy, Damián ha cumplido cuarenta y cinco años. Recuerda aquella noche como si fuera un sueño, o quizá una especie de falso recuerdo, pero en lo más profundo de su corazón, sabe que ocurrió de verdad. Algo había debajo de la cama, algo que agitó su colchón y arañó la tarima, sin embargo, cada mañana se repite a sí mismo que los monstruos no existen.

FIN

 

No suele ser lo habitual, pero en ocasiones, conviene levantar la falda de las mantas y mirar debajo de la cama cuando te vas a dormir, solo por si acaso. Este mini-relato es una adaptación de un episodio narrado en El proceso del mal, y el cual está inspirado en hechos reales, solo que en vez de debajo, ocurrió sobre. Hay veces que, escribiendo las palabras correctas en el orden adecuado, se pueden despertar terrores que quizá se mantengan ocultos en lo más profundo de la mente. Seamos sinceros, mi intención (como escritor del género de terror) ha sido aplicarles un poco de cloroformo, pero no te preocupes, esta historia, solo es una historia más, y en la mayoría de los casos ese estrecho y oscuro hueco bajo tu cama suele estar… vacío.

Dedicado a José Losada.




 

miércoles, 29 de noviembre de 2017

"El eco de una botella" (Yazmina Herrera)



Nota: Hace unas semanas que Yazmina decidió volar por libre (lágrimas), pero me envió el relato antes de irse. Fue una de mis alumnas favoritas (todas las chicas, pero diciéndoselo a cada una voy quedando bien por separado. Las nuevas que empezarán en febrero también son mis favoritas y aún no las conozco...), por eso su relato tiene que estar aquí sí o sí; además es muy bonito. Si se porta bien quizá aumente la lista de Mini relatos honoríficos (nunca se sabe).
Espero que os guste.




Aquella mañana no sabía qué le ocurría, pero algo le pedía a gritos salir de su casa y andar por la larga avenida de la playa. El cielo estaba nublado y, a pesar de que hacía frío, la brisa marina la reconfortaba.


La tristeza de Kira era notable. Llevaba días encerrada en casa, su vida se había desmoronado en un abrir y cerrar de ojos. Lo único que le quedaba era recoger los pedazos de su roto corazón y tirar para adelante. Al menos, tal y como se decía a ella, no había cometido la estupidez de casarse, ya que se vería con un matrimonio sin amor.


Conoció a Felipe un día en la playa, se le presentaron unos amigos y desde el principio supo que era ideal para ella. Su relación siempre tuvo sus momentos: discutían en exceso, pero luego lo solucionaban. Sin embargo, después de que le entregó un anillo como pedida de mano, su carácter empeoró mucho más. Se volvió más celoso y posesivo, algo que no pensaba tolerar. Ella era una mujer independiente y quería seguir siéndolo a pesar de estar casada.


Después de la vigésima cuarta entrega “eres mía”, ella se hartó y le devolvió el anillo.


Independientemente de que fue Kira la que tomó la decisión, seguía preguntándose si había hecho lo correcto. Se replanteaba todo, llegando a dudar si estaba exagerando con su opinión acerca de la conducta de su novio. En ocasiones, lo justificaba, achacando su comportamiento a que la quería demasiado. Su cabeza era un caos, por eso necesitaba salir de casa.


Al tiempo que iba andando, notó algo brillante entre las rocas. Un destello que sobresalía entre el oleaje y el peñasco. Sin pensarlo, se acercó con mucho cuidado, pues el embravecido mar, amenazaba con mojarla de arriba abajo.


Cuando estuvo lo suficientemente cerca, vio una botella, encallada entre las rocas. Al principio, pensó que fue un aprensivo que tiró basura al mar, pero luego se fijó que en su interior había algo: era un trozo de papel, algo mojado, pues el tapón no había logrado mantenerlo seco.


Su curiosidad subió a niveles máximos y no resistió la tentación de ir a por ella, cuando la tomó entre sus manos, una ola le mojó los bajos del pantalón. Tiritaba de frío, pero le dio igual, tenía su premio: la botella con un mensaje.


Se quedó sin aliento al leer aquellas palabras, alguien le estaba pidiendo ayuda. Miró hasta donde la vista le alcanzó, intentando cubrir lo más posible. Deseaba desesperadamente averiguar de dónde procedía aquel mensaje.

No se lo pensó mucho: debía ir a la policía; tenía que hacer algo, ya que alguien estaba en peligro. El mensaje era claro.

Salió disparada hasta comisaria y habló con el primer agente de la ley que la atendió. Le entregó la botella con el papel en su interior, pues no le hizo falta abrirla para leerlo. Al principio no parecía darle importancia, al contrario que Kira, por lo que le dijeron que lo estudiarían y le dirían algo. Realmente, le dijeron eso para que se marchara, pues ellos sospechaban que aquello debía de ser alguna broma de mal gusto.

No pudo pegar ojo en toda la noche, no podía dejar de hacerse mil preguntas al respecto: ¿Quién lo había mandado? ¿Dónde estaría? ¿Quién era? ¿Cómo se encontraría? Todo eran preguntas sin ninguna respuesta.

Por lo que nada más amanecer  regresó a la playa en busca de alguna pista. No le hizo falta buscar demasiado, pues en el mismo lugar otra botella, exactamente igual a la anterior con otro mensaje.




Fue leerlo y salió disparada a la comisaria. Cuando dio con el mismo agente, se la entregó y esperó su reacción. Se quedó perplejo, otra petición de ayuda. Tardó un poco en reaccionar pero cuando lo hizo llamó a la Guardia Civil de Costas para verificar si sabían algo.

A partir de este punto se desmadró la cosa. El alcalde pidió a los pesqueros de la zona que si veían algo que avisaran a la comisaria. Los barcos de la Guardia Civil peinaron la zona, buscando cualquier indicio; la prensa se hizo eco de la historia y quisieron entrevistar a Kira…. Todo se dimensionó en exceso.

Al día siguiente, todo el país estaba al tanto de lo ocurrido. Fue todo un acontecimiento en aquel pueblo pesquero.

En contra de lo que se pensaba no apareció ni una botella más, desde que la noticia saltó a los medios nacionales. Aunque Kira acudía cada mañana por si lograba obtener alguna cosa más sobre esa persona.

Tres días más tarde, cuando la cosa se calmó apareció otra botella, esta vez no fue Kira sino la Guardia Civil la que lo interceptó en medio del mar. El mensaje era raro, muy extraño, pero la ubicación y las corrientes le dieron la pista definitiva para saber el lugar de donde salían los mensajes.

Al día siguiente, pillaron a un hombre joven tirando una botella igual desde un acantilado. Lo detuvieron al instante para que prestara declaración.

Los medios de comunicación lo anunciaron como una broma, pero no lo era. Esa persona era un poeta frustrado que, cansado de que no poder vivir de todo su vocación, rompió uno de sus poemas y los mandó en botellas. Lo que no contó con la dimensión que tomó el asunto, por eso estuvo días sin arrojar nada al mar.

Kira se sentía utilizada por el poeta y no fue la única. Los reproches no se hicieron esperar por parte de la gente de la zona, además de costarle problemas legales. A pesar de eso, consiguió un contrato con una gran editorial y vendió miles de libros, ya que la prensa ayudó al narrar su historia. Todos querían conocer el poema del mensaje en una botella y eso lo catapultó a la fama.

Cuando el tiempo consiguió que el coraje y las habladurías mermaran, el poeta quiso conocer a Kira, esa chica que hizo posible su sueño. Le costó porque ella no quería saber nada de él, pero al final logró hablar con ella.

Los meses pasaron y, al conocer un poco a la persona que estaba detrás del poema, notó que ambos corazones comenzaron a latir al mismo ritmo. Descubriendo la posibilidad de un futuro juntos.

Quizás aquellos mensajes no buscaran nada, pero lograron unir dos corazones solitarios.