martes, 30 de mayo de 2017

Estación entre dos mundos (Carmen. Grupo C)

La mujer del traje de cuero dejó el bolso en la estación, al pie de la puerta del vagón, sin bajarse siquiera de él; después las puertas se cerraron y quedó asomada a la ventana con mirada suplicante. Ayer había sucedido lo mismo, la misma mujer, con el mismo atuendo, el mismo bolso y esos ojos que se perdían en la oscuridad del túnel con mirada angustiada.

Iba a aquella estación abandonada cuando le apetecía estar solo, se llevaba uno de sus libros, su cuaderno, y se dejaba llevar por la imaginación y su necesidad de soledad. El recinto estaba abandonado y prohibida la entrada, aunque en realidad no hacía falta tal prohibición, pues se había corrido la voz de que estaba embrujado, y ya nadie lo frecuentaba. Lo cierto es que había trenes que de vez en cuando atravesaban sus raíles. Nadie les daba paso, nadie sabía hacia dónde iban o de dónde venían. Se había acostumbrado a verles pasar, como si de fantasmas se tratara, en su extraño ir y venir, envueltos en un singular resplandor. Siempre había luz aunque el suministro eléctrico se cortara hacía años. Las lámparas estaban rotas pero una lánguida luminiscencia las rodeaba, y envolvía el lugar en un ambiente sobrenatural y mágico que no le daba miedo; al contrario, calmaba su deseo de huir de la realidad cotidiana, y le hacía sentir como en casa. Es posible que en su fuero interno albergara el deseo de protagonizar algún hecho inexplicable de los que decían que allí se producían, sin embargo él jamás había asistido a nada extraño.

Cuando presenció la escena por vez primera, recién levantada la vista de entre las hojas del libro que estaba leyendo, no le dio mayor importancia: un tren más de los que de vez en cuando, atravesaban las tinieblas sin razón alguna; pero ahora se daba cuenta de que nunca antes ningún vagón había abierto sus puertas, ninguna persona había aparecido en ellos y por supuesto, nada había sido arrojado de ellos. Cuando fue consciente de eso, de que efectivamente, algo insólito se había producido, se levantó y se encaminó hacia donde parecía haber caído el bolso. Cuando llegó allí no había nada. Se quedó extrañado: juraría haberlo visto caer. Quizás sus ojos le habían engañado. No, lo que no podía olvidar era el rostro, aún en la distancia denotaba tristeza y abatimiento. Aquello había ocurrido, estaba seguro de ello. Volvería mañana, a la misma hora y quizás el fenómeno se repitiera. Miró ansioso el reloj: eran las ocho y veinticinco. Calculaba que la hora exacta en la que ocurrió todo seria las ocho. Allí estaría al día siguiente.

Trató de volver a la rutina habitual pero una extraña inquietud le impedía concentrarse en lo que hacía. Las horas pasaban desesperadamente lentas. Estaba impaciente por volver, sabía que le resultaría difícil conciliar el sueño aquella noche. Cuando llegó a casa trató de tranquilizarse, cenó, se hizo una infusión y, tras ver un rato la tele, se fue a la cama. La tila hizo efecto y pudo dormir hasta las seis y media en que sonó el despertador. Desayunó un buen café, se duchó y vistió y se encaminó hacia la vieja estación.

Era temprano aún pero ya había luz. Le gustaba esa sensación de abandonar la ciudad cuando empezaba a despertar; estaba impaciente por ver asomar el gran edificio de la estación que había quedado desplazado en el crecimiento de la urbe.

Entró por donde lo hacía siempre y se colocó en el segundo andén, en un banco lateral en el que la pintura se había desprendido. Abrió su libro con la intención de esperar leyendo pero no podía centrarse en las palabras, estaba nervioso por lo que suponía iba a presenciar. La brisa, que se colaba por las continuas rendijas de las ruinas y que se había convertido en su compañera de lectura, pareció detenerse de pronto. El silencio se hizo denso, y las luces vibraron durante un segundo, al mismo tiempo en que un vagón de tren se acercaba aminorando la velocidad hasta pararse un poco más allá de donde él estaba, y abrir sus puertas, entre las cuales apareció un brazo femenino con una manga de cuero negro que dejaría caer un bolso oscuro; de inmediato, y provocando una ráfaga de aire, las compuertas volvieron a cerrarse. A la vista en el cristal, el pálido rostro de una mujer desesperada que una vez más volvía a perderse en la oscuridad. Corrió hasta el bolso y esta vez sí pudo verlo. Estaba allí. Se acercó y lo recogió.

Fue con él a uno de sus sitios preferidos: el gran patio, cubierto con una cúpula de cristales de colores, muchos de los cuales estaban rotos. Los efectos lumínicos a aquella hora y al atardecer eran espectaculares. En el centro crecía un enorme sauce llorón, ahora muy descuidado; a su alrededor brotaban todo tipo de arbustos y flores silvestres que dotaban al conjunto de esa belleza bucólica que tienen las construcciones abandonadas. Allí residía también, una familia de gatos a los que les llevaba comida y bebida y que siempre le salían al encuentro. Esta vez no les prestó mucha atención; sentía una gran curiosidad por lo que ocultaba aquel bolso, por saber a quién pertenecía y conocer por fin el nombre de aquella persona.

Dentro encontró una pequeña libreta con lo que parecían notas, o versos quizás. Una sonrisa surcó su rostro al pensar en esa mujer como una escritora que se hubiera desorientado en una de sus historias hasta llegar a formar parte de ellas. El maullido de uno de los gatitos le sacó de aquella dulce ensoñación. Le dio una golosina y volvió a los objetos: un bolígrafo, una barra de labios, un pequeño frasquito de colonia, unas llaves y la cartera. La sostuvo en sus manos durante unos cuantos minutos, con la duda de abrirla y desentrañar su identidad, o dejarla cerrada como si fueran las páginas de un libro que no quieres acabar; y es que empezaba a gustarle más la imagen que se estaba haciendo de ella solo con la observación de aquellos objetos, que mudos hablaban más que unos simples datos de registro. Dentro estaba su DNI: Santos Vallejo, Helena . Española. Si aquella dirección era correcta a lo mejor podía devolverla él mismo el bolso y conocerla; averiguar qué hacía allí, atrapada en aquel vagón de tren. Pronto se dio cuenta de que eso no iba a poder ser, pues la ciudad que se mencionaba en el carnet no le resultaba conocida. ¿Y si venía de otro mundo? Allí todo era posible. Echó un vistazo alrededor, su mirada se encontró con aquel mundo fantasmal y envolvente bañado en una luz multicolor.

Tenía un día más para pensar qué hacer. Reparó entonces en el papel que había quedado en el fondo del bolso con una anotación: "En la Estación Central a las ocho a.m. vestida con el traje de cuero negro y con el libro en la mano". Acudía a una cita. ¿Habría llegado? No había visto ningún libro. Le llevaría encima. El resto del tiempo lo pasó escribiendo en su cuaderno todo lo que le había ocurrido hasta ahora. Anotó las horas, la luz, la impresión que le produjo la contemplación de aquel rostro desencajado y que deseaba conocer. ¡Eso es lo que haría! Se subiría en el tren y hablaría con ella.

El paso del tiempo era un lastre del que no podía deshacerse. No tenía hambre, no tenía sueño. Su mente solo la ocupaba aquella mujer; entender qué hacía allí día tras día, qué extraña causa la retenía en aquel vagón, cuál era su historia y si él podía ayudar a restaurarla, porque empezaba a pensar que estaba atrapada en un bucle temporal. Él mismo se sentía inmerso en un sueño aunque no podía imaginar cuál era su lugar en él.

No pudo esperar a que sonara la alarma, el Sol aún no había salido cuando emprendió el camino hacia la estación. Era una noche oscura con un cielo cubierto de negras nubes que barruntaban tormenta. Olía a humedad en el ambiente. Le gustaba la lluvia, y le gustaban esas grandes tormentas que de pronto iluminaban el cielo con aquel tono sobrenatural.

Se instaló en el mismo banco y tras comprobar la hora comenzó a anotar los distintos acontecimientos que podían suceder; un par de trenes a gran velocidad y en sentidos diferentes pasaron delante de él. Ninguno se paró y en ninguno había nada, ni nadie.

A las ocho menos cinco, se puso de pie, justo delante del lugar donde el vagón abría sus puertas con la esperanza de ser lo suficientemente rápido para subirse. Vio sus titilantes luces en la lejanía del túnel. El tren disminuyó su velocidad hasta pararse y abrir las compuertas. A la vez que él subía, ella arrojaba el bolso pero en vez de asomarse a la ventana, se encontró frente a él. Se quedaron quietos, sin saber qué decir. La sacudida del tren al ponerse en marcha les sacó de su ensimismamiento y se agarraron a la misma barra de sujeción. Con la otra mano, la mujer sujetaba un libro de aspecto antiguo contra su pecho. Llevaba un caro traje de cuero negro que acentuaba su estilizada figura y la palidez de su rostro, que serio y sorprendido, me interrogaba en silencio.

-Hola, me llamo David y me gustaría ayudarla.

-Hola, encantada, David. Soy Helena y no sé qué hago aquí, ni cómo puede ayudarme. Se me ocurrió lo de tirar el bolso por si alguien podía verlo. No sé qué es lo que ha ocurrido. Iba a un encuentro importante y me vi envuelta en… ¿Cómo explicarle? Llevo tres días repitiendo la misma sucesión de cosas. No he llegado a mi cita. Era importante.

-Creo que se ha visto atrapada en un bucle temporal.

-¿Cómo? Eso no es posible.

-¿Le parece si nos sentamos y me cuenta con detenimiento todo lo ocurrido, a ver si soy capaz de entenderlo, y tratamos de solucionarlo entre los dos? Seguro que hay una razón.

-Sí, claro, me parece bien.

Soltaron la barra y se dirigieron al vagón más cercano en el que buscaron asiento. El tren iba a una velocidad muy alta. No se apreciaba nada desde las ventanillas, y parecía estar vacío. La miré y la sonreí para darla confianza.

-Cuénteme, Helena, por favor.

Respondió a mi gesto con otra sonrisa mostrando una cara algo más relajada y con un poco de color.

-No sé qué decir.

Y le tendió el libro que llevaba. Se trataba de un volumen muy antiguo escrito en latín que contenía lo que parecían recetas mágicas, extraños símbolos relacionados con la hechicería y la alquimia.

-Hace poco mi padre adquirió un grimorio que se creía desaparecido. Este libro durante el siglo XVII se convirtió en un manual imprescindible para magos, alquimistas, hechiceros, o incluso filósofos, pero pronto fue incluido en el Índice de Libros Prohibidos; aquellos que lo tuvieran en su poder eran perseguidos por la Inquisición, por ello se dejó de publicar y de vender, y la mayor parte de los ejemplares fueron destruidos o quemados, por lo que se considera desaparecido. Su valor es incalculable y se convirtió en la pieza de mayor importancia de la colección de mi padre. El martes pasado mi padre desapareció sin ninguna explicación, a las pocas horas llamaron a la puerta, y me hicieron entrega de un paquete en el que había un traje de cuero y una foto de mi padre con el periódico del día. Y unas instrucciones en las que se me exigían la entrega del libro mencionado, y que ahora usted tiene entre las manos, a cambio de ver de nuevo a mi padre. Con una advertencia clara y firme de no avisar a la policía. Debía personarme en la Estación de Atocha en el extremo derecho del jardín tropical, vestida con el traje incluido en el paquete, y dejar allí un bolso con el libro; en cuanto lo recogieran, tendría una llamada de mi padre diciéndome dónde se encontraba.

Las palabras salieron de su boca de sopetón, como si la quemaran. Se quedó callada. Los dos dejamos la mirada suspendida en el libro que rodeado de nuestro silencio pareció erigirse en el protagonista de nuestros pensamientos.

-Comprendo. Usted acudía a tan importante cita. Pero, ¿qué es lo que ocurrió? Debemos repasar cada una de las cosas que hizo hasta el momento en que se vio envuelta en la repetición.

-No llego a bajar del tren. Cada vez que se abren las puertas y hago el intento de bajar, una fuerte corriente de aire me arrastra al interior.

-¿Notó algo que se saliera de lo habitual? Cualquier cosa, por nimia que parezca puede ser importante.

-No recuerdo nada especial. Entré en el tren. El trayecto es corto y estaba nerviosa, así que me quedé de pie… Abrí el bolso… Sí… Entonces noté la presencia de un extraño personaje cubierto con una capucha, que pasaba de un vagón a otro. Vio el bolso, el libro, y murmuró algo…

-¿Recuerda cuales fueron sus palabras?

-¡Reconoció el libro! ¡Dijo el nombre del libro en latín y un escalofrío me recorrió por dentro! ¿Puede ser eso?

- Sí, podría ser.

La cogió de la mano y la llevó hasta donde la había encontrado al subir al tren. La devolvió el libro, que despedía un extraño brillo dorado de entre sus hojas, la miró y después de sonreírla de nuevo, pronunció el nombre del libro: "Albanum Maleficarum" y un vórtice de aire le envolvió y le sacó del tren en el momento en que éste se paraba y las puertas se abrían. Cayó en la vieja estación. Ya no vio el rostro de la mujer en el cristal. Eran de nuevo las ocho de la mañana, todo estaba envuelto en aquella fantasmagórica luz que caracterizaba el lugar. El corazón le palpitaba a mil por hora y tenía la extraña sensación de haber despertado de un sueño extraordinario.

15 comentarios:

  1. Muy bueno, Carmen. Me ha encantado. Felicidades

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    1. Muchas gracias, Hector. Me alegro que te haya gustado

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  2. Es un relato muy enigmático. Me ha gustado mucho. Gracias, Carmen.

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    1. Muchas gracias, Merche. Me gusta eso de "enigmatico"

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  3. Hola. Que misterio. Me lo he leído del tirón por la curiosidad que me despertó. Besos.

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    1. Me alegro mucho de esa curiosidad, Isabel. Muchas gracias. Besos

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  4. Muy intrigante y mágico, Carmen. Felicidades.

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  5. Muy bien, Carmen! Me ha enganchado el misterioso

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