jueves, 19 de octubre de 2017

Mini relatos honoríficos -3 (El consuelo de Peregrino/ Pino Naranjo)


Quitando el invitado de la próxima semana, hasta ahora, los tres primeros son compañeros de las redes. Conozco a Laura y a Juan desde hace mucho, como ya dije; sin embargo, a Pino desde hace unos tres meses. Ambos nos seguimos y compartimos grupo de Twitter, pero no habíamos hablado nunca, hasta hace poco. Todo cambió con la publicación de El diario de un fracasado. Pino fue de las primeras en leerla (de los seis que la han leído), y mis inseguridades sobre la novela comenzaron a desaparecer. En los agradecimientos explico que me costó mucho decidirme a publicarla, y el sufrimiento de los dos primeros lectores me hundió más. Pino también sufrió lo suyo, y aún recuerdo nuestras conversaciones porque no podía seguir leyéndola. La guardó, desconectó y la siguió.

            Al igual que repito eso de que “gente que escribe hay mucha pero escritores muy pocos”, también repito el que no me considero escritor, simplemente un creador de historias. Pino, con esta novela, me ha hecho sentir escritor. Y no solo eso, sino que me ha apoyado, animado y escuchado. Es muy duro escribir la historia de un niño al que nadie quiere y todo el mundo desprecia por ser diferente; es muy duro ver que lo que has escrito suena tan real que todos los lectores cambian de nombre para llamarse Iván, y que ha tenido que contar su historia para dejar atrás los palos y por fin encontrar cariño. De esos seis que he mencionado, todos tuvieron que parar de leer. Todos, pero es que Pino además me lo comentó. Hemos hablado de la novela largo y tendido, y hoy, por supuesto, quiero agradecérselo en público (mil gracias, Pino). Además de una gran escritora, también es una gran amiga. En las redes sociales encuentras gente con talento, y grandes personas como ella.

            Hace semanas, leí El farero. Primero entré en Amazon y miré los comentarios. Vi también lo que decía la gente de Twitter a favor de la novela, y decidí que fuera mi lectura para el fin de semana. De madrugada, mientras muchos se llenaban el estómago de un líquido al que no encuentro la gracia y creen en verdad estar pasándolo bien, leí la historia. Eso es pasarlo bien: el frescor que da la imaginación del mar, los sueños por cumplir, los diálogos tan reales de cada uno de sus personajes, la belleza de las letras; las mismas con las que, página a página, la autora te hace sumergir en lo que está contando.  Con el relato de hoy he vuelto a sentir ese frescor del mar, y que eso a lo que llaman “amor”, no es solo algo que se comparte en pareja. Hay varias formas de amar, y el corazón no solo tiene espacio para los seres vivos…

            Todos los textos de Pino me emocionan. Lo hizo El farero, y lo ha hecho El consuelo de Peregrino. Tienen ese toque mágico que te hace pensar y vivir la historia como si fueras tú al que está describiendo.

            Ella ya sabe de mi deseo por volver a leer sus próximas historias.

            Os dejo con el Mini relato honorífico de mi amiga Pino. Y si después queréis emocionaros y leer una preciosa historia, aquí encontraréis El farero.


            Hasta la semana que viene.

            (Gracias, Pino).




El consuelo de Peregrino


Llovía gotas de mar azul con olor a algas, aquel día no iba a ser uno más, lo tuvo claro Peregrino Aviar, justo antes de levantarse al respirar aquella lluvia nostálgica. Se puso las botas de cordones directamente sobre los pies sin calcetines, unos pantalones arrugados que planchó con las manos, se miró al espejo en una especie de sonrisa para ver si los dientes seguían donde siempre. Sus pasos lo llevaron irremediablemente al caminito que bordea el acantilado, donde las olas por poca cosa enfurecen y revientan de tal manera que desprenden trozos de roca.

 

Vivía en la que fuera casa de los abuelos con una pensión mediocre, sin más compañía que él mismo, de poca conversación, aunque muy respetado en el pueblo por honrado. Hacia las seis de la tarde tomaba una cuarta de vino con los lugareños mientras jugaban a las cartas.

Rondaría los setenta, los sesenta o vete a saber…, y si alguien le preguntaba los años por respuesta invariable  “¡Y qué más da!”.

Peregrino Aviar, sabía que aquel día tenía que ir donde fue, ¡al acantilado!, tenía que ver a la ola soberbia, la ola amada lo más cerquita que pudiera. Mariscador de toda la vida no estaba haciendo lo correcto, la mar es traidora, nunca respeta al osado, pero es que aquel día bendito llovía gotas de mar azul y para el enamorado era una señal inequívoca que el océano se desnudaría para él, se entregaría a sus brazos y se revolcarían en un frenesí inaguantable, por eso fue…, alguien dijo que de tanta soledad ya iba flojo de testa, pero ese alguien no sabía nada del amor. La mar no le iba a hacer nada, salvo exhibirse coqueta, destructiva, en un juego morboso y seductor.

 

Las olas arrancaban cada vez más lejos, cada vez más grandes, para llegar extenuadas a donde los pedruscos temblorosos. Esperó impaciente mientras la lluvia le mojaba la cara en una excitación que él solo comprendía.

Por eso se tiró al mar a nadar a toda velocidad en el momento manso, cuando invita a entrar, braceó con la fuerza del buen nadador, estaba seguro que saldría de allí intacto, nadie le iba a quitar el placer de estar a solas con la “esperada”. Al cabo de algún tiempo vio la orilla lejana, la corriente lo puso rápido en la noria de agua, las atravesaba por la base, luego rápido hasta la siguiente, todo iba bien. El océano ahora estaba en calma. Ante sus ojos se elevó atrevida, erguida frente al amado absorto por su belleza, minúsculo en la base ¿qué entenderán del amor, los que no entienden nada del amor? Por qué es locura que el pescador se enamore de la ola y la ola del pescador.

 

No hizo nada por cruzarla para evitar el golpe atroz, la dejó hacer lo que ella quisiera, siguió la ola creciendo inmensa. Peregrino, diminuto ayudándose de las manos en un intento por estar a flote, entonces la tocó, la acarició, la besó hasta llorar.

Tanto tiempo pensando en ella y ella en él, ya lo había visto entre las rocas como la traspasaba con su mirada hasta quedar cautiva, ese recuerdo le hizo perder altura por estar a su lado solo para volver a resurgir más grande, más colosal  y depositarlo en la cresta de quince metros. Con ternura para no dañar comenzó su carrera hasta el acantilado, allí lo puso en el camino de arriba, donde nunca llega el mar ni siquiera en las peores tormentas. Esta vez sí, esta vez era diferente y única por lo insólito, se saltó todas las normas con tal de estar con él un breve pero intenso espacio de tiempo, para protegerlo de corrientes avariciosas u otras olas.

Después, la partida a orillas muy distintas para ser inflexible con el atrevido que entra díscolo por un chapuzón, sin saber que la muerte lo espera entre sus faldas para llanto de algunos.

 

Ya no pueden vivir el uno sin el otro, por eso las mañanas cuando llueve de esa manera, ella lo espera haciendo figuras caprichosas para seducir. Peregrino Aviar, desde el acantilado la contempla hasta que desaparece una vez más con las corrientes.

En el pueblo dicen que es decente, pero de tanta soledad el entendimiento le falla y se pone a hablar de amor frente al Azul, cuando los días se vuelven melancólicos con esa llovizna triste que trae la salada.

 

-¿Qué hace Peregrino…? ¡Sea caritativo con usted que da penita verlo! Por qué no mira prudente y apalanca  ya de una vez esa cansera con la que toma la vida, pero igual venga a la cantina que si quiere hablamos de penas.

-¿De penas…?-, se rascó la cabeza, mientras la movía pensativo -. Ay caramba…, ahora va a resultar que el fastidiado soy yo… ¡penas, ninguna cargo! Ella recorre el mundo con tal de verme, usted no lo entendería… de cantinas y juegos, sí. De amores inexplicables, no.

                                                                                       Pino Naranjo 30/06/17





miércoles, 18 de octubre de 2017

Te lo juro (Todo el Cibertaller)



Les di el inicio y fue suficiente.
Cada alumno fue continuando lo que terminaba su compañero, y así hasta que Santiago Bernal (necesitaba a uno más para hacer bulto. Como le faltan todos los veranos siguientes a la muerte de Chaquete, le dije que era de vital importancia contar con alguien romántico para el cierre de la historia, y que no conozco a nadie que escriba mejor que él. Se lo tragó con patatas. Ahora ya estará contento hasta Navidad ) lo cerró del todo.
Merece la pena leerlo (hay calidad en los alumnos, no en Bernalito).
Espero que os guste.






Salió corriendo a toda prisa, pendiente tan solo de alejarse de aquel lugar, y sin ni siquiera querer recordarlo en la memoria. Huía sin echar la vista atrás, acercándose peligrosamente al precipicio. Tenía que haber ido en dirección contraria pero el estrés del momento le impidió tomar la decisión que mejor le convenía. Sin embargo, era demasiado tarde, no le quedaba otra que rezar para que no le siguieran hacia allí, que se hubieran decantado por el camino que dejó atrás.


Entonces se acordó que unos metros atrás, antes de subir por la ladera, escuchó un sonido profundo de agua entremezclada con el golpear de los caballos que le seguían. Al asomarse al abismo observó que una pequeña cascada nacía de una roca justo a sus pies, y desembocaba en un pequeño y profundo lago. Le daban miedo las alturas, pero no tenía otra salida. Si se daba prisa en desandar el camino antes de que lo vieran, podría lanzarse al vacío y, si sobrevivía, quizá escapar de la pesadilla. No obstante, a la hora de la verdad, el miedo pudo más que el valor. No tenía salida alguna, estaba bien jodido.


Miró buscando una salida, y fue cuando vio un estrecho camino que le llevaba hasta el lago, pero con una gran pendiente. Escuchó unas voces que se acercaban y corrió todo lo que pudo. El relincho le hizo perder el equilibrio y cayó. Rodó hasta sentir un golpe en su costado derecho, seguramente una roca que puso fin a la desenfrenada carrera pendiente abajo. Mas, cuando se incorporó sobre el codo conteniendo un gemido, se le heló la voz en la garganta al descubrir unos ojos vidriosos que lo observaban con detenimiento. Se quedó maravillado de esa mirada y de la figura que la sostenía. Era una mujer joven con la piel tan clara como un amanecer, y que llevaba un vestido blanco que se ondeaba con pequeñas ráfagas de viento. De inmediato, quiso preguntarle qué hacía allí, pero más aún, por qué lloraba. Sin embargo, el nudo en su garganta le impidió abrir la boca y se quedó en silencio, admirándola hasta que se fue. Las heridas le impidieron seguirla.


La mujer desapareció de su vista y el chico decidió continuar hacia el bosque, quizás podría ocultarse en alguna madriguera de liebres, o quizás envolverse entre la hojarasca que el anticipado otoño cubría con la ansiedad de perder el verano. Corrió entre el contratiempo de sus piernas débiles, eludiendo esas ramas inquietas por atraparle. Aceleró el ritmo de sus pies enredándose entre ortigas y raíces podridas, igual que su corazón latiendo a marchas forzadas por inhalar esperanza para salir cuanto antes del bosque, a ser posible, con vida.


Corrió cuanto pudo, pero las heridas causadas por las flechas (eran flechas, pero hasta ese momento no se había dado cuenta. No lo recordaba) envenenadas con la sangre del Mal, estaban cumpliendo su terrorífico fin. Se detuvo, intentó respirar, pero no pudo, el bosque le robaba el poco aire que él necesitaba. Clavó sus rodillas en la tierra, húmeda, fría y repleta de hojarasca, y notó cómo la oscuridad se cernía sobre él.


Despertó al cabo de varios días y, sorprendido, descubrió a la mujer mirándolo fijamente. Desvió la mirada y contempló lo que le rodeaba. Ya no estaba en el terrorífico bosque. Allí no había ramas que le atacaran y las piernas habían dejado de dolerle. No conocía el lugar en el que se encontraba, entonces preguntó a la chica para saber dónde estaba y cómo había conseguido salir de ese sitio infernal. Era evidente que se había desmayado del dolor que sentía en sus piernas.


Intentó levantarse y escapar de ese lugar. Al hacerlo, le dolió tanto la herida como si se clavasen mil cristales en ella. Mientras decidía qué hacer, observó la habitación. Era muy pequeña, adusta, pero ordenada y limpia. La cama increíblemente cómoda. ¿Quién le había clavado las flechas? ¿Por qué? ¿Quién era esa mujer? ¿Por qué le había curado y se iba sin contestar? Decidió esperar, ya que no tenía más remedio hasta curarse un poco, y además, tenía mucha curiosidad de volver a verla. Se dio media vuelta para cerrar los ojos e intentar dormir un rato. Un sueño intranquilo se apoderó de su cabeza. Le amenazaba con imágenes dolientes de aquellas ramas llenas de espinas, de flechas que le cortaban el camino allá donde se dirigiese. Y de pronto, el rostro de esa mujer, enmarcado en una maraña de hojas, mirándole con aquella extraña sonrisa que le hizo incorporarse sobresaltado y recordar aquellos días de su infancia, donde jugaba despreocupado en los terrenos del campo que rodeaban la casa de sus abuelos, donde descubrió aquel rostro pecoso, dulce y de grandes ojos verdes que lo miraban curiosos y con una belleza sobrenatural.


Parpadeó sacudiendo la cabeza levemente. No podía ser, pensó, pues siempre había creído que aquello había sido un simple sueño lleno de imaginación infantil, de esos sueños que parecen tan reales que no sabes si realmente estás despierto o dormido, o si lo que has soñado es realmente un sueño. No, no podía ser real. Esa mujer no existía, tenía que ser una cruel broma del destino, ese que se empeñaba en joderlo todo, en boicotear la vida cada dos por tres. No le daba tregua por mucho que se empeñara en intentar burlarlo y ser feliz.


La mujer volvió a entrar; no había duda, sus ojos verdes y su belleza la delataban: era ella, y era real. Continuó sin hablar, y él tampoco lo hizo. Dejó que limpiara sus heridas, acompañados por el silencio. Su cuerpo se relajó al percibir que no estaba en territorio hostil, y no le dolió. Una vez hubo terminado con la cura, lo miró a los ojos y él atisbó cómo un destello surgía de ellos.


La chica levantó la diestra; dobló todos los dedos a excepción del meñique, esperando que se juntara con el de él.


«Prométeme que volveremos a vernos, y que cuando esto ocurra te casarás conmigo. Estaremos juntos para siempre, ¿verdad?»


Él lo recordó. Sus párpados se elevaron al ver que tenía delante a la chica a la que había jurado amor eterno. El destino los separó sin remedio, pero cuando dos personas nacen para estar juntas, no hay separación que dure para siempre. Había cambiado. Ya era toda una mujer: más alta, más hermosa, con el cabello más largo y cuidado, pero con la misma mirada pasional con la que le miró la última vez. Por sus ojos flotaba el amor del pasado, y los diez años de ausencia se pulverizaron al instante, como si los dos hubieran vuelto a nacer y sus vidas comenzaran de nuevo. Daba igual el tiempo perdido. Estaban juntos.


La última vez sellaron la promesa entrelazando los dedos; ahora, él prefirió sellarla entrelazando las lenguas. Se besaron apasionadamente.


Te lo juro.   

Yazmina Herrera   Merche Maldonado   José Rodríguez   Isabel Sierra   Héctor López   Pedro Marín   Dolors López   Iván Gilabert    Ana Larraz    Luis. A. Delgado    Sandra Carmona    Carmen Estrada    Joana. R   Mireia Montenegro   Leticia Meroño  y Santiago Bernal

martes, 17 de octubre de 2017

Especial Halloween 2017: Otra vez... Halloween (Carmen Estrada/ Grupo B)


No podía dormir, todo el mundo estaba con la fiesta de Hallowen metida en la cabeza. Disfraces, decoraciones, calabazas, esqueletos… Había optado por recluirme en el silencio de la noche para leer. No me habían invitado, tampoco pensaba ir, pero estaba viviendo todos los preparativos como si formara parte de ello. ¡Mis hermanas y sus amigas me estaban volviendo loco! Rehusaba ese tipo de celebraciones, me parecían absurdas.  “Es un caso perdido”, se decían entre ellas, tachándome de aburrido y rancio, mirándome como si viniera de otro planeta; así que pronto dejaron de insistirme con sus rebuscadas e insistentes invitaciones. Todos los años se repetía lo mismo.

Miré por la ventana y observé el color dorado de la luna que emergía entre nubes amarillentas, abriéndose paso desde otras más umbrías; convertían aquella oscuridad en el principio de una película de miedo, de ésas de antes, en blanco y negro. Hasta podía escuchar la música siniestra, el chirrido de la puerta. Recordé como de pequeño me aterrorizaban, las veía escondido desde mi habitación, pero lo que más me asustaba era rememorar sus imágenes. Todavía conservo nítida en mi mente la figura de un hombre ensangrentado que, andando a gatas, aparecía entre las cortinas del pasillo que daba a mi cuarto, y que volaban abriéndole paso. Aún dudo que fuera un sueño, tan real y angustioso fue para mí. Los monstruos me perseguían durante días y siempre miraba con precaución antes de entrar en cualquier habitación oscura apresurándome a encender la luz, no fuera a suceder que, oculto entre las sombras, quedara algún espectro engendrado por mi recalcitrante imaginación.

 Sonreí imaginándome lo que en un par de días serían las calles a esas horas, repletas de zombis tambaleantes, hermosos y pálidos chupasangres, algún drácula tradicional desorientado, estilizados y terroríficos hombres lobo, y esos abundantes personajes que pululaban por las modernas películas actuales. Prefería los clásicos. De nuevo, no pude evitar una sonrisa al  imaginar a Mary Shelley ideando su espeluznante Frankenstein o a Bram Stoker ofreciéndonos la idea inmortal del vampiro por excelencia.

En medio de toda esa vorágine de adultos vestidos de ficción, se dejaban ver familias enteras acompañando a sus vástagos en el “truco o trato”, costumbre que en los últimos años se había popularizado en nuestra vecindad. De verdad, que no sé qué me daba más miedo: si aquellas pequeñas criaturas con sus ojos suplicantes; o los mayores, con esa osadía que nos da el sentirnos anónimos bajo capas de maquillaje y telas que nos enmascaran  y transforman en desconocidos hasta para nosotros mismos. Desconocidos, capaces de cualquier locura en una noche en la que todo es posible.

Volví a mis letras. Curioso que estuviera enfrascado en historias de otro tiempo, en medio de sepulturas o majestuosos sepulcros, cuyas estatuas, de una belleza sobrenatural, cobraban vida y venganza a los vivos, que creían tener el poder de retar a la muerte. Becquer y sus leyendas. Lecturas de otros tiempos, que me traían recuerdos de aquellos miedos de niño.

Sin poder evitarlo, me vi inmerso en medio de una neblina espesa, de un gentío extraño y variopinto, envuelto en capas negras, vendas raídas que dibujaban cuerpos inertes, levitas de antaño e insólitos sombreros de copa decimonónicos, altísimas Morticias de perversos y sangrantes labios encarnados, encorsetadas vampiresas con largos y sugerentes vestidos de época. Creo que estaba en una fiesta de Hallowen, si así fuera ¿qué clase de fiesta era y cómo había llegado a ella?

Eché un vistazo a mi alrededor y vi una barra al fondo atendida por esqueletos fosforescentes que servían copas y bebidas sin parar. Del techo caían dramáticas telarañas que parecían querer atrapar, en calma y en silencio, a cada uno de los visitantes de aquel extraño mundo en el que me había internado. En las paredes se abrían corroídos ataúdes, ofreciendo un mullido y aterciopelado descanso a quien se arriesgara a sentarse en tan peculiares sillas. Todo el espacio estaba iluminado por velas encerradas en calabazas de distintos tamaños que esparcían sombras por todo el espacio circundante; y al fondo, en lo que parecía una gran pantalla, se proyectaba una espectacular ventana por la que una luna gigantesca asomaba y prestaba su luz, lívida y blanquecina, en contraste con la calidez anaranjada de las agujereadas calabazas. A lo lejos, las cruces y panteones de un antiguo cementerio eran testigo de la diversión insensata de un montón de personas que olvidaban que, en esa noche de difuntos, un invitado especial se paseaba entre todos los asistentes a las mil y una fiestas que adornaban el planeta. La muerte se paseaba entre ellos, buscaba candidatos a su mortal festín; aquella noche más que ninguna otra, y se divertía, pálida y siniestra, mezclándose con aquellos que tenían los días contados, las horas quizás.

En el otro extremo del enorme salón, una historiada mesa cubierta con un mantel bordado, e iluminada con recargados candelabros, ofrecía toda clase de manjares, tanto dulces como salados, sus formas eran extravagantes, y para mi nada apetecibles, puesto que reproducían cerebros, dedos cortados, cócteles de ojos ensangrentados, trufas en forma de arañas de largas patas, lápidas de chocolate, galletas fantasmas y un largo etcétera de bocadillos y aperitivos que repetían motivos asociados con la temática de la fecha. Quizás fuera verdad que no tenía mucho sentido del humor.  Había gente ya alrededor de la mesa, menos selectos que los que me sorprendieran en un primer instante; más famosos, eso sí: Fredy Kruegger conversaba alegremente con Jason, que había abandonado su motosierra encima de la mesa. Al lado, unas cuantas niñas del exorcista reían a carcajadas las gracias de un apuesto sacerdote que parecía estar eligiendo a cual de ellas exorcizar. Por el otro lado, se aproximaban Pennywise, el perturbador payaso de Stephen King, y el larguirucho y anodino Slender Man para unirse a un grupo de siete brujas de largas melenas pelirrojas que acababan de dejar sus escobas en el lateral de la entrada, en un lugar que se había dispuesto para este tipo de vehículos. Todo estaba pensado. Me daban ganas de acercarme a comprobar si eran de verdad.

Un gato negro de grandes dimensiones y ojos luminiscentes  presenciaba toda la escena desde lo alto de un altavoz que reproducía el aullido escalofriante de los lobos. Su presencia felina me hizo recordar a Edgar Allan Poe. Me resultaban más familiares sus relatos que aquella retahíla de personajes de películas que no había visto y que se exhibían en distintas pantallas repartidas  por toda la estancia.

La zona de los servicios se había habilitado como la entrada a una cueva y, según pude observar, cada vez que alguien se internaba en ellos una banda de murciélagos salía chillando despavorida; un efecto de luz y sonido bastante llamativo y bien conseguido. No conocía aquel lugar, si era una sala de fiestas, debía ser toda una novedad, tampoco era capaz de situar el cementerio que se veía a través del ventanal y que concentraba toda mi atención desde que me di cuenta de que no era una proyección. No parecía tener grandes dimensiones, sin embargo, la vista no alcanzaba su fin, se disipaba  en un mar de niebla que rescataba contornos pétreos de ángeles protectores y grandes panteones sobresalientes entre las numerosas cruces repartidas por sus distintas calles.

La verdad es que no me sentía nada tranquilo en aquel ambiente donde nadie era quien parecía ser sino que representaba esa parte oculta que todos tenemos dentro y que, sin duda, nos hace elegir a uno u otro personaje para disfrazarnos; al menos, eso es lo que pienso. Todo aquello que nos lleva a hacer una elección en nuestra vida representa algo de nosotros mismos. Además sentía la incómoda sensación de ser observado. Una sensación que me perseguía ya desde hacía un rato.  Me detuve en medio de la multitud, y observé a uno y otro lado por encima del hombro, pero no vi nada extraño, así que continué mi camino.

Varias personas, me saludaron, y me felicitaron por el atuendo que llevaba y del que yo ni siquiera era consciente. No lo había pensado, efectivamente debería ir vestido de alguna manera que no desentonara para estar allí. No me gustaba llamar la atención, eso me disgustaba profundamente, así que, busqué mi reflejo en el cristal y me sorprendió la imagen que me devolvía ¿Ése era yo? Woooooow el cazador de bestias de Bloodborne… No me lo podía creer, ahora estaba seguro, tenía que ser un sueño. Era el cosplay que había pensado llevar para el próximo Salón del Cómic Manga. Tuve que desecharlo porque si quería que quedara bien, sobrepasaba con creces mi presupuesto. 

Nunca me hubiera imaginado así, era terrible, embozado, cubierto con sombrero y levita victorianos, a la manera y época del juego al que había estado jugando horas y horas. Salpicado de sangre por todas partes. Bua sólo me faltaban las armas, aún sin ellas parecía invencible, ojalá me sintiera así día a día. Ahora sí que no me extrañaba que me persiguieran las miradas, aunque lo que no esperaba era darme de bruces con Michael Mayers al volverme, sin embargo no consiguió amedrentarme con su inquietante mirada y su no menos amenazante cuchillo, me sentía imponente, le miré con descaro y aún ganándome en altura y peso, simplemente le aparté para abrirme paso.  Al dejarlo atrás escuché “buen disfraz, amigo”. Empezaba a gustarme esa fiesta.

Seguía con mi idea de acercarme al cementerio para curiosear entre las tumbas. Son lugares que han llamado siempre mi atención, dicen mucho de las culturas y de las personas, ahora incluso se hacen visitas guiadas a algunos de los más famosos; algo que solo había hecho a la luz del día y acompañado. En una ocasión, realizando fotos para un trabajo, hum, aquello era diferente, todo ese mundo había aparecido de la nada para mí y me sentía el protagonista de la historia. Al atravesar la fiesta me crucé con otros invitados que entraban, entre ellos me pareció distinguir al mismísimo Neil Gaiman, que con una inclinación de cabeza me saludó, y sin más se unió a la aglomeración que iba en dirección a la barra. Tengo guardada como un tesoro la adaptación gráfica de su novela “El libro del cementerio”. Un buen regalo de esos con los que de vez en cuando te sorprenden los amigos.

Me sentía audaz, noté el frío de la noche que se colaba entre mis gruesas ropas, la humedad pesada de la niebla, y el silencio que colmaba las sombras. Aún había gente que venía a la fiesta y eso que no faltaba mucho para la medianoche… Medianoche, ¿qué pasaría cuando dieran las doce? No podría afirmar que estuviera en el lugar indicado para ese momento. A pesar de ello, continué mi camino, marcado por una hilera de cipreses que desembocaba frente a una  alta reja culminada con una sencilla cruz, que esperaba entreabierta, casi invitándome a entrar. La situación del cementerio en un alto permitía avistar la fiesta con la singular impresión de haber dado un paso atrás en el tiempo. La música resonaba y se extendía también por la superficie gélida y desolada de las tumbas. Percibí que algunas personas me miraban desde el enorme ventanal con curiosidad.

Me sumergí en la niebla, encendí la linterna, a pesar de la luz sobrenatural que iluminaba el lugar, y les puse cara a esos ángeles que salpicaban aquí y allá algunas de las tumbas; otras, de corte más romántico, reproducían escenas de lamento con un realismo impresionante y una gran teatralidad, sus protagonistas se dejaban caer dolientes sobre extensas sábanas, llenas de pliegues, que sobresalían de entreabiertos sepulcros en un llanto que acompañaría a los fallecidos durante toda  su eternidad.

Sonó la primera campanada y fue como si se detuviera el reloj, la vibración y el sonido que salía de la celebración cesó, las risas quedaron congeladas y pude ver como un montón de rostros, sorprendidos, expectantes, asustados, se agolpaban tras el cristal del ventanal, pendientes de lo que allí fuera a ocurrir. No podía dejar de mirarlos mientras cada una de las doce campanadas resonaba en mi cabeza y, entonces como si de un cambio de escenario se tratara,  los colores, negros, grises, ocres, amarillos,  adquirieron protagonismo, en contraste con la viveza de los disfraces y de la propia sala de fiestas: la realidad a mi alrededor se había convertido en una escena de comic a la que, poco a poco, se fueron incorporando los espíritus que habitaban aquel cementerio.

Esqueletos que cobraban vida y asomaban entre las tumbas, se recolocaban en sus antiguas ropas, se ajustaban sombreros, guantes o zapatos. En principio, me miraron con rareza como si no formara parte de ellos, y así era, sin embargo en seguida me invitaron a seguirles, y en la explanada central, a la que acudían todos, ya se había reunido lo que parecía una orquesta muy dispar, los atuendos y los instrumentos me hacían deducir que había demasiadas diferencias entre unas épocas y otras, gustos musicales, algo que no parecía importar, la música empezó a sonar todos a una, por muy imposible que pareciera, y aquello se convirtió en un inesperado baile de difuntos, lleno de humor y concordia. Nunca había bailado de esa manera, ni participado en algo semejante. Era sorprendente ver y sentir las caras huecas, los huesos desnudos y sus descarnadas sonrisas de dibujo animado pero también las translúcidas almas de los que, supongo eran muertos más recientes y se colaban entre todos los demás que parecían tener una mayor consistencia física. El choque entre huesos resultaba escalofriante y divertido, la música lúgubre y bulliciosa, todo a la vez. Era su noche y solo querían disfrutar.

A lo lejos empezó un desfile grotesco de humanos disfrazados que llevados por su morbosa curiosidad se aproximaban al lugar en el que se celebraba velada tan singular. Las momias, los vampiros, todos aquellos personajes de película que antes me perturbaran eran bien recibidos a participar de la fiesta de los muertos donde ya nada, ni nadie estaba fuera de lugar.

Cada uno de ellos al entrar en el cementerio se convertía también en un dibujo de comic en tres dimensiones en las que el color les dotaba de la vida que les faltaba a los anfitriones de la fiesta, grises y oscuros; así de la mano unos y otros, vivos y muertos se unían en la celebración de una peculiar noche de difuntos, disfrutando, riendo, bailando.

No me sorprendió intuir al fondo, apoyada en la verja de entrada, una figura singular, delgada y alta, cubierta con una larga capa y excepcional  capucha que solo dejaba ver una nariz pálida y afilada. No sé si fue el disfraz o mi propia osadía la que me llevó a acercarme hasta ella y preguntarla si no se unía a la fiesta. Me contestó con una voz metálica de ultratumba que aquel no era su mundo, que era el único lugar en el que no podía intervenir porque ella no era dueña de lo que una mente humana puede imaginar; podría interrumpirlo para llevarse su alma pero los sueños solo podía contemplarlos y formar parte de ellos, si así lo sugería la persona que soñaba:  “Y tú, soñador de esta noche, no me has dado lugar en la diversión, sólo has concebido esta conversación entre un cazador de bestias y la muerte. Los demás asistentes no tienen interés para mi, son solo humo bajo sus ropas; tú eres real y puedo verte sentado en la mesa de tu habitación. Te has quedado dormido sobre el libro que estabas leyendo, te has dejado llevar por todos esos pensamientos que la propia lectura y la fiesta de Hallowen, que tanto te incomoda, han engendrado en tu cabeza, y has creado tu propia fiesta. Yo solo estoy de paso”. 

Al escuchar sus palabras, me di cuenta que era yo mismo el que conjuraba a mis fantasmas, esos dichosos recelos hacia las fiestas de Hallowen estereotipadas y ñoñas. Lo que ocurría es que nunca había tenido la oportunidad de protagonizar ninguna y aquello solo era una representación de lo que me hubiera gustado vivir . Aunque fuera un sueño, no dejaría de aprovecharlo, me dije a mi mismo, mientras el ulular de un búho animado me alentaba a unirme de nuevo al jolgorio.

Me hicieron hueco en el corro que se había formado alrededor de un grupo de esqueletos ¡bailando rap! el intercambio de huesos resultaba impactante, más de uno volvería a su tumba con varias piezas menos y alguna que otra intercambiada; ya entre ellos se arreglarían. Los demás los coreábamos y, aplaudíamos sus audacias, entablándose una especie de competición con algunos de los vivos que se sumaron a la realización de acrobacias rivalizando con ellos, nunca podrían igualar aquellos movimientos e intercambios óseos tan escalofriantes y divertidos.

Una sensación envolvente empezó a dominar mi cuerpo, subía y subía, las imágenes de la fiesta, la música, sus personajes empezaron a alejarse hasta que un fundido en negro llenó mi mente y desperté, dolorido por la postura, delante de mi libro, aunque el verme en el espejo vestido con un disfraz de cazador de bestias me hizo pensar que fuera otra la razón…


lunes, 16 de octubre de 2017

Especial Halloween 2017: Terroríficamente romántico (Yazmina Herrera/ Grupo A)



Guayarmina no conseguía entender como su editora la obligaba a ir a aquella fiesta de Halloween. Ella era una escritora de romántica a la que no le gustaban las fiestas que tuvieran de temática la noche de los muertos vivientes. Si no fuera porque estaba pendiente de que le publicara su última novela, no asistiría. Sin embargo, su lado responsable le indicaba que eso no era una opción.

Como si no fuera suficiente tener que ir a un lugar que no le apetecía, no había encontrado más que un disfraz de bruja sexy. Las estanterías en la tienda estaban casi vacías, los buenos habían volado rápidamente. Algo que le sorprendió, pues no creía que esa fiesta tuviera tantos adeptos. Lo peor de este asunto era que notaba que iba enseñándolo todo con aquel minúsculo vestido. Más que dar miedo parecía que iba a ligar a un bar de solteros, por ello no pudo parar de reírse cuando se vio en el espejo antes de salir de casa.

Aparcó en el primer hueco que vio libre, ya que la calle estaba arrebozar de coches, incluso mal estacionados. Ni perdió el tiempo en revisar el vehículo, ya que la zona estaba mal iluminada. Su intención era hacer acto de presencia y largarse como alma que lleva el diablo. Sería como un fantasma, la verían un segundo y al otro estaría de regreso a su casa con su pijama de Hello Kitty.

Al llegar a la dirección que le dio Ángela, su editora de Ediciones Besos de Papel, no tuvo dudas, no solo por la decoración que vomitaba Halloween por todos lados; sino por la gente entrando y saliendo disfrazada. La vivienda era una casa antigua de tres plantas muy cerca del cementerio de la ciudad. Con unos grandes ventanales que gritaban pertenecer a una familia importante de Las Palmas, sobre todo, por sus  cornisas sobresaliendo de forma elaborada. Aunque tuvo días de gloria en antaño, ahora mismo se encontraba algo abandonada, pues la pintura estaba desconchada en algunas zonas.

Si combinábamos la decoración con la imagen de la vivienda, tenía que reconocer que se veía la clásica casa encantada de las películas de terror, o al menos, la que se esperaba.

–¿Al final, viniste?

Aquella pregunta la asaltó por la espalda, era Ángela con su pareja que la miraban con una sonrisa.

–Creo que no me diste muchas opciones, te recuerdo.

–Quita esa cara que tengo a un montón de escritores que presentarte.

En vez de alegrarle la noche, ese comentario hizo el efecto contrario, aplacó sus pocas ganas de participar de aquella fiesta. Sintió pereza de compartir espacio con otros escritores. Si al menos su novio la hubiera acompañado, pero no fue así, le tocó trabajar y nadie le cambió el turno en el hotel.

–Me encanta tu disfraz –dijo intentando cambiar la expresión de su escritora.

Tras una bocanada de aire Guayarmina entró junto aquella pareja. Si la casa por fuera presentaba una decoración de Halloween, por dentro no iba a ser menos. En las paredes había cuadros de personas con el rostro borroso, telas de arañas por todos lados, calaveras y demás objetos que le daban grima de solo mirarlos.

Las habitaciones eran un revoltijo de gente entrando y saliendo. Todos disfrazados de personajes de las novelas más escalofriantes: momias, Frankenstein, vampiros… Había un chico en concreto que su disfraz del Joker daba en el clavo, hasta su risa era de lo más perturbadora.

Su editora no la hizo perder el tiempo, analizando de cada detalle que se ponía a tiro, la guió por cada estancia buscando a la gente que quería presentarle. El primero fue Alexis Ravelo, un escritor de novela negra. Iba vestido con ropa raída y llevaba un maquillaje siniestro, emulando a un zombi. Ella se mostró educada, pero sin ningún entusiasmo por conocerle, ya que poco tenía que ver con el género al cual se dedica con amor y pasión.

El siguiente que tuvo que conocer es a un argentino afincado en las islas, Leandro Pinto. Por lo visto tenía una novela, Pandemonio, que era record de ventas, la mejor obra del escritor de terror. Se suponía que su disfraz iba en referencia a su novela, pero ella no entendió nada. Más bien le dio mal rollo estar cerca de él con esa vestimenta.

Guayarmina siguió conociendo autores, pero ninguno tenía que ver con la romántica. Nadie con lo que entablar una conversación sobre el género u otra cosa que no fuera Halloween o el cine de terror, algo que detestaba en lo más profundo de su ser. Jamás había logrado ver una película entera, pues le daban mucho miedo. Menos mal que a su novio tampoco le iban, era de agradecer no verse obligada a verlas.

Tras disculparse con su editora, se fue en busca de algo de alcohol que templara sus nervios, pues tanto el vestuario de los invitados como la decoración de aquella casa, cada vez le daba más mal rollo. En cuanto tomó un sorbo de un vodka con limón, le dio la sensación que su ansiedad se apaciguaba y le daba un respiro.

–Hola, brujita.

Una voz a su espalda le saludaba. Al girarse encontró un hombre joven vestido de finales de siglo XIX con el pelo muy oscuro y largo. Le extraño pues su disfraz no daba miedo como el resto de invitados.

–Hola, ¿de qué vas? –ni se anduvo con miramientos al interrogarlo.

Dorian Gray, el personaje de Oscar Wilde, ¿no sabes quién es?

–No –fue franca.

–Es un hombre que estaba obsesionado con no envejecer.

–¿Y eso da miedo? –rió.

–Depende de si tu obsesión te lleva a cometer actos de maldad.

El hombre levantó una ceja y a ella le dio vergüenza, pues tenía razón, el alma de un ser humano puede corromperse de mil formas.

–Perdona –se disculpó alejándose todo lo que pudo.

No pudo evitar ojear descaradamente a la brujita, pues le pareció que estaba muy bien y esa noche no le apetecía irse solo a casa.

Tras caminar por varias estancias se topó con un chico, que se llamaba José Losada, de pelo negro con un cuervo en el hombro, decía que iba vestido con el mejor escritor de terror, Edgar Allan Poe. Después de diez minutos charlando con él, le mintió para deshacerse de su compañía; pues la forma de hablar y la manifiestas referencias al autor que emulaba en su vestuario, le proporcionaron un escalofrió que le hizo alejarse de él lo más rápido que pudo.

Lo había intentado, pero fue incapaz de relacionarse con aquella manada de frikis del terror. Los invitados no estaban en su misma honda y no podía seguir allí metida ni un segundo más. Le hubiera gustado poder disimular e intentar interactuar, no obstante, entre más conocía a la gente de aquella fiesta, menos ganas le daban de quedarse allí.

Sin permitirle decir nada, se despidió de su editora para escapar del estremecimiento que le daba quedarse en aquella casa. Al salir a la calle, notó que pudo respirar y una poderosa sensación de alivio se apodero de su cuerpo. Ni la fría noche de otoño le importaba lo más mínimo, siempre que se alejara de toda esa gente.

No perdió ni un segundo en llegar a su coche, cuando estaba a punto de abrir la puerta del piloto, alguien se le acercó por la espalda. La acorraló entre la puerta y su cuerpo, sin dar espacio para que corriera el aire. Notaba como su respiración golpeaba su piel, dejándola sin aliento.

–Hola, brujita –la voz de aquel hombre era un susurro aterrador.

El pánico la inundaba, no conseguía pensar con claridad. Estaba intimidada por la voz y la respiración golpeando en su cuello. No sabía cual iban a ser sus intenciones, pero nada bueno podía ser por su forma de abordarla.

–No dices nada.

En ese instante, tuvo claro que fue alguno de los frikis de la fiesta, pues no hablaba con su voz, la estaba modificando. Seguramente emulando a uno de esos personajes que tanto admiraba. Sin embargo, eso no la tranquilizaba todo lo contrario, le hacía temer lo peor, pues no sabía de lo que sería capaz.

Miró a ambos lados y no halló nada, ni un alma caritativa que le ayudara. Solamente había la oscuridad de la noche que se veía interrumpida por las luces de la fiesta y la música de fondo. Por lo que no pudo hacer otra cosa que gritar y rezar para que alguien la oyera.

–¡SOCORRO!

De forma inmediata le tapó la boca, no podía permitir que nadie se acercara o no podría llevar a cabo su plan.

–Sé buena…

Sus palabras fueron acompañadas de un ruidito que la llenó de pavor. Era como esas pelis de violadores donde un loco se intenta aprovechar a toda costa de la víctima. Al llegar a esa conclusión, su respiración se aceleró, sobre todo, cuando creyó notar algo duro en la bragueta de aquel loco. No se lo podía creer. Estaba a merced de un lunático, el cual podía hacerle cualquier cosa.

Aprovechando su miedo la apretón más contra el coche para tenerla bien sujeta. Así su mano pudo acariciar su muslo, muy lentamente, saboreando cada rocé de su piel. Ella se quería morir, sintió asco y notaba como unas poderosas arcadas le inundaban su cuerpo.

La mano de aquel hombre no se detuvo y siguió subiendo, sin importarle el pequeño vestido que llevaba. Al notar sus braguitas, tiró de la costura sin perder el tiempo y Guayarmina dejó de respirar por un segundo. Aquello fue el detonante para que ella actuara, a pesar de su miedo.

Aprovechó un movimiento de su cabeza para morderle la mano, apretó con todas sus fuerza, no sabe si le dejó marca a no, solamente notó que él se movió gritando de dolor. Lo que hizo que sirvió para salir corriendo, pero en vez de correr en dirección hacia la fiesta, tomó el camino contrario. El estrés no la hizo pensar con claridad y se equivocó en el rumbo que tomaron sus pies temblorosos.

–¡Espera! –chilló el hombre, haciéndola huir con mayor insistencia.

Sus pies tropezaban con todo en medio de la oscuridad, miraba a ambos lados, buscando un lugar donde esconderse, pero nada viable. Muchos coches pero ningún portal abierto o un hueco donde mantenerse oculta hasta que el agresor se rindiera y se largara.

Entre más se alejaba de su coche más se desesperaba, podía oír como unos pasos se acercaban y temía que fuera él en su busca. Encima el alumbrado público en aquella zona era una mierda, la mitad de las farolas estaban apagadas y en el cielo no había rastro ni de Luna ni de Estrellas. Todo jugaba en su contra. Todo aquello parecía salido de la peor película de terror, el único sitio donde se podía ocultar era el cementerio municipal. Tenía una puerta lateral abierta, algo que le sorprendió pues no era lógico que a esas horas no estuviera cerrado.

Ni lo dudó, se metió en el interior y fue caminando ágilmente por cada rincón buscando un lugar donde esconderse. No se había fijado en la ruta que había tomado, sólo quería alejarse de aquel hombre.

Cuando vio las habitaciones dedicadas a la administración y limpieza, no pudo evitar intentar abrirlas para esconderse dentro, pero nada. Todo fue en vano. Estaban muy bien cerradas, a pesar de que ella tiraba con todas sus fuerzas en un intento desesperado de conseguir romper la fechadura.

Sin otra opción que buscar otro lugar para ocultarse, decidió salir de allí. Estar entre tanta tumba a oscuras no había sido una buena idea. Esperaba que al menos no se encontrara con su agresor. Antes de doblar la última esquina, escuchó una voz. Era un susurro.

Se quedó quieta con la sangre helada sin apenas respirar de la impresión. Su intuición le decía que era aquel hombre, así que se tapó la boca y la nariz con su mano para no hacer ni el menor ruido.

Los pasos se iban acercando cada vez más a su posición y no podía dejar de temblar. No conseguía controlarse aunque quisiera, su cuerpo tenía vida propia. Por lo que cerró los ojos y comenzó a rezar todo lo que sabía o recordaba de su niñez. No podía hacer otra cosa.

Notaba como las pisadas eran cada vez más cercanas y no iba a evitar que la viera. Aquello era espantoso. En ese momento, se arrepintió de no haberse quedado en casa, en vez de hacerle caso a su editora.

Si antes no le gustaba Halloween, ahora la odiaba y a toda esa manada de locos que se obsesionan con esos personajes y hacen de la ficción realidad. Poco a poco su frustración se fue transformando en odio, algo que iba a aprovechar para defenderse de su agresor.

–¿Estás aquí?

Esa pregunta le dio las fuerzas suficientes para abrir los ojos y enfrentarse a él. No iba a ponérselo fácil; iba a morderle, arañarle y darle golpes para defenderse. No iba a dejarle salirse con la suya sin llevarse algún recuerdo de su parte.

Al mirarlo, vio a Hannibal Lecter, el personaje del Silencio de los Corderos, con un mono naranja y la cara parcialmente cubierta por una máscara. Estaba igual que en la película, aunque el hombre aparentaba ser mucho más joven.

Sin dudarlo un segundo, empezó a gritar y el tipejo no dudó en acercarse más a ella para que bajara el volumen. No obstante, ella no se anduvo con remilgos y cuando lo tuvo lo suficientemente cerca, el dio una patada para poder huir, gritando.

Aquella patada le dolió y mucho, pero eso no evitó que la agarrara del brazo, pero con la otra lo golpeó tan fuerte como pudo. No iba a dejarse vencer sin oponer resistencia. Esto mezclado con sus gritos, buscaba que la dejara en paz, que le permitiría largarse y se olvidara de ella.

–¡Quieres callarte, Guaya!

Enmudeció al escucharle. Él la conocía, pues le había llamado por su nombre de pila. Al mirarlo detenidamente reconoció cierta familiaridad en su rostro.

–Joder, ¿no me digas que no sabes quién soy?

–¿Pedro?

Era su novio, entre la oscuridad y su miedo no le había reconocido al principio.

–Sí, soy yo.

–¿Qué haces aquí?

–Quería darte una sorpresa, pero vaya noche me has dado.

–¿Sorpresa?

–Sí, venía dispuesto… –balbuceó algo incomprensible, a lo que no prestó atención.

–Pedro, he pasado mucho miedo –lo abrazó–, un idiota intentó hacerme daño.

–Tranquila –dijo mirándola a la cara–, ya estoy aquí.

–Menos mal, ha sido espantoso –rompió a llorar de la tensión sufrida y se volvió a abrazar a él.

–¡Sh! Ya pasó –intentó calmarla, acariciándole la espalda.

Su llanto era descontrolado.

–Vámonos a casa, por favor –le suplicó.

Al separarla con delicadeza, retiró las lágrimas que había en su cara, quedándose pensativo si hacer lo que tenía planeado.

–¿Pasa algo?

Él titubeó pero

–Bueno… ahora que estamos sólo quiero preguntarte algo –comentó colocando una rodilla en el suelo y mostrándole una cajita de joyería abierta con un anillo en su interior.

Ella se llevó las manos a la cara, emocionada con la pregunta que le iba a realizar.

–¿Quieres casarte conmigo?

–¡Sí! –gritó.

Torpemente le fue a colocar el anillo en su dedo, pero el dolor en su mano se lo impidió. Algo de lo que se percató Guayarmina. Al mirarla detenidamente, vio una enorme mordedura humana. Fue él desde el principio, su agresor.

–Fuiste tú –sus ojos lo miraban con horror, mientras se alejaba con sigilo.

–No te asustes, era una broma, como es Halloween pensé que sería divertido.

–¿Divertido? ¡Y una mierda! No sabes lo mal que lo he pasado…

–¡Eh! –se acercó levantando las manos–, quería darte un sustito, fue una tontería, me perdonas.

–No lo sé…

Aprovechando su indecisión, él se acercó lo suficientemente a ella para abrazarla y besarla con ternura. No quería que se enfadara y pensó que un par de mimitos ayudarían a apaciguar los ánimos.

Los besos y las caricias hicieron efecto, calmaron la tensión y el horror de Guayarmina, pero lo que no sabía Pedro es que ella estaría esperando su oportunidad para devolvérsela. Ya que no hay nada más terrorífico que una mujer rencorosa.