viernes, 5 de mayo de 2017

Narcovida (Jose. Grupo A)

1 de diciembre del 2000-Villanueva de Arosa
 


La noche era perfecta para llevar a cabo sus planes. Llovía a cantaros y hacía un frío que al chocar con la cara, parecía que te atravesaba la carne, llegando hasta el último hueso del cuerpo; pero sabían que para minimizar los riesgos que su trabajo implicaba, cuanto peor fuesen las condiciones meteorológicas, mejor para todos ellos. Siempre jugaban con ese factor para realizar las operaciones de descarga. Ya todo estaba a punto, se acercaba el momento más delicado, y nada podía fallar; nada podía salir mal. Era uno de los momentos clave de la operación; y de saber si el soborno hecho a la guardia civil del pueblo había surtido su efecto. De repente muy cerca de la orilla, nacieron dos rápidos fogonazos de luz; era la señal que estaban esperando. Como si de un truco de magia se tratase, en milésimas de segundo, cuatro coches con el maletero abierto se incorporaban donde comenzaba a nacer la arena de la playa. Y con una cadena humana perfectamente coordinada en sus movimientos, comenzaron a descargar los fardos de cocaína de las lanchas para introducirlos en los automóviles. Nadie los molestó durante los veinte minutos que les llevó hacer el desembarco. Luego desaparecieron todos; dejando tras de sí una sola prueba: sus pisadas en la arena, que en cuestión de minutos, con la que estaba cayendo, también acabarían como sus dueños: desaparecidas.

 

Durante todo el proceso, a un par de kilómetros de distancia, sin despegar los prismáticos de sus ojos "José Mª Orbaiza" había estado examinando toda la operación, para asegurarse de su éxito y de que nadie lo traicionase. Además del transporte de droga más grande que "Don Pablo", el que pronto sería su suegro, le había encargado y dejado en sus manos hasta la fecha. Ni más ni menos que 3.000 kilos de cocaína. Estaba en juego, además de muchos millones de euros, las cabezas de toda la organización. O sea que más le valía tenerlo todo bien atado para que nadie se fuese de la lengua y todo saliese según el plan establecido. Esta vez no había margen de error; y quería verlo con sus propios ojos. Una vez que vio irse a todos con los coches cargados, se quitó el chubasquero y entró en su coche. Ahora solo quedaba esperar a que su lugarteniente lo llamase. Arrancó el motor y se fue a uno de los bares del muelle, que abrían a las cuatro de la mañana para que los marineros desayunasen algo caliente antes de partir a alta mar y otros quehaceres. Pidió un ron-cola; mientras lo bebía no paraba de mirar su teléfono. Al fin, después de dos copas y medio paquete de cigarrillos, llegó la llamada que tanto ansiaba. Podía respirar tranquilo; la mercancía ya estaba a salvo. Había sido un éxito, y un gran paso para seguir subiendo escalones hacía la cima del poder que tanto añoraba.

 








-La operación ha finalizado con éxito, "doctor". -Que era el nombre con el cual su lugarteniente se dirigía a él por línea telefónica.
-Perfecto, desinfectaremos los quirófanos y en dos días nos vemos donde siempre. -Y Orbaiza colgó el teléfono.
 
 

Ya mucho más tranquilo, condujo hasta su casa en Villagarcía de Arosa, y se echó a descansar. Estaba agotado mentalmente. Ya habría tiempo para celebrarlo al día siguiente.

Debido al ajetreo de la noche anterior, apenas había podido dormir un par de horas, y no muy bien, que digamos. Arrastró su culo hasta el cuarto de baño y se metió bajo la ducha, necesitaba espabilarse un poco antes de ir a ver a Elena. Se pegó un afeitado y volvió a la habitación para vestirse. Se enfundó sus Levis, sus zapatos Camper, su sudadera de capucha acompañada de su plumífero Adidas; echó mano a un zumo de naranja, se lo bebió de un trago y salió a por su Audi. Abandonó la urbanización de O Castriño, que era donde se había comprado su chalet, y enlazó con la avenida de Cambados para dirigirse a casa de los padres de Elena. Era algo temprano, no pasaban de las diez de la mañana. Sabía que su novia todavía no estaría preparada, y esa era su intención: llegar antes para poner al capo al tanto de que todo había salido a pedir de boca. Encendió el cd, y durante los veinte minutos de trayecto deleitó a sus oídos con varios temas de "Heredeiros da Crus", dejándose contagiar por su música y cantando a grito pelado Quero josar . Al llegar al semáforo de la plaza de Fefiñans, aprovechando que estaba en rojo, bajó el volumen y se puso serio. En dicha plaza era donde vivía don Pablo con su mujer y su hija Elena, en un enorme caserón que siempre había pertenecido a la familia, y del que el viejo nunca quiso moverse a pesar de amasar una inmensa fortuna entre sus manos. Casi antes de sacar el dedo del timbre, una chica del servicio ya le estaba abriendo la puerta e indicándole que el señor de la casa lo esperaba en la galería. Y allí estaba, sentado a la cabecera de una enorme mesa de cristal, con unas patas de mármol que hacían la recreación de unas antiguas columnas griegas. Ya desayunado y leyendo el "Faro de Vigo"; el único periódico que le gustaba.

 
-¡Vaya! Pero si ya está aquí mi futuro yerno. Y con buenas noticias, espero.
-Buenos días, don Pablo. Puede estar tranquilo. Todo ha salido a la perfección.
-¡Carallo! Esto si hay que celebrarlo. -Dejó recado a su hija por mediación de la doncella, diciendo que no los esperasen, y ambos salieron de la mansión.
 
 

En cuanto salieron a la plaza, todo el mundo saludaba a don Pablo como si se les fuese la vida en ello. A pesar de que todo el mundo sabía de sus turbios negocios, era un personaje muy querido en su pueblo. Había alimentado a muchas familias, y todavía seguía haciéndolo. Y los que no lo apreciaban, lo saludaban igualmente por respeto y miedo a alguna represalia. Orbaiza se ofreció a llevarlo en su coche, pero el viejo muy rápido declinó la oferta. Quería ir andando. Después de haber estado lloviendo una semana seguida, para un día que no lo hacía, a pesar del frío, quería disfrutar de un buen paseo matinal y respirar ese aire húmedo con olor a lluvia que tanto le gustaba. Al pasar por la calle Novedades, que era la calle donde se concentraba el mayor número de negocios que vivía del turismo, los visitantes de aquel precioso pueblo que se cruzaban con ellos se les quedaban mirando. Y no era para menos. Muchos habían oído hablar del "Escobar de las Rías Baixas" en periódicos y programas de televisión, y los que lo reconocían se quedaban embobados como si estuviesen viendo al mismísimo rey de España. Además, era un tipo que solo verlo ya imponía: medía casi dos metros de alto, cien kilos de peso, enormes y anchas espaldas y una cara de mala hostia que te invitaba a no pedirle ni fuego. Eso que siempre vestía de traje, y muy bien arreglado. Sin embargo ya lo dice el refrán: el hábito no hace al monje. Continuaron por la calle Príncipe hasta llegar al paseo marítimo. A medida que caminaban, don Pablo iba dándole algunas instrucciones al que a partir de ese día se convertiría en su mano derecha, y posible sucesor de su peculiar y millonaria empresa. De repente se detuvo y comenzó a remangarse el jersey y la camisa y le enseñó un tatuaje que Orbaiza ni sabía que existía, donde podía leerse perfectamente: No importa lo que gastas, si no lo que ganas. Se tapó y continuaron su marcha. Al llegar a la avenida Galicia, se introdujeron en el bar O Posito, una de las múltiples propiedades del gran capo. Se sentaron cerca de uno de los ventanales que daba a la calle para disfrutar de unas copas del que para el viejo era sin duda el mejor albariño que había parido la tierra: Gran Bazán (botella color ámbar).

A la segunda copa, mientras Orbaiza escuchaba atentamente, él le contaba una de las historias de su abuelo: Luis Garrido, del que había heredado el negocio. Según contaba don Pablo, era conocido como "El Papa gallego de la cocaína. Había sido detenido en Medellín en el año 1973. Tras haber pasado dos años en el penal consiguió la libertad bajo fianza. Pero eso no lo alejó de sus expectativas. Al contrario, contactó con Marta Upegui en Medellín"la reina de la cocaína" e inició su actividad con los narcos. En los años ochenta, los grandes capos gallegos ya formaban parte del tráfico. Su abuelo había sido el propulsor de tan suculento negocio.

Cuando miraron las agujas del reloj eran cerca de las dos de la tarde; abandonaron el local y volvieron a su casa. Él a comer, y el que sería su futuro yerno, a buscar a Elena para desaparecer hasta el día siguiente.

 

Mientras tanto, esa misma mañana, Antonio Rodríguez, más conocido para todos como "Toni el rata", atendía en el almacén de la pastelería a los colombianos que ya estaban allí para llevarse su mercancía, y así poder quedarse con su 30% de la droga sin que le faltase ningún paquete, como se había acordado. El negocio, que pertenecía a José Mª Orbaiza (su jefe), estaba en una calle céntrica de Villagarcía de Arosa. Sin embargo lo tenían todo más que calculado. Los colombianos habían aparecido con un camión de reparto de harinas, y vestidos como tales para que nadie sospechase nada. Y a veces cuanto más descarado mejor; no siempre vemos lo que miramos, y la tapadera era muy buena. En media hora, tras haber transcurrido todo sin incidencias por ambas partes, los sudamericanos estaban saliendo de allí con sus 2.100Kg. de cocaína para luego distribuirlos por España y varias ciudades europeas.

Toni el rata, desapareció tras ellos. Todavía no se podía creer el golpe que habían dado, ni más ni menos que 900Kg de cocaína, que pronto desaparecerían de sus manos para convertirse en 18millones de euros limpios, libres de impuestos. Estaba deseando que llegase el día siguiente para estar con su jefe y celebrarlo bien celebrado. Ahora tenía que contactar con los demás clanes para que empezasen a llevarse la droga cuanto antes. Condujo durante tres horas sin parar, incluso se metía las rayas sin detener el vehículo; y al fin había llegado a su destino. Ya estaba en Muxía (Coruña). Últimamente habían caído varias organizaciones a causa de llamadas de móvil que los delataba ante la justicia, o sea que no quedaba otra que ser precavido y hacerlo a la vieja usanza; y el rata de eso sabía un cacho. Se metió por la calle Real, aparcó su Ford Mustang cerca del puerto y se fue a pie hasta la cafetería Don Quijote, situado en el puerto, en la calle Marina 27. Cruzó la terraza del local, que al ser invierno y al estar tan cerca del mar, el mal tiempo se cebaba más con ella; y aunque fuese tapada, la gente solo la usaba para ir a fumar y poco más. Entró en el local, que obviamente ya conocía, y ya no se acordaban de él; siempre que podía se pasaba algún que otro fin semana por allí para degustar sus increíbles percebes, sus navajas y su exquisito pulpo. Al ver entrar a aquel viejo zorro, varios fueron los que se le quedaron mirando; y la verdad no era de extrañar. A pesar de sus cincuenta años -y muy bien llevados- era un tipo de: 1,80 de altura, espaldas anchas y fornido. Se le notaban las horas de gimnasio, vestido de Armani y con oro hasta en los dientes; normal que lo mirasen. No era feo, tenía un aire con Marlon Brandon, pero creo que esto último no fue lo que más les llamó la atención a quién lo miraba. Se acomodó en un las mesas del fondo del local, y mientras esperaba a que uno de sus contactos llegasen, aprovechó para mandarse unos gin tonic acompañados de un par de raciones de pulpo. Justo se disponía a salir al exterior para satisfacer a sus pulmones con un poco de humo, cuando apareció su querido camarada: el abogado Ricardo Piñeiro, conocido por los capos como "el Peque", y jefe del clan de Los enanos. Ni más ni menos que dueños de la Costa da Morte. Actualmente, el clan más fuerte de Galicia.

 
-Hombre, Toni. Que grata sorpresa verte por aquí.
-He venido a verte. Siéntate que tenemos mucho de qué hablar, amigo -Ambos se abrazaron antes de volverse a sentar.
-Tú dirás, querido amigo. Soy todo tuyo. -El Rata lo puso al tanto de lo que quería-. Por eso quiero que esta noche sin falta mandes a tus hombres.
-Eso está hecho, amigo. -Una vez lo tenían todo claro, el abogado se despidió de él y se fue. Había cosas que preparar y necesitaba tiempo para hablar con sus hombres sobre el plan de esa noche.

A los pocos minutos, Toni también abandonó el local. Se fue a por su coche y puso rumbo de vuelta a Villagarcía. Ahora ya si podía relajarse. Si nada fallaba, al día siguiente no habría ni rastro de la droga; y tendrían 18 Millones de euros más en sus cuentas.

15 comentarios:

  1. Olé, José, se nota que estás en tu salsa. ¡Enhorabuena!

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  2. Muy bueno José. Es increíble la cantidad de información que eres capaz de meter en tan pocas líneas. ¡Es como verse una peli! Enhorabuena

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  3. Uno que se mueve en costas conocidas; pero aún así, patroneas con excelencia. Enhorabuena

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  4. ¿Y la segunda parte? Jose, muy bueno. Enhorabuena.

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  5. Muchas gracias, compañeros. 🙌🙌👍

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  6. Enhorabuena Jose, muy buen relato. No falta detalle. Me ha gustado mucho

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  7. Muy ági y dinámico. Como dice Laura, en tu salsa. Felicidades, Jose.

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  8. Hola. Me ha sorprendido el relato, mucha información en tan poco texto. Su lectura es amena y atractiva. Felicidades, muy interesante. Besos.

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