sábado, 13 de mayo de 2017

El filo de un recuerdo (Carmen. Grupo C)


     Aquel cuchillo pertenecía al pasado. Habías hecho todo lo posible por olvidarlo, igual que aquella aciaga noche en la que tu vida se rompió en dos.

    ¿Qué se siente al ser amenazada con un cuchillo? ¿Qué clase de sensaciones te vienen a la cabeza? ¿Cómo una persona que se supone que te quiere llega a empuñar un arma y dirigirla contra ti, dos veces, transcurridos apenas unos minutos? ¿Qué pensamientos le atraviesan la mente mientras rebusca en un cajón un cuchillo afilado para apuñalarte? ¿Cómo es posible que ese simple ruido de agitar los cubiertos haga que todo un mundo se venga abajo en medio de un gran estrépito, de miedo y de terror?  ¿Por qué sus ojos están a punto de salírsele de las órbitas? ¿Cómo es que adivinas placer en sus labios, esa mueca retorcida e histriónica, después de abofetearte cruelmente? Esos labios que un día te besaron, que encerraban palabras de amor y que ahora te dicen: “Te voy a matar”. Y esa simple frase se repite de forma inconsciente con un pantallazo que tu cabeza reproduce de modo intermitente.

   ¿Qué hubiera pasado si en vez de salir en busca de ayuda, hubieses levantado el auricular del teléfono para llamar a la policía? ¿Qué, si no hubieras escuchado ese deseo de vivir que te gritaba desde el alma en un profundo alarido y que te llevaba a correr a la casa de al lado? ¿Estarías aquí recordando esa horrible tragedia después de los años pasados?

     Es curiosa la cantidad de cosas que pasan por la mente en un momento límite; cómo eres capaz de imaginarte en el teléfono, calcular el tiempo que pasaría entre marcar el número de la autoridad, las palabras entrecortadas que pudieras proferir para explicar tu situación y sus pasos siniestros y aviesos, cuchillo en mano.  Demasiados segundos. Tu imaginación te hace percibir la amenaza sobre tu espalda, incluso te da tiempo a visualizar cómo se clava en ella. Y en apenas unos segundos, te ves con la vida escapándose a borbotones tras de esa sangre que no quieres derramar, que es tuya… que si te quedas ahí, te va a acorralar.  Y entonces sí que no habrá salida.  Y corres, corres como creías que jamás serías capaz.  Y vuelas si es necesario, con los brazos, con las piernas, con los sueños que se van cayendo de entre los dedos. Y esos escasos metros que te separan de tu salvación parecen miles de kilómetros; esos cuatro escalones las montañas más altas que jamás llegarás a escalar; la distancia entre las dos casas un eterno viaje en el tiempo que no querrás repetir jamás. Y el cerebro se divide en un millón de partes que no sabes cómo escuchar. Que hay dos niños en el piso de arriba. Desconcierto, dolor, injusticia y un abismo al que te resistes a caer. No viene detrás, te dices, en lo que aprietas el timbre del vecino y rasgas la quietud de la madrugada. Miras despavorida y aterrorizada hacia la puerta de lo que hasta ese momento era tu hogar, y rezas oraciones ininteligibles y desconocidas que se pierden en ese aire pesado que te rodea y que te atrapa en esa delirante realidad.

     Se abre la puerta y las frases cruzan tus labios, huecas,  rotas, como todo el universo que has dejado al otro lado; suenan a cristal resquebrajándose al contacto con el aire. Y al salir con el vecino, le ves a él con su hijo, que es el tuyo, en los brazos, y si algún pedazo de tu corazón quedaba aún en su lugar, empieza a dar botes y golpear contra tu pecho pugnando por salir de su cavidad. El vecino le dice que le suelte, que lo que tiene que hacer es dejarle dormir. Le pide las llaves y le echa de allí. Le suelta y se va en un taxi que el mismo vecino le pide. Se le traga la oscuridad. Desaparece. Y vuelves a casa y no reconoces ni el silencio. ¿Qué habrá sentido el niño de tan solo seis años de edad en los brazos de su padre? ¿Se sentiría a salvo y seguro viendo a su madre en el otro extremo, desencajado el rostro y aterrada? ¿Era quizás una pesadilla?

        El sosiego baña de incredulidad todo lo que te rodea. No te atreves ni a pensar. Estáis a salvo. ¿Por cuánto tiempo? La incertidumbre te devora por dentro. Los niños están despiertos. Ninguno podrá dormir de nuevo esa noche. Solo queda esperar a una hora razonable en la que la realidad se encargue de poner a cada uno en su lugar. Has cruzado el abismo y ya no hay vuelta atrás. Comienza todo un proceso. Comisaria. Una denuncia. La detención. Parte médico. Marcas de sus dedos agarrándote los brazos. La contusión en el lado izquierdo de la cara. El médico forense. Los tribunales. Verle otra vez. No soportas verle.  Para ti su cara será ya la de esa noche, siempre. La orden de alejamiento. El divorcio. Y respirar.

    Solo queda el miedo. Esa sensación irracional que anida dentro de ti y que no sabes cuándo iniciará el vuelo. Se apodera de tus sentidos, se manifiesta en sueños, en extraños laberintos llenos de espacios opresivos en los que aparece, te atosiga, te oprime, y revives esa sensación de angustia poderosa que preferirías no haber contado entre tus experiencias.

     Y respirar… Sí, pero solo de una manera entrecortada porque aún no sabes de amenazas veladas, de las malas artes para desposeerte de posibles herramientas de trabajo.  Ahora resulta que tú puedes poner en peligro su profesionalidad. Y es que algunos creen que tú eres como ellos. Y tú solo quieres paz, vivir, salir adelante y darles un futuro a tus hijos; que lo demás para bien o para mal, se ha convertido en pasado. Bendito pasado.

    Aturdida, empiezas de nuevo a caminar la vida en el mismo escenario; pero ya no es la misma vida, es otra distinta, abierta a la esperanza, donde hay tranquilidad al volver a casa. Ahora descubres que tu propia familia vivía con el miedo atenazándoles la garganta ante la sospecha de lo que podría ocurrir. La gente se acerca por fin a ti. Ya no les preocupa qué puede pasarte si un día se te olvida dar noticias, o faltan los chicos a clase. Te dicen que parecías un fantasma, una sombra que se acercaba al colegio a buscar a los niños, y que como un soplo de aire pasaba esquivando las personas. En realidad huías de ti misma, porque no hay un lugar donde refugiarse, donde te sientas en casa. El lugar físico en el que resides se convierte en una jaula de la que estás deseando salir. Vas a trabajar y dejas en casa a tus hijos y lo único que piensas es en lo que encontrarás al llegar. Y lo que encuentras te va horadando lentamente el corazón. Desorden material y mental. Caos. Te das cuenta de que hace años que no compartes sofá. Que tus ganas de compartirlo ya se han perdido en una mudez transformada en lejana distancia y no comprendes nada. Que del sueño que hiciste tuyo apenas queda su insignificante nombre adulterado. Que tu hija está perdida en el desorden de tu propia incomprensión ante la realidad. Que desearías tener los ojos de la inocencia del más pequeño para sobrevivir a ese mundo en ruinas que te ahoga, y te asfixia sin remedio; y aun así sales cada día, te sacudes el polvo y las piedras que te pesan en el bolsillo, te limpias las lágrimas y das la cara mientras la otra mitad de tu mundo se va cayendo en pedazos que te desbordan la mirada.

    Aquello se acabó, te dices, mientras contemplas el recuerdo que brilla en el filo de ese cuchillo que parece tener un nombre propio impronunciable; que incluso, en su ignorancia e insensibilidad de objeto, ha escrito el principio de una historia cuya protagonista eres tú misma.

    No sabes cómo ha acabado entre los dientes de tu perro que ha dejado inservible el mango de plástico.  Acabas de encontrarlo con él, mordisqueando la parte blanda hasta convertirlo en una masa informe, imposible de asir sin arañarte las manos con las muescas que han dejado las dentelladas. ¿Cómo ha podido cogerlo?  No puedes evitar que  tus sentidos se pierdan dentro de ti, y aunque hay cosas que no se pueden olvidar, te das cuenta de que es hora de tirar ese utensilio, que ya no tiene sitio en tu cocina.

    Ojalá todo fuera tan objetivo como ese cuchillo. Algo de plástico y metal que cuando se estropea se tira y desaparece para siempre. No así la persona que lo lleva de la mano, o la que lo tiene en frente y a quien se dirige. O aquellos niños inocentes que se ven envueltos en esa dolorosa rabia. Hay verdades que no se deben olvidar porque son la lección que la vida nos da para continuar. Todo lo demás debes dejarlo marchar tras de ese cuchillo que acabas de soltar entre los desperdicios de tu basura.

21 comentarios:

  1. Hola. Que intenso y tenebroso relato. Consigues transmitir la tensión y el miedo. He tenido apretado los dientes de la rabia que he sentido. Me ha gustado mucho. Gracias.

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    1. Hola, Isabel. Muchas gracias Isabel, me alegro de que te haya gustado

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  2. Relato emocionalmente intenso, felicidades!!!

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  3. Espeluznante. Mucha profundidad y recursos para crear esa sensación de ahogo, de incertidumbre. Dolorosamente acertado. Enhorabuena.

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  4. Enhorabuena. Me ha parecido un relato muy bueno. Te transporta a la triste realidad que sufren muchas personas, por desgracia y la superación constante a la que están sometidas para seguir adelante en una vida rota para siempre. Gracias.

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    1. Me alegro que te haya gustado, Sandra. Muchas gracias.

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  6. Carmen, muy bueno, muy real, muy verdadero. Me ha gustado mucho. Un diálogo interior, intimista y conciliadora entre conciencia y realidad. Felicidades.

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    1. Por desgracia, es un tema que conozco de cerca. Celebro que te haya gustado. Muchas gracias.

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  7. Genial, Carmen. Me llegan tus palabras. Enhorabuena!

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