lunes, 5 de diciembre de 2016

"La casita de madera" Laura Martín

         
El hombre tallaba el mosquete con primor, sin más afán que completar su colección de armas de fuego. Tenía paciencia, no había prisa. Hacía tiempo que nadie se interesaba por sus trabajos. Ahora, cualquiera podía adquirir, por internet, un producto similar y más barato. Lo artesanal había perdido todo el valor.

Miró el reloj. Faltaban pocos minutos para las 2, y el potaje de garbanzos ya estaría de sobra cocido. Dejó su labor y preparó dos platos. Él, de momento, no tenía hambre, ya comería después. Cogió una bandeja y depositó la comida, los cubiertos y el agua. Por último, añadió dos onzas de chocolate (a los niños solía gustarle). Subió por las estrechas escaleras con cuidado de no tropezar. Últimamente se encontraba algo torpe, los años no perdonaban, y se arrepentía de no haber vendido la casa tiempo atrás, cuando aquel comprador extranjero había ofrecido una suma considerable. En ese momento, le vendría de perlas una planta baja, a ser posible alejada de vecinos indeseables.

Giró la llave de la puerta, que siempre dejaba puesta, y abrió. Los niños estaban acostados en sus camas, despiertos, mirando hacia el techo. El mayor, que ya llevaba un año con él, se estaba volviendo cada vez más contestón. El otro día había tenido que castigarle, cosa que detestaba hacer. El pequeño, era una reciente adquisición, y sus ojos denotaban melancolía.

Dejó la comida encima de la mesa y miró a los niños. Había demasiada oscuridad para su crecimiento, lo sabía, y eso también influía en su apatía. Pero no podía arriesgarse a salir con ellos a la calle. ¿Y si alguien los reconocía? Abandonó con pesar la habitación y la cerró de nuevo.

Decidió salir a comprarles algún entretenimiento aprovechando que los grandes almacenes no cerraban a mediodía. Para Santi, un cuento, y para Pau, un cómic. Al abrir la puerta miró al cielo, unos nubarrones negros presagiaban tormenta. En un impulso cerró, diciéndose que regresaría antes que el cielo descargara su furia. Caminó más rápido de lo acostumbrado, no le gustaba dejar a los chiquillos solos demasiado tiempo.

A mitad de camino comenzó a llover fuerte. El hombre maldijo por lo bajo, no quería empaparse y coger un constipado, pues solo le faltaría tener que ir al médico. Al rato, por caprichos del destino, una baldosa suelta hizo que tropezara y cayera al suelo.

Justo en ese momento, por la otra acera, cruzaba una mujer cargada con una bolsa, en frente de ella, un ciclista que circulaba con los cristales de las gafas empañados dio un frenazo repentino al verla, y esta, de la impresión, soltó la bolsa con suficiente impulso para que le fuera a caer al anciano justo encima de la pierna. Gritos de agonía escaparon de su boca, provocando que las manos fueran directas a la herida.

Palpó una protuberancia que no vaticinaba nada bueno. Unos centímetros más allá, asomaba de la bolsa un martillo enorme. El hombre miró al cielo, y supo que era un castigo divino.



*****


Teresa miraba la pantalla del ordenador sin prestar atención. Su hijo de dos años no le había dejado pegar ojo en toda la noche. En esos momentos, era cuando se reprochaba no haber seguido el método Estivill. Lo estaba pagando, y con creces.

Se recostó sobre su silla, moviendo la cabeza hasta estirar el cuello, que le dolía desde hacía días. Los informes pendientes se le amontonaban en la mesa, pero no tenía la mente para semejante concentración. Decidió revisar los correos, algo más ameno que no requería estar muy espabilada. Notificaciones de cursos, la petición de una colecta para la hija recién nacida de un compañero y, por último, un mail de un médico del centro de salud. Lo abrió, con curiosidad, pues pocas veces las eminencias y dioses médicos se comunicaban con ella por esa vía. El doctor le hablaba de un anciano que nunca había acudido a consulta, al que había conocido a través de los servicios de urgencia. El paciente alegaba vivir solo y no tener familia, y parecía desorientado y malhumorado, repitiendo la sonatina de que tenía que regresar a casa. En su opinión, era un caso claro para los servicios sociales, pues además, no ofrecía un aspecto aseado.

Anotó la dirección y el nombre, nada más, no había teléfono. Miró el reloj en la parte inferior derecha del ordenador. Era una hora decente para ir a hacer una visita domiciliaria. Además, no podía esperar, pues después tenía reunión de equipo. Tomar el aire la despejaría para afrontar las discusiones que vendrían después. De mala gana se levantó, se puso el abrigo y la bufanda y salió. Ya afuera, en la calle, pensó que no había sido buena idea marcharse sin avisar a sus compañeros. La costumbre era dejar constancia de los movimientos de cada uno  en el programa de servicios sociales; sin embargo, en este caso, todos los datos estaban en su correo, donde ningún compañero podía acceder. Ni siquiera había tenido la prudencia de abrir expediente. A punto estuvo de dar la vuelta pero, tratándose de un anciano cojo, no creía encontrarse en dificultades.

La barriada era un poco marginal; los pisos, viejos, torcidos; las calles, con aceras estrechas y carreteras de piedra. Llegó al número 12, una casa adosada en forma de edificio angosto de tres plantas. Pulsó el timbre, pero no se produjo ningún sonido, debía estar estropeado. Tomó la aldaba y golpeó.

-¿Quién es? –preguntó una voz desde el otro lado.

-¿Andrés Roldán?

-¿Quién es? –reiteró la voz con un matiz de irritación.

-Soy Teresa, trabajadora social del ayuntamiento, me envía su médico para comprobar que esté bien.

-Estoy bien –sentenció cortante.

-Ya, pero me quedaría más tranquila si me dejara pasar.

Después de un largo silencio, la puerta se abrió, dejando ver a un hombre enjuto y calvo, sostenido por una muleta.

-¿Puedo pasar? –preguntó Teresa, que advirtió la actitud defensiva del hombre.

Andrés se apartó, señalando el espacio que se abría a la izquierda. Teresa observó la empinada escalera que nacía en la entrada, preguntándose por la distribución de habitaciones. Tendría que usar todas sus dotes de persuasión para que le mostrara la vivienda completa.

La estancia en la que se encontraba era una pequeña sala. Llamaban la atención sus paredes, cubiertas de madera y con un enorme armario empotrado al fondo. Una butaca vieja adornaba el lugar, sin nada más que completara el mobiliario. El suelo necesitaba una buena pasada, la falta de limpieza venía de muchas semanas, no tenía nada que ver con el accidente del día anterior. La luz, muy tenue, apenas iluminaba las facciones del anciano, que la miraba receloso.

-Eso del fondo, ¿es la cocina?

Andrés asintió, y con un gesto de la mano le dio el consentimiento para adentrarse.

-Esto necesita un buen repaso… -Teresa estaba acostumbrada a encontrarse suciedad en las casas que visitaba, pero eso era demasiado. La mesa, donde se suponía, comía ese hombre, estaba cubierta de polvo, papeles y herramientas. La cocina, de gas butano, estaba ennegrecida y llena de grasa. En el fregadero, varios platos se apilaban con restos de comida. Y del suelo, mejor no hablar.

-Andrés, ¿qué le parecería si enviara una chica a que le limpiara un poco la casa?

-No necesito a nadie.

-Pero aquí no hay las condiciones higiénicas…

-Señorita, a mí me gusta vivir así –interrumpió iracundo.

Teresa torció la boca en un gesto de disgusto. Ya veía que ese hombre era un hueso duro de roer. Desde el comedor, se divisaba un pequeño patio de luces. Se acercó sin pedir permiso. Unas vigas de madera llenas de enredaderas imposibilitaban que los vecinos tuvieran visibilidad. Era un sitio agradable, con un techo vegetal, una pequeña parcela de prado y un banco de piedra. Lo mejor de esa casa de madera que parecía sacada de un cuento para niños.

-¿Me enseña el resto?

-¿Para qué?

-Pues, señor Andrés, me envía su médico para cerciorarme que usted vive en buenas condiciones y, por lo que he visto hasta ahora, usted necesita ayuda, y más con la pierna así. Necesito ver cómo está el resto de la casa, si no me la quiere enseñar ahora, tal vez deba volver otro día con la policía local –mintió Teresa. No había causas suficientes para pedir una orden al juez, pero esa estrategia ya le había funcionado en otras ocasiones y, por lo que parecía, esa vez también había surtido efecto –Si le cuesta subir escaleras, iré yo sola, espéreme abajo.

-No –vociferó, asustando a Teresa–, yo iré por delante a mostrarle mi cuarto, el resto de la casa son habitaciones cerradas que ya no uso, de mis difuntos padres.

Teresa asintió. En realidad, con ver su dormitorio y el estado general del domicilio le bastaba. El hombre dejó la muleta al inicio de la escalera. Esta era estrecha, lo cual le permitía utilizar la barandilla de ambos lados para hacer fuerza con las manos y apoyar la pierna sana. Tardarían una eternidad en llegar, pero al menos no se mataría en el intento. La chica agarró la muleta, ofreciéndosela cuando llegaron arriba. El hombre se la cogió de mala gana y caminó por el pasillo sin enseñarle las tres habitaciones que estaban cerradas. Una de ellas tenía una cerradura, y la llave estaba puesta, con lo que suscitó la curiosidad de Teresa.

-¿Qué hay ahí?

-Nada, trastos –El anciano ni siquiera se giró para contestar.

-Y ¿tiene que subir todas estas escaleras cada noche? ¿No habría posibilidad de colocar un colchón abajo mientras esté convaleciente?

El hombre se encogió de hombros y comenzó a subir el último tramo. La mujer se fijó en las paredes del pasillo, plagadas de armamento de madera. Cuchillos, espadas, pistolas, escopetas… Obviamente las armas de fuego no eran peligrosas, no así las otras, que tenían las puntas afiladas.

Teresa oyó una voz proveniente de la habitación cerrada. Parecía la risa de un niño. Un escalofrío recorrió su cuerpo. ¿Ocultaría ese hombre más de lo que ella pensaba en un principio? El anciano continuó subiendo, era probable que el oído le fallara. Ella se dio la vuelta intentando no hacer ruido. Debía echar un vistazo o soñaría por la noche con cientos de posibilidades. Lo más lógico es que tuviera algún animal allí encerrado, no unos niños desnutridos y desnudos como le proyectaba su perversa imaginación.

Giró la llave, con cuidado, despacio, con el corazón latiéndole a mil por hora. Abrió la puerta con miedo, pensando que un enorme rottweiler rabioso le saltaría al cuello a la menor oportunidad. Pero no, allí había dos niños jugando a las cartas, sentados en una mesa camilla, con unos tazones de desayuno al lado, vacíos. Estaban abrigados, aunque no muy limpios.

-Niños, yo soy Teresa –susurró a unos rostros perplejos- Eres Santiago, ¿verdad? –Teresa creyó reconocer al más pequeño, hacía un mes que salía en las noticias. En ese instante, fue consciente del peligro en que se encontraban. El viejo estaba cojo, pero era perfectamente capaz de ensartarla con una de esas espadas puntiagudas. Fue hacia el niño y le cogió la mano, pero este la apartó y se levantó de la silla, acercándose al otro, que no se había movido ni un ápice.

-Váyase de aquí –dijo el mayor al tiempo que abrazaba a su compañero de celda.

-Pero, quiero ayudaros –La mujer observó al chaval, confusa.

-¿Quién le ha dado permiso para entrar aquí? –bramó el anciano en el quicio de la puerta. Parecía exhausto.

-Este niño está buscado por la policía –Teresa señaló al chiquillo sin apartar la vista del hombre.

-Santi quiere estar aquí, pregúnteselo.

El pequeño asintió, dejando que una lágrima le resbalara por la mejilla. Estaba afectado, quizá por la presencia de su raptor, pensó Teresa.

-Voy a llamar a la policía –Rebuscó en su bolso, observando de reojo a Andrés, que no se movía del sitio, taponándole la salida.

Cuando estaba empezando a marcar el número de emergencias, sintió un dolor intenso en la nuca y soltó el teléfono, que hizo un ruido estrepitoso al estrellarse contra el suelo. A continuación, la mujer cayó sobre sus rodillas, mareada, tocándose con una mano la nuca. A Teresa no le dio tiempo a nada más, se desparramó en el suelo, sin entender,  dejando un gran charco rojo en el suelo. En ese momento, pudo al fin conciliar el sueño, aunque fuera el eterno.



*****


Andrés estaba sentado en el banco del parque; nada delataba su aspecto. De lejos, parecía un abuelo que acompañaba a sus nietos a divertirse después del cole. Un anciano indefenso, con bastón y de mirada amable. Pau, a su lado, miraba al horizonte, observando con disimulo a los niños. Santi jugaba en el columpio, balanceándose alegre, saboreando la libertad tan pocas veces concedida. Esa mañana habían madrugado, como tantas otras en los últimos meses, para coger el autobús con destino a un pueblo vecino; un lugar donde poder pasear tranquilos, sin miradas indiscretas que pudieran desconfiar. El noticiario hacía tiempo que no hablaba de Santiago, ya le habían olvidado. Así era el mundo: mucho bombo y platillo ante una novedad, pero cuando carece de detalles morbosos, pierde el interés.

Pau dio un codazo al viejo; allí estaba su próxima presa. No tenía más de cinco años. Ambos reconocían de sobra esa mirada ausente, esa introversión. Los morados, seguramente ocultos tras la ropa, no se veían, pero se atisbaba a la legua las secuelas de un maltrato. El padre de la criatura, un monstruo. Andrés nunca se equivocaba. Esa sonrisa cínica, ojos vacíos, de ademanes bruscos, autoritarios que se escondían bajo una capa de falsa afabilidad.

Él sería el próximo. Esperaría el momento propicio: un despiste del progenitor para ofrecerle la mejor salida. Hasta ahora ninguno había rehusado. Al principio, cuando se hallaban lejos de sus hogares, lloraban. El ser humano teme lo que no conoce, y los pequeños solían echar de menos a sus padres, por muy crueles que fueran. Pero siempre se lo terminaban agradeciendo, todos. Lo que hubiera dado por haber tenido en su día a un salvador, alguien que le hubiera tendido la mano y ayudado a huir de su martirio. Pero todo ocurría por una razón. Él había tenido que vivir un infierno para tener conciencia de lo que significaba escapar de él. Y Pau había tenido que acabar con la vida de esa mujer para querer resarcir sus pecados. Ayudar a otros sería su catarsis.

El viejo se levantó, observando orgulloso a Pau. Cuando llegara el día podría morir tranquilo, pues él seguiría su legado.

10 comentarios:

  1. Un relato muy atractivo, me has conmovido, Laura. Felicidades y besos

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  2. Gracias por comentar y por estar siempre. Un besazo!

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  3. Gran relato, Laura. Mantiene la tensión hasta el final. Enhorabuena!

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  4. Mu buen relato, enhorabuena Laura🙋🙋

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  5. Laura te felicito. Te mantiene en tensión hasta el final. Tu pretensión lograda y encoge el corazón.

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  6. Gracias a todos por comentar. Un besazo!

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  7. Señora, ma ha hecho sudar la gota gorda, muy buen relato y tenso en su esencia hasta el final. Fantástico

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  8. Gracias, Don Fernando. Intentaré ser más delicada, no quiero que le suba la tensión por mi culpa...

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  9. Me han gustado mucho los giros en el argumento. Intenso.

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