viernes, 2 de junio de 2017

La mujer del traje de cuero (Dolors. Grupo B)


La mujer del traje de cuero dejó el bolso en la estación, olvidando su pasado para vivir su presente. Se aleja de la estación con la tristeza enganchada en el alma. Ese traje de cuero negro, su segunda piel, le recuerda que no tuvo más elección que tomar la decisión de su vida. Sí, una vida rota por la maleficencia de aquel ser ingrato, un hombre que contaminó su amor con el veneno de la sumisión.

La mujer del traje de cuero es la antítesis de una mujer cualquiera. Su belleza traspasa su cuerpo en un aura que camina por donde pisa. Su blanquecina piel rechina con lo negro de los días, reluce en la oscuridad de la noche y brilla como estrella en el firmamento. A su paso, todos giran el cuello para contemplar ese cuerpo envuelto en piel curtida por la gracia de la belleza. En sus tacones de diez centímetros corre por la calle con la seguridad de no caerse en ningún agujero abierto por el tiempo y el uso. No, la mujer del traje de cuero vence al viento con su melena negra como la piel que la cubre. En ella enreda los pensamientos de amaneceres sin sonrisas ni transcendencia, en camas deshechas por noches de mucho sexo y más dinero. La mujer del traje de cuero no tiene nombre ni apellidos, los perdió en un lugar sin precisar. Tan sólo, es la mujer del traje de cuero.

Conforme se distancia respira acelerada por la angustia de dejar sus recuerdos en el bolso abandonado, con la alevosía del olvido. En él depositó lo poco que tenía, la niña que pudo ser y no fue; la mujer que es y no quiso ser. Ese bolso le acompañó desde que tuvo conciencia de ser quién es. Un bolso no demasiado grande, pues no hay mucho que guardar; ovalado, sin esquinas porque en ellas se acumula la porquería que los días atesora como el oro falso. El tabaco negro de la ansiedad; chicles sin masticar por dientes desganados; pastillas de la felicidad, las que se compran por un segundo y mueren al instante; carmín rojo fuego como los labios que los provoca. Sí, un bolso elíptico para girar en sí misma. Allí se quedó el bolso ovalado y negro, como el traje de su portadora, con cadena para esclavizar el presente al pasado, engarzado con soldaduras inmateriales de dependencia. Un bolso sujeto por el dorado de la visa, pagadas por el cuerpo condenado por perpetuidad. En un asiento de la estación de tren, esos que llegan cada minuto arrojando vidas corriendo a toda prisa y recoge cuerpos con destino incierto, se quedó el bolso de la mujer del traje de cuero por, si alguien, se apiada de lo ajado de su tacto producto del manoseo de muchos que quisieron tocarlo. A la vista de todos, para conseguir otra vida que almacene más alma sin tantos riesgos. Olvidado y repudiado, igual que su ama, permanece en el asiento que nadie quiere, pues un boquete tiene.

La mujer del traje de cuero apresura sus tacones manteniendo el equilibrio entre el suelo y el infierno. En el suelo de asfalto, íntima unión de realidad sin fantasía cohesionando apariencia y superficialidad; castiga con cal y arena granulando sus días, la mujer del traje de cuero. El traje de la mujer de cuero es viscoso y pegajoso como la acera que camina; procura no pensar en lo impermeable de la piel. Esa es ella, la mujer del traje de cuero, impenetrable al alma de quien la pueda amar, abierta a la penetración de otros que, con su sexo hurgan en sus entrañas, lacerando su corazón. Anda por el lado oscuro de la calle para no ser señalada por mentes vanagloriadas por la decencia, sin saber, que la mujer del traje de cuero quiere huir del infierno, que quema su espíritu en llamas provocadas por la sumisión a quién le prometió la vida eterna. Arde sin más acelerante que ella misma: una cerilla que rasga la pared irrompible de su prisión.

Sumida en su pensamiento, corre hacia la nada, un vacío de esperanza sin futuro. Suma y agrega más eslabones a su cadena de esclavitud, en cada huida, dejando pedacitos de escamas vencidas por las lágrimas de unos ojos azabaches, rutilantes como la melancolía que desprenden. Esa es ella, la mujer del traje de cuero, sinónimo de nostalgia y perdición; de ausencia y desecho; de materia preciosa sin alma bella; de vivencias sacrílegas excomulgadas de lo cotidiano. Esa es ella, la mujer del traje de cuero negro, la definición de lo efímero y la perfección del cuerpo; lo sublime del placer y lo fugaz del momento; la moneda de cambio de quien consume los ratos en la perversión por la infame Justine.

La mujer del traje de cuero respira sin inhalar aire, tan sólo, inspira las moléculas condensadas en oxígeno, oxidado en su nacimiento y anhídrido carbónico, veneno en sus venas. Exhala burbujas de culpa, cristalinas como sus pupilas cegadas por la oscuridad; borbotones de arrojos sin más perfume que la hiel agriada por los latigazos tatuados en su piel. Oye el ruido de los que caminan sin escuchar ningún, buen día; sorda desde el inicio de la noche sin más sonido que el lenguaje del kamasutra. Un idioma aprendido con la práctica de noches y días; palabras de gemidos y letras de placer de aquellos que necesitan su complacencia. Maestra de la lengua que mueve los deseos de hombres, se cose al alma ante el señor de sus dominios. La mujer del traje de cuero ya no recibe el aliento de quien le ofrece su bondad; olvidó hablar los modismos de la generosidad.

Indemne a versos que reciten amor, muertos antes de ser concebidos, la mujer del traje de cuero no mira atrás, tan sólo, rauda, se retira de la pesadilla guardada en el bolso ovalado, aquel que sin esquinas reposa en una silla de una estación cualquiera. Se distancia con el ansía del olvido, sola, sin cómplices en su huida. La mujer del traje de cuero no regresa al lugar del crimen, su víctima yace entre la mala sangre del amo de sus desdichas y la espuma de su boca, arrojada en la desesperación de agarrarse a la vida. La mujer del traje de cuero aprehende en sus manos la claridad del día, rechazando los dedos que la noche amputó en la vileza de la contienda, esa mantenida en el fulgor de una batalla de azotes y lágrimas; guerra iniciada para conquistar la libertad de su vida. Sí, la mujer del traje de cuero no piensa en los sentidos perdidos, sujetada a los grilletes de la cama del captor de su voluntad. Huye con el aire de la primera mañana, sin recordar que debía pleitesía al señor de su humildad. El rocío del alba refresca su inquietud, brecha abierta mientras se escapa del arrabal de su melancolía, esa que nutre el dolor por un placer inexistente. La mujer del traje de cuero, cierra la cremallera de su escote para que su corazón no se salga ni se venza al vínculo fornicador de hombres que relamen sus lenguas, al paso del contoneo de su cuerpo.

La mujer del traje de negro se engalana del Sol de junio, burlándose de los vicios que asestaron su alma. Ya no recibe el humo que las noches contaminaba sus pulmones, ni los efluvios que el alcohol desprendía entre cliente y señor. Se resiste al temblor de sus piernas gritando el afrodisíaco de cada día. Tan sólo, se quedaron en el bolso sin esquinas, sin enviciar más la dama que ya no se detiene. La mujer del traje de cuero atraviesa calles y avenidas con la ligereza de levitar, entre la ilusión a punto de tocar y la desesperación por la tentación. Y es que la mujer del traje de cuero convulsiona en los instintos de la traición y la intuición del amor. Sin odio otea, el horizonte que a sus pies renace en el amanecer del nuevo día. Con brío camina sin más compañía que el repiqueteo de sus tacones afirmando la venganza cometida en la nocturnidad de la noche. Sus zapatos rojos como la sangre de su muerto, recortan la distancia hacia la incertidumbre de no ser más sospechosa del crimen consumado en un acto de sobrevivencia. Se dirigen sin más, al encuentro de un futuro incierto donde las dudas no dominen sus adentros. Ni las mentiras engrandezcan su figura alargando su sombra al abrigo de hombres que compren su vida. Sus tacones resuenan en el silencio de su mirada buscando la verdad que oculta su rostro. Cada paso que da, clama por la certeza de tener un nuevo sí en una segunda vida. Un sí que aleje el tiempo de obediencia, ocultado en el bolso ovalado, olvidado en la estación donde el hastío consume los días.

La mujer del traje de cuero plagia la rutina de los transeúntes que se cruzan ante sus devaneos de girar a derecha o izquierda. Divaga entre los detalles que descubre a su paso y las cicatrices que tatúan su piel. Un trébol de cuatro hojas grabado por la fortuna de su propietario, el dominador de sus sueños. Un corazón de vainilla encadenado al látigo que fustigó su espíritu y conminó su cuerpo. La mujer del traje de cuero rasga con ahínco la piel escocida por tanta disciplina. Desgarra con sus uñas de porcelana cada desprecio que el orgullo consintió, queriendo borrar lo que a fuego lento se grabó con el hierro incandescente del éxtasis y la perfidia. La mujer del traje de cuero ya no derrama sal ni vinagre sobre las heridas, tan solo las lame para coser años a su vida. Sólo, desea aprender a caminar descalza para pasar desapercibida. Nada más alarga su mano para asirse al contoneo incesante del vaivén de sus deseos; tanteando la pared que se desliza en su caminar, una pared construida con ladrillos cocidos en el pasado de lujuria y sensualidad; una pared que entorpece cada paso que da, blindando su libertad. La mujer del traje de cuero se agarra al aire para no desvanecerse en la conciencia de su crimen, allí yace la rabia y el odio nacido al amparo de su dueño. Reclama a sus tacones un único esfuerzo: que no se quiebren ante la nueva perspectiva de alcanzar la meta. Sus zapatos se aferran a su dueña como aquél lo hizo al poder de su sumisión. Y corre la mujer del traje de cuero detrás de lo imposible, ironía de su vida. Inspira la brisa purificando su boca, mientras borra con ira el carmín de sus labios. Sus pecados se unieron a ellos en comunión con el dios del placer. Un matrimonio por la eternidad profesado en la intimidad de esposas y sangre; un sí quiero sin consenso ni consentimiento, producto de la obsesión del lobo que se alimenta de su caperucita. La mujer del traje de cuero exhala cada misionero que conquistó su corazón; cada envite que despedazó su ilusión; cada caricia sin el dulce de leche; cada felación sin beso de despedida… Y en el quiebro de su respirar, la mujer del traje de cuero recoge la energía que pondera su armonía. Mientras, sigue sus pasos en la cuerda floja que debe atravesar para equilibrar la balanza, entre pasado y futuro. La noche pasada prisionera en el bolso sin esquinas, abandonado a su suerte, en la estación del olvido. El futuro de mañana sin la esclavitud de las cadenas invisibles a la humanidad. Sin hilo de acero que cercene su sonrisa ni la cuerda de nudos que ate sus manos al garrote vil del abismo.

La mujer del traje de cuero dejó su bolso ovalado para indultar su vida de la pena de muerte impuesta sin juicio ni defensa por el juez del dolor y el placer. Allí metió el shibari en una fotografía que el tiempo tintará con el sepia de la muerte.

La mujer del traje de cuero ya es viuda sin saberlo; ya es dueña de ella misma sin conocerlo; ya posee las riendas de su vida. La mujer del traje de cuero traza una sonrisa sin la agonía de la desesperanza. Contagia su carcajada con la magia de la ilusión. La mujer del traje de cuero ya tiene nombre y apellidos: Esperanza Sin miedo de Amar.

16 comentarios:

  1. Es un relato muy intenso a la vez que duro. Gracias, Dolors, me ha gustado mucho. Tienes una forma de narrar muy personal. Enhorabuena.

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    1. Muchas gracias, Merche Sí algo personal, a veces demasiado, seguro que me leerían más con otro estilo..

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  2. Intenso, duro y profundo, con un delicado juego poderoso de los ritmos y los términos. Enhorabuena

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    1. Gracias, Héctor. Ufff tenía miedo con este relato.

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  3. Me ha gustado muchísimo Dolors. Muy duro, muy gráfico también, podía ver a esa mujer de cuero y sentir lo que describes con tanta profundidad. Enhorabuena

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    1. Muchas gracias, Carmen. Que me digas eso me motiva muchisimo.

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  5. Hola. Un relato fuerte y con estilo. Muy interesante, me ha gustado la forma que está narrado. Felicidades .

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  6. Tienes el don de la palabra escrita. Enhorabuena!

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  7. Dolors, te ha quedado un relato desgarrador a la par de motivador. Me gustado la narración, felicidades!!!!

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    1. Gracias, Yazmina. Eso pretendía desgarrador y esperanzador a la vez.

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  8. No me cansaré de decirle lo bien que escribes y transmites. Has conseguido que visualizara a esa mujer con todos los detalles que facilitas y eso no todo el mundo lo logra. Felicidades, Dolors

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  9. Gracias, Sandra. Quizás algún día me lo creeré, de momento me cuesta hacerlo. Un beso.

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