viernes, 23 de junio de 2017

El pasado vuelve (Isabel. Grupo C)


Nati se levantó de la cama y entró en el baño refunfuñando porque era tarde. En tiempo récord consiguió llegar al trabajo en su moto de gran cilindrada, pero no a su hora. Apenas había dormido. Una sonrisa pícara se le dibujó.

Trabajaba como directora ejecutiva de la empresa multinacional Comida Sana Fast. Era conocida como “la Cruel”. Continuamente vigilaba el movimiento de todos los empleados, y nada se le escapaba de su control. Salió del ascensor y tropezó con la pobre Sofía.

—Buenos días, señora —dijo, muy nerviosa y mirándose los zapatos.

— ¿Adónde vas? ¿Ya te estás escaqueando? —le acusó, observándola de arriba abajo con desaire.

—No, no…, voy a llevar estos contratos a personal. Borja…, el señor Romero lo está esperando para… —Hablaba mientras veía cómo se alejaba dejándola con la palabra en la boca.

Iba irritada porque no le había dado tiempo a tomarse ni un mísero café. Tras su paso, el silencio se instauraba en la oficina. Solo existía una persona que le plantaba cara: Emma, una joven arrogante, soberbia, que llamaba la atención por su talla y, que acompañada por tan rubia melena, convertía su presencia en un hechizo maravilloso, motivo que la irritaba. Y para su mala suerte se la encontró en su camino.

—Hola, Nati. ¿Llegando tarde? Qué raro. Lo apuntaré en tu agenda de faltas —le dijo sarcásticamente, con una media sonrisa y las manos puesta en su cintura.

—Tú, ¿qué haces parada? Tráeme un café, ¡muévete! —le gritaba sin mirarla, y resoplando. Se estaba cansado de aguantarla, pero le había prometido a su superior que no la echaría.

—A sus órdenes, mi señora —le dijo de forma burlesca, y en compañía de una reverencia. El resto de los empleados miraban sin hacer ni una mueca.

—Darte prisa, estúpida —Estalló.

Entró en su despacho cerrando con un sonoro portazo. Tiró al sillón su bolso y se asomó a la ventana porque necesitaba serenarse. Siempre conseguía sacarle de sus casillas. Tenía que hablar con él de nuevo, ya no aguantaba más. Se sentó en su sillón y cogió el teléfono para hablar con su secretaria.

—Sí, señora —contestó con una voz tímida.

—Consigue una cita con don Pedro lo antes posible —le pidió.

Nati encendió el ordenador para empezar a organizar el trabajo, y fue abrir los correos. Unos golpecitos sonaron. Negó con la cabeza, sabía que tras la puerta estaba su pesadilla. Una sonrisa depravada se asomó en su rostro. No tuvo que ordenar que pasara, lo hizo sin más.

—El café para la jefa, como le gusta: con leche, tres cucharaditas de azúcar y bien calentito —Se lo dejó en la mesa mientras le guiñaba un ojo. Se quedó en silencio esperando alguna orden. Al ver que estaba ensimismada con la pantalla del ordenador, carraspeó.

—¿Sigues aquí? ¡Fuera! —le rugió volviendo a lo que tanto llamó su atención.

—¡A su orden! —Salía riéndose. Era tan fácil picarle…

 

Estaba tan ensimismada que no escuchó cerrarse la puerta. Releyó varias veces el correo que tenía abierto y  que llevaba tanto tiempo esperando. Por fin había sucumbido a sus ruegos. Tenía un nombre y una dirección para empezar a buscar.  El teléfono sonó.

—Dime.

—Don Pedro no puede reunirse hasta dentro de dos semanas —susurró la secretaria, temiendo a su reacción —. Es que… se va de vacaciones con su mujer, señora.

—Bien. Esperaré —Colgó el teléfono.

 Emma era como un grano en el culo, pero podría soportarlo. Tenía otro asunto más importante que quería averiguar. Sacó el móvil de su bolso y marcó el número de su prima.

—Sandra, Sandra…, tengo algo —le gritó, nerviosa.

—No chilles. ¿Qué tienes?

—Un nombre y una dirección. Sor Mercedes me ha mandado un correo —le contó, más tranquila.

—¡Qué buena noticia! Dímelo, que lo voy a comprobar —le ordenó. Anotó y colgó el teléfono tras asegurarle que la llamaría con la mínima noticia. Sandra era más que una prima. Se convirtió en esa madre que no quiso saber nada de ella.

Se encontraba feliz. Recordó el momento en que tomó la peor decisión de su vida. Si pudiera dar el tiempo atrás lo haría, pero era tarde. Solo esperaba que no fuera demasiado para arreglar las cosas.

 

La puerta se abrió de sopetón pillando a Nati sumida en un llanto silencioso.

—¡Anda!, hasta tiene corazoncito —Se mofó Emma al verla. Esta vez Nati no pudo controlarse.

—Tú. Esto se acabó. Recoge tus cosas y sal de aquí, ¡ya! No volverás a trabajar en esta oficina —le gritó mientras se  levantaba y la cogía del brazo para sacarla del despacho.

Todos los presentes quedaron mudos. Ver a la jefa gritar conducía a problemas, pero si era con Emma podía desencadenar una guerra.

—¡Oye! Suéltame. ¿Qué te has creído? —De un tirón se soltó de su agarre y la empujó. Si no llega a ser por la secretaria se habría caído.

Una vez estabilizada posó su mirada en ella, y con pisadas firmes se dirigió hasta ponerse a su altura.

—Pero, ¿tú quién te has creído? So Boba. Eres una inútil, un estorbo, un fracaso y una floja. Estás tardando en irte ¡Fuera! —le gritó con una sonrisa que mostraba unos dientes blancos. Emma no se movió.

—Sabes que esto no quedará así. Te vas a arrepentir cuando don Pedro se entere de cómo me estás tratando —le chilló mientras se dirigía al ascensor. Sus ojos se estaban humedeciendo. Se sentía tan humillada…

—Por él no te preocupes, está informado de la situación, ¡ja! —le avisó. Hizo un movimiento de desaire con su mano.

—¡Esto no quedará así! —gritó mientras se cerraban las puertas, momento en que dejaba escapar el llanto comprimido.

Nadie hablaba, esperaban a que la jefa dijese o hiciese algo. No querían aumentar más su enfado.

—¿Qué hacéis parados? Todos a trabajar —ordenó, y entró a su despacho. Sabía que tenía un problema, pero ya lo solucionaría.

 

La jornada terminó sin nuevos sobresaltos. Recogió sus cosas para irse a casa cuando su móvil empezó a sonar. Lo cogió del bolso y vio que en la pantalla indicaba llamada oculta. Se extrañó, y como siempre hacía, la rechazó. No le dio tiempo a guardarlo cuando escuchó el pitido de la entrada de un mensaje. Lo abrió y leyó, y tuvo que sentarse al sentir cómo todo su cuerpo temblaba. Habían escrito: «Hola, mamá».

Esas palabras retumbaban en su cabeza. Volvió a tomar el control de sí misma cuando escuchó el teléfono sonar. Ni miró la pantalla.

—¿Quién es? —chilló.

—Oye, no me grites. ¿Qué te ocurre? —preguntó Sandra, preocupada.

—Acabo de recibir un mensaje con solo «Hola, mamá» —le contó sin poder bajar el volumen de la voz. Estaba confundida y muerta de miedo. No era así como pensaba que iba a tener su primer contacto.

—Y ¿no has contestado o llamado? Debes averiguar, aunque yo también he descubierto algo, por eso te llamaba —le dijo con tranquilidad.

—Tengo miedo. Y ¿si no quiere saber nada de mí? —preguntó, confusa. Se levantó y fue a mirar por la ventana. Necesitaba controlar la situación. El día estaba siendo algo caótico.

—Algo querrá. Si en verdad quien te ha mandado ese mensaje es tu hija, seguro que tendrá algo que decir. ¿No crees? —Respiró hondo. Sabía que era una situación difícil de afrontar y más cuando viera lo que tenía para enseñarle.

 

Quedaron en silencio. Nati volvió a sentarse algo más serena.

—¿Qué noticia me tienes que dar? Espero que sea buena —Se llevó la mano para frotarse la frente. Le estaba entrando un tremendo dolor de cabeza.

—Es sobre los datos que me has dado esta mañana. He conseguido un nombre y una foto. Conoces a esa persona, y no te va a gustar —le espetó sabiendo el peligro de desvelar la información.

—¿Cómo que no me va a gustar? Dime de una vez lo que has descubierto —le ordenó, gritando; pero no obtuvo respuesta, solo calma.

—¡Oye! Tranquila, que no soy uno de tus lacayos. Cómo estás alterada, te voy a enviar el correo donde encuentra la respuesta. Solo te digo una cosa: no lo leas hasta que no estés tranquila, y con lo que descubras no te adelantes a los acontecimientos. ¿Me lo prometes? —Sabía que lo que iba a destapar no le iba a gustar, y eso le preocupaba.

—Te lo prometo. Perdona mi enfado, es que no ha sido un buen día —le explicó, más serena; después, colgó. —Recordó el día que se fue a vivir con ella después de ser echada de casa por sus padres al enterarse de que estaba embarazada. Tenía dieciséis años. Fueron momento difíciles y tomó la decisión que creyó mejor, pero con el paso del tiempo descubrió que no era así —.Esos segundos sumida en los recuerdos le proporcionó el sosiego que anhelaba para hacer frente a la respuesta de su búsqueda. Se preguntaba cómo sería; sí se parecería a ella, si era feliz, si sabría que existía o si quería conocerla. Mil dudas le acechaban y el pánico apareció. Tal vez no sería buena idea.

Habían pasado más de veinte años. Encendió el ordenador que apagó antes. La espera a que estuviese operativo la excitó. Abrió el correo con ilusión.

 

Hola, Sandra.

Ha sido una sorpresa recibir su correo. En efecto, soy la persona que estás buscando. Es interesante saber que mi madre biológica me busca. Yo sí sé quién es ella, lo descubrí hace años gracias a una persona que conocemos ambas: don Pedro.

Quiero que ella sepa quién soy, pero seguro que no le seré de su agrado. Ya me conoce. Mi nombre es Emma. Le envío una foto para que confirme mi identidad. Espero que la noticia no le cause horror y la vuelva una cobarde.

Emma, un niña abandonada.

 

Nati buscó el archivo adjunto y lo abrió. «No podía ser verdad, ¿Emma, era su hija?». Cogió el ordenador y lo estrelló contra el suelo. Tomó su bolso y salió corriendo. Solo sabía una cosa: tenía que buscarla y explicarle todo.

15 comentarios:

  1. Es un relato precioso. Me ha conmovido. Enhorabuena, Isabel.

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    1. Gracias, Merche. Me gusta lo que dices. Besos.

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  3. Muy intenso e interesante. Felicidades

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  4. Bonito relato y bonito nombre, jejeje. Felicidades, Isabel

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  5. Muy buen relato, Isabel, me ha gustado mucho

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  6. Felicidades, Isabel. Buen relato, interesante hasta el final. Besos

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  7. Gracias. Me quedo con lo de interesante. Besos.

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  8. Isabel, felicidades desde la primera línea se lee el dolor y la crispación en Nati, la soledad y la desesperación. Un relato muy bien acabado, cerrado y completo.

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