lunes, 21 de noviembre de 2016

"El Conde" Leticia Meroño (Mi pluma LMC)

           
 
31 de octubre. ¡Era el día!

Se enfundó su capa negra y, una vez oculto el sol, salió a la calle a causar terror.

Las avenidas estaban repletas de gente deambulando de aquí para allá. La mayoría de ellos llevaba algún disfraz emulando a personajes de los clásicos del terror, y otros se disfrazaban de aquel que estuviera de moda. Era una fiesta bastante divertida a pesar de lo que realmente encerraba; y para él, se convertía en el único momento en que podía mostrarse tal y como era, sin ser observado de arriba abajo, y lo más importante: sin causar temor.

Al igual que él, las demás criaturas también campaban a sus anchas, pasando desapercibidas entre aquellos ingenuos seres. El año anterior, mientras paseaba por la calle principal, se había encontrado con Hannibal Lecter (gran amigo con el que acostumbraba a conversar  en las noches de luna llena) que iba acompañado de una joven vampiresa (disfraz muy repetido en estas fechas) a la cual iba a invitar a cenar.

Sonrió al pensar en el plato que le esperaba aquella noche. Con lo que más disfrutaba era con los zombis que se levantaban de sus tumbas; los últimos años había sido un éxito televisivo y falsos y verdaderos caminaban medio arrastrados por la ciudad.

Continuó su paseo, centrándose en lo que le rodeaba. La sed empezaba a hacerse patente y debía elegir a una víctima, pues a las doce de la noche -uno de noviembre- debía reunirse en el cementerio con su amada.

Muchas veces se había sentido atraído por las jóvenes vampiresas, pero terminó perdiendo la atracción cuando vio que año tras año, cuando llegaba el momento de desvelar su verdadera naturaleza, las muchachas se morían de miedo. Se sentía incluso ofendido. ¿Usaban aquel disfraz y no tenían respeto ni admiración hacia él? Era algo que ni comprendía ni le gustaba. Por ese motivo hacía tiempo que no se alimentaba de gente portadora de aquel disfraz, fuera hombre o mujer, pues con hombres le había sucedido lo mismo.

Se cruzó con una bruja cuya vestimenta le atrajo de inmediato. Llevaba un sombrero puntiagudo que le daba un aire bastante elegante; se giró y la siguió. Se mantuvo a una distancia prudencial hasta que llegaron a una zona menos transitada, y fue entonces cuando acortó distancias. La muchacha miró ligeramente hacia atrás y aceleró el paso, él aumento el ritmo remarcando con fuerza cada pisada; pudo sentir el corazón de su víctima acelerándose. En un abrir y cerrar de ojos estaba situado frente a ella. La joven se detuvo en seco y se quedó paralizada. Intentó gritar cuando vio la realidad de los colmillos que se aproximaban a ella; sin embargo, su garganta no emitió sonido alguno. Rasgó su piel con delicadeza y aspiro el elixir que brotaba de la herida. Las pulsaciones de la muchacha disminuyeron, y bebió hasta hacerla perder la conciencia.

Con energías renovadas se encaminó hacia el cementerio, allí podría verse con su amada Mina. Siempre había rehusado a convertirla, a pesar de la insistencia de la mujer a la que amaba; pero no podía arriesgarse, a lo largo de los años había visto cómo muchos ya no eran los mismos al despertar de la muerte, el ansia por la sangre los cegaba y se convertían en asesinos que no mostraban piedad. Se negaba a ver así a Mina. Prefería que la muerte se la llevase antes que ver que se convertía en un ser que no era.

Cada año se reunía con ella en el cementerio; era el único día en que los fallecidos volvían al mundo de los vivos, pero no podían salir del camposanto.

Antes de llegar, una escena terrorífica se plasmó ante sus ojos: un grupo de payasos ensangrentados corrían despavoridos, y detrás de ellos, otro, al cual nunca había visto. Los seguía con una motosierra en la mano. El olor a sangre le hizo marearse, y se sentó un rato para recomponerse; a sus pies había un brazo, y unos metros más allá varias manos. Corrió para alejarse de aquel lugar. Aceptaba la muerte, él mismo había sido causante de muchas de ellas, pero las carnicerías era algo que no aprobaba.

Debido a la carrera, había llegado antes de tiempo al cementerio. Eran las once de la noche, todavía faltaba una hora para el esperado encuentro. En la puerta había dos puestos de flores. Decidió comprar tulipanes y rosas amarillas y avanzó hacia la sepultura de su amada. Limpió con un trapo la lápida y retiró las flores ya secas para sustituirlas por las que acababa de comprar.

Permaneció sentado con la ilusión de lo que vendría a continuación. Un ruido le hizo levantarse, algo se movía debajo de las flores que acababa de colocar. Las levantó y vio una serpiente mirándolo amenazante. Dio un paso atrás, asustado; tropezó, cayendo con brusquedad, quedando inconsciente al golpearse la cabeza con una piedra que sobresalía en el suelo.

Despertó al sentir una mano cálida sobre su cara. Abrió los ojos y, aunque veía borroso, reconoció el bello rostro de Mina, con su sonrisa dulce y su mirada inocente. Intentó hablar, pero antes de que el sonido saliese de su boca, tenía en ella los labios de su amada, a quien besaba. La abrazó, y no pudo evitar llorar. Volvía a estar junto a ella y, como cada vez, la magia los envolvía; a los ojos de Mina también llegaron las lágrimas. Se miraron con fijeza; sonreían. Las palabras no eran necesarias, cada poro de su piel expresaba lo que ambos sentían.

Pasaron la noche abrazados. Las horas se hacían demasiado cortas, y el Conde Drácula, presa de la maldición de no poder ver la luz del sol, solo podía disfrutar de su amada durante la noche. Los primeros rayos comenzaron a aparecer. Mina se abrazó a él y lloró desconsoladamente. Ese era el peor momento: la despedida. Y ella debería pasar sola el resto de horas en aquel cementerio, abatida por la mayor de las tristezas, como cada año sucedía.

La cogió en brazos y se resguardó del astro en la sombra que se formaba tras la lápida. Le retiró el pelo de la cara, adherido por el agua que cubría sus mejillas; y es que aquella era la magia de ese día, el de todos los santos. Cada fantasma era totalmente corpóreo.

Su piel comenzó a oscurecerse; no obstante, estar resguardado hacía el dolor más soportable. El miedo inundó su ser al no saber qué vendría; sin embargo, estaba decidido. Tal vez el cielo no fuera su lugar, pero tampoco lo era aquel mundo sin su amada.

Abrazado a Mina, su cuerpo se fue transformando en cenizas, hasta desaparecer por completo bajo la luz del sol y bajo la triste mirada de la muchacha, cuyo rostro de ilusión mudó a la desesperación. Con las manos removió las cenizas y las mezcló con la tierra.

Descansa en paz”, dijo. “Lo haré junto a ti”, le susurró él al oído mientras la envolvía con sus brazos.

9 comentarios:

  1. Muy buen relato, Leticia. La historia de amor del Conde y Mina siempre me ha maravillado, y el final, ¡perfecto!

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  2. Me encantó tu relato, Leticia. Muy bueno.

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  3. Precioso, una historia de amor que no pasa de moda, una inspiración.

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  5. Muy bueno, Felicidades 👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻

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